9 de marzo de 2026

Irán, bajo presión externa, entre la resiliencia histórica y los límites de la estrategia del cambio de régimen

Según el profesor Arshin Adib-Moghaddam, Irán está preparado para un conflicto de larga duración, Estados Unidos e Israel no.

El académico iraní Arshin Adib-Moghaddam se ha consolidado como una de las voces más críticas frente a los ataques y la presión estratégica ejercida por Israel y Estados Unidos sobre Irán.

Catedrático de Pensamiento Global en la School of Oriental and African Studies de la Universidad de Londres, es considerado uno de los principales especialistas en política iraní y geopolítica de Asia occidental. Su trayectoria académica incluye siete libros publicados por Cambridge University Press y frecuentes análisis en medios internacionales como CNN y BBC. Su propia historia familiar también conecta con la tradición política persa, ya que su linaje materno está vinculado a Karim Khan-e Zand, gobernante del siglo XVIII que logró unificar el país durante el período de la dinastía Zand.

En una entrevista reciente concedida al diario La Razón mediante intercambio de correos electrónicos, Adib-Moghaddam ofreció un análisis contundente sobre el conflicto y las perspectivas estratégicas de la región. Sus respuestas plantean una visión crítica sobre las expectativas occidentales respecto al debilitamiento del sistema político iraní y auguran, en cambio, dificultades para la coalición israelí-estadounidense.

Uno de los temas centrales abordados en la entrevista fue el impacto que tendría la muerte del líder supremo iraní, Ali Jamenei, sobre la influencia de la Guardia Revolucionaria en la estrategia militar del país. Según el profesor, la estructura de mando iraní es mucho más compleja de lo que suele percibirse desde el exterior. Tanto el Artesh —las fuerzas armadas regulares— como el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica poseen cadenas de mando diferenciadas. Aunque el Líder Supremo establece las grandes líneas estratégicas, el sistema de gobernanza iraní se caracteriza por una estructura amplia, intrincada y profundamente institucionalizada. Esto implica que la continuidad estratégica no depende exclusivamente de una sola figura política.

Otro punto relevante de la conversación fue la posibilidad de que la guerra generara una oportunidad de cambio interno en Irán. Frente a esa hipótesis, Adib-Moghaddam rechazó tajantemente la idea de que los conflictos armados puedan servir como mecanismo de transformación política legítima. A su juicio, la premisa del “cambio de régimen” defendida por líderes como Benjamin Netanyahu o Donald Trump se basa en una interpretación errónea de la historia. Según el académico, pretender que un pueblo modifique su sistema político bajo la presión de la violencia externa no solo carece de precedentes sólidos, sino que también ignora un factor fundamental: la fuerte resiliencia histórica de la sociedad iraní frente a las agresiones extranjeras.

En la misma línea, el profesor analizó la posibilidad de que el sistema clerical iraní colapsara tras los ataques y que surgiera un golpe de Estado interno. Para comprender esta cuestión, explicó que el sistema religioso-político de Irán no es una estructura aislada. Por el contrario, forma parte de una red transnacional que conecta seminarios y autoridades religiosas chiíes en distintas regiones del mundo musulmán, especialmente en el sur de Irak. Estas redes se han desarrollado durante siglos y mantienen vínculos ideológicos y políticos que trascienden las fronteras nacionales. De acuerdo con esta perspectiva, las manifestaciones de apoyo a Irán en países como Pakistán, así como la participación de aliados regionales como Hezbolá o el movimiento Ansar Allah en Yemen, reflejan precisamente esa dimensión transnacional. Para Adib-Moghaddam, la insistencia occidental en el cambio de régimen evidencia una profunda desinformación sobre la naturaleza del sistema iraní.

El profesor también abordó la posibilidad de que, tras el conflicto, surgiera en Irán un liderazgo más dispuesto a negociar con Washington. En su respuesta subrayó que la diplomacia entre ambos países ha sido históricamente frágil y vulnerable a presiones externas. Recordó que Irán llegó a firmar el acuerdo nuclear conocido como Plan de Acción Integral Conjunto durante la presidencia de Barack Obama, acuerdo que limitaba el programa nuclear iraní y sometía sus instalaciones al control del Organismo Internacional de Energía Atómica. Sin embargo, la decisión posterior de Donald Trump de abandonar el pacto —según el académico— estuvo influida tanto por la presión política de Netanyahu como por cálculos políticos internos en Estados Unidos. Desde esta perspectiva, cualquier futuro líder iraní podría optar nuevamente por la diplomacia si existiera un compromiso real por parte de Washington para resolver la cuestión nuclear.

En cuanto a la posibilidad de un conflicto prolongado, Adib-Moghaddam sostuvo que Irán posee tanto la moral nacional como las capacidades militares necesarias para sostener una guerra de larga duración. En su opinión, esa preparación estratégica podría no estar igualmente presente en las sociedades de Estados Unidos o Israel, donde el apoyo social a conflictos prolongados suele ser más limitado.

Finalmente, el académico rechazó la hipótesis de una guerra civil en Irán tras el conflicto. A diferencia de casos como los de Irak o Siria, sostiene que Irán posee una identidad nacional profundamente arraigada que actúa como factor de cohesión en momentos de crisis. Esa psicología colectiva, argumenta, se vincula con una continuidad histórica excepcional: el país ha logrado preservar el núcleo territorial y cultural del antiguo imperio persa durante más de 5.000 años.

En conjunto, las reflexiones de Arshin Adib-Moghaddam ofrecen una perspectiva crítica sobre las estrategias occidentales en Oriente Medio. Su análisis subraya que las dinámicas internas de Irán, su red de alianzas regionales y su fuerte identidad histórica hacen improbable que la presión militar externa conduzca al colapso del sistema político. Por el contrario, según su visión, dichas presiones podrían reforzar la cohesión interna y prolongar un conflicto cuyas consecuencias estratégicas serían inciertas para quienes lo impulsan.

Fuente: La Razón.com 

8 de marzo de 2026

Crisis energética + Disuasión nuclear + Escalada geopolítica = Escenario de crisis global (de manual).

De como el bombardeo de las refinarías de países del golfo Pérsico, unido al aumento de ojivas nucleares en Francia y China, puede repercutir en la generación en una crisis mundial de energía, que luego podría derivar en un conflicto a escala global.

 

El sistema internacional contemporáneo se sostiene sobre dos pilares estratégicos fundamentales: la seguridad energética y el equilibrio militar entre grandes potencias.

 Cuando ambos elementos se ven simultáneamente amenazados, el resultado puede ser una dinámica de inestabilidad que trasciende conflictos regionales y se aproxima a un escenario de crisis global. 

