6 de mayo de 2026

OPINIÓN. Estados Unidos redujo el déficit comercial un 36% en el primer año de los aranceles. Ayer Trump decía que el conflicto con Irán era una "mini guerra", hoy dice que pone en pausa el "Proyecto Libertad"

Irán acusa a EEUU de matar a cinco civiles en los ataques anunciados por Washington contra lanchas iraníes. Ayer la tregua pendía de un hilo mientras ambos países se intercambian ataques en el Golfo Pérsico. ¿Y hoy no es así?

El conflicto reciente entre Estados Unidos e Irán, descrito por Donald Trump como una “mini guerra”, pone de manifiesto una constante en la política internacional contemporánea: la tendencia a minimizar retóricamente enfrentamientos que, en la práctica, contienen todos los elementos de una escalada bélica significativa. Esta caracterización no solo busca evitar implicaciones legales internas —como la supervisión del Congreso estadounidense tras 60 días de hostilidades—, sino también moldear la percepción pública de un conflicto que, aunque limitado en su forma, posee un potencial desestabilizador global.

La comparación implícita con guerras como Vietnam o Irak no es casual. En ambos casos, Estados Unidos se vio envuelto en conflictos prolongados bajo justificaciones iniciales que fueron evolucionando con el tiempo. La narrativa de una intervención breve o contenida acabó transformándose en escenarios de gran desgaste político, militar y social. En este contexto, la insistencia de Trump en que sus acciones han evitado una Tercera Guerra Mundial refleja tanto una estrategia de autopresentación como una advertencia: la región del Golfo Pérsico sigue siendo un polvorín donde cualquier incidente puede desencadenar consecuencias imprevisibles.

Los acontecimientos en el estrecho de Ormuz ilustran esta tensión. El derribo de misiles y drones por parte de buques estadounidenses, así como la destrucción —según Washington— de embarcaciones iraníes, evidencian un enfrentamiento directo, aunque no declarado formalmente como guerra. Por su parte, Irán rechaza estas afirmaciones y denuncia la muerte de civiles, lo que añade una dimensión propagandística al conflicto. La divergencia de versiones no solo dificulta la verificación de los hechos, sino que alimenta la desconfianza mutua.

La respuesta diplomática iraní, encabezada por Abbas Araqchi, subraya la ausencia de una solución militar. Al calificar la iniciativa estadounidense como “Proyecto Punto Muerto”, Irán intenta redefinir el marco del conflicto, trasladándolo del terreno militar al político. Sin embargo, esta postura convive con amenazas de represalias, lo que demuestra la dualidad entre discurso y acción que caracteriza a ambas partes.

El llamado “Proyecto Libertad” de Estados Unidos, concebido para garantizar el tránsito marítimo, ha tenido efectos ambiguos. Lejos de estabilizar la región, ha contribuido a intensificar las demostraciones de fuerza iraníes. Esto recuerda a episodios históricos en los que intervenciones destinadas a asegurar el orden terminan generando mayor inestabilidad. Además, el impacto económico inmediato —como el aumento del precio del petróleo— evidencia la dimensión global del conflicto, cuyos efectos trascienden lo estrictamente militar.

A pesar del alto el fuego vigente, la situación permanece en un equilibrio precario. Las conversaciones de paz, aunque prometedoras en un inicio, han fracasado en consolidarse, lo que sugiere una falta de voluntad o de condiciones adecuadas para una resolución duradera. Mientras tanto, ambas naciones continúan midiendo sus fuerzas en un escenario donde cada acción puede ser interpretada como una provocación.

CONCLUSIÓN

En resumen, la “mini guerra” entre Estados Unidos e Irán es, en realidad, un conflicto de gran complejidad que combina elementos militares, políticos y económicos. Su minimización retórica no reduce su gravedad, sino que puede contribuir a una peligrosa subestimación de sus riesgos. La historia demuestra que los conflictos aparentemente limitados pueden escalar rápidamente, y el estrecho de Ormuz se presenta hoy como un punto crítico donde el equilibrio internacional se pone a prueba una vez más.

En cuanto a la diferencia discursiva entre lo que dijo Trump ayer y hoy. Aquí surge la cuestión central de la reflexión: ¿ha dejado realmente de pender de un hilo la tregua, o simplemente ha cambiado la forma en que se nos presenta? La respuesta parece inclinarse hacia lo segundo. En contextos de alta tensión geopolítica, la estabilidad rara vez depende de un único anuncio o de una sola decisión. El lenguaje político actúa como un velo que, en ocasiones, suaviza esa precariedad sin eliminarla.

