16 de marzo de 2026

De los negocios de la familia Trump en el golfo Pérsico. Y de las exigencias del Presidente Trump para que la OTAN se implique en la guerra de Irán.

 El presidente de Estados Unidos y su familia, mantienen una próspera relación comercial con entidades y autoridades de Oriente Próximo, donde han extendido sus negocios desde la vuelta de Trump a la Casa Blanca. 

La relación entre poder político y poder económico ha sido históricamente un terreno complejo y, en ocasiones, polémico.

 En el caso de Donald Trump, presidente de Estados Unidos y empresario inmobiliario, esa relación adquiere una dimensión particular debido a la estrecha conexión entre su imperio empresarial y sus responsabilidades políticas. Desde su regreso a la Casa Blanca, los vínculos comerciales de la familia Trump con las monarquías del golfo Pérsico se han intensificado, ampliando la presencia de sus negocios en Oriente Próximo y alimentando un debate sobre posibles conflictos de intereses entre el ejercicio del poder y la obtención de beneficios privados.

El origen del imperio económico de Trump se remonta a la figura de su padre, Fred Trump, un próspero promotor inmobiliario que, a mediados del siglo XX, construyó numerosos bloques de viviendas destinados a la clase media en los barrios neoyorquinos de Brooklyn y Queens. Donald Trump heredó ese legado empresarial, pero aspiró a llevarlo mucho más lejos. Con una visión ambiciosa y agresiva del negocio, transformó la empresa familiar en un símbolo del lujo inmobiliario en Nueva York. La construcción de la Trump Tower en Manhattan, que pronto se convirtió en uno de los edificios más emblemáticos del skyline de la ciudad, representó el salto definitivo hacia la consolidación de su figura como magnate del sector inmobiliario.

Trump siempre ha defendido una filosofía empresarial basada en la ambición y la expansión constante. En su libro autobiográfico The Art of the Deal, publicado en 1987 junto al periodista Tony Schwartz, explicaba que prefería “pensar a lo grande” porque, si había que pensar de todos modos, lo mejor era hacerlo sin límites. Esta mentalidad le permitió expandir su marca mucho más allá de los rascacielos de Nueva York, diversificando su negocio hacia hoteles de lujo, casinos y campos de golf en distintos lugares del mundo.

Con el paso de las décadas, su fortuna ha crecido considerablemente. Diversas estimaciones sitúan su patrimonio entre los 6.500 y los 7.500 millones de dólares. No obstante, calcular con exactitud la riqueza de Trump resulta complicado debido a la estructura privada de sus empresas y a la compleja red de propiedades inmobiliarias y sociedades que forman su conglomerado empresarial.

En los últimos años, la expansión de los negocios de la familia Trump se ha apoyado especialmente en sus relaciones con las monarquías del golfo Pérsico. Países como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos o Qatar se han convertido en socios estratégicos en proyectos inmobiliarios y financieros vinculados a la marca Trump. En esta región, caracterizada por su abundancia de capital procedente de la industria energética, el apellido del presidente estadounidense se ha transformado en una poderosa franquicia asociada al lujo y al prestigio. Gobiernos y empresarios de estos países pagan importantes sumas de dinero para utilizar la marca Trump en hoteles, complejos residenciales o campos de golf.

Esta expansión empresarial ha coincidido con un momento de gran relevancia geopolítica en Oriente Próximo. La región atraviesa conflictos y procesos de reconstrucción que pueden generar oportunidades económicas de enorme magnitud. En este contexto, algunos críticos señalan que la presencia de negocios vinculados a la familia del presidente podría generar dudas sobre la independencia de la política exterior estadounidense en la zona.

Durante su primer mandato presidencial, entre 2017 y 2021, Trump aseguró que sus empresas evitarían firmar nuevos acuerdos comerciales en el extranjero para impedir la mezcla entre intereses empresariales y responsabilidades políticas. Sin embargo, en su segundo mandato la situación parece haber cambiado. Diversas informaciones indican que los proyectos inmobiliarios y financieros vinculados a la Organización Trump en el extranjero podrían generar ingresos superiores a los 400 millones de dólares, una cifra muy superior a los beneficios obtenidos durante su primera presidencia.

Gran parte de esta expansión empresarial ha sido gestionada por los hijos del presidente, Donald Trump Jr. y Eric Trump, quienes asumieron la dirección de la Organización Trump cuando su padre llegó por primera vez a la Casa Blanca. Bajo su liderazgo, la empresa familiar ha firmado numerosos acuerdos en ciudades como Dubái, Abu Dabi, Doha o Riad. Estos proyectos incluyen complejos residenciales de lujo, hoteles y campos de golf, muchos de ellos desarrollados en colaboración con empresas estrechamente vinculadas a los gobiernos de la región.

Además del sector inmobiliario, la familia Trump ha encontrado nuevas oportunidades en el mundo digital y en el creciente mercado de las criptomonedas. Los hijos del presidente han impulsado iniciativas relacionadas con la minería de bitcoin, la tokenización de activos y plataformas financieras digitales. Este sector, que combina tecnología y finanzas globales, ha atraído inversiones procedentes del Golfo, reforzando aún más los vínculos entre los negocios familiares y los grandes capitales de la región.

Las alianzas empresariales también se extienden a figuras influyentes del ámbito político y económico. Jared Kushner, yerno de Trump y antiguo asesor en la Casa Blanca, dirige un fondo de inversión con miles de millones de dólares aportados por inversores del Golfo, entre ellos el fondo soberano de Arabia Saudí. Estas conexiones ilustran cómo la red de relaciones entre política, diplomacia y negocios se ha vuelto cada vez más estrecha.

Sin embargo, este entramado de intereses no está exento de controversia. Diversas organizaciones de vigilancia ética y algunos analistas políticos advierten que la acumulación simultánea de poder político y beneficios empresariales puede generar conflictos de intereses. Desde su punto de vista, el hecho de que empresas vinculadas al presidente obtengan contratos o inversiones en países con los que Estados Unidos mantiene relaciones estratégicas podría influir en decisiones de política exterior.

Por el contrario, los defensores del presidente sostienen que las críticas responden en gran medida a motivaciones políticas y que no existen pruebas de que Trump haya utilizado su cargo para beneficiar directamente a sus negocios. Portavoces de la Casa Blanca han rechazado reiteradamente las acusaciones, afirmando que el presidente actúa exclusivamente en función de los intereses de Estados Unidos.

En definitiva, el caso de Donald Trump refleja las tensiones que pueden surgir cuando un líder político mantiene al mismo tiempo una extensa red de intereses empresariales internacionales. La expansión de su imperio en Oriente Próximo demuestra cómo la globalización de los negocios puede entrelazarse con la geopolítica contemporánea. Mientras sus aliados destacan el dinamismo económico y la capacidad de atraer inversiones, sus críticos continúan señalando la necesidad de establecer límites más claros entre el ejercicio del poder público y los intereses privados. El debate, por tanto, sigue abierto y constituye un ejemplo significativo de los desafíos éticos y políticos que plantea la intersección entre negocios y liderazgo político en el siglo XXI.

Fuente: El País.com


ESTRECHO DE ORMUZ. Punto crítico para la seguridad y la economía global.

La UE estudia cómo ayudar a reabrir el estrecho de Ormuz pero rechaza las amenazas de Trump

El posible cierre del estrecho de Ormuz debido al conflicto con Irán se ha convertido en una de las principales preocupaciones para Europa y para la estabilidad económica mundial. 

