Mientras la guerra se
expande del Cáucaso al Índico, EEUU e Israel pretenden abrir nuevo frente, por medio de los
rebeldes kurdos, que esperan sea la chispa que provoque el inicio de la revuelta
definitiva que acabe con el régimen teocrático de Irán.
Lo que comenzó como una
operación dirigida contra la cúpula del régimen iraní se ha expandido
rápidamente a múltiples frentes, desde el Cáucaso hasta el sur de Asia. Ataques
con drones contra el aeropuerto de Najicheván en Azerbaiyán, el hundimiento de
un buque iraní por un submarino estadounidense frente a Sri Lanka y la tensión
creciente en la frontera kurda evidencian que la guerra ha dejado de limitarse
a Oriente Medio. La situación apunta a una confrontación cuidadosamente
preparada desde tiempo atrás, cuya ejecución se aceleró tras una serie de
decisiones estratégicas de Estados Unidos e Israel.
El
detonante inmediato del conflicto fue la llamada telefónica del 23 de febrero
entre el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y el presidente
estadounidense, Donald Trump. Según diversas informaciones, Netanyahu alertó
sobre una reunión inminente del líder supremo iraní, Alí Jameneí, con su
círculo más cercano en Teherán. Los servicios de inteligencia israelíes,
respaldados por la CIA, identificaron el encuentro como una oportunidad
excepcional para eliminar a la cúpula del régimen. Netanyahu habría recomendado
a Trump actuar de forma rápida y contundente para “descabezar” al gobierno
iraní. Apenas unos días después, el 28 de febrero, Estados Unidos e Israel
ejecutaron un ataque coordinado que acabó con la vida de Jameneí y de varios de
sus principales colaboradores, marcando el inicio de una nueva guerra cuyo
objetivo declarado es destruir la república islámica.
Sin
embargo, la fecha elegida para la ofensiva supuso un cambio respecto a los
planes iniciales de Israel, que contemplaban iniciar las hostilidades a
mediados de año. La posibilidad de eliminar al líder iraní en circunstancias
favorables llevó a adelantar la operación. Esta decisión fue tomada sin
consultar al Congreso estadounidense, donde tanto en el Pentágono como en el
ámbito político existían dudas sobre la viabilidad de abrir un conflicto de
grandes dimensiones en una región ya extremadamente inestable. Aun así, la
administración Trump optó por actuar con rapidez, convencida de que una
ofensiva decisiva podría debilitar de manera irreversible al régimen iraní.
Paralelamente,
diversas operaciones encubiertas ya estaban en marcha para debilitar a Irán
desde dentro y desde sus fronteras. En el Kurdistán iraní, la CIA llevaba
tiempo fomentando contactos con grupos opositores kurdos con la intención de
provocar un levantamiento contra Teherán. Asimismo, la aparición simultánea de
tensiones en otras zonas, como el conflicto fronterizo entre Afganistán y
Pakistán y la inestabilidad en el Beluchistán iraní, ampliaba las posibles
direcciones desde las que presionar al país. Estas circunstancias reforzaron la
decisión de acelerar la guerra, aprovechando un contexto regional especialmente
volátil.
La
administración estadounidense ha defendido públicamente que la operación
militar, denominada “Furia Épica”, fue planificada con antelación y que su
duración sería relativamente corta. El secretario de Guerra, Pete Hegseth,
afirmó que la campaña podría extenderse entre cuatro y ocho semanas, y aseguró
que Estados Unidos dispone de abundante armamento de precisión para cumplir sus
objetivos. Según sus declaraciones, la estrategia incluye el uso masivo de
bombas guiadas por GPS y láser de distintos calibres. No obstante, el propio
jefe del Estado Mayor Conjunto, Dan Caine, había advertido días antes de que
los arsenales estadounidenses se habían reducido tras el suministro continuo de
armas a Israel y Ucrania, lo que ha generado dudas sobre si existe una contradicción
entre el discurso oficial y la realidad militar.
Más
allá de los aspectos estratégicos, las declaraciones de algunos responsables
estadounidenses reflejan una concepción extremadamente dura de la guerra.
Hegseth llegó a afirmar que el conflicto “nunca se concibió como una guerra
justa”, lo que sugiere que la prioridad es la destrucción del régimen iraní sin
considerar excesivamente las consecuencias humanitarias. Episodios como el
bombardeo de Minab, donde murieron numerosas niñas tras un ataque israelí,
ilustran el coste humano que ya está teniendo la ofensiva.
Oficialmente,
Washington justifica la guerra por varios objetivos: impedir que Irán
desarrolle armas nucleares, destruir su capacidad de fabricar misiles
balísticos y reducir la influencia de las milicias proiraníes en Oriente Medio.
