Trump trata de rematar décadas de estrategias agresivas de EE.UU. contra Irán, al tiempo que desmonta el orden mundial.
IRÁN. Soberanía y
conflicto, desde Mosaddeq hasta la actualidad
El 20 de marzo de 1951
marcó un punto de inflexión en la historia de Irán. Ese día, el primer ministro
iraní Mohammad Mosaddeq, elegido democráticamente, decidió nacionalizar la
Anglo-Persian Oil Company, hasta entonces controlada por intereses británicos.
Esta decisión fue interpretada en Londres como una amenaza directa a sus
intereses económicos y estratégicos. Como respuesta, el Reino Unido conspiró
junto con Estados Unidos para organizar un golpe de Estado que pusiera fin al
gobierno de Mosaddeq. Así nació la Operación Ajax, una acción coordinada entre
la inteligencia británica y la recién creada CIA que, en 1953, logró derrocar
al primer ministro e instaurar en el poder al sha de Persia, Mohammad Reza
Pahlavi.
El nuevo régimen
inauguró una monarquía autoritaria que se mantendría hasta 1979. Durante ese
tiempo, Irán se convirtió en uno de los aliados más cercanos de Estados Unidos
en Oriente Medio, especialmente en el contexto de la Guerra Fría y por su
proximidad geográfica con la Unión Soviética. Sin embargo, la estrecha relación
con Washington y Londres generó un profundo resentimiento entre amplios
sectores de la sociedad iraní. Muchos ciudadanos percibían al sha como una
figura subordinada a los intereses occidentales más que como un líder nacional
independiente.
Uno de los instrumentos
clave del poder del sha fue la SAVAK, la policía secreta del régimen, creada
con apoyo de la CIA y del Mossad israelí. Esta organización se encargó de
reprimir duramente cualquier forma de oposición política. Intelectuales, activistas
de izquierda y críticos del régimen fueron perseguidos, encarcelados o
torturados. Esta represión contribuyó a consolidar la percepción de que el
gobierno de Pahlavi era una dictadura sostenida desde el exterior. Al mismo
tiempo, la represión eliminó muchas formas de oposición política, mientras que
las instituciones religiosas lograron mantener cierta capacidad de
organización. Este factor sería decisivo décadas después.
El creciente descontento
social culminó en la Revolución Islámica de 1979, que derrocó al sha y
estableció una república islámica profundamente crítica con Estados Unidos.
Para muchos iraníes, aquella revolución representó un grito de independencia y
soberanía frente a las potencias extranjeras que durante décadas habían
influido en la política del país. Desde entonces, las relaciones entre Irán y
Estados Unidos han estado marcadas por la desconfianza, la rivalidad
geopolítica y las sanciones económicas.
En la actualidad, el
conflicto ha vuelto a intensificarse. La política estadounidense hacia Irán,
impulsada por el presidente Donald Trump, busca debilitar al régimen iraní y
alterar el equilibrio de poder en la región. Sin embargo, esta estrategia también
ha generado consecuencias globales inesperadas. El aumento del precio del
petróleo, provocado en parte por la tensión en el estrecho de Ormuz, ha
obligado incluso a reconsiderar sanciones a otros países productores como Rusia
para estabilizar el mercado energético.
Además, la guerra ha
contribuido a desestabilizar aún más Oriente Medio. Bombardeos en Líbano han
provocado el desplazamiento de cientos de miles de personas, mientras que Irán
ha respondido con misiles y drones contra aliados regionales de Estados Unidos
e Israel. Al mismo tiempo, el conflicto está teniendo efectos indirectos en
otros escenarios internacionales, como la guerra en Ucrania, debido a la
redistribución de recursos militares estadounidenses.
A pesar de la presión
militar y económica, el régimen iraní no se ha derrumbado. Por el contrario,
muchos ciudadanos interpretan los ataques como una agresión contra la nación
iraní en su conjunto, lo que ha reforzado el sentimiento nacionalista. En este
contexto, Irán recurre a estrategias asimétricas: incapaz de enfrentarse
directamente al poder militar de Estados Unidos, intenta presionar a la
economía global, especialmente mediante acciones que afectan al mercado
petrolero.
La historia reciente demuestra que las tensiones entre Irán y Occidente no pueden entenderse sin considerar el legado del golpe de Estado de 1953 y las décadas de intervención extranjera. La cuestión de la soberanía nacional sigue siendo un elemento central en la política iraní. Más de medio siglo después de la caída de Mosaddeq, el país continúa siendo escenario de un conflicto donde se entrelazan intereses energéticos, rivalidades geopolíticas y aspiraciones de independencia nacional.