Además, esta oscilación discursiva refleja una tensión entre la necesidad de proyectar control y la realidad de la incertidumbre. Un líder político debe transmitir firmeza, pero también flexibilidad. Debe parecer decidido, sin cerrar completamente la puerta a la negociación. En ese sentido, las declaraciones aparentemente contradictorias no siempre son errores o incoherencias: pueden ser herramientas deliberadas para mantener múltiples opciones abiertas.

No obstante, este tipo de comunicación tiene un coste. Para la ciudadanía y la comunidad internacional, la percepción de inconsistencia puede erosionar la confianza. Si ayer la situación era crítica y hoy parece moderarse sin una explicación clara de los cambios subyacentes, surge la sospecha de que la narrativa responde más a necesidades políticas inmediatas que a una evolución real de los acontecimientos.

En última instancia, la reflexión plantea una invitación a leer la política más allá de las declaraciones superficiales. La tregua no deja de ser frágil porque cambie el tono del discurso; del mismo modo que no se vuelve inevitablemente sólida por un anuncio de pausa. La realidad geopolítica suele ser más estable —y más inestable— de lo que las palabras sugieren. Comprender esto implica reconocer que, en política, lo que se dice y lo que sucede no siempre coinciden, y que entre ambos planos se juega gran parte de la interpretación pública de los conflictos.

Fuente: La Sexta.com

Estados Unidos redujo el déficit comercial un 36% en el primer año de los aranceles

El desequilibrio se moderó en el intercambio de bienes con el exterior, mientras que los servicios mejoran su superávit un 6%

El comportamiento reciente del comercio exterior de Estados Unidos refleja con claridad cómo las decisiones de política económica pueden alterar de forma significativa los flujos globales de bienes y servicios. En particular, los aranceles impulsados por Donald Trump han tenido un impacto directo en la reducción del déficit comercial, al modificar tanto los incentivos de consumo interno como las estrategias empresariales.

Entre abril de 2025 y marzo de 2026 —el primer periodo completo tras la entrada en vigor de estas medidas— Estados Unidos experimentó una notable mejora en su saldo comercial. Según los datos de la Oficina de Análisis Económico, el déficit se redujo un 36% respecto al mismo periodo del año anterior, situándose en 700.486 millones de dólares. Este ajuste responde principalmente a una caída en las importaciones, consecuencia directa del encarecimiento de los productos extranjeros debido a los aranceles. Al elevarse los precios de los bienes importados, tanto consumidores como empresas optaron por alternativas nacionales, incentivando la producción interna.

El déficit comercial en bienes —históricamente el principal componente del desequilibrio— también mostró una mejora significativa, con una reducción del 26%, aunque aún se mantuvo en cifras elevadas (1,031 billones de dólares). En contraste, el sector servicios continuó siendo un punto fuerte de la economía estadounidense, ampliando su superávit en un 6% hasta alcanzar los 331.393 millones de dólares. Este contraste pone de manifiesto una estructura económica en la que Estados Unidos sigue siendo altamente competitivo en servicios, pero dependiente de bienes producidos en el exterior.

No obstante, para comprender plenamente el impacto de los aranceles, es necesario considerar ciertos efectos temporales. Antes de su implementación, durante el primer trimestre de 2025, muchas empresas anticiparon el encarecimiento de las importaciones acumulando inventarios. Este comportamiento provocó un aumento excepcional del déficit comercial, distorsionando las comparaciones anuales. Una vez eliminado este efecto, el impacto real de los aranceles se vuelve más evidente: una contracción sostenida de las importaciones y un fortalecimiento relativo del saldo comercial.

Los datos más recientes refuerzan esta tendencia. En el primer trimestre de 2026, las exportaciones alcanzaron un récord de 937.755 millones de dólares, con un crecimiento del 12%, mientras que las importaciones cayeron un 9,1% hasta los 1,11 billones. Este doble movimiento —más exportaciones y menos importaciones— explica la mejora del déficit. Sin embargo, también se observa que el ritmo de ajuste se ha ido moderando con el paso de los meses, lo que sugiere que el impacto inicial de los aranceles tiende a estabilizarse.