El intercambio de ataques contra infraestructuras energéticas entre Irán e Israel, unido al aumento previsto de arsenales nucleares en Francia y China, constituye un ejemplo de cómo las tensiones regionales pueden entrelazarse con transformaciones estratégicas globales. Si estas dinámicas coincidieran con un ataque generalizado contra refinerías en los países del Golfo Pérsico, el mundo podría enfrentarse a una crisis energética profunda con implicaciones geopolíticas capaces de desencadenar un conflicto a escala mundial.

Infraestructura energética como objetivo estratégico

Las infraestructuras petroleras han sido históricamente objetivos prioritarios en conflictos armados, ya que constituyen la base económica y logística de muchos estados. En el caso reciente, el ataque de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica contra la refinería de Haifa en respuesta a bombardeos israelíes sobre depósitos de petróleo cerca de Teherán ilustra una tendencia creciente: la guerra energética. Las instalaciones de refinado, almacenamiento y transporte de petróleo no solo son esenciales para el funcionamiento de la economía nacional, sino también para el abastecimiento de combustibles que sostienen las capacidades militares.

En un escenario más amplio, si los conflictos en Oriente Medio derivaran en ataques sistemáticos contra las refinerías de los estados del Golfo —entre ellos Arabia Saudita, Kuwait, Qatar o Emiratos Árabes Unidos— el impacto sobre el mercado energético mundial sería inmediato. Esta región concentra una parte sustancial de la producción y refinado global de petróleo, y cualquier interrupción prolongada podría reducir drásticamente el suministro internacional.

La posible crisis energética global

La destrucción o paralización de múltiples refinerías en el Golfo Pérsico provocaría un colapso parcial en la cadena de suministro energético. El petróleo no solo se utiliza como combustible para transporte y generación de energía, sino que es una materia prima esencial para la industria petroquímica, la fabricación de plásticos, fertilizantes y numerosos productos industriales.

Un déficit repentino de combustibles refinados generaría un aumento abrupto de precios, inflación global y una ralentización del comercio internacional. Los países altamente dependientes de las importaciones energéticas —especialmente en Europa y Asia— se verían obligados a competir por recursos cada vez más escasos. Esta competencia podría intensificar rivalidades geopolíticas, impulsar bloqueos comerciales y provocar tensiones militares en rutas marítimas estratégicas como el estrecho de Ormuz.

Históricamente, las crisis energéticas han tenido efectos políticos profundos. La crisis del petróleo de 1973 demostró que incluso una reducción parcial del suministro puede desencadenar recesiones globales. En un contexto actual, con economías altamente interconectadas y dependientes de flujos energéticos constantes, el impacto podría ser aún más severo.

La dimensión nuclear del equilibrio estratégico

Mientras las tensiones energéticas aumentan en Oriente Medio, las grandes potencias están revisando sus doctrinas de disuasión nuclear. El anuncio del presidente Emmanuel Macron de ampliar el arsenal nuclear francés representa el primer incremento desde el final de la Guerra Fría. Aunque la cifra exacta de nuevas ojivas no se ha revelado, el hecho de superar el límite histórico de menos de 300 indica una percepción creciente de inseguridad en el entorno internacional.

Paralelamente, China está llevando a cabo una expansión significativa de su arsenal nuclear. Diversos informes estiman que podría alcanzar alrededor de 1.000 ojivas operativas para 2030, e incluso superar las 2.000 si continúa el ritmo actual de desarrollo. Aunque Pekín insiste en su política de “no primer uso”, el incremento cuantitativo y la modernización de sus sistemas sugieren una búsqueda de mayor capacidad de disuasión frente a otras potencias nucleares.

Este contexto refleja el retorno de una lógica estratégica propia de la Guerra Fría: la percepción de que la estabilidad depende de la credibilidad del poder nuclear. Sin embargo, cuando varias potencias aumentan simultáneamente sus capacidades, el resultado puede ser una carrera armamentística que eleva el riesgo de errores de cálculo o escaladas no controladas.

Interacción entre crisis energética y escalada militar

El vínculo entre una crisis energética global y el riesgo de guerra mundial radica en la interacción entre intereses estratégicos y vulnerabilidades económicas. Si el suministro de petróleo se viera gravemente interrumpido, las grandes potencias podrían verse tentadas a intervenir militarmente para asegurar rutas de transporte o proteger infraestructuras críticas.

En ese contexto, conflictos regionales como el enfrentamiento entre Irán e Israel podrían atraer a actores externos. Estados Unidos, países europeos o potencias asiáticas con fuertes intereses energéticos podrían involucrarse directa o indirectamente. La presencia simultánea de fuerzas militares de múltiples potencias en una región altamente inestable aumentaría el riesgo de confrontaciones accidentales.

Además, la existencia de arsenales nucleares más amplios —como los previstos en Francia o China— no solo actúa como elemento de disuasión, sino también como factor de presión estratégica. En un escenario de escalada, la posibilidad de que una potencia considere amenazados sus “intereses vitales” podría introducir el factor nuclear en la ecuación del conflicto.

CONCLUSIÓN

El mundo contemporáneo se encuentra en una fase de transición geopolítica marcada por tensiones regionales, rivalidades entre grandes potencias y una creciente competencia por recursos estratégicos. El ataque a infraestructuras energéticas entre Irán e Israel muestra cómo los conflictos actuales ya incluyen la dimensión económica y energética como parte central de la guerra.

Si esta dinámica se ampliara hasta afectar a las refinerías del Golfo Pérsico, el resultado podría ser una crisis energética global con profundas consecuencias económicas y políticas. En paralelo, la expansión de arsenales nucleares en potencias como Francia y China refleja un sistema internacional que vuelve a depender cada vez más de la disuasión militar.

La convergencia de una crisis energética de gran escala con una carrera armamentística nuclear podría crear un entorno extremadamente inestable. En tal escenario, errores de cálculo, alianzas militares y competencia por recursos estratégicos podrían escalar progresivamente hasta un conflicto de dimensión mundial. La historia demuestra que las guerras globales no suelen comenzar con una decisión única, sino con la acumulación de tensiones interconectadas que, en un momento crítico, superan la capacidad de contención del sistema internacional.

ANEXO I

Irán ataca refinería de Haifa tras bombardeo israelí a Teherán

En una acción de respuesta directa y precisa, los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica ejecutaron el ataque contra la refinería de petróleo al norte de Israel.

Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) lanzaron misiles Kheibar Shekan contra la infraestructura energética en el norte de Israel. La acción es una respuesta a bombardeos previos de Tel Aviv a tanques de almacenamiento de petróleo en la capital iraní.

Los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) de Irán atacaron la refinería de Haifa, Israel, con misiles Kheibar Shekan de combustible sólido. Esta acción se realizó tras los bombardeos israelíes contra infraestructura petrolera cercana a Teherán, la capital iraní.

La acción, parte de la 27.ª oleada militar iraní llamada «Promesa Verdadera 4«, según Irán, responde a agresiones externas. Los misiles Kheibar Shekan, conocidos por su diseño de combustible sólido, permiten un lanzamiento más rápido y ofrecen mayor resistencia ante los sistemas de defensa antimisiles. Irán afirma que estos proyectiles son capaces de ejecutar ataques guiados con una precisión notable.

