20 de mayo de 2026

ANÁLISIS y OPINIÓN. Expertos juristas analizan la imputación a Zapatero: "La judicatura pretende hacer caer al Gobierno”

Dos voces autorizadas  por su larga trayectoria jurídica analizan la investigación al expresidente del gobierno.

La imputación del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero en el marco del caso Plus Ultra ha reactivado una discusión que ya venía instalada en el debate público español: hasta qué punto la actuación judicial, más allá de ser estrictamente legal, responde a lógicas de confrontación política.

Dos juristas con amplia trayectoria —Ramiro García de Dios, magistrado durante más de tres décadas, y José Antonio Martín Pallín, magistrado emérito del Tribunal Supremo— coinciden en el fondo de su preocupación: observan un patrón que, para ellos, se parece demasiado a lo que suele denominarse lawfare (el uso estratégico del Derecho y de las instituciones judiciales para producir efectos políticos).

Desde esa mirada, el problema no sería únicamente el contenido de un auto concreto, sino el contexto y la reiteración del fenómeno. García de Dios lo resume con una palabra: “cacería”. A su juicio, no se trata de un hecho aislado ni de una iniciativa puramente técnica, sino de una serie de actuaciones que encajan en una “utilización clarísima de las herramientas legales y los poderes del Estado”. El magistrado jubilado sostiene que la dinámica no se agota en el ámbito del Gobierno de España o en el PSOE, sino que alcanza a un círculo más amplio: “la esposa del presidente, el hermano y, ahora, un expresidente”, al que —dice— “le tienen muchas ganas” porque continúa siendo un “activo” político y un símbolo para la izquierda de este país.

Para reforzar su argumento, el jurista introduce tres elementos que, en su opinión, alimentan esa supuesta cacería. Primero, la existencia de jueces dispuestos a ir “más allá” con un “sentido autoritario”, convencidos de que están actuando con impunidad (y de que todo lo hacen por España). Segundo, la intervención de actores judiciales y mediáticos que, según él, funcionarían como “satélites” de una misma orientación política, amplificando la narrativa inicial. Y tercero, la influencia de colectivos como Manos Limpias, a los que califica como “asociaciones miserables ultras”, señalando que su papel ha sido central en la investigación que llega a la Audiencia Nacional.

En esta línea, García de Dios considera especialmente relevante la forma en la que se construye la imputación. En su lectura, el auto estaría redactado para “rellenar” y dar apariencia de gravedad indiscutible a una conducta que, en el fondo, parte de dudas. La clave sería la transformación de la sospecha en indicio: “Convierten sospechas en indicios”. Esa frase sintetiza el temor de quien observa el proceso penal no como un mecanismo neutral, sino como un procedimiento que puede terminar “forzando” conclusiones a partir de elementos débiles, mientras se consolida mediáticamente una idea de culpabilidad previa.

La segunda voz, Martín Pallín, no comparte el tono acusatorio con la misma intensidad, pero sí formula una advertencia de fondo. Acepta que “todo juez puede admitir una denuncia o querella” y recuerda que, especialmente si el denunciante o la persona afectada tienen relevancia política, procede primero verificar los hechos. Para él, el paso decisivo no es solo admitir una investigación, sino realizar las “averiguaciones pertinentes” que permitan comprobar los puntos de la denuncia y, en ciertos casos, valorar medidas como comisiones rogatorias. En definitiva: lo decisivo es si el sistema actúa con rigor o si, por el contrario, habilita un proceso que avanza por inercia.

Martín Pallín insiste además en una idea que sirve como freno a la especulación: conviene esperar a ver “qué pasa de aquí a unos días”. Su lógica es jurídica y prudente. Si las acusaciones carecen de sustento, el procedimiento debería desmontarse; si se sostienen en términos consistentes, la investigación podría continuar. 

Sin embargo, su alerta reaparece con fuerza al mencionar que “puede pasar” lo contrario y que se repita el tipo de dinámica observada en otros episodios, como el caso Neurona, donde durante años se investigó y finalmente “no se llegó a nada”. Para el jurista, ese historial es una señal de que el sistema puede ser usado para mantener en vilo reputaciones políticas durante el tiempo suficiente como para producir daño, incluso cuando el resultado final no sea condenatorio.

El punto más crítico de su intervención está en la consecuencia institucional de este tipo de procesos. Martín Pallín advierte que el modus operandi que ve en esta causa es “peligrosísimo”, porque en un país donde “cualquiera puede poner patas arriba un gobierno”, se abre la puerta a una inestabilidad permanente. Además, compara el tratamiento de casos: señala que “todos los denunciantes han sido contra personas de izquierdas” y menciona ejemplos en los que, dice, determinados episodios vinculados a la derecha no habrían derivado en imputaciones posteriores pese a la existencia de conversaciones con Villarejo. Su conclusión es que la selectividad —real o percibida— puede convertirse en una herida para la confianza ciudadana en la justicia.

