9 de febrero de 2026

ELECCIONES EN ARAGÓN 2026. Segundo golpe al PP de Feijóo, segundo éxito de Vox, segundo revés al PSOE de Sánchez

Una victoria amarga y un tablero político más polarizado en Aragón

Las elecciones autonómicas anticipadas en Aragón han dejado un panorama político marcado por la paradoja: el Partido Popular gana, pero está más debilitado; el Partido Socialista pierde, pero no desaparece; y Vox emerge como el gran vencedor estratégico.

Lejos de clarificar la gobernabilidad, los comicios han profundizado la fragmentación parlamentaria y han reforzado a la extrema derecha, cuestionando las estrategias electorales tanto del PP como del PSOE.

El adelanto electoral impulsado por Jorge Azcón, con el aval de la dirección nacional del PP y de su líder Alberto Núñez Feijóo, perseguía un objetivo claro: reducir o eliminar la dependencia de Vox y alcanzar una mayoría suficiente para gobernar en solitario o con apoyos regionalistas. El resultado, sin embargo, ha sido el contrario. El PP no solo no ha crecido, sino que ha retrocedido respecto a 2023, perdiendo dos escaños y alrededor de 15.000 votos. Aunque sigue siendo la fuerza más votada, queda lejos de la mayoría absoluta y se ve obligado a pactar con un Vox mucho más fuerte que antes.

Este hecho convierte la victoria popular en una “victoria amarga”. La aritmética parlamentaria refuerza a Vox como actor imprescindible para la gobernabilidad de Aragón y le otorga una capacidad de presión política inédita. El crecimiento del partido de Santiago Abascal —que duplica su representación, pasando de 7 a 14 diputados— no es solo un éxito electoral, sino un síntoma de un electorado de derechas más radicalizado y de un voto de castigo que no se canaliza hacia el PP, sino hacia opciones más extremas.

El PSOE, por su parte, sufre un duro revés al caer a su suelo histórico con 18 escaños. La estrategia de Pedro Sánchez de situar a ministros al frente de candidaturas autonómicas no ha dado los frutos esperados en Aragón, como tampoco lo hizo en Extremadura. La candidatura de Pilar Alegría no logra frenar la sangría de votos ni contener el avance de la derecha, y el partido paga tanto el desgaste del Gobierno central como la falta de arraigo territorial de una candidata con poco tiempo para consolidarse ante el electorado aragonés.

Sin embargo, el retroceso socialista no beneficia de manera homogénea al PP. Parte de ese descontento se traduce en el crecimiento de fuerzas alternativas. Destaca especialmente la Chunta Aragonesista, que duplica sus escaños y capitaliza una parte del voto progresista desencantado. Este auge del aragonesismo de izquierdas contrasta con la desaparición de Podemos y del PAR, evidenciando una recomposición del espacio político tanto a izquierda como en el ámbito regionalista.

El resultado global confirma una tendencia preocupante: el bloque de la derecha se consolida y amplía su base electoral. Si en 2023 PP y Vox sumaban el 47% de los votos, ahora alcanzan el 52%, lo que indica un desplazamiento ideológico del electorado y una creciente normalización de la extrema derecha como socio de gobierno. Esta realidad contradice el relato del PP de que los adelantos electorales debilitan a Vox; más bien, parecen reforzarlo.

CONCLUSIÓN

Las elecciones aragonesas evidencian el fracaso de las estrategias electorales basadas en el cálculo táctico a corto plazo. El PP gana, pero gobierna más condicionado que nunca; el PSOE pierde, pero mantiene espacio para reconstruirse; y Vox consolida su papel como árbitro político. El resultado no aporta estabilidad ni claridad, sino que profundiza la polarización y deja a Aragón ante un futuro político más dependiente de pactos incómodos y equilibrios frágiles.

Una victoria que, lejos de cerrar una etapa, abre interrogantes inquietantes sobre la gobernabilidad y la deriva del sistema político autonómico.