Antes de esta respuesta iraní, Teherán había registrado incendios provocados por bombardeos israelíes contra tanques de almacenamiento de petróleo en sus cercanías. Según la agencia iraní ISNA, «una de las instalaciones de almacenamiento de petróleo en el sur de Teherán fue blanco de un ataque conjunto por parte de EEUU e Israel«. Canal 12, un medio israelí, publicó un video que documenta las explosiones e incendios, indicando que las fuerzas de Israel atacaron la infraestructura energética iraní. Funcionarios israelíes citados por The Times of Israel confirmaron la continuidad de estos ataques aéreos.

Este suceso, según dichas informaciones, se señala que era la primera vez que Tel Aviv dirigía sus acciones militares contra infraestructura energética iraní desde el inicio del conflicto.

El ataque de Israel a objetivos energéticos en Irán y la subsiguiente respuesta iraní en la refinería de Haifa se presentan como un ciclo de represalias que ha generado tensión en Oriente Medio. Los blancos elegidos por ambas naciones son considerados vitales para la economía y la seguridad nacional de cada país. El uso de misiles de precisión por Irán y los ataques aéreos israelíes contra infraestructura vital son observados en el contexto de un aumento de las acciones militares.

Fuente: Telesurtv.net

ANEXO II

Del aumento de cabezas nucleares de Francia y previsiones para 2030

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, anunció el 2 de marzo de 2026 que el país aumentará su número de ojivas nucleares por primera vez desde el fin de la Guerra Fría.

El giro estratégico responde a un entorno global que Macron describe como una nueva "era de armas nucleares". Los puntos clave de su declaración incluyen:

  • Disuasión y credibilidad.- El objetivo es asegurar que la disuasión francesa siga siendo creíble frente a las defensas mejoradas de sus adversarios y la inestabilidad internacional. "Para ser temidos hay que ser poderosos", afirmó el mandatario.
  • Defensa de "intereses vitales".- Francia reafirmó que no dudará en usar su arsenal para proteger sus intereses fundamentales y ofreció extender este "paraguas nuclear" a sus socios europeos.
  • Inversión masiva.- El gobierno planea añadir 36.000 millones de euros adicionales a la Ley de Programación Militar (2024-2030) para financiar esta expansión y la modernización tecnológica.

Cantidad de ojivas para 2030

Actualmente, Francia posee un arsenal estimado en 290 ojivas nucleares. Sobre la cifra exacta para 2030, el Elíseo ha adoptado una postura de opacidad estratégica:

  • Cifra no revelada.- Macron declaró explícitamente que la cantidad exacta de nuevas armas será información privada y no se hará pública en el futuro para mantener la incertidumbre ante posibles adversarios.
  • Ruptura del límite histórico.- Durante décadas, Francia mantuvo un techo de "menos de 300" ojivas; con este anuncio, ese límite queda oficialmente superado.
  • Proyecciones de infraestructura.- Aunque no hay un número final público, el plan incluye la construcción de un nuevo submarino de misiles balísticos ("El Invencible") y la actualización de los sistemas de lanzamiento para finales de la década.
Fuente : France 24

ANEXO III

Del aumento de cabezas nucleares en China y previsiones para 2030

China sostiene oficialmente que su arsenal nuclear se mantiene en el "nivel mínimo necesario" para su seguridad nacional y que no participará en una carrera armamentística con ninguna nación. Sin embargo, informes internacionales recientes contradicen esta postura, señalando una expansión sin precedentes.

Proyección para 2030

Según el Departamento de Defensa de Estados Unidos y organizaciones como el SIPRI, China alcanzará las 1.000 ojivas nucleares operativas para 2030. Algunos informes más recientes, emitidos en febrero de 2026, sugieren incluso que el arsenal podría superar las 2.000 ojivas para finales de la década si el ritmo actual de acumulación "masiva" continúa.

La respuesta de China

Ante estas proyecciones, el gobierno chino ha mantenido una postura defensiva y crítica: 

  • Rechazo de informes.- Califica las estimaciones del Pentágono como una "manipulación" y afirma que están llenas de "prejuicios" para justificar el propio gasto militar de EE. UU..
  • Política de "No Primer Uso".- Beijing reitera constantemente su compromiso de no ser el primero en usar armas nucleares en un conflicto y de no amenazar a estados no nucleares.
  • Modernización, no expansión.- China argumenta que sus actividades se centran en la modernización de sus fuerzas para garantizar la capacidad de respuesta, no en igualar numéricamente a potencias como EE. UU. o Rusia.

Estado actual del arsenal

A inicios de 2026, las estimaciones sitúan el arsenal chino por encima de las 600 cabezas nucleares, un aumento significativo respecto a las 410 reportadas en 2023. Aunque esta cifra es mucho menor que las de EE. UU. o Rusia (ambos con más de 5.000), China es actualmente la potencia que más rápido amplía su capacidad nuclear.

LAS CAPACIDADES NUCLEARES DE CHINA

Según el informe, el Ejército Popular de Liberación puede lanzar sus ojivas mediante:

  • 20 bombarderos H-6N con capacidad nuclear.
  • 72 misiles balísticos lanzados desde submarinos.
  • 712 misiles balísticos terrestres, desplegados en silos fijos o plataformas móviles.

Respecto a su fuerza de misiles intercontinentales (ICBM), con alcances superiores a 5,500 kilómetros, el informe señala que China ha completado o está por finalizar alrededor de 350 nuevos silos ICBM en tres zonas desérticas del norte y tres regiones montañosas del este del país.

Además, China está modernizando sus submarinos nucleares clase Tipo 094, dotándolos de misiles de mayor alcance, y desarrolla una nueva generación de submarinos y bombarderos nucleares, fortaleciendo así su tríada nuclear (capacidad de lanzamiento desde tierra, mar y aire).

Fuente: SWI

ANEXO IV

Del arsenal nuclear total por países que disponen de la bomba atómica

El grupo de nueve países con armas nucleares reconocidas o conocidas. Junto a Estados Unidos y Rusia, también cuentan con arsenales nucleares Francia, Reino Unido, India, Pakistán, Corea del Norte e Israel, este último sin confirmación oficial de su capacidad nuclear.

Las cifras de la capacidad nuclear por país es:

  • Rusia: 5459 ojivas.
  • Estados Unidos: 5177.
  • China: 600.
  • Francia: 290.
  • Reino Unido: 225.
  • India: 180.
  • Pakistán: 170.
  • Israel: 90.
  • Corea del Norte: 50.

El informe del SIPRI se publica en un contexto de tensión creciente entre potencias nucleares y advertencias del Pentágono de que China podría superar las 1.000 ojivas nucleares antes de 2030.