La preocupación se completa con un argumento adicional que pretende situar el debate en una dimensión europea. Martín Pallín recuerda un antecedente en el que Europa habría autorizado a los Estados (Francia, Alemania y Portugal) a subvencionar a aerolíneas afectadas por el coronavirus y donde la justicia europea habría declarado que el rescate de Air Europa se hizo conforme a la legalidad. Con ese ejemplo, sugiere que cuando existe un marco normativo validado por instancias supranacionales, las imputaciones basadas en interpretaciones severas o descontextualizadas deberían manejarse con más cautela.

En suma, de este resumen se desprende que  estas dos voces no se limita a discutir si Zapatero “lo hizo” o “no lo hizo”. Su foco es el modo en que se produce el proceso penal y el impacto que tiene la combinación entre decisiones judiciales, presiones mediáticas y la intervención de actores con agenda propia. 

García de Dios habla de “cacería” y de un sistema “desatado” que “permite barbaridades”; Martín Pallín subraya el carácter “lamentable” y “peligroso” de repetir patrones en los que se investiga durante años sin llegar a conclusiones, mientras se altera el equilibrio político y se cuestiona el principio de neutralidad.

Más allá del desenlace procesal que finalmente determine si hay o no delito, ambas posturas denuncian un mismo riesgo: que la justicia penal, en vez de ser un instrumento para esclarecer hechos, se convierta en un mecanismo capaz de reconfigurar la vida pública con efectos irreversibles, erosionando la confianza en el Estado de Derecho. Y ese es, precisamente, el núcleo de la polémica: no solo el caso Plus Ultra, sino la sospecha —para ellos fundada— de que se está usando el Derecho para perseguir fines que van mucho más allá de la verdad jurídica, como bien pudiera ser, conseguir que el Gobierno progresista actual dimitiese en pleno. Lo cual no dejaría de ser un golpe de estado judicial.

CONCLUSIÓN

Espero que estos artículos que aquí resumo, dejen más tranquilos hoy a los progresistas que ayer tuvieron dudas sobre Zapatero, porque la verdad, desde mi modesta opinión, el juez José Luis Calama redacta muy bien los autos, pero de escaso contenido jurídico relevante, pero tampoco imaginaba que careciese totalmente de ello, pues desde el punto de vista penal, según los magistrados, que analizaron este auto, confunden las sospechas con indicios, para luego seguramente convertir las indicios en pruebas, en el juicio que muy probablemente llegará después. 

Es es el mismo modus operandi, que ocurrió durante la instrucción  del juicio en el Tribunal Supremo, contra el exfiscal general del Estado, que como todos recordarán,  terminó  con la condena del exfiscal, Álvaro García Ortiz, por acumulación de indicios aunque sin pruebas verificables.

Y ahora la historia se repite con el expresidente Zapatero. Y la jauría fascista del PP y Vox, pretenden cargarse la democracia en este país con tal de llegar al gobierno, moviendo sus peones en la judicatura. Malditos sean todos ellos.

POSDATA

Ver siguiente "ANEXO I" sobre las actividades lobistas de otros expresidentes del gobierno español, que demuestran lo hipócritas que son y las diferentes varas de medir que tienen, los iliberales fascistas del PP y Vox.

Fuente: El Plural.com


ANEXO I

Resumen del artículo publicado por  El Diario.es

Expresidentes, puertas giratorias y capital privado en España. Relato de la trayectoria empresarial de los expresidentes José María Aznar y Felipe González

Los dos predecesores de Zapatero, (primer expresidente imputado en democracia) tienen un bagaje empresarial mucho más extenso que el político leonés, en especial Aznar.

En los últimos años, el debate sobre la “puerta giratoria” en España —la transición desde el poder público a la asesoría privada— ha dejado de ser un mero tema moral para convertirse en una cuestión de transparencia, control democrático y confianza social. Lo que antes se describía como “experiencia aprovechable” hoy se discute como un posible circuito de influencia donde participan grandes grupos económicos, despachos de abogados y fondos de inversión, y donde la figura del expresidente puede operar como puente: político, institucional y reputacional. Los datos reunidos sobre José María Aznar y Felipe González permiten observar dos trayectorias diferentes en intensidad y volumen, pero cercanas en su lógica: el paso del liderazgo gubernamental a la consultoría estratégica y al lobby para actores económicos con intereses concretos.

