7 de marzo de 2026

De la expansión de la guerra contra Irán y sus implicaciones geopolíticas. Y de la intrahistoria de la “Operación Furia Épica” de Trump

Mientras la guerra se expande del Cáucaso al Índico,  EEUU e Israel pretenden abrir nuevo frente, por medio de los rebeldes kurdos, que esperan sea la chispa que provoque el inicio de la revuelta definitiva que acabe con el régimen teocrático de Irán.

La reciente escalada militar en torno a Irán revela la transformación de un conflicto regional en una crisis de alcance global. 

Lo que comenzó como una operación dirigida contra la cúpula del régimen iraní se ha expandido rápidamente a múltiples frentes, desde el Cáucaso hasta el sur de Asia. Ataques con drones contra el aeropuerto de Najicheván en Azerbaiyán, el hundimiento de un buque iraní por un submarino estadounidense frente a Sri Lanka y la tensión creciente en la frontera kurda evidencian que la guerra ha dejado de limitarse a Oriente Medio. La situación apunta a una confrontación cuidadosamente preparada desde tiempo atrás, cuya ejecución se aceleró tras una serie de decisiones estratégicas de Estados Unidos e Israel.

El detonante inmediato del conflicto fue la llamada telefónica del 23 de febrero entre el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y el presidente estadounidense, Donald Trump. Según diversas informaciones, Netanyahu alertó sobre una reunión inminente del líder supremo iraní, Alí Jameneí, con su círculo más cercano en Teherán. Los servicios de inteligencia israelíes, respaldados por la CIA, identificaron el encuentro como una oportunidad excepcional para eliminar a la cúpula del régimen. Netanyahu habría recomendado a Trump actuar de forma rápida y contundente para “descabezar” al gobierno iraní. Apenas unos días después, el 28 de febrero, Estados Unidos e Israel ejecutaron un ataque coordinado que acabó con la vida de Jameneí y de varios de sus principales colaboradores, marcando el inicio de una nueva guerra cuyo objetivo declarado es destruir la república islámica.

Sin embargo, la fecha elegida para la ofensiva supuso un cambio respecto a los planes iniciales de Israel, que contemplaban iniciar las hostilidades a mediados de año. La posibilidad de eliminar al líder iraní en circunstancias favorables llevó a adelantar la operación. Esta decisión fue tomada sin consultar al Congreso estadounidense, donde tanto en el Pentágono como en el ámbito político existían dudas sobre la viabilidad de abrir un conflicto de grandes dimensiones en una región ya extremadamente inestable. Aun así, la administración Trump optó por actuar con rapidez, convencida de que una ofensiva decisiva podría debilitar de manera irreversible al régimen iraní.

Paralelamente, diversas operaciones encubiertas ya estaban en marcha para debilitar a Irán desde dentro y desde sus fronteras. En el Kurdistán iraní, la CIA llevaba tiempo fomentando contactos con grupos opositores kurdos con la intención de provocar un levantamiento contra Teherán. Asimismo, la aparición simultánea de tensiones en otras zonas, como el conflicto fronterizo entre Afganistán y Pakistán y la inestabilidad en el Beluchistán iraní, ampliaba las posibles direcciones desde las que presionar al país. Estas circunstancias reforzaron la decisión de acelerar la guerra, aprovechando un contexto regional especialmente volátil.

La administración estadounidense ha defendido públicamente que la operación militar, denominada “Furia Épica”, fue planificada con antelación y que su duración sería relativamente corta. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, afirmó que la campaña podría extenderse entre cuatro y ocho semanas, y aseguró que Estados Unidos dispone de abundante armamento de precisión para cumplir sus objetivos. Según sus declaraciones, la estrategia incluye el uso masivo de bombas guiadas por GPS y láser de distintos calibres. No obstante, el propio jefe del Estado Mayor Conjunto, Dan Caine, había advertido días antes de que los arsenales estadounidenses se habían reducido tras el suministro continuo de armas a Israel y Ucrania, lo que ha generado dudas sobre si existe una contradicción entre el discurso oficial y la realidad militar.

Más allá de los aspectos estratégicos, las declaraciones de algunos responsables estadounidenses reflejan una concepción extremadamente dura de la guerra. Hegseth llegó a afirmar que el conflicto “nunca se concibió como una guerra justa”, lo que sugiere que la prioridad es la destrucción del régimen iraní sin considerar excesivamente las consecuencias humanitarias. Episodios como el bombardeo de Minab, donde murieron numerosas niñas tras un ataque israelí, ilustran el coste humano que ya está teniendo la ofensiva.