Pese a que Beijing nunca ha revelado oficialmente el tamaño de su arsenal, el presidente Xi Jinping ordenó en 2023 acelerar el desarrollo de fuerzas de disuasión estratégica. Ese mismo año, China realizó un inusual ensayo de un misil balístico intercontinental (ICBM) con capacidad nuclear.

Fuente: News Yahoo

De la guerra invisible del agua en el Golfo Pérsico. Vulnerabilidad y poder en la era de la desalinización

Todos miran al Estrecho de Ormuz temiendo una crisis energética, pero la verdadera vulnerabilidad de la región es biológica: 100 millones de personas dependen de una tecnología que Irán ya tiene en el punto de mira

  

Durante décadas, la estabilidad del Golfo Pérsico se ha interpretado casi exclusivamente a través de una lente energética. 

El petróleo, el gas natural y, sobre todo, el control del Estrecho de Ormuz han dominado la narrativa geopolítica mundial. Cada tensión militar en la región se traduce inmediatamente en predicciones sobre el precio del barril o posibles interrupciones del comercio energético global. Sin embargo, esta interpretación, aunque relevante, oculta una fragilidad mucho más profunda. La verdadera vulnerabilidad estratégica de la Península Arábiga no es energética, sino biológica: el agua potable.

En un entorno geográfico caracterizado por el clima desértico, precipitaciones escasas y temperaturas extremas, las sociedades del Golfo han logrado sostener poblaciones urbanas masivas gracias a una infraestructura tecnológica sin precedentes: la desalinización del agua de mar. Esta tecnología ha permitido el crecimiento de ciudades como Dubái, Riad o Kuwait, transformando territorios históricamente inhóspitos en centros económicos globales. No obstante, esta dependencia absoluta de la desalinización ha creado una nueva forma de vulnerabilidad estratégica. En lugar de depender de recursos naturales abundantes, millones de personas dependen ahora de un sistema industrial complejo, altamente centralizado y extremadamente frágil ante ataques.

Las cifras ilustran la magnitud de esta dependencia. En Kuwait, aproximadamente el 90 % del agua potable proviene de plantas desalinizadoras. En Omán la proporción alcanza el 86 %, mientras que en Arabia Saudí ronda el 70 %. Incluso en los Emiratos Árabes Unidos, donde existe cierta diversificación, cerca del 42 % del suministro depende de este proceso, alcanzando prácticamente el 100 % en grandes centros urbanos como Dubái. En conjunto, ocho de las diez plantas desalinizadoras más grandes del mundo se encuentran en la Península Arábiga, concentrando alrededor del 60 % de la capacidad mundial de desalinización.

Este modelo ha permitido prosperidad, pero también ha creado lo que algunos analistas describen como “reinos de agua salada”: países cuya supervivencia depende de transformar agua marina en agua potable mediante enormes complejos industriales. La paradoja es evidente: economías extremadamente ricas, capaces de invertir miles de millones en infraestructuras y defensa militar, dependen para su supervivencia cotidiana de un número relativamente reducido de instalaciones críticas.

En este contexto, la escalada militar entre Irán y la coalición liderada por Estados Unidos e Israel introduce un factor estratégico nuevo. Incapaz de competir en un enfrentamiento militar directo contra potencias tecnológicamente superiores, Irán ha desarrollado una estrategia asimétrica basada en atacar infraestructuras vulnerables u “objetivos blandos”. Entre estos objetivos, las plantas desalinizadoras y las centrales eléctricas que las alimentan representan uno de los puntos más sensibles del sistema regional.

La lógica detrás de esta estrategia es sencilla. Las desalinizadoras no solo son pocas y costosas, sino que además dependen de enormes cantidades de energía. En Arabia Saudí, por ejemplo, estas instalaciones consumen cerca del 6 % de toda la electricidad del país. Muchas de ellas están situadas junto a grandes centrales eléctricas, formando complejos industriales integrados. Esto significa que un ataque exitoso contra la infraestructura energética puede paralizar inmediatamente el suministro de agua potable.

Además, existe una enorme asimetría en los costes de ataque y defensa. Los drones utilizados por Irán, como los Shahed-136, tienen un coste estimado entre 15.000 y 50.000 dólares por unidad. En contraste, una instalación como la planta de Ras Al Khair —el mayor complejo híbrido de desalinización del mundo— costó más de 7.000 millones de dólares. Defender infraestructuras de este tamaño frente a enjambres de drones baratos representa un desafío técnico y económico enorme, incluso para los sistemas de defensa más avanzados.

La fragilidad del sistema se agrava por los tiempos de recuperación. Mientras que una refinería petrolera puede restablecer parte de su producción en cuestión de semanas tras un ataque —como ocurrió con las instalaciones saudíes de Abqaiq en 2019—, los componentes clave de las plantas de ósmosis inversa son altamente especializados. Si se destruyen, su reemplazo puede tardar meses debido a la complejidad de fabricación y a la dependencia de cadenas de suministro globales.

Las consecuencias humanitarias de un ataque exitoso serían inmediatas. A diferencia de otros recursos estratégicos, el agua potable no puede almacenarse en grandes cantidades ni sustituirse fácilmente. En algunos países del Golfo, las reservas estratégicas de agua apenas cubren unos pocos días de consumo. Qatar, por ejemplo, estimó en su momento que una contaminación masiva o interrupción del sistema podría dejar al país sin agua potable en aproximadamente tres días, lo que llevó a la construcción de enormes depósitos de emergencia.

La situación en Arabia Saudí ilustra la gravedad del problema. Riad, una ciudad con más de ocho millones de habitantes situada en pleno desierto, recibe más del 90 % de su agua desde la planta desalinizadora de Jubail a través de una única tubería de unos 500 kilómetros. Un ataque que destruyera la planta o esa infraestructura de transporte podría provocar una crisis humanitaria inmediata. De acuerdo con evaluaciones diplomáticas filtradas en el pasado, la capital saudí tendría que ser evacuada en aproximadamente una semana si ese sistema colapsara.

Esta vulnerabilidad hídrica se combina con otra dependencia crítica: la alimentaria. Los países del Consejo de Cooperación del Golfo importan la mayor parte de sus alimentos debido a la escasez de tierras cultivables y de agua dulce. Aproximadamente el 70 % de estas importaciones transita por el Estrecho de Ormuz. Si el conflicto militar interrumpiera el tráfico marítimo o las aseguradoras se negaran a cubrir rutas consideradas demasiado peligrosas, la región podría enfrentarse simultáneamente a una crisis de agua y de suministro alimentario.

En conjunto, estos factores revelan una transformación fundamental en la naturaleza de la seguridad estratégica en Oriente Medio. Tradicionalmente, el petróleo ha sido considerado el recurso central cuya protección garantizaba la estabilidad regional. Sin embargo, en el siglo XXI, el recurso verdaderamente crítico es el agua potable. Mientras que el petróleo puede almacenarse, transportarse o sustituirse parcialmente por otras fuentes energéticas, el agua es indispensable para la supervivencia inmediata de la población.