Fuente: El Diario.es
Brecha entre discurso
político de Trump y la realidad estratégica
Los
informes de seguridad contradicen el relato de la Casa Blanca sobre Irán y
agravan la presión sobre el presidente.
La guerra entre Estados Unidos e Irán ha comenzado a revelar una contradicción cada vez más visible dentro del propio aparato de poder estadounidense. Mientras la Casa Blanca ha intentado justificar la ofensiva con un discurso de urgencia estratégica y objetivos ambiciosos, los informes del Pentágono y de la inteligencia estadounidense dibujan un panorama mucho más complejo y menos favorable.
A medida que el conflicto entra en su segunda semana, la cuestión
central ya no es solo cuánto durará la guerra o cómo responderá Teherán, sino
la distancia entre la narrativa política del presidente Donald Trump y las
evaluaciones de seguridad elaboradas por sus propios organismos.
Según
estas evaluaciones, no existía un riesgo nuclear inminente que justificara el
tono de urgencia utilizado por la Casa Blanca. Además, el Pentágono ha
confirmado que el misil Tomahawk empleado en los ataques era de origen
estadounidense, eliminando cualquier ambigüedad sobre la implicación directa de
Washington en la ofensiva. Sin embargo, la discrepancia más significativa
aparece en el análisis sobre los efectos políticos de la guerra. Los informes
de inteligencia citados por diversas fuentes sostienen que los bombardeos no
parecen capaces de provocar la caída del régimen iraní, uno de los escenarios
que el discurso político de Trump sugería como posible resultado de la presión
militar.
Lejos
de mostrar signos de colapso, la estructura de poder de la República Islámica
parece mantenerse intacta. Incluso la muerte del ayatolá Ali Jamenei al inicio
de la ofensiva no habría desarticulado el sistema político iraní. El régimen ha
demostrado capacidad para reorganizarse rápidamente, manteniendo el control
institucional y asegurando la continuidad del liderazgo mediante la designación
del hijo de Jamenei como nuevo líder supremo. Este movimiento refuerza la
cohesión interna y envía un mensaje de estabilidad tanto al interior del país
como al exterior, debilitando la idea de que la presión militar podría provocar
una implosión del sistema político iraní.
Tampoco
parece viable otra de las opciones que a veces se contemplan en este tipo de
conflictos: fomentar un cambio de régimen desde los márgenes mediante grupos
armados opositores. Los informes del Pentágono señalan que las milicias kurdas
iraníes asentadas en Irak carecen de la capacidad militar necesaria para una
operación de ese tipo. No cuentan con suficientes efectivos ni con la potencia
de fuego necesaria para desafiar al aparato del Estado iraní. El propio Trump
terminó descartando esa posibilidad, reconociendo que su participación haría el
conflicto todavía más complejo.
Ante
este panorama, Estados Unidos se enfrenta a una disyuntiva difícil. Por un
lado, podría intentar cerrar el conflicto rápidamente y presentar la operación
como un éxito limitado. Por otro, podría intensificar la ofensiva con la
esperanza de alterar el equilibrio interno en Irán. Sin embargo, ninguna de
estas opciones garantiza una solución estable. Una retirada temprana dejaría a
un Irán golpeado pero aún operativo, posiblemente más decidido que nunca a
reforzar su capacidad disuasoria.
De
hecho, uno de los efectos más preocupantes de la guerra podría ser precisamente
el contrario al deseado. Según el Organismo Internacional de Energía Atómica,
Irán aún conserva reservas significativas de uranio enriquecido al 60 %, un
nivel cercano al necesario para fabricar un arma nuclear. Si el régimen
concluye que seguirá siendo objetivo de ataques incluso sin poseer armas
nucleares, la tentación de desarrollar finalmente la bomba como garantía de
supervivencia podría aumentar.
Además,
Irán ha demostrado que no necesita una victoria militar directa para perjudicar
a sus adversarios. La amenaza de bloquear el estrecho de Ormuz, un punto clave
para el comercio mundial de energía, puede generar enormes tensiones económicas
internacionales. También existe la posibilidad de ataques contra países del
Golfo, lo que aumentaría la presión sobre las monarquías de la región y pondría
a prueba la capacidad de protección estadounidense.
