6 de marzo de 2026

Los límites del poder presidencial de Trump ante la política comercial

 La política comercial de Estados Unidos ha vuelto a situarse en el centro del debate jurídico y político tras la decisión del presidente Donald Trump de imponer nuevos aranceles globales a las importaciones.

Más de veinte estados han presentado una demanda para impugnar estas medidas, argumentando que el mandatario se ha excedido en sus atribuciones constitucionales.

 Este conflicto no solo refleja una disputa política entre el gobierno federal y varios estados liderados por fiscales generales demócratas, sino también un debate más profundo sobre los límites del poder presidencial en materia económica y comercial.

Los nuevos aranceles, que alcanzan hasta el 15% para gran parte de los socios comerciales de Estados Unidos, fueron impuestos tras un revés judicial significativo. La Corte Suprema de Estados Unidos anuló previamente un amplio conjunto de tarifas aplicadas por el gobierno bajo la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA). Como respuesta, el presidente recurrió a otro instrumento legal: la Sección 122 de la Ley de Comercio de 1974. Esta disposición permite al presidente imponer aranceles temporales de hasta el 15%, aunque solo por un periodo máximo de cinco meses, salvo que el Congreso decida prorrogarlos.

La demanda presentada por los estados está liderada por los fiscales generales de Oregón, Arizona, California y Nueva York. Estos sostienen que la Sección 122 fue diseñada para situaciones muy específicas y limitadas, relacionadas con problemas graves de pagos internacionales, y no para establecer aranceles generalizados a las importaciones. Según los demandantes, el uso de esta herramienta para justificar tarifas amplias distorsiona el propósito original de la norma y representa un intento de eludir la decisión judicial que invalidó las medidas anteriores.

Desde la perspectiva del presidente, sin embargo, los aranceles son una herramienta fundamental para corregir el persistente déficit comercial de Estados Unidos. Este déficit, entendido como la diferencia entre lo que el país exporta y lo que importa, ha sido durante décadas un punto central en el discurso económico del mandatario. Trump sostiene que gravar los productos extranjeros ayuda a proteger la industria nacional y a reducir la dependencia de bienes producidos en el exterior.

Los críticos, incluidos los estados que impulsan la demanda, rechazan esta interpretación. Argumentan que el déficit comercial no constituye un “problema fundamental de pagos internacionales”, tal como lo plantea la Sección 122. Históricamente, esta disposición surgió durante las crisis monetarias de las décadas de 1960 y 1970, cuando el dólar estadounidense estaba vinculado al oro y el sistema financiero internacional enfrentaba fuertes tensiones. En aquel contexto, varios países intercambiaban dólares por oro a un tipo de cambio fijo, lo que amenazaba con desestabilizar la moneda estadounidense y provocar turbulencias en los mercados financieros. Sin embargo, ese sistema dejó de existir cuando el vínculo entre el dólar y el oro fue abandonado, lo que para muchos analistas vuelve obsoleta la aplicación actual de la norma.

Un elemento particularmente llamativo del caso es que el propio Departamento de Justicia del gobierno estadounidense había sostenido anteriormente que la Sección 122 no tenía una “aplicación obvia” para abordar los déficits comerciales. En un escrito judicial del año pasado, el departamento argumentó que dichos déficits son “conceptualmente distintos” de los problemas de balanza de pagos contemplados por la legislación. Esta posición previa debilita la defensa actual del gobierno y refuerza los argumentos de los estados demandantes.

Más allá de la disputa legal, el caso pone de relieve una cuestión fundamental en la política estadounidense: el equilibrio de poderes entre el presidente, el Congreso y el sistema judicial

La Constitución otorga al Congreso la autoridad principal sobre el comercio internacional, pero a lo largo del tiempo se han aprobado leyes que delegan ciertas facultades al poder ejecutivo. El conflicto actual gira precisamente en torno a hasta qué punto esas delegaciones permiten al presidente actuar de manera unilateral en materia de aranceles.

