Una
victoria amarga y un tablero político más polarizado en Aragón
Lejos de clarificar la gobernabilidad, los comicios han
profundizado la fragmentación parlamentaria y han reforzado a la extrema
derecha, cuestionando las estrategias electorales tanto del PP como del PSOE.
El
adelanto electoral impulsado por Jorge Azcón, con el aval de la dirección
nacional del PP y de su líder Alberto Núñez Feijóo, perseguía un objetivo
claro: reducir o eliminar la dependencia de Vox y alcanzar una mayoría
suficiente para gobernar en solitario o con apoyos regionalistas. El resultado,
sin embargo, ha sido el contrario. El PP no solo no ha crecido, sino que ha
retrocedido respecto a 2023, perdiendo dos escaños y alrededor de 15.000 votos.
Aunque sigue siendo la fuerza más votada, queda lejos de la mayoría absoluta y
se ve obligado a pactar con un Vox mucho más fuerte que antes.
Este
hecho convierte la victoria popular en una “victoria amarga”. La aritmética
parlamentaria refuerza a Vox como actor imprescindible para la gobernabilidad
de Aragón y le otorga una capacidad de presión política inédita. El crecimiento
del partido de Santiago Abascal —que duplica su representación, pasando de 7 a
14 diputados— no es solo un éxito electoral, sino un síntoma de un electorado
de derechas más radicalizado y de un voto de castigo que no se canaliza hacia
el PP, sino hacia opciones más extremas.
El
PSOE, por su parte, sufre un duro revés al caer a su suelo histórico con 18
escaños. La estrategia de Pedro Sánchez de situar a ministros al frente de
candidaturas autonómicas no ha dado los frutos esperados en Aragón, como
tampoco lo hizo en Extremadura. La candidatura de Pilar Alegría no logra frenar
la sangría de votos ni contener el avance de la derecha, y el partido paga
tanto el desgaste del Gobierno central como la falta de arraigo territorial de
una candidata con poco tiempo para consolidarse ante el electorado aragonés.
Sin
embargo, el retroceso socialista no beneficia de manera homogénea al PP. Parte
de ese descontento se traduce en el crecimiento de fuerzas alternativas.
Destaca especialmente la Chunta Aragonesista, que duplica sus escaños y
capitaliza una parte del voto progresista desencantado. Este auge del
aragonesismo de izquierdas contrasta con la desaparición de Podemos y del PAR,
evidenciando una recomposición del espacio político tanto a izquierda como en
el ámbito regionalista.
El
resultado global confirma una tendencia preocupante: el bloque de la derecha se
consolida y amplía su base electoral. Si en 2023 PP y Vox sumaban el 47% de los
votos, ahora alcanzan el 52%, lo que indica un desplazamiento ideológico del
electorado y una creciente normalización de la extrema derecha como socio de
gobierno. Esta realidad contradice el relato del PP de que los adelantos
electorales debilitan a Vox; más bien, parecen reforzarlo.
CONCLUSIÓN
Las elecciones aragonesas evidencian el fracaso de las estrategias
electorales basadas en el cálculo táctico a corto plazo. El PP gana, pero
gobierna más condicionado que nunca; el PSOE pierde, pero mantiene espacio para
reconstruirse; y Vox consolida su papel como árbitro político. El resultado no
aporta estabilidad ni claridad, sino que profundiza la polarización y deja a
Aragón ante un futuro político más dependiente de pactos incómodos y
equilibrios frágiles.
Una
victoria que, lejos de cerrar una etapa, abre interrogantes inquietantes sobre
la gobernabilidad y la deriva del sistema político autonómico.
Fuente:
Redacción.
DERECHA ESPAÑOLA. Entre la irresponsabilidad democrática y el error
estratégico
La
polarización y el discurso catastrofista, favorecen el voto a Vox, como ha quedado demostrado en las últimas dos elecciones autonómicas.
La
política española ha experimentado en la última década una profunda
transformación, especialmente en el espacio de la derecha. El declive relativo
del Partido Popular (PP), fuerza hegemónica del centro-derecha desde la
Transición, y el auge de Vox, un partido de derecha radical surgido en 2013,
reflejan cambios sociales, ideológicos y estratégicos que han reconfigurado el
sistema de partidos. Este fenómeno no puede explicarse por una sola causa, sino
por la convergencia de crisis internas del PP, nuevas demandas del electorado y
un contexto político marcado por la polarización.
Durante
décadas, el PP logró aglutinar bajo un mismo paraguas a conservadores,
liberales y sectores de la derecha más dura. Sin embargo, esta “coalición
amplia” comenzó a resquebrajarse a partir de la crisis económica de 2008. La
gestión del gobierno de Mariano Rajoy, percibida por muchos votantes como
tecnocrática, distante y poco ideológica, generó desafección tanto entre
electores moderados como entre los más conservadores. A ello se sumaron los
numerosos casos de corrupción —como la trama Gürtel o los papeles de Bárcenas—
que erosionaron la credibilidad moral del partido y debilitaron su autoridad
como referente del orden y la estabilidad.
En
paralelo, el contexto político español se vio sacudido por el desafío
independentista catalán, especialmente a partir del referéndum de 2017. Para
una parte del electorado de derechas, la respuesta del PP fue considerada
insuficiente o excesivamente prudente. Este sentimiento de frustración abrió un
espacio político que Vox supo aprovechar para ocuparlo con un discurso contundente, centrado en
la defensa de la unidad nacional, el recentralismo del Estado y una crítica
frontal al autonomismo. Vox ofrecía claridad ideológica y un lenguaje directo
en un momento en que muchos votantes percibían ambigüedad y tibieza en el PP.
El
auge de Vox también debe entenderse en el marco de tendencias más amplias en
Europa, donde partidos de derecha radical han capitalizado el malestar social,
el miedo a la inmigración y el rechazo a ciertas agendas culturales
progresistas. En España, Vox incorporó estos elementos a su discurso,
cuestionando el feminismo institucional, las políticas de memoria histórica y
lo que denomina “consenso progre”. Este posicionamiento le permitió movilizar a
votantes que se sentían culturalmente desplazados o silenciados en el debate
público.
Por
su parte, el PP ha oscilado entre dos estrategias: competir con Vox
endureciendo su discurso o presentarse como una fuerza moderada y de gobierno
frente a los extremos. Esta ambivalencia ha dificultado la recuperación de su
antigua centralidad. Cuando el PP adopta posiciones más duras, corre el riesgo
de legitimar a Vox y reforzar su marco ideológico; cuando apuesta por la
moderación, puede perder apoyos entre quienes buscan confrontación y firmeza.
El resultado ha sido una fragmentación del voto de derechas que contrasta con
la antigua hegemonía popular.
CONCLUSIÓN
En resumen, el declive del PP y el auge de Vox no son fenómenos aislados, sino
partes de un mismo proceso de transformación del sistema político español. La
crisis de representación, los escándalos de corrupción, el conflicto
territorial y la polarización cultural han erosionado el monopolio del PP sobre
la derecha y han permitido la emergencia de una alternativa más radical. El
futuro de este espacio político dependerá de si el PP logra redefinir un
proyecto coherente y atractivo o si la fragmentación se consolida como una
característica estructural de la derecha en España, que podría derivar en la desaparición del partido popular.
Fuente:
Redacción