Su bloqueo no solo afectaría al suministro energético global, sino que también podría provocar un aumento de la tensión geopolítica y arrastrar a nuevas potencias al conflicto. Ante esta situación, los ministros de Exteriores de la Unión Europea han debatido en Bruselas sobre las posibles respuestas, mientras intentan evitar una escalada militar y defender una solución diplomática.

Uno de los elementos más sensibles del debate es la presión ejercida por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien ha advertido que la OTAN podría enfrentarse a un “futuro muy malo” si los aliados no ayudan a reabrir el estrecho de Ormuz. Sin embargo, muchos líderes europeos consideran que el conflicto no corresponde al ámbito de actuación de la Alianza Atlántica. La alta representante de la Unión Europea para Política Exterior, Kaja Kallas, recordó que el estrecho de Ormuz se encuentra fuera del área de responsabilidad de la OTAN, subrayando así la postura de cautela adoptada por varios países europeos.

En este contexto, Kallas ha propuesto estudiar la posibilidad de modificar el mandato de la misión naval europea Aspides. Esta operación, actualmente centrada en proteger la navegación en el mar Rojo frente a los ataques de los rebeldes hutíes de Yemen, podría adaptarse para contribuir a garantizar la seguridad marítima en el estrecho de Ormuz. No obstante, esta propuesta ha generado reticencias entre algunos Estados miembros. Países como Alemania y España consideran que ampliar el mandato de la misión no necesariamente aumentaría la seguridad y podría implicar una mayor militarización de la zona.

La postura española, representada por el ministro de Exteriores José Manuel Albares, se centra claramente en la necesidad de reducir la tensión. Según Albares, la prioridad de Europa debe ser trabajar por la desescalada del conflicto, ya que las soluciones exclusivamente militares rara vez generan estabilidad, democracia o prosperidad económica. En una línea similar, el ministro alemán Johann Wadephul expresó su escepticismo sobre la eficacia de ampliar la misión naval europea para garantizar la seguridad en Ormuz.

Ante estas dudas, la Unión Europea también estudia alternativas diplomáticas. Entre ellas destaca la posibilidad de promover una iniciativa internacional similar al acuerdo que permitió exportar grano ucraniano a través del mar Negro durante la guerra entre Rusia y Ucrania. Esta propuesta, discutida entre Kallas y el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, pretende garantizar el tránsito marítimo en la región mediante un mecanismo negociado entre las partes implicadas. El objetivo sería evitar una crisis energética y alimentaria global, ya que el bloqueo del estrecho no solo afectaría al petróleo, sino también al comercio de fertilizantes, fundamentales para la producción agrícola mundial.

Mientras tanto, existe un amplio consenso en Europa en rechazar la idea de que la OTAN intervenga directamente en el conflicto. Diversos responsables políticos han insistido en que se trata de una guerra iniciada por Estados Unidos e Israel contra Irán sin consultar previamente a sus aliados. El ministro alemán de Defensa, Boris Pistorius, fue especialmente contundente al afirmar que “esta no es nuestra guerra”. Desde su punto de vista, enviar fragatas europeas al estrecho de Ormuz no cambiaría la situación, especialmente teniendo en cuenta la enorme capacidad militar de Estados Unidos en la región.

Además, algunos líderes europeos han criticado el tono de las amenazas estadounidenses. El ministro de Exteriores de Luxemburgo, Xavier Bettel, advirtió que el “chantaje” no es la mejor forma de obtener apoyo de los aliados y recordó que los países europeos son importantes clientes de la industria armamentística estadounidense. Estas declaraciones reflejan una creciente preocupación en Europa por mantener la autonomía estratégica y evitar verse arrastrada a conflictos que no ha iniciado.

Incluso el Reino Unido, tradicionalmente cercano a Washington, ha adoptado una postura prudente. El primer ministro británico, Keir Starmer, ha señalado que su país no se dejará arrastrar a la ofensiva contra Irán y que la prioridad debe ser encontrar una solución que permita reabrir el estrecho sin intensificar la guerra. Para el Gobierno británico, el mejor modo de reducir el impacto económico de la crisis energética es poner fin al conflicto mediante negociaciones.

En conclusión, la crisis en el estrecho de Ormuz representa un desafío crucial para la seguridad internacional y la economía global. Aunque Europa reconoce la gravedad de la situación, la mayoría de sus líderes se muestran reticentes a adoptar una respuesta militar directa o a implicar a la OTAN en el conflicto. En su lugar, la Unión Europea apuesta por la diplomacia, la desescalada y la cooperación internacional como vías para garantizar la estabilidad en una de las regiones más estratégicas del mundo.

Fuente: El País.com


POSDATA

Fuentes de la Casa Blanca, citadas por The New York Times, indican que el príncipe saudí Mohammed bin Salman, ha aconsejado al presidente Donald Trump que continúe presionando con fuerza a Irán. 

Esta postura coincide con la de su padre, el rey Abdulá bin Abdulaziz Al Saud, quien anteriormente habría pedido a Washington actuar con contundencia contra el gobierno iraní.

Paralelamente, Mohammed bin Salman y el presidente de los Emiratos Árabes Unidos, Mohammed bin Zayed Al Nahyan, han debatido si los países del Golfo deben seguir evitando una confrontación directa con Irán. Ambos líderes denunciaron los ataques iraníes en países del Consejo de Cooperación del Golfo y advirtieron que suponen una escalada peligrosa para la seguridad regional. También afirmaron que los estados del Golfo continuarán reforzando la defensa de sus territorios y los esfuerzos para mantener la estabilidad en la región.

Fuente: 20minutos.com

15 de marzo de 2026

RIEN NE VA PLUS. Trump se juega la victoria en la guerra de Irán, apostándolo todo al control del Estrecho de Ormuz.

 La falta de planificación y las discrepancias entre el mandatario estadounidense y el israelí complican un conflicto que ha puesto patas arriba Oriente Próximo y la economía global.

La guerra de Trump: instinto, poder y sin callejón de salida

La política exterior de Estados Unidos ha estado históricamente marcada por complejas estructuras institucionales, debates estratégicos y evaluaciones de inteligencia. 

Sin embargo, el conflicto con Irán actual, parece representar una ruptura con ese patrón tradicional. La actuación del presidente Donald Trump sugiere una política exterior cada vez más guiada por impulsos personales, cálculos políticos internos y alianzas estratégicas circunstanciales. El resultado es una guerra que, lejos de ofrecer una salida clara, ha conducido a un escenario de incertidumbre geopolítica, tensiones económicas y riesgos crecientes de escalada regional.

Uno de los aspectos más reveladores de esta situación es el silencio relativo de Trump sobre el conflicto en su red social, Truth Social. Aunque el presidente suele utilizar esta plataforma como altavoz político y termómetro emocional, la guerra con Irán apenas aparece en sus mensajes. Según la periodista Susan Glasser, esta reticencia podría deberse a varias razones: el cansancio ante un tema complejo, la dificultad de reconciliar la guerra con su promesa de evitar nuevos conflictos en Oriente Próximo o el temor a abordar las consecuencias económicas del enfrentamiento. También puede reflejar una estrategia política: su base electoral quizá prefiera otros temas domésticos antes que un conflicto internacional incierto.

Las críticas de expertos en política internacional apuntan precisamente a la falta de planificación estratégica. El analista Frederic Wehrey sostiene que la intervención combina objetivos mal definidos, una comprensión limitada del sistema político iraní y una grave subestimación de la respuesta de Teherán. En una línea similar, el académico Charles Kupchan argumenta que la política exterior estadounidense parece haber perdido su carácter institucional: en lugar de un proceso de deliberación gubernamental, se observa un pequeño círculo de figuras políticas que siguen los instintos del presidente.

