24 de febrero de 2026

INVASION RUSA. Ucrania en el umbral del quinto aniversario de la invasión rusa, se debate entre la resistencia y el desgaste de hoy, y la incertidumbre del mañana

Ucrania conmemora el cuarto aniversario de la invasión rusa tras un año marcado por el aumento de las víctimas de civiles, las negociaciones infructuosas con una Rusia que no cede en sus exigencias, el incremento de las críticas al Gobierno y el impacto de los drones  y en el frente.

 

En las calles de Járkov, cada mañana a las nueve en punto, un metrónomo interrumpe la vida cotidiana.

 Durante sesenta segundos, el murmullo de las cafeterías se apaga, las manos se detienen, las miradas se inclinan. Al final, una voz pronuncia “Slava Ukraini” y el país vuelve a ponerse en marcha. 

Ese minuto de silencio resume con precisión la paradoja que define a Ucrania tras cuatro años de invasión rusa: una vida que parece congelarse a diario, pero que continúa, obstinada, en medio del dolor y la incertidumbre.

Desde el 24 de febrero de 2022, cuando Vladímir Putin ordenó la invasión a gran escala, Ucrania ha transitado de la conmoción inicial a una resistencia prolongada. Lo que Moscú imaginó como una campaña relámpago se transformó en una guerra de desgaste. Hoy, al borde del quinto año, el país no solo enfrenta la presión militar rusa, sino también el agotamiento interno, la erosión social y una compleja reconfiguración del apoyo internacional.

La transformación de la guerra

El conflicto ha mutado profundamente. Si en los primeros meses predominaban las columnas de tanques y la artillería masiva, hoy el campo de batalla está dominado por drones, guerra electrónica y ataques de precisión. El frente ya no es una línea clara, sino una “zona de aniquilación” extendida kilómetros atrás. Soldados que antes combatían cuerpo a cuerpo ahora observan pantallas desde búnkeres subterráneos. La tecnología ha ampliado el alcance del peligro y ha difuminado la frontera entre retaguardia y combate.

Las cifras de bajas, aunque imprecisas, son estremecedoras. Estimaciones del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales hablan de cientos de miles de muertos y hasta 1,8 millones de bajas combinadas entre muertos, heridos y desaparecidos en ambos bandos. A ello se suma el impacto devastador sobre la población civil: más de 15.000 fallecidos confirmados por Naciones Unidas y decenas de miles de heridos. Cada número es una biografía truncada, una familia rota, una ciudad que pierde parte de sí misma.

En regiones como Jersón, los drones de corto alcance han convertido calles y hogares en espacios vulnerables. La guerra tecnológica no distingue claramente entre combatientes y civiles, y la sensación de amenaza constante erosiona la estabilidad psicológica de la sociedad.

Sin victorias decisivas

Territorialmente, Rusia controla alrededor del 20% del país si se suman Crimea y partes del Donbás. Sin embargo, sus avances han sido graduales y costosos. Ciudades como Pokrovsk o Kupiansk simbolizan una lucha persistente sin cambios estratégicos definitivos. Ucrania ha logrado frenar ofensivas mayores, pero ha perdido la capacidad de lanzar contraataques decisivos como los de 2022.

El resultado es un equilibrio inestable: Rusia no consigue imponer sus condiciones por la fuerza, y Ucrania no logra recuperar de forma significativa el territorio ocupado. La guerra se ha convertido en un pulso de resistencia, donde el tiempo es un arma más.

El desgaste interno

Si el frente militar es estático, el frente social es dinámico y complejo. La movilización prolongada ha generado tensiones. Bajo la ley marcial, millones de hombres están sujetos al servicio obligatorio; algunos han huido, otros se esconden, otros buscan exenciones. El discurso de unidad nacional que marcó los primeros años ha dado paso a conversaciones más crudas sobre el cansancio, la corrupción y los abusos en el reclutamiento.

En Kiev, la vida intenta continuar: teatros abiertos, tráfico intenso, niños jugando en la nieve. Pero la normalidad es frágil. Los ataques rusos contra la infraestructura energética han dejado a millones sin calefacción en pleno invierno. Las carpas de emergencia y las aplicaciones para consultar horarios de electricidad forman parte de la nueva rutina. La resiliencia convive con la precariedad.

A nivel político, el presidente Volodímir Zelenski ha debido enfrentar críticas internas y escándalos de corrupción. Aunque mantiene respaldo popular, la cohesión inicial se ha erosionado. La guerra prolongada pone a prueba no solo la capacidad militar del Estado, sino también su legitimidad y transparencia.

La dimensión internacional: Trump y Europa

El conflicto ya no puede entenderse sin la figura de Donald Trump. Su retorno a la Casa Blanca alteró el equilibrio diplomático. La retórica dura hacia Kiev, la paralización parcial del apoyo militar estadounidense en 2025 y la presión para alcanzar un acuerdo rápido han incrementado la sensación de vulnerabilidad ucraniana.

Trump ha impulsado negociaciones que, hasta ahora, no han producido un alto el fuego. Moscú mantiene demandas maximalistas, incluyendo el control total del Donbás y la neutralidad permanente de Ucrania. Kiev, por su parte, se niega a reconocer la anexión de territorios y exige garantías de seguridad sólidas, especialmente ante la imposibilidad actual de ingresar en la OTAN.

Ante la reducción del respaldo estadounidense, Europa ha intentado llenar el vacío. Sin embargo, la unidad del bloque se ha visto tensionada por el veto de Viktor Orbán a un préstamo de 90.000 millones de euros, generando fricciones dentro de la Unión Europea. Figuras como Kaja Kallas y Emmanuel Macron han defendido la necesidad de respetar los compromisos colectivos, subrayando que la credibilidad europea está en juego.

La disputa energética en torno al oleoducto Druzhba evidencia cómo la guerra se entrelaza con intereses económicos y políticos más amplios. Ucrania no solo combate en el frente oriental, sino también en los laberintos diplomáticos de Bruselas y Washington.

Esperanza escasa, resistencia persistente

Las encuestas muestran una sociedad dividida entre el rechazo a ceder territorio y el pragmatismo de aceptar un congelamiento del conflicto con garantías de seguridad. Pero el escepticismo domina. Para muchos ucranianos, las negociaciones parecen una representación sin desenlace real. La desconfianza hacia Rusia es profunda y estructural.

Historias como la de Anna, originaria de Bajmut, reflejan la dimensión íntima de la guerra. Ver su ciudad ocupada, recorrer virtualmente calles que ya no le pertenecen, asumir que no volverá, son heridas que no se miden en kilómetros cuadrados ni en estadísticas militares. El Donbás no es solo una región estratégica; es memoria, identidad y pertenencia.

CONCLUSIÓN

Al entrar en su quinto año, Ucrania encarna la resistencia de un Estado que, pese al agotamiento, se niega a desaparecer. Sin victorias decisivas ni perspectivas claras de paz, el país vive suspendido entre la rabia y la desesperanza, entre la rutina y el duelo. La guerra ha redefinido su territorio, su política y su tejido social, pero no ha quebrado su voluntad colectiva.

El metrónomo que marca cada mañana en Járkov no solo recuerda a los muertos; también simboliza el pulso de una nación que, aun exhausta, sigue latiendo. Mientras las negociaciones avanzan y retroceden, mientras las potencias calculan sus intereses, Ucrania continúa existiendo en ese minuto suspendido entre el silencio y la vida que vuelve a empezar.

Gloria a los caídos ucranianos y mis mejores deseos para el resto.

Fuente: El diario.es   ; Euronews