1. Aznar: un perfil empresarial de alta exposición y remuneración

El caso de Aznar aparece descrito como el de un expresidente con un “bagaje empresarial” especialmente dilatado. No se trata solo de que haya ocupado puestos en consejos de administración o participado como asesor; el eje del relato es la magnitud del intercambio económico y la continuidad durante décadas. Destaca, por ejemplo, su relación con News Corp, el conglomerado mediático vinculado a Rupert Murdoch: en junio cumpliría 20 años como consejero y, según los datos aportados, la empresa le habría pagado alrededor de cinco millones de dólares en total por sus servicios. Además, se menciona que el sueldo publicado para el ejercicio fue de 341.565 dólares, y que se suman 10.000 euros mensuales pagados desde 2004 hasta 2006 mediante su sociedad familiar Famaztella, en concepto de “servicios de asesoría”.

Este punto es relevante porque permite conectar tres capas:

  1. la existencia de contratos con empresas de enorme poder;
  2. la remuneración cuantificada (lo que reduce la ambigüedad sobre si “solo era asesoramiento”);
  3. la utilización de estructuras societarias propias (Famaztella y otras) para la gestión de ingresos.

El artículo añade un elemento adicional: esa sociedad habría sido sancionada por Hacienda tras una inspección. Independientemente de los detalles jurídicos específicos, el dato tensiona el argumento de “aprovechar conocimientos” y lo acerca al terreno de “cómo se gestiona el beneficio” y bajo qué criterios fiscales o regulatorios.

Más allá del ámbito mediático, el relato ubica a Aznar en sectores energéticos y financieros de alto impacto. Su papel como asesor de Endesa (privatizada durante su primer gobierno) y su eventual conexión con Afiniti, compañía de inteligencia artificial ligada a call centers, muestran una continuidad de relaciones con grandes actores. Se menciona incluso que Afiniti habría tanteado vender su tecnología a empresas españolas, incluida Endesa, y que Enel (dueña de Endesa) figuraría en listados asociados a clientes. Aquí el problema no es la asesoría en sí, sino la proximidad temporal e institucional: cuando un expresidente interviene en ámbitos donde el Estado estuvo implicado de forma intensa —como la privatización energética— la frontera entre experiencia y ventaja es más frágil.

Asimismo, el artículo sitúa a Aznar en un ecosistema de consultoría y lobby internacional: hedge funds como Centaurus Capital, minería como Barrick Gold, consultoras como KPMG (con encargos geopolíticos y macroeconómicos), y despachos como DLA Piper o Latham Watkins. En paralelo, aparece un componente de lobby sectorial en Latinoamérica: la relación con Philip Morris en torno al cigarrillo electrónico en las gestiones que se le atribuyen.

De forma especialmente contundente, el relato incluye un contrato con Befesa (filial de Abengoa) para facilitar adjudicaciones de proyectos de desalación en Libia, bajo Gadafi, con supuesta “comisión de éxito del 1%” sobre los contratos obtenidos. Este dato, al estar ligado a un régimen político autoritario, eleva el nivel de exigencia ética y también el de la verificación pública: si la asesoría se traduce en acceso a adjudicaciones y se pactan porcentajes, la pregunta democrática ya no es “qué saben”, sino “qué influencia compran” y “quién gana” a través de esa mediación.

En conjunto, los datos describen a Aznar menos como “figura institucional” y más como operador profesional dentro del mercado de la influencia global: consejos, asesores, despachos, fundaciones y sociedades. La conclusión lógica es que su trayectoria refuerza la percepción de una carrera posterior al cargo público orientada a captar valor económico a través de su capital político.

2. Felipe González: menor volumen, pero misma lógica de influencia y redes

El artículo presenta a Felipe González con un perfil empresarial “mucho menos extenso” que el de Aznar. Aun así, no lo describe como ajeno al circuito: su actividad como asesor incluye el cargo de consejero de Naturgy (antes Gas Natural Fenosa) entre 2010 y 2014, con un ingreso declarado de más de 400.000 euros (126.500 euros anuales). Se añade que compatibilizó ese puesto con el consejo rector de Doñana mientras la gasista tramitaba un almacén de gas en un entorno protegido. Este cruce temporal introduce una sospecha clásica: la coexistencia de responsabilidades públicas o ambientales con intereses privados de un mismo grupo, aunque el texto califique el trabajo como “muy aburrido” por parte del propio González.

También aparecen datos sobre posibles actuaciones internacionales con actores problemáticos. En 2009 se menciona una carta escrita por González a Omar Al-Bashir, entonces presidente de Sudán del Norte, para favorecer a Massoud Zandi, socio vinculado a PRISA, que posteriormente fue denunciado por defraudar a Hacienda. El relato destaca elogios públicos hacia Zandi y la caracterización de su “capacidad emprendedora”. La lectura crítica aquí es doble: por un lado, se observa el uso de reputación política para influir; por otro, se conecta esa influencia con un resultado posterior de fraude fiscal, lo que deja la duda sobre el criterio de selección de intereses.