En última instancia, el desenlace de esta demanda podría tener consecuencias significativas para la política comercial de Estados Unidos. Si los tribunales fallan a favor de los estados, se reforzaría la idea de que el presidente no puede utilizar disposiciones legales pensadas para situaciones excepcionales como instrumento general de política económica. Por el contrario, si la administración logra defender su interpretación, se ampliaría considerablemente el margen de acción del poder ejecutivo en el ámbito comercial.

Así, el caso no solo trata sobre aranceles o déficits comerciales, sino sobre el alcance del poder presidencial y el papel de la ley en la regulación de la economía global. 

La decisión final podría redefinir cómo Estados Unidos equilibra sus intereses económicos con los principios institucionales que rigen su sistema político.

Fuente: Telemundo.com

Rusia ante el conflicto en Oriente Medio: pragmatismo, distancia y cálculo geopolítico.

 La reciente escalada de violencia en Oriente Medio, desencadenada tras el ataque llevado a cabo por Israel y Estados Unidos contra Irán, ha generado una profunda preocupación en el escenario internacional.

Sin embargo, la reacción de Rusia ha sido especialmente reveladora respecto a su actual estrategia geopolítica. 

A través de las declaraciones del portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, Moscú ha dejado claro que no considera este conflicto como propio. La frase “la guerra en curso no es nuestra guerra” resume con contundencia la postura rusa: combinación de distanciamiento, pragmatismo y defensa de intereses nacionales.

En primer lugar, el Gobierno de Vladímir Putin se encuentra inmerso en su propio conflicto prolongado con Ucrania, que ya se extiende desde hace cuatro años. Esta situación condiciona profundamente la política exterior rusa. Mantener recursos militares, económicos y políticos concentrados en ese frente limita la capacidad y la voluntad del Kremlin de involucrarse en nuevos escenarios bélicos. En ese contexto, Rusia evita asumir responsabilidades directas en la nueva crisis de Oriente Medio y rechaza la idea de que pueda desempeñar un papel decisivo para detener la guerra.

Peskov fue claro al respecto al afirmar que Rusia no tiene la capacidad de frenar el conflicto. Según su argumentación, únicamente los actores que iniciaron las hostilidades —en su opinión, Estados Unidos e Israel— tienen el poder de detenerlas. Esta afirmación además de reflejar la postura diplomática, también hace una crítica directa a la intervención militar occidental en la región. Moscú sostiene que la ofensiva fue provocada bajo un pretexto “inventado”, relacionado con los supuestos intentos de Irán de obtener armas nucleares, y que esta acción ha desencadenado una peligrosa cadena de acontecimientos que amenaza con desestabilizar aún más Oriente Medio.

A pesar de la proximidad política entre Rusia e Irán en varios ámbitos, el Kremlin también ha marcado límites claros a su implicación militar. Peskov aseguró que Teherán no ha solicitado ayuda militar a Moscú, incluido el suministro de armamento. Esta declaración sugiere que, al menos por el momento, Rusia no pretende abrir un nuevo frente indirecto mediante el apoyo militar a Irán. La cautela responde en gran parte al interés de evitar una escalada global que pudiera agravar aún más las tensiones internacionales o afectar negativamente a la economía rusa.

Precisamente el factor económico ocupa un lugar central en la postura del Kremlin. Peskov reconoció abiertamente que Rusia debe actuar en función de su propio beneficio, incluso si esa postura puede parecer “cínica”. La prioridad del Gobierno ruso es minimizar el impacto de las convulsiones globales sobre su economía. En un contexto de sanciones internacionales y de gasto militar prolongado, cualquier nueva crisis mundial puede tener repercusiones directas en los mercados energéticos, el comercio y la estabilidad financiera del país.

