14 de febrero de 2026

De la guerra en la sombra de Rusia y del desafío de la disuasión europea.

 La OTAN debiera escalar para luego poder desescalar

 

Desde la invasión de Ucrania, el conflicto con Rusia ha dejado de ser un enfrentamiento localizado para convertirse en una confrontación estratégica más amplia. 

Ucrania constituye el frente abierto y visible, pero el objetivo del Kremlin parece ir más allá: derrotar a una coalición de adversarios que incluye a toda Europa y a las figuras de la oposición rusa refugiadas en su territorio.

En este contexto, Moscú ha desplegado una campaña sostenida de agresión encubierta dentro de las fronteras de la OTAN, transformando lo que antes se describía como “operaciones híbridas” en acciones cada vez más cinéticas. 

Así emerge lo que puede denominarse una guerra en las sombras: una sucesión de ataques físicos y sabotajes diseñados para degradar al adversario sin cruzar el umbral que desencadenaría una respuesta militar abierta.

La lista de incidentes atribuidos a Rusia en territorio europeo no deja de crecer

Drones vinculados a Moscú han obligado al cierre de aeropuertos en Bélgica, Dinamarca, Alemania y Noruega, provocando la movilización de aviones militares. En Polonia, la caída de drones rusos ha causado daños materiales. En el mar Báltico, buques asociados a Rusia han arrastrado anclas sobre cables submarinos, interrumpiendo conexiones energéticas y de telecomunicaciones vitales. Artefactos explosivos han afectado redes ferroviarias y depósitos logísticos, mientras que altos ejecutivos de la industria de defensa europea han sido blanco de intentos de asesinato. Varios exiliados rusos en Europa, menos afortunados, han perdido la vida en circunstancias sospechosas.

Estas acciones reflejan una lógica estratégica clara. El Kremlin, liderado por Vladímir Putin, se percibe a sí mismo en una guerra existencial contra Occidente. Desde esta perspectiva, el apoyo europeo a Kiev, las sanciones económicas y la protección ofrecida a disidentes rusos forman parte de un mismo desafío integrado al poder del régimen. Por ello, Moscú no separa la invasión de Ucrania de los ataques encubiertos en Europa: los concibe como frentes de una única confrontación.

Sin embargo, Rusia recurre a la agresión en la sombra precisamente porque teme un enfrentamiento militar directo con un adversario más poderoso. Al actuar por debajo del umbral convencional de la guerra, explota la inercia y la ambigüedad occidentales. Los gobiernos europeos suelen tardar en detectar los ataques, atribuirlos con certeza y calibrar su importancia estratégica. Cuando finalmente reaccionan, lo hacen mediante sanciones limitadas, restricciones de visado o condenas diplomáticas que apenas alteran los cálculos del Kremlin. El tratamiento de sabotajes y ataques como meros asuntos criminales —en lugar de como desafíos de seguridad colectiva— debilita el vínculo entre acción y consecuencia, erosionando así la disuasión.

Existe, desde luego, una razón para esta prudencia: evitar la escalada hacia una guerra total. Europa procura no validar la narrativa rusa de que ya se encuentra en guerra directa con la OTAN. No obstante, la ambigüedad tiene un coste. Cada respuesta tibia aumenta la tolerancia al riesgo de Moscú, ampliando el margen de maniobra para nuevas acciones encubiertas. Investigaciones recientes del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos y del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales señalan que los incidentes de guerra en la sombra rusa en Europa casi se triplicaron entre 2023 y 2024, tras un aumento aún mayor el año anterior. La tendencia es inequívoca: la ausencia de consecuencias contundentes incentiva la intensificación.

El peligro radica en el error de cálculo. Un dron podría derribar accidentalmente un avión civil; un ciberataque podría paralizar un hospital o un sistema energético en pleno invierno. Si cientos de personas murieran en territorio de un miembro de la OTAN, la presión para una respuesta militar sería inmensa. Una campaña diseñada para evitar la guerra abierta podría, paradójicamente, desencadenarla.