Además, se menciona la creación en 2011 de Tagua Capital, un vehículo de inversión con objetivos elevados (120 a 150 millones) centrado en tecnología. El texto lo califica como “un fiasco”, y ello sirve como recordatorio de que la influencia política no solo se traduce en ganancias por gestión: también puede transformarse en apuestas privadas con riesgo reputacional.

En paralelo, el texto aporta un ejemplo de relación con grandes fortunas. González afirma que asesora a Carlos Slim y que la amistad “no es incompatible” con el asesoramiento de negocios. Aquí el dato es revelador porque insiste en que el rol del expresidente se ubica simultáneamente en dos planos: el personal y el profesional. Y cuando ambos se mezclan, la separación entre “amistad” e “interés” se vuelve difícil de auditar.

Por último, se detallan movimientos patrimoniales e instrumentales: la existencia de una empresa creada por González en 2001 (Ialcon Consultoría SL) con actividad profesional técnica, administrada por su hija, y con facturación registrada en 2024 (aprox. 43.000 euros según el texto). El valor de estos detalles está en que muestran que el circuito no es solo de consejos, sino también de sociedades y estructuras privadas vinculadas a rentas, asesorías y gestión empresarial.

3. Un patrón común: reputación política como activo transferible

Aunque el texto contrasta los currículos —Aznar aparece como más extenso y mejor remunerado; González, como más limitado— el patrón de fondo es compartido. En ambos casos, el expresidente opera como activo reputacional que reduce costes de negociación y amplía credibilidad ante grandes empresas:

  • los consejos de administración y asesorías funcionan como canales de acceso a decisiones empresariales;
  • el lobby internacional o sectorial se apoya en la credibilidad institucional;
  • las fundaciones o centros formativos (como el Instituto Atlántico) se presentan como plataformas donde confluyen política y financiación privada.

El punto clave es que, desde la perspectiva democrática, la magnitud no es el único problema: también lo es la asimetría de información. Un ciudadano puede desconocer cuánto se pacta, qué se espera y qué mecanismos convierten “contactos” en contratos. Cuando el expresidente presta servicios y a la vez conserva una influencia derivada de su paso por el poder, el sistema corre el riesgo de no ser plenamente neutral, sino favorable a quienes pueden contratar su capital político.

4. ¿Competencia o influencia? La dificultad de la frontera

Una defensa habitual sería: “son profesionales, tienen experiencia y su asesoría puede ser útil”. El texto, sin embargo, empuja a otra lectura: cuando se acumulan señales como comisiones por adjudicaciones, relaciones con empresas que estaban vinculadas a decisiones privatizadoras o tramas asociadas a ayudas y contratos públicos, la frontera entre competencia y captura se vuelve borrosa.

La discusión esencial es institucional:

  • ¿cómo se regulan estos tránsitos?; 
  • ¿qué límites existen?; 
  • ¿qué mecanismos de control y de transparencia se exigen?; 
  • ¿cómo se garantiza que no haya conflictos de interés?. 

En este escrito aparecen indicios que —sin necesidad de afirmar culpabilidades penales— sí muestran tensiones y percepciones persistentes: incentivos económicos, proximidad a decisiones del pasado y uso de redes para gestionar resultados favorables a empresas.

CONCLUSIÓN

Los datos aportados construyen dos historias complementarias. La de José María Aznar dibuja un recorrido de asesoría y lobby con gran exposición internacional, remuneraciones públicas relevantes y vínculos con sectores estratégicos como energía, medios, finanzas y empresas reguladas. La de Felipe González, aunque menos extensa, revela que la lógica también existe: asesoría en grandes grupos, influencia en escenarios internacionales delicados, relación con fortunas y utilización de vehículos patrimoniales y consultoras.

En ambos casos, lo que queda en evidencia no es solo que los expresidentes trabajen después de dejar el cargo, sino que su trayectoria sugiere una transferencia del capital político hacia el mercado privado. Y cuando esa transferencia ocurre sin transparencia suficiente y con conexiones sensibles con sectores privatizados o regulados, el resultado es una democracia percibida como permeable a quienes tienen capacidad de contratar influencia. 

La verdadera pregunta, por tanto, no es si pueden trabajar: es cómo se controla el impacto de su influencia, para que el interés público no dependa de la capacidad de pagar asesoría a quienes antes decidían las reglas del juego.

Fuente: El Diario.es