El desarrollo inicial de la guerra ilustra esta dinámica. La ofensiva conjunta con Israel respondió, según el propio Trump, a un “pálpito” sobre la oportunidad de atacar. El golpe fue rápido y logró eliminar al líder supremo iraní, Ali Khamenei. Sin embargo, la muerte de Jameneí podría haber tenido consecuencias estratégicas contraproducentes. Algunos especialistas consideran que era una de las voces dentro del régimen más prudentes respecto al desarrollo acelerado de armas nucleares. Su desaparición podría facilitar el ascenso de figuras más cercanas a la Guardia Revolucionaria, como su hijo Mojtaba, inclinando al país hacia posiciones más radicales.

Además, la ofensiva reveló importantes fallos de planificación. No existían planes claros para evacuar a los ciudadanos estadounidenses atrapados en la región, ni se evaluó adecuadamente la capacidad iraní de escalar el conflicto. Irán respondió de forma indirecta pero eficaz, agravando la inestabilidad regional y amenazando rutas estratégicas para la economía mundial. 

El punto crítico de esta dinámica es el Estrecho de Ormuz, paso marítimo por el que circula aproximadamente el 25% del petróleo mundial, donde las acciones iraníes contra buques en la zona han provocado interrupciones en el tránsito y fuertes fluctuaciones en los mercados energéticos.

La escalada militar continuó con el ataque estadounidense contra la isla de Kharg Island, centro neurálgico de las exportaciones petroleras iraníes. Esta operación elevó aún más el riesgo de una guerra regional abierta. Ante la amenaza al tráfico marítimo, Trump pidió incluso la intervención de diversas potencias internacionales para garantizar la seguridad de la ruta, lo que evidencia la dimensión global del conflicto y la ausencia de un plan estratégico realista.

El papel de Israel también resulta fundamental para comprender la guerra. El primer ministro Benjamin Netanyahu impulsó durante meses la idea de una acción militar contra Irán. Inicialmente ambos líderes compartían el objetivo de provocar un cambio de régimen en la República Islámica. Sin embargo, conforme avanzan las semanas y crecen las hostilidades, el discurso israelí parece haber evolucionado hacia metas más limitadas, como debilitar el programa nuclear iraní o reducir la capacidad de sus aliados regionales, entre ellos Hezbollah.

Esta evolución refleja una realidad estratégica: los objetivos iniciales pueden haber sido demasiado ambiciosos. Algunos analistas israelíes reconocen que ni la eliminación total de Hezbollah ni la derrota completa de Irán parecen alcanzables. En consecuencia, el conflicto corre el riesgo de transformarse en una prolongada guerra de desgaste.

Las motivaciones políticas internas también influyen en las decisiones de los líderes. Para Netanyahu, el conflicto tiene un componente electoral y personal. Su liderazgo se enfrenta a elecciones próximas y a una opinión pública dividida. Para Trump, en cambio, la guerra se relaciona más con su legado histórico. En su segundo mandato, busca consolidar una imagen de presidente fuerte que se enfrentó a una teocracia hostil surgida tras la Iranian Revolution.

Sin embargo, la guerra también tiene costes políticos dentro de Estados Unidos. Con las elecciones legislativas de medio mandato acercándose, algunos republicanos temen el impacto económico del conflicto. El aumento del precio de la gasolina y el coste creciente de la operación militar podrían afectar al electorado. A ello se suman episodios de violencia en territorio estadounidense que algunos relacionan con la tensión internacional, lo que incrementa la presión sobre la administración.

A diferencia de lo ocurrido en Israel, donde el apoyo popular a la guerra es amplio, la opinión pública estadounidense muestra un respaldo mucho más limitado. Este contraste refleja la diferencia entre un país que percibe la amenaza como inmediata y otro que enfrenta las consecuencias indirectas del conflicto.

En última instancia, la guerra de Trump parece caracterizarse por una paradoja fundamental. Se trata de un conflicto impulsado en gran medida por decisiones personales y motivaciones políticas, pero cuyos efectos trascienden ampliamente a quienes lo iniciaron. El resultado es un escenario estratégico incierto, en el que los objetivos iniciales se diluyen mientras crecen los riesgos de, desgaste politico, escalada regional, y crisis económica.

El silencio del presidente en Truth Social simboliza esta contradicción. La plataforma donde Trump suele expresar con más libertad su visión del mundo se convierte, en este caso, en un espacio donde la guerra apenas se menciona. Tal vez porque, más que una victoria clara, el conflicto representa una incómoda realidad: un enfrentamiento que todavía no tiene final visible y que para bien o para mal, podría definir el legado político de su presidencia.

Fuente: El País.com

ESPAÑA. Efectos de la guerra de Oriente Próximo, en la política española.

 La derecha española, representada por el Partido Popular, aparentemente se ha partido en dos, los radicales, más favorables a la guerra de Irán y los menos extremistas, contrarios a la misma, así como a los crímenes de guerra, tanto en Irán como en el Líbano y Gaza.

La guerra iniciada por Estados Unidos e Israel en Oriente Próximo ha tenido consecuencias que van más allá del escenario internacional. 

En España, este conflicto ha generado un intenso debate político que afecta especialmente al Partido Popular (PP), situado en una posición compleja ante el discurso del Gobierno de Pedro Sánchez. El Ejecutivo ha adoptado una postura clara de rechazo al conflicto bajo el lema “No a la guerra”, apelando al respeto del derecho internacional y a la condena de los ataques que afectan a la población civil en lugares como Irán y Gaza. Esta postura coloca al principal partido de la oposición en una encrucijada: respaldar implícitamente las acciones de Washington y Tel Aviv o alinearse con el discurso de legalidad internacional defendido por el Gobierno.

La dirección nacional del PP, liderada por Alberto Núñez Feijóo desde la sede de Génova, ha optado en gran medida por una estrategia de confrontación con el Ejecutivo. Desde finales de febrero, el partido ha criticado las posiciones del Gobierno y ha evitado respaldar las condenas a los ataques que diversos sectores consideran contrarios al derecho internacional. Esta postura se enmarca en una dinámica política de oposición sistemática al discurso del Ejecutivo. Sin embargo, dentro del propio partido existen matices y divergencias que reflejan tensiones internas sobre cómo abordar el conflicto.

Uno de los sectores más firmemente alineados con la política exterior de Estados Unidos e Israel está representado por figuras del ala dura, como la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, o el expresidente del Gobierno José María Aznar, más comprensivos con crímenes de guerra o genocidios, que hubiesen cometido dichos países. Ambos han manifestado en distintas ocasiones su cercanía ideológica y política con posiciones cercanas al trumpismo y al sionismo político. En el caso de Ayuso, sus recientes viajes a Estados Unidos y su participación en actos internacionales vinculados a medios y organizaciones proisraelíes refuerzan esta imagen. La dirigente madrileña ha defendido públicamente sus relaciones con Estados Unidos e Israel, afirmando que no se avergüenza de mantener dichos vínculos.

José María Aznar, por su parte, mantiene desde hace años una relación estrecha con organizaciones internacionales de apoyo al Estado de Israel. En 2010 fundó la iniciativa Friends of Israel Initiative, una plataforma internacional destinada a promover el respaldo político y diplomático a Israel. Este tipo de iniciativas, junto con su papel durante la guerra de Irak a comienzos del siglo XXI, han consolidado su perfil como uno de los líderes europeos más firmemente alineados con la política exterior estadounidense en la región.