No obstante, el distanciamiento militar no implica una ruptura de las relaciones con Irán. Al contrario, ambos países mantienen una cooperación activa en diversos ámbitos, especialmente en el económico y energético. Durante una visita a la residencia del embajador iraní en Moscú, el ministro de Energía ruso, Serguéi Tsivilev, subrayó que los proyectos conjuntos continuarán “independientemente de los desafíos que surjan”. Incluso se ha firmado recientemente un acuerdo dentro de la comisión intergubernamental que establece un calendario de trabajo para múltiples áreas de cooperación. Este gesto evidencia que Rusia busca preservar sus alianzas estratégicas sin comprometerse militarmente en el conflicto.

Por otro lado, la diplomacia rusa ha reforzado su discurso crítico hacia Estados Unidos e Israel. El Ministerio de Exteriores ruso acusa a ambos países de intentar “sembrar la discordia” entre las naciones musulmanas, especialmente durante el Ramadán, un periodo de gran significado religioso. Según Moscú, la ofensiva habría sido diseñada para provocar una respuesta iraní que implicara a otros países árabes, ampliando así el conflicto y generando víctimas y daños materiales en la región. Además, Rusia sostiene que esta escalada también desvía la atención internacional de la situación del pueblo palestino, que el Kremlin describe como “catastrófica”.

La preocupación rusa se extiende también a las posibles consecuencias regionales de la guerra. Moscú advierte que la continuidad de las operaciones militares, incluida la nueva invasión israelí del Líbano, podría agravar aún más la inestabilidad en Oriente Próximo. Desde su perspectiva, la única vía para evitar una mayor desestabilización es un cese inmediato de las hostilidades y el fin de lo que denomina la “agresión estadounidense-israelí”. Esta posición le permite a Rusia presentarse como un actor que aboga por la paz, al tiempo que refuerza su narrativa crítica frente a Occidente.

En conclusión, la reacción de Rusia ante el conflicto en Oriente Medio refleja una estrategia basada en el cálculo pragmático. Moscú busca mantener distancia militar, proteger sus intereses económicos y aprovechar el contexto para reforzar su discurso geopolítico contra Estados Unidos e Israel. Al mismo tiempo, preservar sus relaciones estratégicas con Irán en el ámbito económico y diplomático. De este modo, el Kremlin intenta equilibrar su papel internacional sin comprometerse en una guerra que, como ha señalado Peskov con claridad, no considera propia.

Fuente: Agencias

China ante el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán: prudencia estratégica y límites de su influencia

 El día en que Estados Unidos e Israel atacaron a Irán, la reacción de China fue deliberadamente cautelosa.

Beijing esperó varias horas antes de emitir su primera postura oficial, en la que expresó estar “profundamente preocupada” y pidió un cese inmediato de las operaciones militares junto con la reanudación del diálogo diplomático.

Al día siguiente, el ministro de Relaciones Exteriores, Wang Yi, condenó los ataques por considerarlos inaceptables y reiteró la necesidad de conversaciones. Sin embargo, más allá de la condena verbal, no hubo señales de una intervención directa. Esta respuesta refleja una característica constante de la política exterior china: denunciar el uso de la fuerza mientras evita implicarse militarmente en conflictos lejanos, priorizando sus intereses estratégicos a largo plazo.

Uno de los factores que explican esta postura es el contexto diplomático inmediato. En ese momento estaba prevista una visita del presidente estadounidense Donald Trump a Beijing, donde se reuniría con el líder chino Xi Jinping. Para China, mantener una relación manejable con Estados Unidos es fundamental, incluso en momentos de tensión internacional. Abrir un nuevo frente de confrontación en torno a Irán podría complicar aún más una relación bilateral ya compleja, que incluye disputas comerciales, tecnológicas y geopolíticas, así como la cuestión de Taiwán. Por ello, la reacción china buscó expresar descontento sin provocar una escalada política directa con Washington.

La cautela de Beijing también se explica por la naturaleza de su estrategia militar global. Aunque el ejército chino ha crecido rápidamente y ha ampliado su presencia internacional —por ejemplo, mediante ejercicios militares con Irán o la creación de una base en Yibuti en 2017— su prioridad sigue siendo defender sus intereses en Asia, particularmente en torno a Taiwán y el mar de China Meridional.