La
escalada del conflicto, por tanto, entraña riesgos que van más allá del
enfrentamiento militar inmediato. Incluso en el improbable caso de que el
régimen iraní colapsara, las consecuencias podrían ser imprevisibles. Irán es
un país de casi 90 millones de habitantes y ocupa una posición estratégica en
Oriente Medio. Una desintegración del Estado podría provocar violencia interna,
fragmentación territorial y una fuerte inestabilidad regional.
En este
contexto, la discrepancia entre la Casa Blanca y los organismos de seguridad
estadounidenses adquiere una importancia crucial. No se trata únicamente de un
desacuerdo técnico, sino de una cuestión estratégica fundamental: si no existía
una amenaza nuclear inmediata, si el régimen no parece estar cerca de caer y si
los objetivos de la guerra siguen siendo ambiguos, la Administración está
obligada a explicar cuál es realmente su propósito. En última instancia, esta
falta de claridad refleja uno de los mayores peligros de la guerra: avanzar
hacia una escalada cuyo final sigue siendo profundamente incierto.
Fuente:
El Plural.com
Trump pide crear flota internacional para proteger estrecho de
Ormuz, tras bombardear la estratégica isla de Jarg
Estados
Unidos golpea objetivos militares en la principal terminal petrolera de Irán, y
la República Islámica responde prometiendo una nueva oleada de ataques en el
Golfo.
El conflicto en Oriente Próximo ha entrado en una nueva fase de escalada tras el ataque de Estados Unidos contra objetivos militares iraníes en la isla de Jarg, principal terminal petrolera del país.
La decisión anunciada por Donald Trump
representa un golpe estratégico dirigido al corazón económico de Irán, ya que
por esta isla transita aproximadamente el 90 % de las exportaciones de crudo de
la República Islámica. El bombardeo se produce como represalia directa a los
intentos de Teherán de bloquear el estrecho de Ormuz, uno de los puntos más
sensibles del comercio energético mundial.
El
estrecho de Ormuz es una arteria fundamental para la economía global. Por esta
vía marítima circula cerca de una quinta parte del petróleo que se consume en
el mundo, lo que convierte cualquier interrupción en un riesgo inmediato para
los mercados energéticos y la estabilidad económica internacional. Consciente
de esta importancia, la Casa Blanca ha anunciado su intención de restablecer el
tráfico marítimo mediante una operación internacional coordinada con varios
países aliados. Según Trump, potencias como China, Francia, Japón, Corea del
Sur o el Reino Unido podrían enviar buques de guerra para garantizar que el
paso permanezca abierto y seguro.
A pesar
de la contundencia del ataque, Washington ha afirmado que las instalaciones
petroleras de Jarg no han sido alcanzadas, limitando la ofensiva a
infraestructuras militares como búnkeres de misiles, depósitos de minas navales
y otras posiciones estratégicas. Esta decisión parece responder al temor de que
la destrucción de la terminal petrolera provoque una crisis energética aún
mayor. De hecho, el precio del petróleo ya ha aumentado cerca de un 40 % desde
el inicio de la ofensiva contra Irán, y el barril de Brent ha llegado a
aproximarse a los 120 dólares durante la semana.
Irán,
por su parte, ha reaccionado con amenazas de represalias. La Guardia
Revolucionaria ha advertido que podría atacar activos estadounidenses en el
Golfo e incluso puertos en los Emiratos Árabes Unidos. El lanzamiento de un
misil contra un helipuerto dentro de la embajada estadounidense en Bagdad
refleja que la confrontación ya se está expandiendo a otros escenarios
regionales. Mientras tanto, miles de petroleros permanecen bloqueados a la
espera de condiciones de seguridad para atravesar el estrecho de Ormuz.
La
tensión militar también coincide con el agravamiento del conflicto en otros
frentes de Oriente Próximo, como el Líbano, donde los enfrentamientos han
causado cientos de víctimas y desplazamientos masivos. Ante este panorama, el
secretario general de la ONU ha insistido en que no existe una solución militar
duradera y ha reclamado el retorno a la diplomacia.
En
definitiva, el ataque a la isla de Jarg simboliza un momento crítico en el
conflicto. Estados Unidos intenta garantizar la seguridad de una de las rutas
energéticas más importantes del mundo, mientras Irán busca demostrar que puede
responder y mantener su influencia regional. En medio de esta confrontación, el
sistema energético global y la estabilidad de Oriente Próximo se encuentran en
un delicado equilibrio que podría romperse en cualquier momento como consecuencia de algún nuevo movimiento
militar.
Fuente: El Pais.com