Sin embargo, la aparente unidad que intenta proyectar la dirección nacional del Partido Popular se ha visto cuestionada por algunos dirigentes autonómicos. Varios “barones” regionales han empezado a mostrar posiciones más matizadas o directamente críticas con la intervención militar. El caso más visible es el del presidente de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco, quien ha señalado públicamente que los ataques sobre Irán parecen carecer del respaldo de la legalidad internacional. Su posicionamiento resulta especialmente significativo al producirse en un contexto electoral, donde el margen de maniobra política suele ser más limitado.

Otros líderes autonómicos también han adoptado discursos más prudentes. El presidente de Galicia, Alfonso Rueda, ha valorado positivamente algunas iniciativas del Gobierno destinadas a mitigar los efectos del conflicto, al tiempo que mantiene críticas hacia Pedro Sánchez. De forma similar, el president de la Generalitat Valenciana, Juanfran Pérez Llorca, ha apostado por una solución diplomática para resolver la crisis, aunque sin renunciar a cuestionar la actuación del Ejecutivo central. Incluso dentro del partido existen voces que han condenado con anterioridad la violencia en la región, como la presidenta de Extremadura, María Guardiola, quien ha denunciado el sufrimiento de la población civil en Gaza.

Estas diferencias reflejan un debate más amplio dentro del Partido Popular sobre su posicionamiento en política internacional. Mientras algunos dirigentes mantienen una línea de fuerte alineamiento con Estados Unidos e Israel, otros consideran más conveniente adoptar una postura centrada en la defensa del derecho internacional y la búsqueda de soluciones diplomáticas. El conflicto en Oriente Próximo, por tanto, no solo tiene repercusiones geopolíticas, sino que también actúa como un factor que evidencia tensiones internas dentro de la política española.

En conclusión, la guerra en Oriente Próximo ha reavivado en España el debate sobre la política exterior, el derecho internacional y el papel de los partidos políticos ante conflictos internacionales. La postura del Gobierno bajo el lema “No a la guerra” ha obligado al Partido Popular a posicionarse en un terreno delicado, donde conviven la confrontación política con el Ejecutivo y las divergencias internas entre sus propios dirigentes. Estas tensiones muestran cómo los conflictos internacionales pueden tener un impacto directo en la dinámica política nacional, revelando diferencias estratégicas y discursivas dentro de los propios partidos de derechas.

Fuente: El Plural.com

IA. Revolución silenciosa: Tecnología y Poder, en el nuevo orden mundial.

 Jonathan Brill, ‘futurólogo’ de IA, que ha asesorado a grandes multinacionales y al Departamento de Estado de EE UU, defiende que “todavía no estamos entendiendo el impacto que va a tener la robótica y otros avances tecnológicos en los siguientes años”

Para este futurólogo de Boston, de 52 años, la colaboración discontinua entre IA y trabadores o empresas, son señales tempranas del cambio profundo que está por venir.

A su juicio, la sociedad aún no comprende totalmente la magnitud del impacto que la robótica y la inteligencia artificial tendrán en los próximos años. Lo que hoy parece una innovación llamativa podría convertirse pronto en parte del tejido laboral y cotidiano en la vida urbana, del trabajo y de la economía global.

Brill se dedica precisamente a anticipar ese futuro, ofreciendo en Estados Unidos, conferencias a empresas y organizaciones para ayudarles a entender cómo podría ser el mundo dentro de cinco años y cómo posicionarse estratégicamente ante ese escenario.

La rapidez de los cambios tecnológicos ha generado un contexto empresarial completamente nuevo, donde adaptarse se ha vuelto una cuestión de supervivencia. Con esta idea en mente, Brill ha escrito junto a Stephen Wunker el libro La IA y la organización pulpo, una obra que explora cómo las empresas deben transformarse para operar en un entorno donde la inteligencia artificial será omnipresente. Además, ya trabaja en un nuevo volumen centrado en cómo las organizaciones pueden adaptarse a esta revolución tecnológica.

Aunque para gran parte del público la inteligencia artificial se hizo visible con el lanzamiento de ChatGPT en noviembre de 2022, Brill recuerda que en realidad se trata de una tecnología con más de setenta años de desarrollo. Según su visión, lo que ocurre ahora es que finalmente ha alcanzado un punto de madurez que permite su expansión a gran escala. Sin embargo, el verdadero salto aún está por venir. El futurólogo anticipa que el siguiente paso será la capacidad de la inteligencia artificial para programarse a sí misma sin intervención humana. Ya existen indicios de esta tendencia. En 2024, por ejemplo, un sistema conocido como The AI Scientist, desarrollado por la empresa japonesa Sakana AI, consiguió modificar su propio código para superar restricciones impuestas por sus creadores. Un año después, investigadores de la Universidad de Fudan, en Shanghái, lograron que dos modelos de lenguaje se replicaran a sí mismos con tasas de éxito de entre el 50 % y el 90 %.

Estos avances han alimentado temores sobre el futuro del empleo. Sin embargo, Brill se muestra sorprendentemente optimista. Para él, el hecho de que la inteligencia artificial pueda realizar más tareas no significa necesariamente que vaya a destruir puestos de trabajo. Más bien cree que transformará la naturaleza del trabajo humano. Los empleados, sostiene, dedicarán menos tiempo a tareas repetitivas y podrán concentrarse en labores más creativas y de mayor valor añadido. En su visión, la inteligencia artificial actuará como una ampliación de la capacidad intelectual humana. Llega incluso a afirmar que en los próximos años cualquier trabajador podría ser “treinta veces más inteligente que Einstein” gracias a la asistencia de estas herramientas.

Los datos actuales parecen respaldar parcialmente esta interpretación transformadora más que destructiva. Un estudio del Instituto Universitario Valenciano de Investigación en Inteligencia Artificial (VRAIN), de la Universidad Politécnica de Valencia, estima que alrededor del 20 % de los empleos en España ya están expuestos a la inteligencia artificial. Sin embargo, los investigadores subrayan que esta exposición no implica necesariamente sustitución laboral, sino cambios en las tareas y en la forma de desempeñar el trabajo.

Más allá de la inteligencia artificial, Brill identifica otra revolución tecnológica emergente: la computación espacial. Aunque todavía suena a ciencia ficción, esta tecnología consiste en integrar el mundo físico y el digital mediante sistemas capaces de procesar información espacial en tiempo real. Dispositivos como las gafas de realidad virtual o aumentada desarrolladas por grandes empresas tecnológicas son un primer paso en esa dirección. En el futuro, esta convergencia podría transformar la manera en que interactuamos con la información, el entorno y otras personas.

Pero el futurólogo no limita su análisis al ámbito tecnológico. También observa cómo estos avances están reconfigurando el equilibrio geopolítico mundial. En su opinión, el control de recursos estratégicos será uno de los grandes motores de conflicto en el futuro próximo. Brill señala, por ejemplo, que el canal de Panamá podría convertirse en un nuevo punto de tensión geopolítica. Las declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump sobre recuperar la influencia estadounidense en esa infraestructura reflejan, según él, la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China por las rutas comerciales y el control logístico global.

Desde esta perspectiva, algunas decisiones geopolíticas recientes pueden interpretarse como movimientos estratégicos en una partida global por los recursos energéticos y la influencia económica. Restricciones energéticas en determinados países, ataques a infraestructuras energéticas o sanciones internacionales forman parte de una lógica de competencia entre grandes potencias. Estados Unidos, China e India aparecen en este tablero como actores principales.

A largo plazo, Brill prevé que China e India experimentarán un crecimiento económico muy fuerte, lo que aumentará su demanda de materias primas y recursos naturales. Este fenómeno podría desencadenar lo que él denomina una “guerra por los recursos”, en la que el acceso a minerales, energía y materiales estratégicos se convertirá en un factor decisivo de poder. El desafío fundamental del siglo XXI, según su análisis, será lograr que estas potencias convivan pacíficamente mientras compiten por esos recursos.