China se ha implicado ocasionalmente en la diplomacia de Oriente Medio, como cuando facilitó el acercamiento entre Irán y Arabia Saudí en 2023, pero no busca desempeñar el papel de garante de seguridad regional. Las experiencias de Estados Unidos en Afganistán e Irak son vistas en Beijing como ejemplos de los riesgos y costos de involucrarse militarmente en conflictos prolongados fuera de la propia región.

Este enfoque revela también los límites de la influencia china en la geopolítica global. Aunque China posee un peso económico y diplomático considerable, su capacidad para influir directamente en conflictos militares en los que participan potencias occidentales sigue siendo limitada. Beijing puede expresar preocupación, promover negociaciones o aprovechar su posición diplomática, pero tiene menos margen para alterar decisiones militares tomadas por actores como Estados Unidos o Israel. En otras palabras, cuando el “poder duro” entra en juego, la capacidad china para moldear los acontecimientos se reduce significativamente.

Además, las relaciones de China con Estados Unidos tienen un peso mucho mayor que sus vínculos con Irán. Aunque ambos países mantienen cooperación económica y energética, la interdependencia entre Beijing y Washington abarca comercio, finanzas, tecnología y estabilidad estratégica global. Por esta razón, los dirigentes chinos consideran que el costo de confrontar directamente a Estados Unidos en defensa de Irán sería demasiado alto. En el mejor de los casos, China puede participar en una guerra de declaraciones diplomáticas; sin embargo, es poco probable que adopte medidas que puedan deteriorar seriamente la relación con Washington.

Las preocupaciones energéticas también influyen en el cálculo estratégico chino. China es el principal importador de petróleo iraní, con aproximadamente 1,4 millones de barriles diarios, lo que representa cerca del 13% de sus importaciones marítimas de petróleo. A pesar de esta dependencia relativa, Beijing ha trabajado durante años para diversificar sus fuentes de energía y aumentar sus reservas estratégicas, lo que reduce el impacto inmediato de una posible interrupción del suministro iraní. De hecho, el país dispone de reservas y cargamentos en tránsito suficientes para varios meses, lo que permitiría a las refinerías adaptarse y buscar alternativas, como el petróleo ruso con descuento.

Sin embargo, la mayor preocupación energética no es la pérdida directa del petróleo iraní, sino la estabilidad general del mercado energético en Oriente Medio. Un conflicto que amenace el estrecho de Ormuz —una de las rutas marítimas más importantes del mundo para el transporte de petróleo y gas— podría afectar a toda la región y provocar aumentos significativos de los precios. También inquietan los posibles ataques a instalaciones de gas natural licuado en los países del Golfo Pérsico, de los cuales China depende para una parte importante de su suministro energético.

Por último, es poco probable que China proporcione ayuda militar directa a Irán en caso de escalada del conflicto. Aunque existen vínculos tecnológicos —por ejemplo, el programa de misiles iraní se ha beneficiado en parte de tecnología china— cualquier cooperación militar tangible probablemente se limitaría a acuerdos de defensa existentes a largo plazo. Beijing evitaría cuidadosamente acciones que pudieran interpretarse como apoyo militar directo contra Estados Unidos o sus aliados. Además, China ha criticado previamente a Washington por suministrar armas a Ucrania, argumentando que tales acciones prolongan los conflictos; intervenir militarmente en favor de Irán contradiciría esa postura.

En conjunto, la reacción de China ante el ataque contra Irán refleja una estrategia de prudencia calculada. Beijing busca mantener su imagen de actor responsable que favorece la diplomacia y la estabilidad, al mismo tiempo que protege sus intereses estratégicos más importantes: su relación con Estados Unidos, su seguridad energética y su prioridad geopolítica en Asia

Así, más que intervenir directamente, China parece apostar por una política de distancia estratégica, esperando que el conflicto se reduzca mientras evita quedar atrapada en una confrontación que podría perjudicar sus objetivos a largo plazo.

Fuente: El Pais.com