A este escenario se suma un elemento de incertidumbre institucional. La decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos de anular la mayor parte de los aranceles en febrero introduce dudas sobre la sostenibilidad de esta política comercial. La respuesta de la Casa Blanca —imponer un arancel universal del 10%, inferior al anterior— apunta a un intento de mantener cierto nivel de protección sin incurrir en conflictos legales.

En conjunto, la experiencia reciente de Estados Unidos ilustra cómo las políticas proteccionistas pueden, al menos a corto plazo, reducir el déficit comercial al desalentar las importaciones y estimular la producción interna. Sin embargo, también plantea interrogantes sobre sus efectos a largo plazo, especialmente en términos de eficiencia económica, relaciones comerciales internacionales y estabilidad jurídica. El caso estadounidense sugiere que, aunque los aranceles pueden corregir desequilibrios externos, lo hacen a costa de introducir nuevas tensiones y desafíos en el sistema económico global, lo cual no parece sea lo más acertado a largo plazo.

Fuente: El País.com

OPINIÓN. España supera los 22 millones de ocupados. El Gobierno español aprueba 27.232 nuevas plazas de empleo público. Y las importaciones españolas de petróleo de Oriente Próximo se desploman.

Las importaciones españolas de petróleo procedentes de Oriente Próximo se desploman por la guerra.

Aumentan mucho las compras de crudo a Libia y México, rebasando a EE.UU. como principales proveedores.


Reconfiguración de proveedores del petróleo con guerra de Irán y su reflejo en España

La guerra en Irán no solo altera el tablero político de Oriente Próximo: también desordena una de las arterias económicas más sensibles del planeta, el transporte y la compra de petróleo. Cuando el conflicto tensiona rutas estratégicas como el estrecho de Ormuz, el impacto deja de ser “regional” y se vuelve global.

España, que tradicionalmente no había dependido de manera decisiva del crudo procedente de esa zona, está viviendo una reorientación acelerada de sus flujos de abastecimiento. Los datos que se desprenden del informe de marzo de la Corporación de Reservas Estratégicas de Productos Petrolíferos (Cores) permiten leer, con claridad, cómo la geopolítica redefine la logística energética, altera los precios y obliga a los Estados a gestionar la incertidumbre.

1. De Oriente Próximo al “reordenamiento” de los proveedores: el golpe a las rutas

El primer rasgo del fenómeno es cuantitativo y contundente: las compras españolas de petróleo de Oriente Próximo se desploman un 54,6% durante el primer mes de guerra respecto al mismo periodo del año anterior. Esa caída no es menor ni puede atribuirse a fluctuaciones normales de mercado, sino que responde al bloqueo o, en cualquier caso, a la dificultad extrema de navegación asociada al conflicto. En ese nuevo escenario, Oriente Próximo pasa a representar apenas el 4,8% del total, frente al 9,2% registrado doce meses antes.

El mecanismo del descenso resulta especialmente revelador: en el periodo analizado, las compras a Irak pasan de 266.000 toneladas en marzo de 2025 a cero este año. Es decir, no se trata de una simple reducción gradual, sino de un corte operativo. En cambio, las importaciones desde Arabia Saudí se mantienen casi intactas, lo que apunta a una diferencia decisiva en la capacidad de sortear, aunque sea parcialmente, las restricciones mediante rutas alternativas, como la vía del mar Rojo. Dicho de otro modo: la guerra no castiga a todos los proveedores por igual; castiga sobre todo a quienes quedan más expuestos a los “cuellos de botella” marítimos.

2. La adaptación española: Libia y México como ganadores de la reorientación

Cuando una región pierde capacidad de suministrar o transportar, el sistema busca sustitutos. España no queda al margen de esa lógica y, en su caso, el ajuste se traduce en un cambio notable en el ranking de proveedores.

En primer lugar, el aumento de las compras a Libia destaca por su intensidad: crecen un 47,3%, hasta convertir a este país en el principal suministrador individual. Este crecimiento implica que casi uno de cada seis barriles adquiridos por España proviene de Libia. No es solo un cambio estadístico: es un ejemplo de cómo la dependencia —que parecía estar relativamente “controlada”— puede desplazarse rápidamente hacia otros orígenes en función de la viabilidad logística.

En segundo lugar, México recupera protagonismo y asciende al segundo puesto entre los países que abastecen a España, con un incremento de las entregas del 12,8%. Además, el podio lo cierra Brasil, que aporta cerca del 15% del petróleo comprado por España, aunque con una ligera caída en volumen. La foto final muestra un patrón: el crudo tiende a “reubicarse” hacia fuentes que, por razones de transporte, disponibilidad o acuerdos, logran sostener la continuidad del suministro.