Ante esta realidad, los enfoques tradicionales —basados en resiliencia, gestión de crisis y sanciones legalistas— resultan insuficientes. La disuasión efectiva exige que el agresor perciba costes crecientes y previsibles. Para ello, la OTAN debería establecer umbrales claros que activen consultas formales bajo el Artículo 4 siempre que esté amenazada la seguridad de un miembro o su integridad territorial. Estas consultas no deberían ser excepcionales, sino la norma frente a agresiones en la sombra.

Asimismo, Europa necesita un menú de respuestas creíbles y coordinadas: operaciones de inteligencia y ciberseguridad que desmantelen redes rusas; sanciones dirigidas a degradar capacidades militares reales; interdicciones marítimas y aéreas contra activos vinculados a operaciones encubiertas; e incluso respuestas militares proporcionadas cuando vidas o infraestructuras críticas estén en peligro. La ambigüedad estratégica puede preservarse en los detalles operativos, pero la magnitud potencial de las represalias debe ser comprensible para el liderazgo ruso.

Finalmente, la eficacia de esta estrategia dependerá de la rapidez y coherencia en la atribución y respuesta. Ello exige un intercambio de inteligencia más profundo entre aliados y una coordinación que involucre directamente a ejércitos y servicios de inteligencia, no solo a agencias policiales. En un contexto en que el compromiso estadounidense con la seguridad europea podría fluctuar, la responsabilidad de liderazgo recae cada vez más en el propio continente.

El éxito europeo no se medirá únicamente por la firmeza de sus condenas ni por el número de sanciones impuestas, sino por su capacidad para restaurar la disuasión. Si la guerra en las sombras continúa encontrando solo reprimendas leves, Moscú interpretará que el campo sigue abierto. Pero si cada acto encubierto conlleva consecuencias claras, rápidas y costosas, el Kremlin se verá obligado a recalibrar sus riesgos.

En ese delicado equilibrio entre firmeza y contención se juega no solo la seguridad de Europa, sino también la posibilidad de evitar que la sombra se convierta en guerra abierta.

 Más información

Informe de la CEPA      "Guerra sin fin: la guerra en la sombra de Rusia”

Fuente: CEPA

Del Estados Unidos y China, al borde de la ruina. A la última oportunidad para salir del abismo

Desde la década de 2010, la relación entre  EE.UU. y China, ha transitado de la cautela estratégica a una rivalidad estructural.

Lo que comenzó como competencia económica dentro de un orden internacional compartido, ha evolucionado hacia una lógica de confrontación preventiva, donde cada parte percibe a la otra no solo como competidor, sino como amenaza existencial a su legitimidad política, sus valores fundamentales y su proyección global. Esta transformación no ha sido producto exclusivo de choques externos; responde también a dinámicas internas: presiones políticas, narrativas nacionalistas, burocracias de seguridad en expansión y ansiedades profundas sobre el declive relativo y el estatus internacional.

La consecuencia más preocupante de esta deriva es la consolidación de una hostilidad que se retroalimenta. En el plano militar, la disuasión se ha vuelto más compleja e incierta.

La modernización nuclear, el desarrollo de capacidades en el espacio, el ciberespacio y la inteligencia artificial, así como el incremento de incidentes navales y aéreos en el Pacífico occidental, configuran un entorno donde el error de cálculo podría desencadenar una escalada difícil de contener.

La historia ofrece advertencias claras: la colisión aérea de 2001 cerca de Hainan o el bombardeo de la embajada china en Belgrado en 1999 demuestran que los accidentes, en contextos de alta desconfianza, pueden adquirir dimensiones estratégicas imprevisibles. En la coyuntura actual, un incidente similar podría tener consecuencias mucho más graves.

En el ámbito económico, la interdependencia que alguna vez fue considerada un ancla de estabilidad se percibe ahora como vulnerabilidad. Desde la adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio en 2001, ambas economías experimentaron un crecimiento notable y una transformación estructural profunda. Sin embargo, los costos distributivos internos —desempleo industrial en el noreste chino y en el medio oeste estadounidense— alimentaron narrativas políticas que hoy legitiman controles de exportación, políticas industriales defensivas y reajustes de cadenas de suministro. 

