14 de febrero de 2026

Del Estados Unidos y China, al borde de la ruina. A la última oportunidad para salir del abismo

Desde la década de 2010, la relación entre  EE.UU. y China, ha transitado de la cautela estratégica a una rivalidad estructural.

Lo que comenzó como competencia económica dentro de un orden internacional compartido, ha evolucionado hacia una lógica de confrontación preventiva, donde cada parte percibe a la otra no solo como competidor, sino como amenaza existencial a su legitimidad política, sus valores fundamentales y su proyección global. Esta transformación no ha sido producto exclusivo de choques externos; responde también a dinámicas internas: presiones políticas, narrativas nacionalistas, burocracias de seguridad en expansión y ansiedades profundas sobre el declive relativo y el estatus internacional.

La consecuencia más preocupante de esta deriva es la consolidación de una hostilidad que se retroalimenta. En el plano militar, la disuasión se ha vuelto más compleja e incierta.

La modernización nuclear, el desarrollo de capacidades en el espacio, el ciberespacio y la inteligencia artificial, así como el incremento de incidentes navales y aéreos en el Pacífico occidental, configuran un entorno donde el error de cálculo podría desencadenar una escalada difícil de contener.

La historia ofrece advertencias claras: la colisión aérea de 2001 cerca de Hainan o el bombardeo de la embajada china en Belgrado en 1999 demuestran que los accidentes, en contextos de alta desconfianza, pueden adquirir dimensiones estratégicas imprevisibles. En la coyuntura actual, un incidente similar podría tener consecuencias mucho más graves.

En el ámbito económico, la interdependencia que alguna vez fue considerada un ancla de estabilidad se percibe ahora como vulnerabilidad. Desde la adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio en 2001, ambas economías experimentaron un crecimiento notable y una transformación estructural profunda. Sin embargo, los costos distributivos internos —desempleo industrial en el noreste chino y en el medio oeste estadounidense— alimentaron narrativas políticas que hoy legitiman controles de exportación, políticas industriales defensivas y reajustes de cadenas de suministro. 

El lenguaje de la “disociación” y la “reducción de riesgos” refleja una decisión estratégica: aceptar pérdidas económicas a corto plazo con tal de reducir dependencias consideradas peligrosas. Esta erosión del pilar económico no solo debilita la relación bilateral, sino que fragmenta el mercado global y aumenta la incertidumbre sistémica.

La dimensión cultural y académica tampoco ha quedado al margen. La disminución de intercambios estudiantiles, la sospecha hacia investigadores y periodistas, y las restricciones institucionales han reducido los espacios de comprensión mutua. Cuando los lazos interpersonales se erosionan, la política exterior tiende a reinterpretarse en términos civilizatorios, elevando el conflicto del terreno de los desacuerdos pragmáticos al de las identidades incompatibles. En ese contexto, cualquier gesto de conciliación puede ser percibido como debilidad interna.

Sin embargo, la historia demuestra que la rivalidad no es un destino inevitable. A comienzos de la década de 1970, líderes como Mao Zedong y Richard Nixon reconocieron que la confrontación permanente era demasiado costosa. Su decisión de reabrir canales de diálogo transformó la estructura estratégica global y permitió décadas de cooperación pragmática. Hoy, aunque el contexto internacional es distinto y más multipolar, subsiste una ventana de oportunidad similar: la fatiga estratégica, las necesidades económicas internas y una opinión pública menos entusiasta ante la confrontación podrían favorecer una estabilización.

Un punto crítico es la cuestión de Taiwán. La creciente militarización del estrecho convierte este tema en el principal foco de riesgo. No obstante, incluso allí existen márgenes para la desescalada si ambas partes reiteran compromisos que reduzcan la incertidumbre: insistir en soluciones pacíficas, evitar cambios unilaterales del statu quo y restablecer mecanismos de comunicación militar directa. En contextos de alta tensión, las palabras y las señales importan tanto como las capacidades materiales.

La normalización no implica ignorar la competencia ni aspirar a una hegemonía compartida que excluiría a terceros. Implica, más bien, reconocer la realidad de la multipolaridad y aceptar que ambas potencias deben coexistir dentro de un mismo sistema internacional. Esto requiere reducir aranceles cuando sea posible, reabrir consulados cerrados por represalias, flexibilizar restricciones académicas y restaurar conversaciones estratégicas regulares. Son medidas modestas, pero pueden reconstruir la confianza mínima necesaria para gestionar la rivalidad sin que derive en conflicto abierto.

El riesgo actual no radica tanto en una guerra deliberada como en una accidental, alimentada por percepciones distorsionadas y presiones domésticas. Cuando cada parte exagera la amenaza del otro o subestima su propia vulnerabilidad, la probabilidad de error aumenta. En un mundo donde ambas potencias concentran capacidades nucleares y peso económico sin precedentes, las consecuencias de una escalada serían globales: paralización institucional, descuido de amenazas comunes como el cambio climático y debilitamiento del crecimiento mundial.

La lección central es que la competencia no debe convertirse en un fin en sí misma. Si China y Estados Unidos organizan todas sus estrategias en torno a la enemistad, el sistema internacional entrará en una fase de inseguridad crónica y prosperidad menguante. Pero si aprovechan la actual coyuntura para redefinir su relación sobre bases más realistas —competencia gestionada, comunicación constante y cooperación selectiva— podrán evitar que la historia se repita en forma de una nueva guerra fría.

La decisión no es meramente estratégica; es generacional. Quienes vivieron los costos humanos de la confrontación del siglo XX saben que la hostilidad sostenida se infiltra en las aulas, en las familias y en las aspiraciones personales. Evitar que otra generación crezca bajo la sombra permanente de la rivalidad nuclear exige liderazgo político deliberado y memoria histórica. La ventana es estrecha, pero aún está abierta. Aprovecharla determinará no solo el futuro de Pekín y Washington, sino la estabilidad del orden global en su conjunto.

Fuente: Foreing Affairs