Así, el dato que subyace a todo el proceso es claro: el riesgo no se gestiona únicamente con contratos y capacidad de compra, sino con rutas. En energía, la geografía logística es casi tan importante como la geografía productiva.

3. ¿Se evita el fantasma de la escasez… pero no el encarecimiento?

Uno de los elementos más llamativos del informe es que España no estaba, ni siquiera antes de la guerra, entre los países que dependían fuertemente de Oriente Próximo como principal origen del crudo. Esa menor dependencia relativa ha contribuido a espantar el temor a una escasez puntual, muy presente en regiones como el sudeste asiático, que tienden a depender más del crudo del golfo Pérsico.

Sin embargo, el alivio no significa inmunidad. Aunque el ajuste evite un “corte” inmediato del suministro, la menor oferta disponible en el mercado global empuja los precios internacionales del barril. Y el alza se traslada rápido al consumo: llega a las gasolineras, evidenciando la transmisión casi automática de la volatilidad internacional hacia el precio final del combustible.

Ante ello, el Estado interviene con una rebaja impositiva para contener el encarecimiento del carburante. Aquí se observa otra dimensión del impacto: la guerra no solo reconfigura proveedores, sino que obliga a gestionar el coste político y social de la energía. El mercado puede adaptarse logísticamente, pero el precio —por su propia naturaleza— tiende a convertirse en un problema interno.

4. El mapa más amplio: África, Norteamérica y América Central/Sur concentran el 90% del petróleo

Si se amplía el foco geográfico, la reorientación se vuelve más comprensible: el 90% del total de las compras españolas se concentra en tres grandes áreas. En marzo, África copa el 38% de las importaciones gracias al impulso de Libia, Nigeria y Argelia. Norteamérica representa el 31,5%, sustentado en México y Estados Unidos (aunque en menor medida por la contribución de Canadá). América Central y del Sur alcanza el 22,1%, impulsada principalmente por Brasil, con referencias adicionales a Venezuela y Guyana.

Este nivel de concentración no es necesariamente negativo por sí mismo, pero sí revela una vulnerabilidad estructural: si el sistema se “mueve” y España termina dependiendo en mayor medida de regiones con tensiones propias, el margen de respuesta podría reducirse en el futuro. La diversificación, por tanto, debe entenderse como un proceso dinámico: no basta con tener varios proveedores, sino que importa cuán estables sean y cuán resistentes resulten ante nuevos bloqueos o crisis.

5. El pulso político-económico: Cores, reservas y la incertidumbre como variable permanente

En total, España reduce en marzo sus importaciones de petróleo un 13,8%, según Cores, entidad tutelada por el Ministerio para la Transición Ecológica,  responsable del mantenimiento de reservas de productos petrolíferos y del control de existencias de gases licuados y gas natural.

Ese detalle resulta clave para comprender el “contrapeso institucional” frente a la volatilidad. No se trata únicamente de comprar mejor o más barato: se trata de sostener la continuidad energética cuando la logística global se vuelve impredecible. En la práctica, las reservas estratégicas funcionan como amortiguadores que permiten alinear decisiones de mercado con necesidades de estabilidad.

6. La crisis de la OPEP: cambio de asociados y aumentos “condicionados” por la guerra.

Los datos sobre importaciones llegan en paralelo a movimientos dentro de la Organización de Países Exportadores de Petróleo. Primero, Emiratos Árabes Unidos anuncia su salida del cartel. Después, la versión ampliada del grupo comunicó un aumento de bombeos de 188.000 barriles diarios desde junio, con un matiz decisivo: el anuncio parece simbólico en la medida en que solo podría cumplirse plenamente si fuese posible volver a navegar por el estrecho de Ormuz.

Aquí emerge una conclusión de fondo: incluso cuando hay voluntad de producción, la guerra puede convertir el petróleo en un bien “producido pero no transportable”. Es decir, el control del mercado del crudo no depende únicamente de cuánto se extrae, sino de si puede moverse hacia donde se consume. Por eso, tras la salida de Emiratos Árabes Unidos, la capacidad de la OPEP para seguir marcando el precio queda en entredicho: de los 10 mayores productores del mundo, solo cuatro serían miembros de pleno derecho de la organización (Arabia Saudí, Irak, Irán y Kuwait).