Oficialmente, Washington justifica la guerra por varios objetivos: impedir que Irán desarrolle armas nucleares, destruir su capacidad de fabricar misiles balísticos y reducir la influencia de las milicias proiraníes en Oriente Medio. Sin embargo, otros elementos del plan parecen ir más allá de estos propósitos declarados. Entre ellos destaca el impulso a posibles insurrecciones internas que debiliten al régimen desde dentro, especialmente en regiones con tensiones étnicas y políticas históricas.

El Kurdistán aparece como el principal foco potencial de rebelión. Los kurdos iraníes, que superan los diez millones de personas, han denunciado durante décadas discriminación cultural y lingüística por parte del régimen de Teherán. Esta situación convierte a la región en un territorio susceptible de movilización política y militar. Informaciones filtradas a medios estadounidenses indican que la CIA habría trabajado durante meses con grupos kurdos para preparar una eventual sublevación. Incluso el propio Trump expresó públicamente su apoyo a una posible ofensiva kurda contra Irán.

En este contexto, el Kurdistán iraquí desempeña un papel fundamental. Desde su capital, Erbil, donde Estados Unidos mantiene bases militares y un consulado, podría organizarse el suministro de armas y el apoyo logístico a los insurgentes. El presidente estadounidense habría contactado con líderes kurdos iraquíes como Masud Barzani y Bafel Talabani para garantizar su cooperación en caso de que se abra ese frente militar. Sin el respaldo del Kurdistán iraquí, resultaría muy difícil para las milicias kurdas iraníes lanzar una ofensiva de gran escala.

No obstante, esta estrategia implica riesgos considerables. Los kurdos constituyen un pueblo de más de veinticinco millones de personas repartido entre Turquía, Siria, Irak, Irán y Armenia, y su aspiración histórica a la independencia podría reactivarse si perciben una oportunidad favorable. Una rebelión kurda en Irán podría estimular movimientos similares en los países vecinos, desestabilizando aún más una región ya fragmentada. Además, las relaciones entre Washington y los kurdos han estado marcadas por la desconfianza, debido a precedentes en los que Estados Unidos abandonó a sus aliados locales tras alcanzar sus propios objetivos estratégicos.

Por otro lado, la guerra podría extenderse también hacia el sureste iraní, en la región del Beluchistán. Allí viven los baluchis, una minoría con fuertes vínculos con comunidades del vecino Pakistán. Una eventual insurrección en esta zona podría provocar tensiones con Islamabad y generar un nuevo foco de conflicto regional, especialmente si los talibanes afganos decidieran aprovechar la situación para ampliar su influencia.

En definitiva, la guerra contra Irán parece responder a una estrategia compleja que combina ataques militares directos con intentos de desestabilización interna. Aunque el objetivo declarado es la caída del régimen iraní, las consecuencias de esta política podrían ser imprevisibles. Un Irán devastado por los bombardeos y dividido por conflictos internos podría transformarse en un Estado fallido, similar a lo ocurrido en países como Libia o Somalia. En ese escenario, el equilibrio de poder en Oriente Medio cambiaría radicalmente.

La evolución del conflicto en los próximos meses determinará si la ofensiva logra sus objetivos o si, por el contrario, desencadena una crisis aún mayor. Lo que ya resulta evidente es que la guerra ha superado los límites regionales y amenaza con alterar profundamente el orden geopolítico en varias regiones del mundo

Fuente: Publico.es

Como se pergeñó la “Operación Furia Épica” de Trump, llamadas y reuniones con Netanyahu y temor a nueva versión Bush 26.0


La reciente escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán ha abierto uno de los momentos de mayor inestabilidad internacional de los últimos años. 

Un extenso reportaje publicado por la revista Time analiza cómo se gestó esta ofensiva y de consecuencias políticas, económicas y estratégicas

El conflicto no solo ha provocado una nueva crisis en Oriente Próximo, sino que también ha tensionado las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Europea, evidenciando un choque de posiciones poco habitual entre aliados que históricamente han mantenido una estrecha cooperación.

Uno de los ejes centrales del análisis es la aparente contradicción entre el discurso político del presidente estadounidense, Donald Trump, y sus decisiones en política exterior desde su regreso a la Casa Blanca. Durante años, Trump construyó buena parte de su identidad política sobre la crítica a las llamadas “guerras eternas” de Oriente Próximo y prometió reducir la implicación militar de Estados Unidos en conflictos internacionales. Sin embargo, la sucesión de intervenciones y operaciones militares desde su retorno al poder ha generado una percepción de incoherencia, especialmente si se considera su insistencia reciente en ser considerado candidato al Premio Nobel de la Paz. Lejos de cumplir la promesa de poner fin a conflictos armados, su administración ha sido asociada con la apertura de nuevos frentes de tensión internacional.