En este escenario, el papel de Europa resulta incierto. Brill considera que la Unión Europea deberá avanzar hacia una mayor integración política y fortalecer su capacidad industrial si quiere mantener relevancia en el nuevo orden tecnológico y geopolítico. También sugiere seguir las recomendaciones de informes recientes que abogan por grandes inversiones estratégicas y por reducir dependencias críticas en sectores clave.

En definitiva, el mundo que describe Jonathan Brill se parece a una compleja partida de ajedrez global donde tecnología, economía y política se entrelazan. En sus palabras, Estados Unidos ya ha realizado su primer gran movimiento; China moverá su torre; India su alfil. La pregunta que queda abierta es si Europa podrá participar activamente en esa partida o si se limitará a observar desde la periferia mientras se define el futuro del orden mundial.

Fuente: El País.com

ANEXO I

Para 2030, la inteligencia artificial (IA) será una tecnología omnipresente y transversal que automatizará hasta el 30% de las horas laborales actuales, transformando radicalmente el mercado de trabajo y la economía global. 

Se espera una integración profunda de la IA en la vida cotidiana, con el potencial de adoptar formas físicas como robots humanoides y requerir un enfoque humano en la creatividad y habilidades emocionales.

Aquí se detallan donde impactará la IA en el horizonte 2030:

  • Revolución Laboral y Automatización.- La IA generativa y la automatización inteligente realizarán tareas tanto repetitivas como creativas, impactando en la mayoría de los sectores, lo que plantea una necesidad urgente de adaptación ante posibles niveles elevados de desempleo o reubicación laboral. Algunos expertos, como el investigador Roman Yampolskiy, sugieren riesgos de desplazamiento laboral a gran escala.
  • IA de Propósito General y Robots.- Para 2030, la IA no será solo software, sino que podría materializarse en robots humanoides. Los sistemas de IA serán capaces de resolver problemas complejos de forma autónoma.
  • Impacto Económico.- Se estima que la IA impulse la economía mundial en miles de millones de dólares, aumentando la eficiencia y productividad.
  • Sostenibilidad y Agenda 2030.- La IA actuará como un catalizador para los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), optimizando el consumo energético, impulsando la economía circular y mitigando el cambio climático.
  • Ética y Gobernanza.- Será fundamental desarrollar marcos regulatorios para asegurar una IA ética, transparente y sin sesgos, protegiendo los derechos humanos


14 de marzo de 2026

GUERRA DE IRÁN. Antecedentes, narrativa, propósitos y objetivos.

Trump trata de rematar décadas de estrategias agresivas de EE.UU.  contra Irán, al tiempo que desmonta el orden mundial.

 


El presidente de EEUU está desatando el caos global en su afán por dominar Irán y ni siquiera parece garantizado que Washington pueda retomar el control del país, tal y como ocurría en tiempos de Reza Pahlavi. La historia siempre se repite.

IRÁN. Soberanía y conflicto, desde Mosaddeq hasta la actualidad

  El 20 de marzo de 1951 marcó un punto de inflexión en la historia de Irán. Ese día, el primer ministro iraní Mohammad Mosaddeq, elegido democráticamente, decidió nacionalizar la Anglo-Persian Oil Company, hasta entonces controlada por intereses británicos. Esta decisión fue interpretada en Londres como una amenaza directa a sus intereses económicos y estratégicos. Como respuesta, el Reino Unido conspiró junto con Estados Unidos para organizar un golpe de Estado que pusiera fin al gobierno de Mosaddeq. Así nació la Operación Ajax, una acción coordinada entre la inteligencia británica y la recién creada CIA que, en 1953, logró derrocar al primer ministro e instaurar en el poder al sha de Persia, Mohammad Reza Pahlavi.

  El nuevo régimen inauguró una monarquía autoritaria que se mantendría hasta 1979. Durante ese tiempo, Irán se convirtió en uno de los aliados más cercanos de Estados Unidos en Oriente Medio, especialmente en el contexto de la Guerra Fría y por su proximidad geográfica con la Unión Soviética. Sin embargo, la estrecha relación con Washington y Londres generó un profundo resentimiento entre amplios sectores de la sociedad iraní. Muchos ciudadanos percibían al sha como una figura subordinada a los intereses occidentales más que como un líder nacional independiente.

  Uno de los instrumentos clave del poder del sha fue la SAVAK, la policía secreta del régimen, creada con apoyo de la CIA y del Mossad israelí. Esta organización se encargó de reprimir duramente cualquier forma de oposición política. Intelectuales, activistas de izquierda y críticos del régimen fueron perseguidos, encarcelados o torturados. Esta represión contribuyó a consolidar la percepción de que el gobierno de Pahlavi era una dictadura sostenida desde el exterior. Al mismo tiempo, la represión eliminó muchas formas de oposición política, mientras que las instituciones religiosas lograron mantener cierta capacidad de organización. Este factor sería decisivo décadas después.

 El creciente descontento social culminó en la Revolución Islámica de 1979, que derrocó al sha y estableció una república islámica profundamente crítica con Estados Unidos. Para muchos iraníes, aquella revolución representó un grito de independencia y soberanía frente a las potencias extranjeras que durante décadas habían influido en la política del país. Desde entonces, las relaciones entre Irán y Estados Unidos han estado marcadas por la desconfianza, la rivalidad geopolítica y las sanciones económicas.

  En la actualidad, el conflicto ha vuelto a intensificarse. La política estadounidense hacia Irán, impulsada por el presidente Donald Trump, busca debilitar al régimen iraní y alterar el equilibrio de poder en la región. Sin embargo, esta estrategia también ha generado consecuencias globales inesperadas. El aumento del precio del petróleo, provocado en parte por la tensión en el estrecho de Ormuz, ha obligado incluso a reconsiderar sanciones a otros países productores como Rusia para estabilizar el mercado energético.

  Además, la guerra ha contribuido a desestabilizar aún más Oriente Medio. Bombardeos en Líbano han provocado el desplazamiento de cientos de miles de personas, mientras que Irán ha respondido con misiles y drones contra aliados regionales de Estados Unidos e Israel. Al mismo tiempo, el conflicto está teniendo efectos indirectos en otros escenarios internacionales, como la guerra en Ucrania, debido a la redistribución de recursos militares estadounidenses.

  A pesar de la presión militar y económica, el régimen iraní no se ha derrumbado. Por el contrario, muchos ciudadanos interpretan los ataques como una agresión contra la nación iraní en su conjunto, lo que ha reforzado el sentimiento nacionalista. En este contexto, Irán recurre a estrategias asimétricas: incapaz de enfrentarse directamente al poder militar de Estados Unidos, intenta presionar a la economía global, especialmente mediante acciones que afectan al mercado petrolero.

  La historia reciente demuestra que las tensiones entre Irán y Occidente no pueden entenderse sin considerar el legado del golpe de Estado de 1953 y las décadas de intervención extranjera. La cuestión de la soberanía nacional sigue siendo un elemento central en la política iraní. Más de medio siglo después de la caída de Mosaddeq, el país continúa siendo escenario de un conflicto donde se entrelazan intereses energéticos, rivalidades geopolíticas y aspiraciones de independencia nacional.

Fuente: El Diario.es


Brecha entre discurso político de Trump y la realidad estratégica

Los informes de seguridad contradicen el relato de la Casa Blanca sobre Irán y agravan la presión sobre el presidente.