Sin embargo, otros elementos del plan parecen ir más allá de estos propósitos
declarados. Entre ellos destaca el impulso a posibles insurrecciones internas
que debiliten al régimen desde dentro, especialmente en regiones con tensiones
étnicas y políticas históricas.
El
Kurdistán aparece como el principal foco potencial de rebelión. Los kurdos
iraníes, que superan los diez millones de personas, han denunciado durante
décadas discriminación cultural y lingüística por parte del régimen de Teherán.
Esta situación convierte a la región en un territorio susceptible de
movilización política y militar. Informaciones filtradas a medios
estadounidenses indican que la CIA habría trabajado durante meses con grupos
kurdos para preparar una eventual sublevación. Incluso el propio Trump expresó
públicamente su apoyo a una posible ofensiva kurda contra Irán.
En
este contexto, el Kurdistán iraquí desempeña un papel fundamental. Desde su
capital, Erbil, donde Estados Unidos mantiene bases militares y un consulado,
podría organizarse el suministro de armas y el apoyo logístico a los
insurgentes. El presidente estadounidense habría contactado con líderes kurdos
iraquíes como Masud Barzani y Bafel Talabani para garantizar su cooperación en
caso de que se abra ese frente militar. Sin el respaldo del Kurdistán iraquí,
resultaría muy difícil para las milicias kurdas iraníes lanzar una ofensiva de
gran escala.
No
obstante, esta estrategia implica riesgos considerables. Los kurdos constituyen
un pueblo de más de veinticinco millones de personas repartido entre Turquía,
Siria, Irak, Irán y Armenia, y su aspiración histórica a la independencia
podría reactivarse si perciben una oportunidad favorable. Una rebelión kurda en
Irán podría estimular movimientos similares en los países vecinos,
desestabilizando aún más una región ya fragmentada. Además, las relaciones
entre Washington y los kurdos han estado marcadas por la desconfianza, debido a
precedentes en los que Estados Unidos abandonó a sus aliados locales tras
alcanzar sus propios objetivos estratégicos.
Por
otro lado, la guerra podría extenderse también hacia el sureste iraní, en la
región del Beluchistán. Allí viven los baluchis, una minoría con fuertes
vínculos con comunidades del vecino Pakistán. Una eventual insurrección en esta
zona podría provocar tensiones con Islamabad y generar un nuevo foco de
conflicto regional, especialmente si los talibanes afganos decidieran
aprovechar la situación para ampliar su influencia.
En
definitiva, la guerra contra Irán parece responder a una estrategia compleja
que combina ataques militares directos con intentos de desestabilización
interna. Aunque el objetivo declarado es la caída del régimen iraní, las
consecuencias de esta política podrían ser imprevisibles. Un Irán devastado por
los bombardeos y dividido por conflictos internos podría transformarse en un
Estado fallido, similar a lo ocurrido en países como Libia o Somalia. En ese
escenario, el equilibrio de poder en Oriente Medio cambiaría radicalmente.
La
evolución del conflicto en los próximos meses determinará si la ofensiva logra
sus objetivos o si, por el contrario, desencadena una crisis aún mayor. Lo que
ya resulta evidente es que la guerra ha superado los límites regionales y
amenaza con alterar profundamente el orden geopolítico en varias regiones del
mundo
Fuente: Publico.es
Como se
pergeñó la “Operación Furia Épica” de Trump, llamadas y reuniones con Netanyahu
y temor a nueva versión Bush 26.0
El conflicto no solo ha provocado una nueva crisis en Oriente
Próximo, sino que también ha tensionado las relaciones entre Estados Unidos y
la Unión Europea, evidenciando un choque de posiciones poco habitual entre
aliados que históricamente han mantenido una estrecha cooperación.
Uno de
los ejes centrales del análisis es la aparente contradicción entre el discurso
político del presidente estadounidense, Donald Trump, y sus decisiones en
política exterior desde su regreso a la Casa Blanca. Durante años, Trump
construyó buena parte de su identidad política sobre la crítica a las llamadas
“guerras eternas” de Oriente Próximo y prometió reducir la implicación militar
de Estados Unidos en conflictos internacionales. Sin embargo, la sucesión de
intervenciones y operaciones militares desde su retorno al poder ha generado
una percepción de incoherencia, especialmente si se considera su insistencia
reciente en ser considerado candidato al Premio Nobel de la Paz. Lejos de
cumplir la promesa de poner fin a conflictos armados, su administración ha sido
asociada con la apertura de nuevos frentes de tensión internacional.