Por ello, cualquier conflicto en la región ya no debe analizarse únicamente en términos de mercados energéticos o control de rutas marítimas. La verdadera cuestión estratégica es la resiliencia de las infraestructuras que sostienen la vida cotidiana de millones de personas. Las plantas desalinizadoras, las redes eléctricas que las alimentan y los sistemas digitales que gestionan su distribución se han convertido en los nuevos puntos neurálgicos de la seguridad regional.

En última instancia, el Golfo Pérsico representa una advertencia para el mundo contemporáneo. La tecnología ha permitido superar límites naturales aparentemente insalvables, como la falta de agua en el desierto. Pero esa misma tecnología ha creado sistemas complejos cuya interrupción puede desencadenar crisis inmediatas. En una era de guerra híbrida, drones baratos y ataques a infraestructuras críticas, la supervivencia de sociedades enteras puede depender de instalaciones industriales que, paradójicamente, son mucho más difíciles de defender que un pozo petrolífero.

Así, mientras el mundo observa el Estrecho de Ormuz preocupado por el petróleo, el verdadero centro de gravedad estratégico del Golfo podría estar en un recurso mucho más básico y más vulnerable: el agua potable.

Fuente: Xataka.com

7 de marzo de 2026

De la expansión de la guerra contra Irán y sus implicaciones geopolíticas. Y de la intrahistoria de la “Operación Furia Épica” de Trump

Mientras la guerra se expande del Cáucaso al Índico,  EEUU e Israel pretenden abrir nuevo frente, por medio de los rebeldes kurdos, que esperan sea la chispa que provoque el inicio de la revuelta definitiva que acabe con el régimen teocrático de Irán.   

  La reciente escalada militar en torno a Irán revela la transformación de un conflicto regional en una crisis de alcance global. 
   
Lo que comenzó como una operación dirigida contra la cúpula del régimen iraní se ha expandido rápidamente a múltiples frentes, desde el Cáucaso hasta el sur de Asia.
 Ataques con drones contra el aeropuerto de Najicheván en Azerbaiyán, el hundimiento de un buque iraní por un submarino estadounidense frente a Sri Lanka y la tensión creciente en la frontera kurda evidencian que la guerra ha dejado de limitarse a Oriente Medio. La situación apunta a una confrontación cuidadosamente preparada desde tiempo atrás, cuya ejecución se aceleró tras una serie de decisiones estratégicas de Estados Unidos e Israel.

El detonante inmediato del conflicto fue la llamada telefónica del 23 de febrero entre el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y el presidente estadounidense, Donald Trump. Según diversas informaciones, Netanyahu alertó sobre una reunión inminente del líder supremo iraní, Alí Jameneí, con su círculo más cercano en Teherán. Los servicios de inteligencia israelíes, respaldados por la CIA, identificaron el encuentro como una oportunidad excepcional para eliminar a la cúpula del régimen. Netanyahu habría recomendado a Trump actuar de forma rápida y contundente para “descabezar” al gobierno iraní. Apenas unos días después, el 28 de febrero, Estados Unidos e Israel ejecutaron un ataque coordinado que acabó con la vida de Jameneí y de varios de sus principales colaboradores, marcando el inicio de una nueva guerra cuyo objetivo declarado es destruir la república islámica.

Sin embargo, la fecha elegida para la ofensiva supuso un cambio respecto a los planes iniciales de Israel, que contemplaban iniciar las hostilidades a mediados de año. La posibilidad de eliminar al líder iraní en circunstancias favorables llevó a adelantar la operación. Esta decisión fue tomada sin consultar al Congreso estadounidense, donde tanto en el Pentágono como en el ámbito político existían dudas sobre la viabilidad de abrir un conflicto de grandes dimensiones en una región ya extremadamente inestable. Aun así, la administración Trump optó por actuar con rapidez, convencida de que una ofensiva decisiva podría debilitar de manera irreversible al régimen iraní.

Paralelamente, diversas operaciones encubiertas ya estaban en marcha para debilitar a Irán desde dentro y desde sus fronteras. En el Kurdistán iraní, la CIA llevaba tiempo fomentando contactos con grupos opositores kurdos con la intención de provocar un levantamiento contra Teherán. Asimismo, la aparición simultánea de tensiones en otras zonas, como el conflicto fronterizo entre Afganistán y Pakistán y la inestabilidad en el Beluchistán iraní, ampliaba las posibles direcciones desde las que presionar al país. Estas circunstancias reforzaron la decisión de acelerar la guerra, aprovechando un contexto regional especialmente volátil.

La administración estadounidense ha defendido públicamente que la operación militar, denominada “Furia Épica”, fue planificada con antelación y que su duración sería relativamente corta. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, afirmó que la campaña podría extenderse entre cuatro y ocho semanas, y aseguró que Estados Unidos dispone de abundante armamento de precisión para cumplir sus objetivos. Según sus declaraciones, la estrategia incluye el uso masivo de bombas guiadas por GPS y láser de distintos calibres. No obstante, el propio jefe del Estado Mayor Conjunto, Dan Caine, había advertido días antes de que los arsenales estadounidenses se habían reducido tras el suministro continuo de armas a Israel y Ucrania, lo que ha generado dudas sobre si existe una contradicción entre el discurso oficial y la realidad militar.

Más allá de los aspectos estratégicos, las declaraciones de algunos responsables estadounidenses reflejan una concepción extremadamente dura de la guerra. Hegseth llegó a afirmar que el conflicto “nunca se concibió como una guerra justa”, lo que sugiere que la prioridad es la destrucción del régimen iraní sin considerar excesivamente las consecuencias humanitarias. Episodios como el bombardeo de Minab, donde murieron numerosas niñas tras un ataque israelí, ilustran el coste humano que ya está teniendo la ofensiva.

Oficialmente, Washington justifica la guerra por varios objetivos: impedir que Irán desarrolle armas nucleares, destruir su capacidad de fabricar misiles balísticos y reducir la influencia de las milicias proiraníes en Oriente Medio. Sin embargo, otros elementos del plan parecen ir más allá de estos propósitos declarados. Entre ellos destaca el impulso a posibles insurrecciones internas que debiliten al régimen desde dentro, especialmente en regiones con tensiones étnicas y políticas históricas.

El Kurdistán aparece como el principal foco potencial de rebelión. Los kurdos iraníes, que superan los diez millones de personas, han denunciado durante décadas discriminación cultural y lingüística por parte del régimen de Teherán. Esta situación convierte a la región en un territorio susceptible de movilización política y militar. Informaciones filtradas a medios estadounidenses indican que la CIA habría trabajado durante meses con grupos kurdos para preparar una eventual sublevación. Incluso el propio Trump expresó públicamente su apoyo a una posible ofensiva kurda contra Irán.