   

La guerra entre Estados Unidos e Irán ha comenzado a revelar una contradicción cada vez más visible dentro del propio aparato de poder estadounidense. Mientras la Casa Blanca ha intentado justificar la ofensiva con un discurso de urgencia estratégica y objetivos ambiciosos, los informes del Pentágono y de la inteligencia estadounidense dibujan un panorama mucho más complejo y menos favorable. 

A medida que el conflicto entra en su segunda semana, la cuestión central ya no es solo cuánto durará la guerra o cómo responderá Teherán, sino la distancia entre la narrativa política del presidente Donald Trump y las evaluaciones de seguridad elaboradas por sus propios organismos.

Según estas evaluaciones, no existía un riesgo nuclear inminente que justificara el tono de urgencia utilizado por la Casa Blanca. Además, el Pentágono ha confirmado que el misil Tomahawk empleado en los ataques era de origen estadounidense, eliminando cualquier ambigüedad sobre la implicación directa de Washington en la ofensiva. Sin embargo, la discrepancia más significativa aparece en el análisis sobre los efectos políticos de la guerra. Los informes de inteligencia citados por diversas fuentes sostienen que los bombardeos no parecen capaces de provocar la caída del régimen iraní, uno de los escenarios que el discurso político de Trump sugería como posible resultado de la presión militar.

Lejos de mostrar signos de colapso, la estructura de poder de la República Islámica parece mantenerse intacta. Incluso la muerte del ayatolá Ali Jamenei al inicio de la ofensiva no habría desarticulado el sistema político iraní. El régimen ha demostrado capacidad para reorganizarse rápidamente, manteniendo el control institucional y asegurando la continuidad del liderazgo mediante la designación del hijo de Jamenei como nuevo líder supremo. Este movimiento refuerza la cohesión interna y envía un mensaje de estabilidad tanto al interior del país como al exterior, debilitando la idea de que la presión militar podría provocar una implosión del sistema político iraní.

Tampoco parece viable otra de las opciones que a veces se contemplan en este tipo de conflictos: fomentar un cambio de régimen desde los márgenes mediante grupos armados opositores. Los informes del Pentágono señalan que las milicias kurdas iraníes asentadas en Irak carecen de la capacidad militar necesaria para una operación de ese tipo. No cuentan con suficientes efectivos ni con la potencia de fuego necesaria para desafiar al aparato del Estado iraní. El propio Trump terminó descartando esa posibilidad, reconociendo que su participación haría el conflicto todavía más complejo.

Ante este panorama, Estados Unidos se enfrenta a una disyuntiva difícil. Por un lado, podría intentar cerrar el conflicto rápidamente y presentar la operación como un éxito limitado. Por otro, podría intensificar la ofensiva con la esperanza de alterar el equilibrio interno en Irán. Sin embargo, ninguna de estas opciones garantiza una solución estable. Una retirada temprana dejaría a un Irán golpeado pero aún operativo, posiblemente más decidido que nunca a reforzar su capacidad disuasoria.

De hecho, uno de los efectos más preocupantes de la guerra podría ser precisamente el contrario al deseado. Según el Organismo Internacional de Energía Atómica, Irán aún conserva reservas significativas de uranio enriquecido al 60 %, un nivel cercano al necesario para fabricar un arma nuclear. Si el régimen concluye que seguirá siendo objetivo de ataques incluso sin poseer armas nucleares, la tentación de desarrollar finalmente la bomba como garantía de supervivencia podría aumentar.

Además, Irán ha demostrado que no necesita una victoria militar directa para perjudicar a sus adversarios. La amenaza de bloquear el estrecho de Ormuz, un punto clave para el comercio mundial de energía, puede generar enormes tensiones económicas internacionales. También existe la posibilidad de ataques contra países del Golfo, lo que aumentaría la presión sobre las monarquías de la región y pondría a prueba la capacidad de protección estadounidense.

La escalada del conflicto, por tanto, entraña riesgos que van más allá del enfrentamiento militar inmediato. Incluso en el improbable caso de que el régimen iraní colapsara, las consecuencias podrían ser imprevisibles. Irán es un país de casi 90 millones de habitantes y ocupa una posición estratégica en Oriente Medio. Una desintegración del Estado podría provocar violencia interna, fragmentación territorial y una fuerte inestabilidad regional.

En este contexto, la discrepancia entre la Casa Blanca y los organismos de seguridad estadounidenses adquiere una importancia crucial. No se trata únicamente de un desacuerdo técnico, sino de una cuestión estratégica fundamental: si no existía una amenaza nuclear inmediata, si el régimen no parece estar cerca de caer y si los objetivos de la guerra siguen siendo ambiguos, la Administración está obligada a explicar cuál es realmente su propósito. En última instancia, esta falta de claridad refleja uno de los mayores peligros de la guerra: avanzar hacia una escalada cuyo final sigue siendo profundamente incierto.

Fuente: El Plural.com


Trump pide crear flota internacional para proteger estrecho de Ormuz, tras bombardear la estratégica isla de Jarg

Estados Unidos golpea objetivos militares en la principal terminal petrolera de Irán, y la República Islámica responde prometiendo una nueva oleada de ataques en el Golfo.

Escalada en el Golfo: petróleo, poder y guerra

    El conflicto en Oriente Próximo ha entrado en una nueva fase de escalada tras el ataque de Estados Unidos contra objetivos militares iraníes en la isla de Jarg, principal terminal petrolera del país. 

La decisión anunciada por Donald Trump representa un golpe estratégico dirigido al corazón económico de Irán, ya que por esta isla transita aproximadamente el 90 % de las exportaciones de crudo de la República Islámica. El bombardeo se produce como represalia directa a los intentos de Teherán de bloquear el estrecho de Ormuz, uno de los puntos más sensibles del comercio energético mundial.

El estrecho de Ormuz es una arteria fundamental para la economía global. Por esta vía marítima circula cerca de una quinta parte del petróleo que se consume en el mundo, lo que convierte cualquier interrupción en un riesgo inmediato para los mercados energéticos y la estabilidad económica internacional. Consciente de esta importancia, la Casa Blanca ha anunciado su intención de restablecer el tráfico marítimo mediante una operación internacional coordinada con varios países aliados. Según Trump, potencias como China, Francia, Japón, Corea del Sur o el Reino Unido podrían enviar buques de guerra para garantizar que el paso permanezca abierto y seguro.

A pesar de la contundencia del ataque, Washington ha afirmado que las instalaciones petroleras de Jarg no han sido alcanzadas, limitando la ofensiva a infraestructuras militares como búnkeres de misiles, depósitos de minas navales y otras posiciones estratégicas. Esta decisión parece responder al temor de que la destrucción de la terminal petrolera provoque una crisis energética aún mayor. De hecho, el precio del petróleo ya ha aumentado cerca de un 40 % desde el inicio de la ofensiva contra Irán, y el barril de Brent ha llegado a aproximarse a los 120 dólares durante la semana.

Irán, por su parte, ha reaccionado con amenazas de represalias. La Guardia Revolucionaria ha advertido que podría atacar activos estadounidenses en el Golfo e incluso puertos en los Emiratos Árabes Unidos. El lanzamiento de un misil contra un helipuerto dentro de la embajada estadounidense en Bagdad refleja que la confrontación ya se está expandiendo a otros escenarios regionales. Mientras tanto, miles de petroleros permanecen bloqueados a la espera de condiciones de seguridad para atravesar el estrecho de Ormuz.

La tensión militar también coincide con el agravamiento del conflicto en otros frentes de Oriente Próximo, como el Líbano, donde los enfrentamientos han causado cientos de víctimas y desplazamientos masivos. Ante este panorama, el secretario general de la ONU ha insistido en que no existe una solución militar duradera y ha reclamado el retorno a la diplomacia.