El
inicio de 2026 ya estaba marcado por una creciente preocupación en la comunidad
internacional. Las acciones estadounidenses en América Latina, particularmente
la intervención en Venezuela y las declaraciones sobre posibles aspiraciones
territoriales en Cuba y Groenlandia, habían despertado inquietud sobre el
respeto al derecho internacional y el rumbo de la política exterior
estadounidense. En ese contexto, la ofensiva militar contra Irán supuso un
punto de inflexión aún mayor, tanto por sus implicaciones estratégicas como por
las consecuencias económicas derivadas de la inestabilidad en una región clave
para los mercados energéticos globales.
El
reportaje destaca además el lugar y las circunstancias en que se tomó la
decisión final de iniciar la operación militar. De manera sorprendente, el
impulso definitivo surgió en Mar-a-Lago, la residencia privada de Trump en
Florida. Según el relato periodístico, el 27 de febrero, mientras se celebraba
una fiesta en la propiedad, el presidente estadounidense se reunió en privado
con altos mandos militares y responsables de inteligencia. En ese encuentro se
le informó de que existían indicios de que el líder supremo iraní, el ayatolá
Ali Jamenei, había sido localizado. Trump, que ya desconfiaba de las
negociaciones diplomáticas mantenidas en Ginebra con el gobierno iraní,
interpretó la información como una oportunidad estratégica y autorizó el inicio
de la ofensiva.
La
operación, denominada “Operación Furia Épica”, fue coordinada con Israel y
consistió en ataques con misiles y drones contra cientos de instalaciones
militares iraníes, incluidas baterías de misiles, sistemas de defensa aérea,
buques de guerra y centros de mando. El objetivo principal era eliminar a
Jamenei, algo que finalmente se consiguió. No obstante, la operación también
provocó numerosas víctimas civiles, entre ellas estudiantes de una escuela, lo
que intensificó la condena internacional. La respuesta de Irán no tardó en
llegar, con ataques dirigidos contra países aliados de Estados Unidos en el
Golfo Pérsico, ampliando así el alcance regional del conflicto.
La
cooperación militar entre Washington y Tel Aviv fue determinante para el
desarrollo de la ofensiva. El entendimiento entre Trump y el primer ministro
israelí, Benjamin Netanyahu, se consolidó tras dos reuniones clave. La primera
tuvo lugar el 4 de febrero de 2025 en la Casa Blanca, cuando Netanyahu advirtió
al presidente estadounidense de una supuesta conspiración iraní para asesinarlo
y destacó los avances del programa nuclear iraní. Aquella conversación sembró
dudas en Trump y reforzó su percepción de Irán como una amenaza inmediata.
Meses después, durante el verano, se produjo la llamada “Operación Martillo de
Medianoche”, un ataque contra tres importantes instalaciones nucleares iraníes.
Aunque la respuesta iraní fue limitada en aquel momento, el episodio contribuyó
a intensificar la tensión entre ambos países.
La
segunda reunión entre Trump y Netanyahu tuvo lugar el 11 de febrero del año
siguiente en Washington. Según el reportaje, el encuentro se caracterizó por un
tono inusualmente serio y prolongado. Durante tres horas, ambos líderes
trabajaron en los detalles operativos de una campaña militar coordinada contra
Irán. Ese encuentro sería el paso definitivo hacia la ofensiva que desencadenó
la guerra actual.
Este
nuevo conflicto ha reavivado además un debate histórico dentro de la política
estadounidense. Numerosos analistas han comenzado a comparar la situación
actual con la dinámica que siguió Estados Unidos tras los atentados del
Atentados del 11 de septiembre de 2001 bajo la presidencia de George W. Bush.
En aquel momento, la intervención militar en Irak en 2003 fue presentada
inicialmente como una operación limitada, pero terminó convirtiéndose en una
prolongada guerra con objetivos de cambio de régimen y reconstrucción política.
La posibilidad de que la actual confrontación con Irán siga una trayectoria
similar preocupa tanto a críticos demócratas como a sectores del propio
movimiento “America First”.
En
definitiva, la guerra con Irán no solo representa un nuevo episodio de
violencia en Oriente Próximo, sino también un punto de inflexión en la política
exterior estadounidense contemporánea. La contradicción entre las promesas de
evitar nuevas guerras y la creciente implicación militar del país plantea
interrogantes sobre la dirección estratégica de Estados Unidos. Al mismo
tiempo, las tensiones con sus aliados europeos y el riesgo de una escalada
regional sugieren que el impacto de esta crisis podría extenderse mucho más
allá del campo de batalla, afectando al equilibrio geopolítico global durante
los próximos años.
Fuente: El Plural.com

