La historia de las enfermedades infecciosas está marcada por momentos en los que la ciencia debe replantearse certezas que parecían inamovibles.
Es el caso del virus de los Andes, estudiado por el microbiólogo argentino Gustavo Palacios, que representa precisamente uno de esos puntos de inflexión.
Durante décadas, los
hantavirus fueron considerados enfermedades transmitidas exclusivamente de
roedores a humanos. Sin embargo, los brotes ocurridos en la Patagonia argentina
entre 2018 y 2019 demostraron que el virus de los Andes podía romper ese
paradigma y transmitirse entre personas mediante contactos sociales cercanos y relativamente cotidianos, generando incluso eventos “supercontagiadores”.
Los
hantavirus fueron descubiertos durante la Guerra de Corea y, hasta finales del
siglo XX, se asumía que no existía transmisión entre humanos. Los llamados
hantavirus del “Viejo Mundo” producían principalmente síndromes renales y
mantenían un patrón epidemiológico limitado al contacto con excrementos o
fluidos de roedores infectados. Esta visión comenzó a cambiar en 1995, cuando
científicos estadounidenses identificaron en la región de Four Corners un nuevo
virus denominado “Sin Nombre Virus”, perteneciente a los hantavirus del “Nuevo
Mundo”. A diferencia de sus predecesores, este causaba un síndrome pulmonar
grave con una elevada tasa de mortalidad.
Poco
después, en 1996, fue descubierto el virus de los Andes en Sudamérica. Desde
los primeros brotes registrados en Argentina surgieron sospechas de que podía
existir transmisión entre personas, aunque la comunidad científica
internacional mostró resistencia a aceptar esa posibilidad. La idea resultaba
disruptiva: no solo se trataba de un virus más virulento que otros hantavirus
conocidos, sino también de uno capaz de generar cadenas de contagio humano.
Durante años, los casos fueron interpretados como situaciones intrafamiliares o
contactos extremadamente estrechos, sin evidencia suficiente para modificar el
paradigma epidemiológico dominante.
El
brote ocurrido en la Patagonia argentina entre 2018 y 2019 permitió finalmente
reunir pruebas más contundentes. El equipo liderado por Gustavo Palacios
estudió cómo tres personas infectadas participaron en espacios sociales
concurridos —un cumpleaños, un funeral y una consulta médica— antes de
manifestar síntomas graves. Estos encuentros funcionaron como eventos
supercontagiadores que originaron 34 contagios y 11 muertes. El hallazgo fue
especialmente relevante porque mostró que la transmisión podía producirse en
interacciones aparentemente simples y no exclusivamente en contextos
hospitalarios o sexuales.
Uno de
los episodios más ilustrativos ocurrió en una fiesta de cumpleaños con
alrededor de cien asistentes. Un hombre infectado permaneció poco tiempo en el
lugar porque comenzó a sentirse febril y posteriormente murió. El análisis
epidemiológico reveló que la mayoría de los contagios ocurrieron entre personas
que habían mantenido proximidad cercana con él. Sin embargo, uno de los
infectados se encontraba en una mesa separada. Tras reconstruir los movimientos
de los asistentes, los investigadores descubrieron que ambos se habían
encontrado brevemente en el baño y se habían saludado. Este detalle mostró que
incluso contactos sociales relativamente breves podían ser suficientes para
transmitir el virus.
A pesar
de ello, Palacios insiste en que no debe generarse alarma exagerada. El virus
de los Andes no posee la capacidad de transmisión sostenida que caracterizó al
covid-19. En los brotes estudiados, la cadena de contagio alcanzó un máximo de
tres generaciones antes de extinguirse. Esto significa que el virus encuentra
rápidamente un “punto muerto” epidemiológico. Mientras el coronavirus logró
propagarse globalmente debido a la dificultad para interrumpir sus cadenas de
transmisión, el virus de los Andes presenta límites naturales mucho más
estrictos.
No
obstante, su peligrosidad sigue siendo significativa. Durante el brote
argentino, el número reproductivo básico inicial fue (2,12) cifra
comparable a la de algunos momentos tempranos de la pandemia de covid-19. Sin
embargo, este valor disminuyó rápidamente a 0,96 una vez que se implementaron
medidas de aislamiento y rastreo de contactos. Este comportamiento demuestra
que las intervenciones sanitarias tempranas pueden ser altamente efectivas para
controlar el virus.
La
experiencia argentina también adquirió relevancia internacional debido al brote
registrado en el buque MV Hondius, donde varias personas murieron tras un
episodio relacionado con hantavirus. La Organización Mundial de la Salud
comparó ambos acontecimientos porque los barcos constituyen ambientes cerrados
que facilitan la propagación de enfermedades respiratorias. Según Palacios, las
condiciones de un barco podrían ser incluso más favorables para la transmisión
que las observadas en la Patagonia, una región rural y poco densa donde gran
parte de la vida social ocurre al aire libre.
Otro
aspecto preocupante es el largo periodo de incubación del virus, que puede
alcanzar hasta 45 días. Esto obliga a mantener sistemas de vigilancia
epidemiológica rigurosos y reconstrucciones detalladas de las cadenas de
contacto. El caso de las personas que abandonaron el barco y continuaron
viajando en avión o realizando actividades normales demuestra la importancia de
la detección temprana y del monitoreo sanitario internacional.
En
conclusión, el hantavirus de los Andes representa una excepción singular dentro de
los hantavirus y constituye un ejemplo de cómo la ciencia evoluciona al
enfrentarse a nuevos datos. El trabajo de Gustavo Palacios y otros
investigadores permitió desafiar creencias establecidas y demostrar que ciertos
virus zoonóticos pueden adaptarse parcialmente a la transmisión humana. Aunque
el potencial epidémico del virus de los Andes es limitado en comparación con
otros patógenos, su alta letalidad y capacidad de generar eventos
supercontagiadores justifican la preocupación científica y sanitaria. Este caso
evidencia la importancia de la investigación epidemiológica, la cooperación
internacional y la disposición de la comunidad científica para revisar sus
propias certezas frente a nuevas evidencias.
POSDATA
La ciudadanía española empieza a estar harta y cansada de escuchar a diario, a la oposición de este país, largar por esa boquita, las estupideces irresponsables a las que nos tiene acostumbrados. Pero ahora resulta que los virólogos y expertos científicos de la Organización Mundial de la Salud, tienen menos conocimientos que estos agitadores políticos que son Feijóo y Abascal, que solo promueven el fin del mundo, con la llegada de cualquier virus, cuando estos ignorantes no tiene nivel ni conocimientos, ni para estar en la cola del paro, que es los que se merecen todos ellos.
Fuente: El País.com