En este contexto, el Kurdistán iraquí desempeña un papel fundamental. Desde su capital, Erbil, donde Estados Unidos mantiene bases militares y un consulado, podría organizarse el suministro de armas y el apoyo logístico a los insurgentes. El presidente estadounidense habría contactado con líderes kurdos iraquíes como Masud Barzani y Bafel Talabani para garantizar su cooperación en caso de que se abra ese frente militar. Sin el respaldo del Kurdistán iraquí, resultaría muy difícil para las milicias kurdas iraníes lanzar una ofensiva de gran escala.

No obstante, esta estrategia implica riesgos considerables. Los kurdos constituyen un pueblo de más de veinticinco millones de personas repartido entre Turquía, Siria, Irak, Irán y Armenia, y su aspiración histórica a la independencia podría reactivarse si perciben una oportunidad favorable. Una rebelión kurda en Irán podría estimular movimientos similares en los países vecinos, desestabilizando aún más una región ya fragmentada. Además, las relaciones entre Washington y los kurdos han estado marcadas por la desconfianza, debido a precedentes en los que Estados Unidos abandonó a sus aliados locales tras alcanzar sus propios objetivos estratégicos.

Por otro lado, la guerra podría extenderse también hacia el sureste iraní, en la región del Beluchistán. Allí viven los baluchis, una minoría con fuertes vínculos con comunidades del vecino Pakistán. Una eventual insurrección en esta zona podría provocar tensiones con Islamabad y generar un nuevo foco de conflicto regional, especialmente si los talibanes afganos decidieran aprovechar la situación para ampliar su influencia.

En definitiva, la guerra contra Irán parece responder a una estrategia compleja que combina ataques militares directos con intentos de desestabilización interna. Aunque el objetivo declarado es la caída del régimen iraní, las consecuencias de esta política podrían ser imprevisibles. Un Irán devastado por los bombardeos y dividido por conflictos internos podría transformarse en un Estado fallido, similar a lo ocurrido en países como Libia o Somalia. En ese escenario, el equilibrio de poder en Oriente Medio cambiaría radicalmente.

La evolución del conflicto en los próximos meses determinará si la ofensiva logra sus objetivos o si, por el contrario, desencadena una crisis aún mayor. Lo que ya resulta evidente es que la guerra ha superado los límites regionales y amenaza con alterar profundamente el orden geopolítico en varias regiones del mundo

Fuente: Publico.es

Como se pergeñó la “Operación Furia Épica” de Trump, llamadas y reuniones con Netanyahu y temor a nueva versión Bush 26.0


La reciente escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán ha abierto uno de los momentos de mayor inestabilidad internacional de los últimos años. 
 
Un extenso reportaje publicado por la revista Time analiza cómo se gestó esta ofensiva y de consecuencias políticas, económicas y estratégicas

El conflicto no solo ha provocado una nueva crisis en Oriente Próximo, sino que también ha tensionado las relaciones entre Estados Unidos, la Unión Europea y la OTAN —al caer misiles de Irán sobre Chipre y Turquía— evidenciando un choque de posiciones poco habitual entre aliados que históricamente han mantenido una estrecha cooperación.

Uno de los ejes centrales del análisis es la aparente contradicción entre el discurso político del presidente estadounidense, Donald Trump, y sus decisiones en política exterior desde su regreso a la Casa Blanca. Durante años, Trump construyó buena parte de su identidad política sobre la crítica a las llamadas “guerras eternas” de Oriente Próximo y prometió reducir la implicación militar de Estados Unidos en conflictos internacionales. Sin embargo, la sucesión de intervenciones y operaciones militares desde su retorno al poder ha generado una percepción de incoherencia, especialmente si se considera su insistencia reciente en ser considerado candidato al Premio Nobel de la Paz. Lejos de cumplir la promesa de poner fin a conflictos armados, su administración ha sido asociada con la apertura de nuevos frentes de tensión internacional.

El inicio de 2026 ya estaba marcado por una creciente preocupación en la comunidad internacional. Las acciones estadounidenses en América Latina, particularmente la intervención en Venezuela y las declaraciones sobre posibles aspiraciones territoriales en Cuba y Groenlandia, habían despertado inquietud sobre el respeto al derecho internacional y el rumbo de la política exterior estadounidense. En ese contexto, la ofensiva militar contra Irán supuso un punto de inflexión aún mayor, tanto por sus implicaciones estratégicas como por las consecuencias económicas derivadas de la inestabilidad en una región clave para los mercados energéticos globales.

El reportaje destaca además el lugar y las circunstancias en que se tomó la decisión final de iniciar la operación militar. De manera sorprendente, el impulso definitivo surgió en Mar-a-Lago, la residencia privada de Trump en Florida. Según el relato periodístico, el 27 de febrero, mientras se celebraba una fiesta en la propiedad, el presidente estadounidense se reunió en privado con altos mandos militares y responsables de inteligencia. En ese encuentro se le informó de que existían indicios de que el líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei, había sido localizado. Trump, que ya desconfiaba de las negociaciones diplomáticas mantenidas en Ginebra con el gobierno iraní, interpretó la información como una oportunidad estratégica y autorizó el inicio de la ofensiva.

La operación, denominada “Operación Furia Épica”, fue coordinada con Israel y consistió en ataques con misiles y drones contra cientos de instalaciones militares iraníes, incluidas baterías de misiles, sistemas de defensa aérea, buques de guerra y centros de mando. El objetivo principal era eliminar a Jamenei, algo que finalmente se consiguió. No obstante, la operación también provocó numerosas víctimas civiles, entre ellas estudiantes de una escuela, lo que intensificó la condena internacional. La respuesta de Irán no tardó en llegar, con ataques dirigidos contra países aliados de Estados Unidos en el Golfo Pérsico, ampliando así el alcance regional del conflicto.

La cooperación militar entre Washington y Tel Aviv fue determinante para el desarrollo de la ofensiva. El entendimiento entre Trump y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se consolidó tras dos reuniones clave. La primera tuvo lugar el 4 de febrero de 2025 en la Casa Blanca, cuando Netanyahu advirtió al presidente estadounidense de una supuesta conspiración iraní para asesinarlo y destacó los avances del programa nuclear iraní. Aquella conversación sembró dudas en Trump y reforzó su percepción de Irán como una amenaza inmediata. Meses después, durante el verano, se produjo la llamada “Operación Martillo de Medianoche”, un ataque contra tres importantes instalaciones nucleares iraníes. Aunque la respuesta iraní fue limitada en aquel momento, el episodio contribuyó a intensificar la tensión entre ambos países.

La segunda reunión entre Trump y Netanyahu tuvo lugar el 11 de febrero del año siguiente en Washington. Según el reportaje, el encuentro se caracterizó por un tono inusualmente serio y prolongado. Durante tres horas, ambos líderes trabajaron en los detalles operativos de una campaña militar coordinada contra Irán. Ese encuentro sería el paso definitivo hacia la ofensiva que desencadenó la guerra actual.

