La OTAN debiera escalar para luego poder desescalar
Ucrania constituye el frente abierto y visible, pero el objetivo del
Kremlin parece ir más allá: derrotar a una coalición de adversarios que
incluye a toda Europa y a las figuras de la oposición rusa refugiadas en su
territorio.
En este contexto, Moscú ha desplegado una campaña sostenida de agresión encubierta dentro de las fronteras de la OTAN, transformando lo que antes se describía como “operaciones híbridas” en acciones cada vez más cinéticas.
Así emerge lo
que puede denominarse una guerra en las sombras: una sucesión de ataques
físicos y sabotajes diseñados para degradar al adversario sin cruzar el umbral
que desencadenaría una respuesta militar abierta.
La lista de incidentes atribuidos a Rusia en territorio europeo no deja de crecer
Drones vinculados a Moscú han obligado al cierre de aeropuertos en Bélgica,
Dinamarca, Alemania y Noruega, provocando la movilización de aviones militares.
En Polonia, la caída de drones rusos ha causado daños materiales. En el mar
Báltico, buques asociados a Rusia han arrastrado anclas sobre cables
submarinos, interrumpiendo conexiones energéticas y de telecomunicaciones
vitales. Artefactos explosivos han afectado redes ferroviarias y depósitos
logísticos, mientras que altos ejecutivos de la industria de defensa europea
han sido blanco de intentos de asesinato. Varios exiliados rusos en Europa,
menos afortunados, han perdido la vida en circunstancias sospechosas.
Estas
acciones reflejan una lógica estratégica clara. El Kremlin, liderado por
Vladímir Putin, se percibe a sí mismo en una guerra existencial contra
Occidente. Desde esta perspectiva, el apoyo europeo a Kiev, las sanciones
económicas y la protección ofrecida a disidentes rusos forman parte de un mismo
desafío integrado al poder del régimen. Por ello, Moscú no separa la invasión
de Ucrania de los ataques encubiertos en Europa: los concibe como frentes de
una única confrontación.
Sin
embargo, Rusia recurre a la agresión en la sombra precisamente porque teme un
enfrentamiento militar directo con un adversario más poderoso. Al actuar por
debajo del umbral convencional de la guerra, explota la inercia y la ambigüedad
occidentales. Los gobiernos europeos suelen tardar en detectar los ataques,
atribuirlos con certeza y calibrar su importancia estratégica. Cuando
finalmente reaccionan, lo hacen mediante sanciones limitadas, restricciones de
visado o condenas diplomáticas que apenas alteran los cálculos del Kremlin. El
tratamiento de sabotajes y ataques como meros asuntos criminales —en lugar de
como desafíos de seguridad colectiva— debilita el vínculo entre acción y
consecuencia, erosionando así la disuasión.
Existe,
desde luego, una razón para esta prudencia: evitar la escalada hacia una
guerra total. Europa procura no validar la narrativa rusa de que ya se
encuentra en guerra directa con la OTAN. No obstante, la ambigüedad tiene un
coste. Cada respuesta tibia aumenta la tolerancia al riesgo de Moscú, ampliando
el margen de maniobra para nuevas acciones encubiertas. Investigaciones
recientes del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos y del Centro de
Estudios Estratégicos e Internacionales señalan que los incidentes de guerra en
la sombra rusa en Europa casi se triplicaron entre 2023 y 2024, tras un aumento
aún mayor el año anterior. La tendencia es inequívoca: la ausencia de
consecuencias contundentes incentiva la intensificación.
El
peligro radica en el error de cálculo. Un dron podría derribar accidentalmente
un avión civil; un ciberataque podría paralizar un hospital o un sistema
energético en pleno invierno. Si cientos de personas murieran en territorio de
un miembro de la OTAN, la presión para una respuesta militar sería inmensa. Una campaña diseñada para evitar la guerra abierta
podría, paradójicamente, desencadenarla.
Ante
esta realidad, los enfoques tradicionales —basados en resiliencia, gestión de
crisis y sanciones legalistas— resultan insuficientes. La disuasión efectiva
exige que el agresor perciba costes crecientes y previsibles. Para ello, la
OTAN debería establecer umbrales claros que activen consultas formales bajo el Artículo 4 siempre que esté amenazada la seguridad de un
miembro o su integridad territorial. Estas consultas no deberían ser
excepcionales, sino la norma frente a agresiones en la sombra.
Asimismo,
Europa necesita un menú de respuestas creíbles y coordinadas: operaciones de
inteligencia y ciberseguridad que desmantelen redes rusas; sanciones dirigidas
a degradar capacidades militares reales; interdicciones marítimas y aéreas
contra activos vinculados a operaciones encubiertas; e incluso respuestas
militares proporcionadas cuando vidas o infraestructuras críticas estén en
peligro. La ambigüedad estratégica puede preservarse en los detalles
operativos, pero la magnitud potencial de las represalias debe ser
comprensible para el liderazgo ruso.
Finalmente,
la eficacia de esta estrategia dependerá de
la rapidez y coherencia en la atribución y respuesta. Ello exige un
intercambio de inteligencia más profundo entre aliados y una coordinación que
involucre directamente a ejércitos y servicios de inteligencia, no solo a
agencias policiales. En un contexto en que el compromiso estadounidense con la
seguridad europea podría fluctuar, la responsabilidad de liderazgo recae cada
vez más en el propio continente.
El
éxito europeo no se medirá únicamente por la firmeza de sus condenas ni por el
número de sanciones impuestas, sino por su capacidad para restaurar la
disuasión. Si la guerra en las sombras continúa encontrando solo
reprimendas leves, Moscú interpretará que el campo sigue abierto. Pero si cada
acto encubierto conlleva consecuencias claras, rápidas y costosas, el Kremlin
se verá obligado a recalibrar sus riesgos.
En
ese delicado equilibrio entre firmeza y contención se juega no solo la seguridad de Europa, sino también la
posibilidad de evitar que la sombra se convierta en guerra abierta.
Informe
de la CEPA "Guerra
sin fin: la guerra en la sombra de Rusia”
Fuente:
CEPA