El inicio de 2026 ya estaba marcado por una creciente preocupación en la comunidad internacional. Las acciones estadounidenses en América Latina, particularmente la intervención en Venezuela y las declaraciones sobre posibles aspiraciones territoriales en Cuba y Groenlandia, habían despertado inquietud sobre el respeto al derecho internacional y el rumbo de la política exterior estadounidense. En ese contexto, la ofensiva militar contra Irán supuso un punto de inflexión aún mayor, tanto por sus implicaciones estratégicas como por las consecuencias económicas derivadas de la inestabilidad en una región clave para los mercados energéticos globales.

El reportaje destaca además el lugar y las circunstancias en que se tomó la decisión final de iniciar la operación militar. De manera sorprendente, el impulso definitivo surgió en Mar-a-Lago, la residencia privada de Trump en Florida. Según el relato periodístico, el 27 de febrero, mientras se celebraba una fiesta en la propiedad, el presidente estadounidense se reunió en privado con altos mandos militares y responsables de inteligencia. En ese encuentro se le informó de que existían indicios de que el líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei, había sido localizado. Trump, que ya desconfiaba de las negociaciones diplomáticas mantenidas en Ginebra con el gobierno iraní, interpretó la información como una oportunidad estratégica y autorizó el inicio de la ofensiva.

La operación, denominada “Operación Furia Épica”, fue coordinada con Israel y consistió en ataques con misiles y drones contra cientos de instalaciones militares iraníes, incluidas baterías de misiles, sistemas de defensa aérea, buques de guerra y centros de mando. El objetivo principal era eliminar a Jamenei, algo que finalmente se consiguió. No obstante, la operación también provocó numerosas víctimas civiles, entre ellas estudiantes de una escuela, lo que intensificó la condena internacional. La respuesta de Irán no tardó en llegar, con ataques dirigidos contra países aliados de Estados Unidos en el Golfo Pérsico, ampliando así el alcance regional del conflicto.

La cooperación militar entre Washington y Tel Aviv fue determinante para el desarrollo de la ofensiva. El entendimiento entre Trump y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se consolidó tras dos reuniones clave. La primera tuvo lugar el 4 de febrero de 2025 en la Casa Blanca, cuando Netanyahu advirtió al presidente estadounidense de una supuesta conspiración iraní para asesinarlo y destacó los avances del programa nuclear iraní. Aquella conversación sembró dudas en Trump y reforzó su percepción de Irán como una amenaza inmediata. Meses después, durante el verano, se produjo la llamada “Operación Martillo de Medianoche”, un ataque contra tres importantes instalaciones nucleares iraníes. Aunque la respuesta iraní fue limitada en aquel momento, el episodio contribuyó a intensificar la tensión entre ambos países.

La segunda reunión entre Trump y Netanyahu tuvo lugar el 11 de febrero del año siguiente en Washington. Según el reportaje, el encuentro se caracterizó por un tono inusualmente serio y prolongado. Durante tres horas, ambos líderes trabajaron en los detalles operativos de una campaña militar coordinada contra Irán. Ese encuentro sería el paso definitivo hacia la ofensiva que desencadenó la guerra actual.

Este nuevo conflicto ha reavivado además un debate histórico dentro de la política estadounidense. Numerosos analistas han comenzado a comparar la situación actual con la dinámica que siguió Estados Unidos tras los atentados del Atentados del 11 de septiembre de 2001 bajo la presidencia de George W. Bush. En aquel momento, la intervención militar en Irak en 2003 fue presentada inicialmente como una operación limitada, pero terminó convirtiéndose en una prolongada guerra con objetivos de cambio de régimen y reconstrucción política. La posibilidad de que la actual confrontación con Irán siga una trayectoria similar preocupa tanto a críticos demócratas como a sectores del propio movimiento “America First”.

En definitiva, la guerra con Irán no solo representa un nuevo episodio de violencia en Oriente Próximo, sino también un punto de inflexión en la política exterior estadounidense contemporánea. La contradicción entre las promesas de evitar nuevas guerras y la creciente implicación militar del país plantea interrogantes sobre la dirección estratégica de Estados Unidos. Al mismo tiempo, las tensiones con sus aliados europeos y el riesgo de una escalada regional sugieren que el impacto de esta crisis podría extenderse mucho más allá del campo de batalla, afectando al equilibrio geopolítico global durante los próximos años.

Fuente: El Plural.com