En definitiva, el ataque a la isla de Jarg simboliza un momento crítico en el conflicto. Estados Unidos intenta garantizar la seguridad de una de las rutas energéticas más importantes del mundo, mientras Irán busca demostrar que puede responder y mantener su influencia regional. En medio de esta confrontación, el sistema energético global y la estabilidad de Oriente Próximo se encuentran en un delicado equilibrio que podría romperse en cualquier momento como consecuencia de algún nuevo movimiento militar.

Fuente: El Pais.com

13 de marzo de 2026

CRISIS DEL PETRÓLEO ¿Consecuencia de la dependencia energética en el mundo contemporáneo?

El estrecho de Ormuz, geopolítica y guerra, con el petróleo en el punto de mira.


El estrecho de Ormuz, de nuevo se ha convertido en una de las zonas más sensibles de la geopolítica mundial. 

En medio de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, Washington ha prometido reabrir esta vía estratégica, mientras los mercados energéticos permanecen en alerta ante la posibilidad de una interrupción prolongada del suministro global de petróleo. Las declaraciones del secretario de Defensa estadounidense reflejan tanto la dimensión militar del conflicto como su impacto económico y político a escala internacional.

El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, afirmó que el Pentágono dispone de un plan para asegurar el tráfico marítimo en el estrecho y garantizar que esta arteria del comercio mundial permanezca abierta. Sus declaraciones se producen en un contexto de creciente tensión, ya que Irán ha intentado mantener cerrado el paso mediante ataques contra buques y operaciones militares en la región. El estrecho de Ormuz, ubicado entre el golfo Pérsico y el océano Índico, es uno de los puntos más estratégicos del comercio global, pues por él transita aproximadamente el 20 % del petróleo mundial.

Las palabras de Hegseth forman parte de un esfuerzo más amplio del gobierno estadounidense para tranquilizar a los mercados internacionales y evitar un aumento descontrolado de los precios del petróleo. Incluso el presidente Donald Trump ha instado a las compañías navieras a mantener sus rutas comerciales a través de la región y a “demostrar valentía” frente a las amenazas iraníes. Sin embargo, la situación sigue siendo incierta. Irán ha declarado que continuará intentando cerrar el estrecho, mientras intensifica sus ataques con drones contra objetivos en países vecinos. Como consecuencia de esta tensión, el precio del barril de petróleo Brent ha alcanzado niveles cercanos a los 100 dólares.

Desde la perspectiva militar estadounidense, el conflicto refleja el debilitamiento de las capacidades militares iraníes. Hegseth ha afirmado que el ejército iraní ha sido neutralizado con rapidez y que el régimen se encuentra en una situación de desesperación. Según el secretario de Defensa, las fuerzas iraníes tienen dificultades para comunicarse y coordinarse, lo que indicaría un deterioro significativo de su estructura militar. En este contexto, el Pentágono ha señalado que continuará aumentando la presión militar sobre Irán hasta lograr sus objetivos estratégicos.

Uno de los aspectos más llamativos de la rueda de prensa fue el tono beligerante del discurso oficial. Hegseth utilizó expresiones como “sin cuartel” para referirse a la estrategia militar estadounidense, una frase que, en términos de derecho internacional humanitario, alude a la eliminación del enemigo incluso cuando intenta rendirse, algo expresamente prohibido por las normas de la guerra. Este tipo de declaraciones refleja el clima de confrontación total que caracteriza al conflicto actual.

Mientras tanto, el liderazgo iraní también atraviesa un momento de incertidumbre. Tras la muerte del líder supremo Ali Jamenei en los ataques iniciales del conflicto, su hijo, Mojtaba Jamenei, fue designado como nuevo líder supremo. No obstante, según el Pentágono, el nuevo dirigente estaría herido y posiblemente desfigurado, lo que plantea dudas sobre su capacidad para dirigir el país durante la guerra. La ausencia de apariciones públicas y la difusión de comunicados únicamente escritos han alimentado las especulaciones sobre su estado de salud y su control real sobre el poder.

Al mismo tiempo, el conflicto también ha tenido consecuencias humanas significativas. Estados Unidos confirmó la muerte de seis militares tras el accidente de un avión cisterna en Irak, mientras que otros soldados han resultado heridos desde el inicio de la guerra. Además, un ataque contra una escuela primaria en el sur de Irán causó la muerte de al menos 175 personas, la mayoría niñas. Investigaciones preliminares señalan que un misil estadounidense podría haber sido responsable del incidente, lo que añade una dimensión humanitaria y ética al conflicto.

En conclusión, la crisis en el estrecho de Ormuz ilustra cómo los conflictos regionales pueden tener repercusiones globales. La combinación de tensiones militares, rivalidades geopolíticas y dependencia energética convierte a esta zona en un punto crítico para la estabilidad mundial. Mientras Estados Unidos intenta garantizar la seguridad del comercio marítimo y contener el impacto económico de la guerra, Irán continúa desafiando estas medidas, manteniendo viva una confrontación que podría tener consecuencias profundas tanto para Oriente Próximo como para la economía global.

¿CRISIS ENERGÉTICA GLOBAL?

Expertos señalan, que crisis petrolera derivada de ataques de EEUU e Israel contra Irán, no se saldará sin invertir antes en renovables para lograr la soberanía energética real.  

La historia reciente demuestra que la energía no es solo un recurso económico, sino también un factor geopolítico central capaz de alterar el equilibrio mundial. 

La crisis del petróleo de 1973 evidenció hasta qué punto las economías industriales dependían del suministro de combustibles fósiles. Hoy, medio siglo después, el escenario internacional vuelve a recordar aquella situación: conflictos en Oriente Próximo, interrupciones del suministro y decisiones de emergencia por parte de los países consumidores. Analizar estos acontecimientos permite comprender cómo la dependencia energética sigue condicionando la economía global, la política internacional y las estrategias de transición hacia modelos energéticos más sostenibles.

Durante la Guerra de Yom Kipur, varios países árabes decidieron embargar las exportaciones de petróleo hacia las potencias occidentales. Esta decisión desencadenó la conocida Crisis del petróleo de 1973, que provocó un fuerte aumento de los precios de la energía y una recesión económica en numerosos países. El geógrafo David Harvey, en su obra La condición de la posmodernidad, explica que este shock energético aceleró procesos de reestructuración económica y transformaciones sociales y políticas profundas. En respuesta a aquella crisis, los países industrializados crearon en 1974 la Agencia Internacional de la Energía, una institución destinada a coordinar políticas energéticas y garantizar el suministro en situaciones de emergencia.

En el contexto actual, la misma agencia ha anunciado la mayor liberación de reservas de petróleo de su historia ante una interrupción masiva del suministro mundial. La medida responde al cierre del Estrecho de Ormuz, un paso estratégico por el que transita aproximadamente el 20 % del petróleo y gas del planeta. Esta situación demuestra que las economías contemporáneas siguen siendo estructuralmente dependientes de los combustibles fósiles. Según el economista y exministro Alberto Garzón, la gravedad de la crisis dependerá en gran medida de cuánto tiempo permanezca interrumpido el flujo energético, ya que el encarecimiento del petróleo repercute en toda la economía: combustibles, fertilizantes, transporte e incluso en indicadores financieros como el euríbor.

La dependencia energética también tiene implicaciones políticas y geoestratégicas. 