Este nuevo conflicto ha reavivado además un debate histórico dentro de la política estadounidense. Numerosos analistas han comenzado a comparar la situación actual con la dinámica que siguió Estados Unidos tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, bajo la presidencia de George W. Bush. En aquel momento, la intervención militar en Irak en 2003 fue presentada inicialmente como una operación limitada, pero terminó convirtiéndose en una prolongada guerra con objetivos de cambio de régimen y reconstrucción política. La posibilidad de que la actual confrontación con Irán siga una trayectoria similar preocupa tanto a críticos demócratas como a sectores del propio movimiento “America First”.

En definitiva, la guerra con Irán no solo representa un nuevo episodio de violencia en Oriente Próximo, sino también un punto de inflexión en la política exterior estadounidense contemporánea. La contradicción entre las promesas de evitar nuevas guerras y la creciente implicación militar del país plantea interrogantes sobre la dirección estratégica de Estados Unidos. Al mismo tiempo, las tensiones con sus aliados europeos y el riesgo de una escalada regional sugieren que el impacto de esta crisis podría extenderse mucho más allá del campo de batalla, afectando, tanto a sus arsenales militares, como al equilibrio geopolítico global durante los próximos años.

Fuente: El Plural.com

ANEXO I

Estados Unidos está vaciando sus arsenales de  misiles según senadores demócratas.

En marzo de este 2026, varios senadores demócratas han expresado su profunda preocupación por el agotamiento de los arsenales de misiles de Estados Unidos, contradiciendo las afirmaciones del presidente Donald Trump sobre suministros "virtualmente ilimitados".

Advertencias clave de los legisladores

  • Mark Warner (D-Va.).-  El presidente del Comité de Inteligencia del Senado afirmó que es "de conocimiento público" que las municiones están en niveles bajos tras las operaciones contra los rebeldes hutíes y los conflictos actuales bajo la administración republicana.
  • Richard Blumenthal (D-Conn.).- Cuestionó la falta de interceptores para sistemas como el Patriot, señalando que la escasez es la razón por la que no se han podido enviar más unidades a Ucrania.
  • Andy Kim (D-N.J.).- Tras sesiones informativas clasificadas, cuestionó el ritmo de consumo de municiones comparado con el de Irán, sin obtener respuestas claras de los mandos militares.

Fuente: The Washington Post

Estado actual de las reservas

  • Interceptoras de alto nivel.- Se estima que el ejército estadounidense consumió el 25% de su inventario de misiles interceptores THAAD en solo unos días durante las operaciones contra Irán en junio de 2025.
  • Misiles Patriot.- Expertos del Center for Strategic and International Studies (CSIS) estiman que las reservas de unos 1.600 misiles Patriot podrían estar cerca de agotarse debido a la intensidad de la guerra de defensa aérea.
  • Tiempo de reposición.- Debido a la complejidad técnica, fabricar un solo misil de reemplazo para estos sistemas avanzados puede tomar dos años o más.

Fuente: The Hill

Respuesta de la Administración

A pesar de estas advertencias, el presidente Trump ha asegurado a través de su red social, Truth Social, que los inventarios de armas de grado medio y medio-alto nunca han sido mejores y que podrían sostener ataques indefinidamente. Por su parte, empresas como Lockheed Martin han anunciado planes para cuadruplicar la producción de armamento crítico, aunque no se ha especificado un cronograma para alcanzar dichos objetivos.

ANEXO II

En el contexto del conflicto actual (marzo de 2026), se ha informado de incidentes donde Irán ha logrado impactar o degradar ciertos activos de defensa de Estados Unidos, aunque la escala y el éxito de estas acciones son objeto de versiones contradictorias entre los bandos.

Acciones militares anunciadas por Irán contra defensas de EE. UU.

  • Ataques a bases y radares.- Informes recientes indican que Irán ha atacado la Base Aérea de Al Dhafra en los Emiratos Árabes Unidos, afirmando haber inutilizado radares y centros de mando clave.
  • Sistemas de defensa aérea.- Se han difundido reportes sobre la supuesta destrucción de sistemas de defensa THAAD y radares avanzados en la región del Golfo.
  • Desgaste de interceptores.- Análisis indican que el uso intensivo de interceptores de misiles por parte de EE. UU. ha expuesto brechas en su red de defensa y ha agotado inventarios costosos.
  • Uso de drones.- Los ataques con drones iraníes han puesto en evidencia vulnerabilidades en la capacidad de respuesta inmediata de las defensas aéreas estadounidenses en la región.
  • Ataques a sedes diplomáticas.- Se reportó ataques contra embajadas de Estados Unidos en Riad y Bagdad, causando daños materiales menores. 

Contramedidas y ofensiva de Estados Unidos

Mientras Irán busca erosionar las defensas enemigas, Estados Unidos ha ejecutado la "Operación Furia Épica", logrando resultados significativos:

  • Destrucción de la Armada.- El CENTCOM informó la destrucción de múltiples buques de guerra iraníes, incluyendo un portaaviones cargado de drones.
  • Eliminación de mandos.- Se reportó la baja de 48 altos mandos iraníes en operaciones conjuntas con Israel.
  • Ataques aéreos masivos.- EE. UU. asegura haber golpeado casi 2.000 objetivos en Irán en pocos días, incluyendo plantas desalinizadoras y aeropuerto —pudiendo constituir estos últimos, delitos por crimen de guerra, según el Derecho Internacional Humanitario (DIH) —


6 de marzo de 2026

RIVALIDAD ESTRATÉGICA Y OPORTUNIDAD GEOPOLÍTICA: Rusia, China y la guerra de Oriente Medio

Rusia podría estar aportando inteligencia a Irán. Mientras China podría estar esperando, para conseguir ventajas geopolíticas de la demostración de fuerza de Trump en Oriente Medio.

La guerra en Oriente Medio provocada por la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán ha reconfigurado, una vez más, el equilibrio geopolítico global

Más allá del enfrentamiento directo entre Washington y Teherán, el conflicto se ha convertido en un escenario donde otras potencias, como Rusia y China, observan y actúan en función de sus propios intereses estratégicos. 

Informaciones de inteligencia citadas por The Washington Post sugieren que Moscú estaría proporcionando a Irán información sobre la ubicación de activos militares estadounidenses, mientras que Pekín adopta una postura más prudente, evitando una implicación directa. 

Sin embargo, la aparente neutralidad china no implica pasividad: el nuevo conflicto puede ofrecerle oportunidades estratégicas importantes. En este contexto, la guerra no solo refleja una confrontación regional, sino también un episodio más de la competencia global entre grandes potencias.

