Ucrania
conmemora el cuarto aniversario de la invasión rusa tras un año marcado por el
aumento de las víctimas de civiles, las negociaciones infructuosas con una
Rusia que no cede en sus exigencias, el incremento de las críticas al Gobierno
y el impacto de los drones y en el
frente.
En las calles de Járkov, cada mañana a las nueve en punto, un metrónomo interrumpe la vida cotidiana.
Durante sesenta segundos, el murmullo de las cafeterías se apaga, las manos se detienen, las miradas se inclinan. Al final, una voz pronuncia “Slava Ukraini” y el país vuelve a ponerse en marcha.
Ese minuto de silencio resume con precisión la paradoja que define a Ucrania tras cuatro años de invasión rusa: una vida que parece congelarse a diario, pero que continúa, obstinada, en medio del dolor y la incertidumbre.
Desde
el 24 de febrero de 2022, cuando Vladímir Putin ordenó la invasión a gran
escala, Ucrania ha transitado de la conmoción inicial a una resistencia
prolongada. Lo que Moscú imaginó como una campaña relámpago se transformó en
una guerra de desgaste. Hoy, al borde del quinto año, el país no solo enfrenta
la presión militar rusa, sino también el agotamiento interno, la erosión social
y una compleja reconfiguración del apoyo internacional.
La
transformación de la guerra
El
conflicto ha mutado profundamente. Si en los primeros meses predominaban las
columnas de tanques y la artillería masiva, hoy el campo de batalla está
dominado por drones, guerra electrónica y ataques de precisión. El frente ya no
es una línea clara, sino una “zona de aniquilación” extendida kilómetros atrás.
Soldados que antes combatían cuerpo a cuerpo ahora observan pantallas desde
búnkeres subterráneos. La tecnología ha ampliado el alcance del peligro y ha
difuminado la frontera entre retaguardia y combate.
Las
cifras de bajas, aunque imprecisas, son estremecedoras. Estimaciones del Centro
de Estudios Estratégicos e Internacionales hablan de cientos de miles de
muertos y hasta 1,8 millones de bajas combinadas entre muertos, heridos y
desaparecidos en ambos bandos. A ello se suma el impacto devastador sobre la
población civil: más de 15.000 fallecidos confirmados por Naciones Unidas y
decenas de miles de heridos. Cada número es una biografía truncada, una familia
rota, una ciudad que pierde parte de sí misma.
En
regiones como Jersón, los drones de corto alcance han convertido calles y
hogares en espacios vulnerables. La guerra tecnológica no distingue claramente
entre combatientes y civiles, y la sensación de amenaza constante erosiona la
estabilidad psicológica de la sociedad.
Sin
victorias decisivas
Territorialmente,
Rusia controla alrededor del 20% del país si se suman Crimea y partes del
Donbás. Sin embargo, sus avances han sido graduales y costosos. Ciudades como
Pokrovsk o Kupiansk simbolizan una lucha persistente sin cambios estratégicos
definitivos. Ucrania ha logrado frenar ofensivas mayores, pero ha perdido la
capacidad de lanzar contraataques decisivos como los de 2022.
El
resultado es un equilibrio inestable: Rusia no consigue imponer sus condiciones
por la fuerza, y Ucrania no logra recuperar de forma significativa el
territorio ocupado. La guerra se ha convertido en un pulso de resistencia,
donde el tiempo es un arma más.
El
desgaste interno
Si
el frente militar es estático, el frente social es dinámico y complejo. La
movilización prolongada ha generado tensiones. Bajo la ley marcial, millones de
hombres están sujetos al servicio obligatorio; algunos han huido, otros se
esconden, otros buscan exenciones. El discurso de unidad nacional que marcó los
primeros años ha dado paso a conversaciones más crudas sobre el cansancio, la
corrupción y los abusos en el reclutamiento.
En
Kiev, la vida intenta continuar: teatros abiertos, tráfico intenso, niños
jugando en la nieve. Pero la normalidad es frágil. Los ataques rusos contra la
infraestructura energética han dejado a millones sin calefacción en pleno
invierno. Las carpas de emergencia y las aplicaciones para consultar horarios
de electricidad forman parte de la nueva rutina. La resiliencia convive con la
precariedad.
A
nivel político, el presidente Volodímir Zelenski ha debido enfrentar críticas
internas y escándalos de corrupción. Aunque mantiene respaldo popular, la
cohesión inicial se ha erosionado. La guerra prolongada pone a prueba no solo
la capacidad militar del Estado, sino también su legitimidad y transparencia.
La
dimensión internacional: Trump y Europa
El
conflicto ya no puede entenderse sin la figura de Donald Trump. Su retorno a la
Casa Blanca alteró el equilibrio diplomático. La retórica dura hacia Kiev, la
paralización parcial del apoyo militar estadounidense en 2025 y la presión para
alcanzar un acuerdo rápido han incrementado la sensación de vulnerabilidad
ucraniana.
Trump
ha impulsado negociaciones que, hasta ahora, no han producido un alto el fuego.
Moscú mantiene demandas maximalistas, incluyendo el control total del Donbás y
la neutralidad permanente de Ucrania. Kiev, por su parte, se niega a reconocer
la anexión de territorios y exige garantías de seguridad sólidas, especialmente
ante la imposibilidad actual de ingresar en la OTAN.
Ante
la reducción del respaldo estadounidense, Europa ha intentado llenar el vacío.
Sin embargo, la unidad del bloque se ha visto tensionada por el veto de Viktor
Orbán a un préstamo de 90.000 millones de euros, generando fricciones dentro de
la Unión Europea. Figuras como Kaja Kallas y Emmanuel Macron han defendido la
necesidad de respetar los compromisos colectivos, subrayando que la
credibilidad europea está en juego.
La
disputa energética en torno al oleoducto Druzhba evidencia cómo la guerra se
entrelaza con intereses económicos y políticos más amplios. Ucrania no solo
combate en el frente oriental, sino también en los laberintos diplomáticos de
Bruselas y Washington.
Esperanza
escasa, resistencia persistente
Las
encuestas muestran una sociedad dividida entre el rechazo a ceder territorio y
el pragmatismo de aceptar un congelamiento del conflicto con garantías de
seguridad. Pero el escepticismo domina. Para muchos ucranianos, las
negociaciones parecen una representación sin desenlace real. La desconfianza
hacia Rusia es profunda y estructural.
Historias
como la de Anna, originaria de Bajmut, reflejan la dimensión íntima de la
guerra. Ver su ciudad ocupada, recorrer virtualmente calles que ya no le
pertenecen, asumir que no volverá, son heridas que no se miden en kilómetros
cuadrados ni en estadísticas militares. El Donbás no es solo una región
estratégica; es memoria, identidad y pertenencia.
CONCLUSIÓN
Al
entrar en su quinto año, Ucrania encarna la resistencia de un Estado que, pese
al agotamiento, se niega a desaparecer. Sin victorias decisivas ni perspectivas
claras de paz, el país vive suspendido entre la rabia y la desesperanza, entre
la rutina y el duelo. La guerra ha redefinido su territorio, su política y su
tejido social, pero no ha quebrado su voluntad colectiva.
El
metrónomo que marca cada mañana en Járkov no solo recuerda a los muertos;
también simboliza el pulso de una nación que, aun exhausta, sigue latiendo.
Mientras las negociaciones avanzan y retroceden, mientras las potencias
calculan sus intereses, Ucrania continúa existiendo en ese minuto suspendido
entre el silencio y la vida que vuelve a empezar.
Gloria
a los caídos ucranianos y mis mejores deseos para el resto.
Fuente:
El
diario.es ; Euronews