Diversos analistas han señalado que los conflictos relacionados con recursos naturales han influido en decisiones militares y diplomáticas de grandes potencias. Harvey argumenta en su libro Breve historia del neoliberalismo que Estados Unidos ya contemplaba intervenir en Oriente Próximo durante la crisis de los años setenta para garantizar el flujo de petróleo y estabilizar los precios. En la actualidad, el debate se traslada a la producción interna estadounidense, especialmente al método de extracción conocido como Fracturación hidráulica. Este sistema permitió a Estados Unidos aumentar notablemente su producción energética durante la última década, pero algunos estudios apuntan a que su crecimiento podría estar llegando a un límite, lo que incrementaría la vulnerabilidad del mercado energético global.

Ante situaciones de crisis, los países miembros de la Agencia Internacional de la Energía mantienen reservas estratégicas equivalentes a al menos noventa días de importaciones. Estas reservas incluyen crudo, gasolina y otros derivados del petróleo, almacenados en infraestructuras energéticas distribuidas por los distintos países. Su liberación busca aumentar la oferta de petróleo en el mercado y contener la subida de precios. Sin embargo, muchos especialistas coinciden en que se trata únicamente de una solución temporal.

 Las reservas pueden amortiguar el impacto inmediato, pero no resuelven el problema estructural de fondo: la dependencia global de recursos energéticos limitados y geográficamente concentrados.

En consecuencia, la crisis actual vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de transformar el modelo energético. 

Reducir el consumo de combustibles fósiles y aumentar la producción local de energía renovable aparece como una estrategia clave para mejorar la soberanía energética y disminuir la vulnerabilidad ante conflictos internacionales. La transición energética no solo tiene implicaciones ambientales, sino también económicas y políticas. Al depender menos de regiones exportadoras inestables, los países podrían reducir el impacto de futuras crisis energéticas.

En conclusión, la situación actual refleja un patrón histórico recurrente: cuando el suministro de energía se ve amenazado, las economías globales experimentan fuertes tensiones económicas y políticas. Desde la crisis de 1973 hasta el presente, las medidas de emergencia —como la liberación de reservas— han servido para amortiguar el impacto inmediato, pero no han resuelto el problema de fondo. La dependencia estructural de los combustibles fósiles continúa condicionando la estabilidad del sistema económico mundial. 

Por ello, avanzar hacia un modelo energético más diversificado y sostenible no es solo una cuestión ambiental, sino también una necesidad estratégica para el futuro de las sociedades contemporáneas.

ACTUALIDAD

EEUU autoriza la compra de petróleo ruso para frenar el encarecimiento generado por su ataque a Irán. ¿Estados Unidos sigue siendo un aliado de Europa?

Cuatro años de guerra en Ucrania y las contradicciones de Occidente

El pasado 24 de febrero se cumplieron cuatro años desde el inicio de la guerra de Ucrania, un conflicto que ha marcado profundamente la política internacional, la economía global y las relaciones entre las potencias occidentales y Rusia. 

Desde el comienzo de la invasión rusa, Occidente respondió con un amplio paquete de sanciones económicas y un bloqueo comercial dirigido a aislar a Moscú y debilitar su capacidad para sostener la guerra. Sin embargo, el desarrollo del conflicto y las decisiones recientes de Estados Unidos han puesto de manifiesto importantes contradicciones dentro del bloque occidental, así como las tensiones entre principios políticos, intereses económicos y realidades geopolíticas.

Desde 2022, los países occidentales, especialmente los miembros de la OTAN y la Unión Europea, han aplicado sanciones económicas sin precedentes contra Rusia. Estas medidas buscaban limitar los ingresos del Kremlin y presionar al gobierno de Vladimir Putin para poner fin a la invasión. Al mismo tiempo, los países aliados destinaron miles de millones de euros de sus presupuestos nacionales para apoyar a Ucrania, tanto en ayuda militar como financiera. Este esfuerzo fue presentado como un sacrificio necesario para defender la soberanía ucraniana y proteger a su población frente a la agresión rusa.

Sin embargo, el impacto económico de estas políticas también se ha dejado sentir en los propios países europeos. La dependencia energética de muchos Estados miembros de la Unión Europea respecto a los combustibles fósiles rusos convirtió las sanciones en un proceso complejo y costoso. La subida de los precios de la energía y las materias primas, junto con las tensiones en los mercados internacionales, afectó a las economías europeas, que han tenido que reorganizar sus fuentes de suministro energético en medio de un contexto global cada vez más inestable.

La situación se ha agravado recientemente con el estallido de una nueva crisis en Oriente Próximo tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán. 

La posibilidad de que el conflicto afecte al estrecho de Ormuz, una de las rutas más importantes para el transporte mundial de petróleo, ha generado un fuerte aumento de los precios del crudo y ha despertado el temor a una nueva crisis energética global. 

En este contexto, la administración estadounidense presidida por Donald Trump ha tomado una decisión que ha provocado fuertes críticas entre sus aliados europeos: permitir de forma temporal la compra de petróleo ruso, que se encontraba almacenado en buques en alta mar.

El Departamento del Tesoro de Estados Unidos, dirigido por Scott Bessent, justificó esta medida como una autorización limitada destinada a “incrementar el alcance global del suministro existente” y evitar una mayor tensión en los mercados energéticos. Según Washington, la decisión no supondría beneficios financieros significativos para el gobierno ruso, ya que gran parte de los ingresos energéticos del país proceden de impuestos aplicados en el punto de extracción. No obstante, la medida ha sido interpretada por muchos observadores como un retroceso en la estrategia de presión económica contra Moscú.

La reacción de la Unión Europea no se ha hecho esperar

El presidente del Consejo Europeo, António Costa, calificó la decisión estadounidense de “muy preocupante” y la consideró una ruptura con la línea de actuación que los aliados habían mantenido desde el inicio del conflicto. En una línea similar, el canciller alemán Friedrich Merz, afirmó que la medida era “un error”, argumentando que el problema actual no es de suministro, sino de precios. Para los líderes europeos, levantar parcialmente las sanciones al petróleo ruso puede debilitar la estrategia destinada a reducir los ingresos del Kremlin y limitar su capacidad para financiar la guerra.

Otros líderes europeos también expresaron su preocupación. El presidente francés, Emmanuel Macron, advirtió que suavizar las sanciones podría fortalecer la posición de Rusia y proporcionar nuevos recursos para su maquinaria militar. Según algunas estimaciones, la autorización estadounidense podría generar hasta 10.000 millones de dólares adicionales para Moscú, una cantidad significativa en el contexto del conflicto.

Estas discrepancias reflejan las tensiones internas dentro del bloque occidental. 

Mientras la Unión Europea insiste en mantener la presión económica sobre Rusia para forzar negociaciones de paz, Estados Unidos parece priorizar la estabilidad de los mercados energéticos y las implicaciones económicas internas. El aumento del precio del petróleo y la preocupación por la inflación, especialmente en un contexto político marcado por las elecciones de medio mandato en Estados Unidos, han influido claramente en la decisión de Washington.

En última instancia, la situación evidencia una de las grandes paradojas de la política internacional contemporánea: la dificultad de sostener estrategias de presión económica prolongadas cuando entran en conflicto con intereses económicos inmediatos. Cuatro años después del inicio de la guerra en Ucrania, el conflicto no solo sigue abierto, sino que también continúa poniendo a prueba la coherencia y cohesión de Occidente, que parece se esté resquebrajando por momentos, a juzgar por las últimas decisiones adoptadas por Washington.

La evolución de estas tensiones y las decisiones que adopten las principales potencias en los próximos meses serán determinantes tanto para el futuro del conflicto como para el equilibrio geopolítico global.

Fuente: Publico.es ; El Plural.com