Fuente: Redacción.

DERECHA ESPAÑOLA. Entre la irresponsabilidad democrática y el error estratégico

   

El PP de victoria en victoria hasta la derrota final,  que conlleva la nueva reconfiguración de la derecha española, empujado por el declive del Partido Popular y el auge de Vox.

  La polarización y el discurso catastrofista, favorecen el voto a Vox, como ha quedado demostrado en las últimas dos elecciones autonómicas.

La política española ha experimentado en la última década una profunda transformación, especialmente en el espacio de la derecha. El declive relativo del Partido Popular (PP), fuerza hegemónica del centro-derecha desde la Transición, y el auge de Vox, un partido de derecha radical surgido en 2013, reflejan cambios sociales, ideológicos y estratégicos que han reconfigurado el sistema de partidos. Este fenómeno no puede explicarse por una sola causa, sino por la convergencia de crisis internas del PP, nuevas demandas del electorado y un contexto político marcado por la polarización.

Durante décadas, el PP logró aglutinar bajo un mismo paraguas a conservadores, liberales y sectores de la derecha más dura. Sin embargo, esta “coalición amplia” comenzó a resquebrajarse a partir de la crisis económica de 2008. La gestión del gobierno de Mariano Rajoy, percibida por muchos votantes como tecnocrática, distante y poco ideológica, generó desafección tanto entre electores moderados como entre los más conservadores. A ello se sumaron los numerosos casos de corrupción —como la trama Gürtel o los papeles de Bárcenas— que erosionaron la credibilidad moral del partido y debilitaron su autoridad como referente del orden y la estabilidad.

En paralelo, el contexto político español se vio sacudido por el desafío independentista catalán, especialmente a partir del referéndum de 2017. Para una parte del electorado de derechas, la respuesta del PP fue considerada insuficiente o excesivamente prudente. Este sentimiento de frustración abrió un espacio político que Vox supo aprovechar para ocuparlo con un discurso contundente, centrado en la defensa de la unidad nacional, el recentralismo del Estado y una crítica frontal al autonomismo. Vox ofrecía claridad ideológica y un lenguaje directo en un momento en que muchos votantes percibían ambigüedad y tibieza en el PP.

El auge de Vox también debe entenderse en el marco de tendencias más amplias en Europa, donde partidos de derecha radical han capitalizado el malestar social, el miedo a la inmigración y el rechazo a ciertas agendas culturales progresistas. En España, Vox incorporó estos elementos a su discurso, cuestionando el feminismo institucional, las políticas de memoria histórica y lo que denomina “consenso progre”. Este posicionamiento le permitió movilizar a votantes que se sentían culturalmente desplazados o silenciados en el debate público.

Por su parte, el PP ha oscilado entre dos estrategias: competir con Vox endureciendo su discurso o presentarse como una fuerza moderada y de gobierno frente a los extremos. Esta ambivalencia ha dificultado la recuperación de su antigua centralidad. Cuando el PP adopta posiciones más duras, corre el riesgo de legitimar a Vox y reforzar su marco ideológico; cuando apuesta por la moderación, puede perder apoyos entre quienes buscan confrontación y firmeza. El resultado ha sido una fragmentación del voto de derechas que contrasta con la antigua hegemonía popular.

CONCLUSIÓN

En resumen, el declive del PP y el auge de Vox no son fenómenos aislados, sino partes de un mismo proceso de transformación del sistema político español. La crisis de representación, los escándalos de corrupción, el conflicto territorial y la polarización cultural han erosionado el monopolio del PP sobre la derecha y han permitido la emergencia de una alternativa más radical. El futuro de este espacio político dependerá de si el PP logra redefinir un proyecto coherente y atractivo o si la fragmentación se consolida como una característica estructural de la derecha en España, que podría derivar en la desaparición del partido popular.

Fuente: Redacción