En primer lugar, la posible cooperación entre Rusia e Irán refleja la convergencia de intereses entre ambos países frente a Estados Unidos. Según funcionarios familiarizados con información de inteligencia, Moscú habría compartido con Teherán datos sobre la ubicación de buques y aeronaves estadounidenses desde el inicio de la guerra. Aunque el alcance exacto de esta asistencia no está claro, el simple hecho de que exista sugiere un intento de Rusia por debilitar la capacidad operativa estadounidense sin implicarse directamente en el conflicto. Este comportamiento encaja dentro de la lógica de la guerra indirecta o de poder por delegación, en la cual las potencias evitan enfrentamientos directos pero apoyan a actores que desafían a su rival estratégico.

La postura rusa también debe entenderse en el marco de su rivalidad más amplia con Occidente. Desde el inicio de la ofensiva, Moscú ha condenado las acciones de Estados Unidos e Israel y ha solicitado el cese de las hostilidades. No obstante, más allá de la retórica diplomática, la ayuda de inteligencia a Irán permitiría a Rusia erosionar la influencia estadounidense en la región y aumentar el coste militar de la intervención estadounidense. En otras palabras, Moscú podría estar utilizando el conflicto como una forma de desgastar a su principal adversario geopolítico sin asumir riesgos directos.

Por otro lado, la estrategia de China parece ser mucho más cautelosa. A diferencia de Rusia, Pekín no ha mostrado señales claras de apoyar militarmente a Irán, pese a la estrecha relación entre ambos países. La postura oficial china se ha limitado a condenar los ataques y pedir un alto el fuego, una reacción que encaja con la narrativa habitual de China como defensora de la estabilidad internacional y del respeto al derecho internacional. Sin embargo, esta retórica también oculta un cálculo estratégico más profundo.

El conflicto ofrece a China una oportunidad geopolítica importante: mientras Estados Unidos concentra recursos militares, políticos y económicos en Oriente Medio, disminuye su capacidad para proyectar poder en Asia. Este desplazamiento de prioridades podría beneficiar especialmente a Pekín en cuestiones clave como Taiwán, cuya relevancia estratégica podría descender en la agenda estadounidense. En este sentido, la guerra contribuye a dispersar la atención estratégica de Washington, lo que reduce la presión sobre China en su propio entorno regional.

Además, el conflicto tiene implicaciones significativas para la competencia tecnológica y militar entre ambas potencias. La ofensiva estadounidense consume grandes cantidades de armamento avanzado, incluidos sistemas de defensa antimisiles Patriot y THAAD, así como aviones de combate F-35. Estos sistemas dependen en gran medida de semiconductores y materiales estratégicos como el galio, un mineral cuyo suministro global está dominado por China. En consecuencia, cada despliegue militar estadounidense no solo implica un gasto económico considerable, sino también un desgaste de recursos cuya reposición depende, en parte, de cadenas de suministro controladas por Pekín.

Desde esta perspectiva, la guerra puede reforzar la posición estratégica de China en la competencia industrial y tecnológica con Estados Unidos. Si Washington se ve obligado a aumentar la producción de armamento mientras continúa dependiendo de minerales críticos controlados por su rival, la capacidad de negociación de Pekín se fortalece. Esta dinámica ya quedó patente durante la guerra arancelaria entre ambos países, cuando China restringió la exportación de galio, provocando tensiones en las cadenas de suministro globales.

No obstante, el conflicto también plantea riesgos para China, especialmente en el ámbito energético. El país asiático es el principal comprador de petróleo iraní transportado por vía marítima, adquiriendo aproximadamente el 80% de esas exportaciones. En términos generales, el crudo iraní representa alrededor del 13% de las importaciones marítimas de petróleo de China. Una interrupción prolongada de este suministro podría obligar a Pekín a recurrir a fuentes más caras, lo que complicaría su estrategia económica en un momento en que la demanda energética aumenta, impulsada en parte por la expansión de los centros de datos y la inteligencia artificial.

Aun así, China ha intentado anticiparse a posibles crisis energéticas acumulando reservas estratégicas de petróleo. Según datos recientes, más del 80% del incremento de las importaciones de crudo del país en 2025 se destinó a almacenamiento. Esta política permite a Pekín resistir temporalmente interrupciones en el suministro y amortiguar los efectos de una subida de precios. De hecho, algunos analistas sostienen que un aumento significativo del precio del petróleo podría afectar más a Estados Unidos, especialmente si alimenta la inflación en un contexto político marcado por elecciones de mitad de mandato.

En conjunto, la situación actual revela cómo los conflictos regionales se integran en una dinámica global de competencia entre grandes potencias. 

Rusia busca aprovechar la guerra para debilitar indirectamente a Estados Unidos, mientras que China adopta una postura más calculada, evitando implicarse directamente pero beneficiándose de las consecuencias estratégicas del conflicto. 

Al mismo tiempo, Washington corre el riesgo de dispersar sus recursos militares en múltiples frentes, lo que podría reducir su capacidad para responder a desafíos en otras regiones clave.

En conclusión, la guerra en Oriente Medio no solo representa un episodio de confrontación regional, sino también un escenario donde se manifiestan las tensiones estructurales del sistema internacional contemporáneo. Rusia intenta erosionar la influencia estadounidense mediante apoyo indirecto a Irán, mientras que China observa y calcula, consciente de que cada recurso estadounidense gastado lejos de Asia puede reforzar su propia posición estratégica

En este complejo tablero geopolítico, el conflicto demuestra cómo las guerras locales pueden convertirse en piezas de una competencia global mucho más amplia.

POSDATA

Según The New York Times, el ejército de Estados Unidos podría ser responsable de la muerte de cerca de 180 niñas y niños, tras el bombardeo de la escuela donde estaban el primer día de la guerra,  lo cual de confirmarse, sería un crimen de guerra.

De acuerdo con investigaciones recientes del The New York Times, se ha determinado que las fuerzas de Estados Unidos son probablemente responsables del bombardeo a la escuela primaria de niñas  hajarah Tayyebeh en Minab, al sur de Irán, ocurrido el 28 de febrero de 2026.

Los puntos clave sobre este incidente son:

  • Víctimas.- El ataque causó la muerte de entre 175 y 180 personas, la gran mayoría niñas de entre 7 y 12 años que se encontraban en clase en el momento del impacto.
  • Investigación de NYT- Mediante el análisis de imágenes satelitales y videos verificados, el diario concluyó que el ataque se produjo de manera simultánea, a operación estadounidense contra base naval adyacente, de la Guardia Revolucionaria.
  • Postura de EE. UU.- El Secretario de Guerra, Pete Hegseth, confirmó que el Departamento de Defensa está investigando el suceso, aunque inicialmente se había sugerido que las fuerzas israelíes podrían haber sido las responsables.
  • Implicaciones legales.- La ONU y diversos expertos en derecho internacional han solicitado investigación exhaustiva, señalando que, de confirmarse la incorrecta verificación del estatus civil del edificio, el ataque podría constituir un crimen de guerra.

Este evento es considerado, como uno de los ataques aéreos más letales contra menores en la historia reciente, y ha generado una condena internacional generalizada.

Fuente: El Diario.es