Para España, además, esto refuerza su dependencia creciente de fuera del cartel (en marzo, el 56% del petróleo importado proviene de países no miembros). Se trata de un dato que “cierra el círculo”: la guerra debilita el papel de los grandes actores coordinados, y eso empuja a los consumidores a diversificar hacia mercados menos ligados a los equilibrios internos de la OPEP.

CONCLUSIÓN. Lección sobre energía, logística y poder

La reorientación de los flujos petrolíferos provocada por la guerra en Irán ofrece una enseñanza profunda: la energía contemporánea no se gobierna solo desde la producción, sino desde la logística. El estrecho de Ormuz funciona como un símbolo y, a la vez, como un punto de presión real. Cuando se bloquea, el sistema reacomoda rutas y proveedores casi de forma inmediata; pero esa adaptación tiene costes, especialmente en forma de precios.

España logra evitar una escasez inmediata en parte por su menor dependencia previa de Oriente Próximo, y aun así afronta el encarecimiento del barril y su impacto en el consumidor final, gestionado mediante intervención fiscal. Al mismo tiempo, el país concentra su abastecimiento en África, Norteamérica y América Central/Sudamérica, lo que muestra una flexibilidad de mercado, pero también plantea el desafío de mantener esa estabilidad a medida que nuevas tensiones globales aparezcan.

En suma, la guerra actúa como catalizador de cambios que van más allá del conflicto mismo: redefine el mapa geográfico de las importaciones, reorganiza el papel de grandes organizaciones y obliga a los Estados a combinar herramientas de mercado con instrumentos de seguridad energética. En un mundo donde las rutas son tan estratégicas como las reservas, la política internacional se traduce, inevitablemente, en el precio y en la procedencia del combustible que termina en la vida cotidiana.

Fuente: El Pais.com

El Gobierno aprueba 27.232 nuevas plazas de empleo público para la Administración central, una oferta similar a la de 2025

Los sindicatos consideran insuficiente la oferta para las plantillas estatales y acusan al Ejecutivo de no haber negociado el incremento

La Oferta de Empleo Público de 2026: entre la continuidad y el conflicto

La aprobación de la Oferta de Empleo Público (OEP) de 2026 por parte del Gobierno marca una nueva etapa en la planificación del empleo dentro de la Administración General del Estado (AGE), aunque no exenta de controversia. Con un total que supera ligeramente las 37.000 plazas, incluyendo cuerpos de seguridad, esta oferta mantiene una línea continuista respecto al año anterior, pero se sitúa por debajo del máximo alcanzado en 2024. Esta aparente estabilidad, sin embargo, ha sido interpretada de forma crítica por los sindicatos, evidenciando tensiones persistentes entre la Administración y los representantes de los trabajadores públicos.

Uno de los elementos más destacados de la OEP de 2026 es su clara apuesta por la digitalización. La incorporación de 1.700 plazas para especialistas en tecnologías de la información, con un incremento del 42% respecto al año anterior, refleja una estrategia orientada a modernizar los servicios públicos. Asimismo, la introducción de pruebas de acceso por especialidades en el ámbito TIC pretende atraer perfiles altamente cualificados en áreas clave como la inteligencia artificial, la ciberseguridad y la ciencia de datos. Esta orientación responde a un contexto en el que España presenta niveles de uso de servicios digitales públicos superiores a la media europea, lo que refuerza la necesidad de consolidar y ampliar esta ventaja competitiva.

No obstante, esta transformación digital convive con críticas relativas a la insuficiencia de la oferta en términos de empleo neto. Aunque el Gobierno defiende la creación de 6.200 nuevos puestos netos, los sindicatos consideran que esta cifra es insuficiente para compensar la elevada tasa de vacantes existente en la Administración. Además, señalan que el crecimiento respecto al año anterior es marginal, lo que pone en duda la capacidad real de la OEP para fortalecer los servicios públicos.

El conflicto no se limita al contenido de la oferta, sino también a su proceso de elaboración. Las organizaciones sindicales han denunciado la falta de transparencia y negociación previa, al conocer los detalles de la OEP el mismo día de su aprobación. Este hecho ha generado un profundo malestar y ha reforzado la percepción de que el Gobierno no está dispuesto a establecer un diálogo efectivo con los representantes de los empleados públicos.