El lenguaje de la “disociación” y la “reducción de riesgos” refleja una decisión estratégica: aceptar pérdidas económicas a corto plazo con tal de reducir dependencias consideradas peligrosas. Esta erosión del pilar económico no solo debilita la relación bilateral, sino que fragmenta el mercado global y aumenta la incertidumbre sistémica.

La dimensión cultural y académica tampoco ha quedado al margen. La disminución de intercambios estudiantiles, la sospecha hacia investigadores y periodistas, y las restricciones institucionales han reducido los espacios de comprensión mutua. Cuando los lazos interpersonales se erosionan, la política exterior tiende a reinterpretarse en términos civilizatorios, elevando el conflicto del terreno de los desacuerdos pragmáticos al de las identidades incompatibles. En ese contexto, cualquier gesto de conciliación puede ser percibido como debilidad interna.

Sin embargo, la historia demuestra que la rivalidad no es un destino inevitable. A comienzos de la década de 1970, líderes como Mao Zedong y Richard Nixon reconocieron que la confrontación permanente era demasiado costosa. Su decisión de reabrir canales de diálogo transformó la estructura estratégica global y permitió décadas de cooperación pragmática. Hoy, aunque el contexto internacional es distinto y más multipolar, subsiste una ventana de oportunidad similar: la fatiga estratégica, las necesidades económicas internas y una opinión pública menos entusiasta ante la confrontación podrían favorecer una estabilización.

Un punto crítico es la cuestión de Taiwán. La creciente militarización del estrecho convierte este tema en el principal foco de riesgo. No obstante, incluso allí existen márgenes para la desescalada si ambas partes reiteran compromisos que reduzcan la incertidumbre: insistir en soluciones pacíficas, evitar cambios unilaterales del statu quo y restablecer mecanismos de comunicación militar directa. En contextos de alta tensión, las palabras y las señales importan tanto como las capacidades materiales.

La normalización no implica ignorar la competencia ni aspirar a una hegemonía compartida que excluiría a terceros. Implica, más bien, reconocer la realidad de la multipolaridad y aceptar que ambas potencias deben coexistir dentro de un mismo sistema internacional. Esto requiere reducir aranceles cuando sea posible, reabrir consulados cerrados por represalias, flexibilizar restricciones académicas y restaurar conversaciones estratégicas regulares. Son medidas modestas, pero pueden reconstruir la confianza mínima necesaria para gestionar la rivalidad sin que derive en conflicto abierto.

El riesgo actual no radica tanto en una guerra deliberada como en una accidental, alimentada por percepciones distorsionadas y presiones domésticas. Cuando cada parte exagera la amenaza del otro o subestima su propia vulnerabilidad, la probabilidad de error aumenta. En un mundo donde ambas potencias concentran capacidades nucleares y peso económico sin precedentes, las consecuencias de una escalada serían globales: paralización institucional, descuido de amenazas comunes como el cambio climático y debilitamiento del crecimiento mundial.

La lección central es que la competencia no debe convertirse en un fin en sí misma. Si China y Estados Unidos organizan todas sus estrategias en torno a la enemistad, el sistema internacional entrará en una fase de inseguridad crónica y prosperidad menguante. Pero si aprovechan la actual coyuntura para redefinir su relación sobre bases más realistas —competencia gestionada, comunicación constante y cooperación selectiva— podrán evitar que la historia se repita en forma de una nueva guerra fría.

La decisión no es meramente estratégica; es generacional. Quienes vivieron los costos humanos de la confrontación del siglo XX saben que la hostilidad sostenida se infiltra en las aulas, en las familias y en las aspiraciones personales. Evitar que otra generación crezca bajo la sombra permanente de la rivalidad nuclear exige liderazgo político deliberado y memoria histórica. La ventana es estrecha, pero aún está abierta. Aprovecharla determinará no solo el futuro de Pekín y Washington, sino la estabilidad del orden global en su conjunto.

Fuente: Foreing Affairs