El auge de la derecha radical en la política contemporánea ha reconfigurado debates públicos en múltiples escalas —global, continental y nacional—, especialmente en torno al negacionismo.
Las
consecuencias de estas posturas impactan de forma directa en la ciudadanía,
debilitando la cohesión social, erosionando la confianza institucional y
poniendo en riesgo la salud pública y la dignidad humana.
Uno de los ejes más visibles del negacionismo de la derecha radical ha sido la reinterpretación o negación de hechos históricos traumáticos. En Europa, sectores vinculados al partido alemán Alternative für Deutschland han minimizado la memoria histórica vinculada al nazismo, mientras que en América Latina se observan discursos que relativizan crímenes cometidos durante dictaduras militares, como la encabezada por Augusto Pinochet en Chile. Cuando se banalizan estos hechos, no solo se hiere la memoria de las víctimas y sus familiares, sino que se debilitan los consensos democráticos construidos tras procesos de transición y reconciliación. La negación histórica erosiona el compromiso colectivo con el “nunca más” y abre la puerta a la repetición de prácticas autoritarias.
En España tenemos la mayoritaria oposición/negación de PP y Vox, a la Ley de Memoria Histórica, que tiene como función principal reconocer y ampliar los derechos de las personas que, sufrieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la dictadura franquista, así como promover la memoria democrática.
En
el ámbito de la justicia social y los derechos humanos, el negacionismo adopta
la forma de rechazo a la existencia de desigualdades estructurales. Movimientos
asociados a líderes como Jair Bolsonaro o Donald Trump han cuestionado
políticas de acción afirmativa, programas de igualdad de género o iniciativas
de protección ambiental, argumentando que constituyen “ideologías” o amenazas a
la soberanía nacional. Esta retórica tiende a polarizar a la ciudadanía,
promoviendo la idea de que los derechos de unos se obtienen a costa de otros.
Como resultado, se debilita la noción universal de derechos humanos y se
refuerzan discursos de exclusión hacia minorías étnicas, migrantes o
comunidades LGBTQ+.
El negacionismo científico alcanzó su punto más crítico durante la pandemia de COVID-19. La desconfianza hacia tratamientos médicos, vacunas y medidas sanitarias fue promovida por sectores políticos que minimizaron la gravedad del virus o difundieron información no respaldada por evidencia. En Brasil, por ejemplo, el gobierno de Jair Bolsonaro adoptó una postura escéptica frente a las vacunas en los primeros momentos de la crisis, lo que generó confusión y retrasos en la respuesta sanitaria. En Estados Unidos, declaraciones del entonces presidente Donald Trump cuestionando recomendaciones científicas contribuyeron a la politización de medidas básicas como el uso de mascarillas. Las consecuencias fueron tangibles: menor adherencia a campañas de vacunación, aumento de la mortalidad y debilitamiento de la confianza pública en instituciones sanitarias.
También en este caso, en España tenemos un buen ejemplo en Madrid, donde (además
de hacerse regalos de medallas entre negacionistas, y por supuesto beberse las botellas
de lejía de rigor) durante la pandemia, con
premeditación y alevosía, se dejó morir, a 7.291 personas, en las residencias de mayores
de Madrid, sin asistencia médica, gracias a los protocolos de la vergüenza,
lo cual en mi opinión, sería homicidio imprudente del Gobierno de la Comunidad de Madrid, y por tanto, la
Presidenta Ayuso sería cómplice de
los mismos.
A
nivel mundial, el negacionismo también afecta la cooperación internacional. La
salida temporal de Estados Unidos del Acuerdo de París durante la
administración de Donald Trump simbolizó un repliegue frente a consensos
globales sobre el cambio climático. Esta postura no solo impacta en políticas
ambientales, sino que transmite a la ciudadanía un mensaje de desconfianza
hacia la ciencia y los organismos multilaterales. En el plano regional y local,
esa desconfianza puede traducirse en resistencia a regulaciones ambientales,
debilitando la protección de recursos naturales y afectando la calidad de vida
de comunidades vulnerables.
En el ámbito local, el negacionismo se manifiesta en decisiones sobre educación, salud, memoria histórica y vivienda. Gobiernos municipales o estatales, pueden eliminar contenidos educativos sobre diversidad o dictaduras pasadas, restringir presupuestos para políticas sociales, o desmantelar programas de atención a poblaciones vulnerables. Estas acciones generan un efecto acumulativo: la ciudadanía pierde espacios de diálogo plural, disminuye la capacidad crítica frente a la desinformación y se profundiza la fragmentación social.
Y como no, en España, los discursos negacionistas también atacan la Justicia Social, cuando deslegitiman el derecho a disponer de una vivienda asequible, constitucionalmente admitido, pues debido a políticas neoliberalistas, de las Comunidades Autónomas gobernadas por el Partido Popular, que mayoritariamente, allá donde gobiernan, se oponen a aplicar la Ley de Vivienda (destacando la beligerancia ideológica de la Presidenta Ayuso de la Comunidad de Madrid) y como resultado, los más desfavorecidos e incluso trabajadores en activo y jubilados o pensionistas, se convierten en "sin techo" al no poder pagarse una vivienda digna, debido a los elevados precios actuales del alquiler, y no digamos de la compra, que en muchas ciudades quedan en exclusiva para los millonarios, pues se pagan al contado.
En síntesis, el negacionismo promovido por sectores de derecha radical tiene profundas consecuencias para la ciudadanía. Afecta la memoria colectiva, debilita la justicia social, pone en riesgo la vigencia de los derechos humanos y compromete la eficacia de respuestas ante crisis: sanitarias, ambientales y de la vivienda.
Más allá de las diferencias ideológicas legítimas en democracia, la negación sistemática, de derechos, hechos comprobados y consensos básicos, erosiona los fundamentos mismos de la convivencia democrática.
Frente a ello, el fortalecimiento de la educación crítica, la transparencia institucional y el respeto por la evidencia científica se vuelve esencial para preservar sociedades abiertas, inclusivas y resilientes.
Fuente: Revista Ambienta.org