Otro aspecto relevante es la inclusión de 346 plazas destinadas a hacer frente a la emergencia climática, lo que evidencia una creciente sensibilidad hacia los desafíos medioambientales. Sin embargo, esta medida ha sido considerada insuficiente en comparación con otras necesidades urgentes, como la gestión de los procesos de regularización de inmigrantes, donde los sindicatos advierten de importantes deficiencias estructurales por falta de personal.

En conjunto, la OEP de 2026 refleja una estrategia que combina modernización y continuidad, pero que no logra satisfacer plenamente las demandas de los agentes sociales. La apuesta por la digitalización es coherente con las tendencias actuales, pero plantea interrogantes sobre el equilibrio entre innovación tecnológica y atención directa al ciudadano. Al mismo tiempo, la falta de consenso con los sindicatos pone de manifiesto la necesidad de सुधारar los mecanismos de diálogo social en la función pública.

En definitiva, la Oferta de Empleo Público de 2026 no solo es un instrumento de planificación laboral, sino también un reflejo de las prioridades políticas y administrativas del momento. Su éxito dependerá no solo de su ejecución, sino también de la capacidad del Gobierno para integrar las demandas de los trabajadores y garantizar un servicio público eficaz, accesible y adaptado a los retos del siglo XXI.

Fuente: El Diario.es

 

España supera por primera vez los 22 millones de ocupados y el paro cae a registros de junio de 2008. 

El Ministerio de Trabajo detalla que el paro registrado bajó en 62.668 personas en abril hasta dejar el total en 2.357.044, por debajo de los 2,4 millones por primera vez desde junio de 2008.

RESUMEN ESTRUCTURADO DEL MES DE ABRIL

1) Ocupación y afiliación: récords históricos

  • España supera por primera vez los 22 millones de ocupados.
  • Paro registrado cae a un nivel no visto desde junio de 2008.
  • En abril el mercado laboral suma 223.685 afiliados de media, hasta superar la barrera de los 22,1 millones, con nuevo récord.
  • El tercer mayor aumento en un mes de abril desde que existen registros (según el Ministerio).

2) Desempleo: caída del paro registrado

  • El paro registrado baja en 62.668 personas en abril, hasta 2.357.044, por debajo de 2,4 millones.
  • Es la primera vez desde junio de 2008 que se queda por debajo de ese umbral.

3) Evolución interanual (vs. abril de 2025)

  • La Seguridad Social gana 517.192 afiliados (+2,4%).
  • El desempleo baja 155.674 personas (-6,2%).

4) Afiliación por sexo

  • Mujeres: +116.550, hasta 10,48 millones.
  • Hombres: +107.134, hasta 11,61 millones.
  • Conclusión del informe: el crecimiento avanza más entre las mujeres.

5) Impulso sectorial del empleo

  • El empleo se crea sobre todo en hostelería, por la Semana Santa:
    • +111.335 ocupados.
  • También crecen varios sectores, con aumentos relevantes:
    • Actividades administrativas y comercio: más de 13.000 afiliados cada uno.
    • Transporte y almacenamiento: más de 12.000 afiliados.
  • Autónomos:
    • Cifra total en 3.444.973,
    • con +15.439 en abril.

6) Extranjeros afiliados (Seguridad Social)

  • Hay cerca de 3.250.000 afiliados extranjeros.
  • En el último año se sumaron 251.000.

7) Paro por sectores y perfiles

  • Descenso del paro especialmente en:
    • Servicios: -46.156.
    • Industria: -3.680.
    • Construcción: -3.603.
    • Agricultura: -2.272.
  • También cae el paro en personas que no habían trabajado antes: -6.957.

8) Desempleo por sexo (nivel y mínimo reciente)

  • Desempleo femenino: 1.424.426, mínimo desde septiembre de 2008, con -34.146.
  • Desempleo masculino: 932.618, con -28.522.

9) Paro juvenil: mínimo histórico

  • Baja por primera vez de 170.000:
    • 169.693 desempleados,
    • -19.284 respecto al mes anterior.

10) Contratación y calidad del empleo (según Yolanda Díaz)

  • Contratos registrados en abril: 1.258.296.
  • Indefinidos: 543.543 (43,2% del total).
  • Mensaje político sobre mejora: antes de la reforma laboral, solo 10% eran indefinidos; ahora, uno de cada dos contratos serían indefinidos (según se afirma en el texto).
  • Díaz recalca que, aunque los datos son positivos, no se “bajan los brazos” y se trabajará por:
    • subida de salarios,
    • pago de horas extra,
    • garantía de derechos.

Fuente: Publico.es