Desde la década de 2010, la relación entre EE.UU. y China, ha transitado de la cautela estratégica a una rivalidad estructural.
La
consecuencia más preocupante de esta deriva es la consolidación de una hostilidad
que se retroalimenta. En el plano militar, la disuasión se ha vuelto más
compleja e incierta.
La
modernización nuclear, el desarrollo de capacidades en el espacio, el
ciberespacio y la inteligencia artificial, así como el incremento de incidentes
navales y aéreos en el Pacífico occidental, configuran un entorno donde el
error de cálculo podría desencadenar una escalada difícil de contener.
La
historia ofrece advertencias claras: la colisión aérea de 2001 cerca de Hainan
o el bombardeo de la embajada china en Belgrado en 1999 demuestran que los
accidentes, en contextos de alta desconfianza, pueden adquirir dimensiones
estratégicas imprevisibles. En la coyuntura actual, un incidente similar podría
tener consecuencias mucho más graves.
En el ámbito económico, la interdependencia que alguna vez fue considerada un ancla de estabilidad se percibe ahora como vulnerabilidad. Desde la adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio en 2001, ambas economías experimentaron un crecimiento notable y una transformación estructural profunda. Sin embargo, los costos distributivos internos —desempleo industrial en el noreste chino y en el medio oeste estadounidense— alimentaron narrativas políticas que hoy legitiman controles de exportación, políticas industriales defensivas y reajustes de cadenas de suministro.
El lenguaje de la
“disociación” y la “reducción de riesgos” refleja una decisión estratégica:
aceptar pérdidas económicas a corto plazo con tal de reducir dependencias
consideradas peligrosas. Esta erosión del pilar económico no solo debilita la
relación bilateral, sino que fragmenta el mercado global y aumenta la incertidumbre
sistémica.
La
dimensión cultural y académica
tampoco ha quedado al margen. La disminución de intercambios estudiantiles, la
sospecha hacia investigadores y periodistas, y las restricciones
institucionales han reducido los espacios de comprensión mutua. Cuando los
lazos interpersonales se erosionan, la política exterior tiende a
reinterpretarse en términos civilizatorios, elevando el conflicto del terreno
de los desacuerdos pragmáticos al de las identidades incompatibles. En ese
contexto, cualquier gesto de conciliación puede ser percibido como debilidad
interna.
Sin
embargo, la historia demuestra que la rivalidad no es un destino inevitable. A
comienzos de la década de 1970, líderes como Mao Zedong y Richard Nixon
reconocieron que la confrontación permanente era demasiado costosa. Su decisión
de reabrir canales de diálogo transformó la estructura estratégica global y
permitió décadas de cooperación pragmática. Hoy, aunque el contexto
internacional es distinto y más multipolar, subsiste una ventana de oportunidad
similar: la fatiga estratégica, las necesidades
económicas internas y una opinión pública menos entusiasta ante la
confrontación podrían favorecer una estabilización.
Un
punto crítico es la cuestión de Taiwán. La creciente militarización del
estrecho convierte este tema en el principal foco de riesgo. No obstante,
incluso allí existen márgenes para la desescalada si ambas partes reiteran
compromisos que reduzcan la incertidumbre: insistir en
soluciones pacíficas, evitar cambios unilaterales del statu quo y restablecer
mecanismos de comunicación militar directa. En contextos de alta
tensión, las palabras y las señales importan tanto como las capacidades
materiales.
La normalización
no implica ignorar la competencia ni aspirar a una hegemonía compartida que
excluiría a terceros. Implica, más bien, reconocer la realidad de la
multipolaridad y aceptar que ambas potencias deben coexistir dentro de un mismo
sistema internacional. Esto requiere reducir aranceles cuando sea posible,
reabrir consulados cerrados por represalias, flexibilizar restricciones
académicas y restaurar conversaciones estratégicas regulares. Son medidas
modestas, pero pueden reconstruir la confianza mínima necesaria para gestionar
la rivalidad sin que derive en conflicto abierto.
El
riesgo actual no radica tanto en una guerra deliberada como en una accidental,
alimentada por percepciones distorsionadas y presiones domésticas. Cuando cada
parte exagera la amenaza del otro o subestima su propia vulnerabilidad, la
probabilidad de error aumenta. En un mundo donde ambas potencias concentran
capacidades nucleares y peso económico sin precedentes, las consecuencias de
una escalada serían globales: paralización institucional, descuido de amenazas
comunes como el cambio climático y debilitamiento del crecimiento mundial.
La
lección central es que la competencia no debe convertirse en un fin en sí
misma. Si China y Estados Unidos organizan todas sus estrategias en
torno a la enemistad, el sistema internacional entrará en una
fase de inseguridad crónica y prosperidad menguante. Pero si aprovechan
la actual coyuntura para redefinir su relación sobre bases más realistas —competencia gestionada, comunicación constante y cooperación
selectiva— podrán evitar que la historia se repita en forma de una nueva
guerra fría.
La
decisión no es meramente estratégica; es generacional. Quienes
vivieron los costos humanos de la confrontación del siglo XX saben que la
hostilidad sostenida se infiltra en las aulas, en las familias y en las
aspiraciones personales. Evitar que otra generación crezca bajo la sombra
permanente de la rivalidad nuclear exige liderazgo político deliberado y
memoria histórica. La ventana es estrecha, pero aún está abierta. Aprovecharla
determinará no solo el futuro de Pekín y Washington, sino la estabilidad del
orden global en su conjunto.
Fuente: Foreing Affairs
