El estrecho de Ormuz, geopolítica y guerra, con el petróleo en el punto de mira.
En medio de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, Washington ha prometido reabrir esta vía estratégica, mientras los mercados energéticos permanecen en alerta ante la posibilidad de una interrupción prolongada del suministro global de petróleo. Las declaraciones del secretario de Defensa estadounidense reflejan tanto la dimensión militar del conflicto como su impacto económico y político a escala internacional.
El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, afirmó que el Pentágono dispone de un plan para asegurar el tráfico marítimo en el estrecho y garantizar que esta arteria del comercio mundial permanezca abierta. Sus declaraciones se producen en un contexto de creciente tensión, ya que Irán ha intentado mantener cerrado el paso mediante ataques contra buques y operaciones militares en la región. El estrecho de Ormuz, ubicado entre el golfo Pérsico y el océano Índico, es uno de los puntos más estratégicos del comercio global, pues por él transita aproximadamente el 20 % del petróleo mundial.
Las palabras de Hegseth forman parte de un esfuerzo más amplio del gobierno estadounidense para tranquilizar a los mercados internacionales y evitar un aumento descontrolado de los precios del petróleo. Incluso el presidente Donald Trump ha instado a las compañías navieras a mantener sus rutas comerciales a través de la región y a “demostrar valentía” frente a las amenazas iraníes. Sin embargo, la situación sigue siendo incierta. Irán ha declarado que continuará intentando cerrar el estrecho, mientras intensifica sus ataques con drones contra objetivos en países vecinos. Como consecuencia de esta tensión, el precio del barril de petróleo Brent ha alcanzado niveles cercanos a los 100 dólares.
Desde la perspectiva militar estadounidense, el conflicto refleja el debilitamiento de las capacidades militares iraníes. Hegseth ha afirmado que el ejército iraní ha sido neutralizado con rapidez y que el régimen se encuentra en una situación de desesperación. Según el secretario de Defensa, las fuerzas iraníes tienen dificultades para comunicarse y coordinarse, lo que indicaría un deterioro significativo de su estructura militar. En este contexto, el Pentágono ha señalado que continuará aumentando la presión militar sobre Irán hasta lograr sus objetivos estratégicos.
Uno de los aspectos más llamativos de la rueda de prensa fue el tono beligerante del discurso oficial. Hegseth utilizó expresiones como “sin cuartel” para referirse a la estrategia militar estadounidense, una frase que, en términos de derecho internacional humanitario, alude a la eliminación del enemigo incluso cuando intenta rendirse, algo expresamente prohibido por las normas de la guerra. Este tipo de declaraciones refleja el clima de confrontación total que caracteriza al conflicto actual.
Mientras tanto, el liderazgo iraní también atraviesa un momento de incertidumbre. Tras la muerte del líder supremo Ali Jamenei en los ataques iniciales del conflicto, su hijo, Mojtaba Jamenei, fue designado como nuevo líder supremo. No obstante, según el Pentágono, el nuevo dirigente estaría herido y posiblemente desfigurado, lo que plantea dudas sobre su capacidad para dirigir el país durante la guerra. La ausencia de apariciones públicas y la difusión de comunicados únicamente escritos han alimentado las especulaciones sobre su estado de salud y su control real sobre el poder.
Al mismo tiempo, el conflicto también ha tenido consecuencias humanas significativas. Estados Unidos confirmó la muerte de seis militares tras el accidente de un avión cisterna en Irak, mientras que otros soldados han resultado heridos desde el inicio de la guerra. Además, un ataque contra una escuela primaria en el sur de Irán causó la muerte de al menos 175 personas, la mayoría niñas. Investigaciones preliminares señalan que un misil estadounidense podría haber sido responsable del incidente, lo que añade una dimensión humanitaria y ética al conflicto.
En conclusión, la crisis en el estrecho de Ormuz ilustra cómo los conflictos regionales pueden tener repercusiones globales. La combinación de tensiones militares, rivalidades geopolíticas y dependencia energética convierte a esta zona en un punto crítico para la estabilidad mundial. Mientras Estados Unidos intenta garantizar la seguridad del comercio marítimo y contener el impacto económico de la guerra, Irán continúa desafiando estas medidas, manteniendo viva una confrontación que podría tener consecuencias profundas tanto para Oriente Próximo como para la economía global.
¿CRISIS ENERGÉTICA GLOBAL?
Expertos señalan, que crisis petrolera derivada de ataques de EEUU e Israel contra Irán, no se saldará sin invertir antes en renovables para lograr la soberanía energética real.
La crisis del petróleo de 1973 evidenció hasta qué punto las economías
industriales dependían del suministro de combustibles fósiles. Hoy, medio siglo
después, el escenario internacional vuelve a recordar aquella situación:
conflictos en Oriente Próximo, interrupciones del suministro y decisiones de
emergencia por parte de los países consumidores. Analizar estos acontecimientos
permite comprender cómo la dependencia energética sigue condicionando la
economía global, la política internacional y las estrategias de transición
hacia modelos energéticos más sostenibles.
Durante
la Guerra de Yom Kipur, varios países árabes decidieron embargar las
exportaciones de petróleo hacia las potencias occidentales. Esta decisión
desencadenó la conocida Crisis del petróleo de 1973, que provocó un fuerte
aumento de los precios de la energía y una recesión económica en numerosos
países. El geógrafo David Harvey, en su obra La condición de la posmodernidad,
explica que este shock energético aceleró procesos de reestructuración
económica y transformaciones sociales y políticas profundas. En respuesta a
aquella crisis, los países industrializados crearon en 1974 la Agencia
Internacional de la Energía, una institución destinada a coordinar políticas
energéticas y garantizar el suministro en situaciones de emergencia.
En el
contexto actual, la misma agencia ha anunciado la mayor liberación de reservas
de petróleo de su historia ante una interrupción masiva del suministro mundial.
La medida responde al cierre del Estrecho de Ormuz, un paso estratégico por el
que transita aproximadamente el 20 % del petróleo y gas del planeta. Esta
situación demuestra que las economías contemporáneas siguen siendo
estructuralmente dependientes de los combustibles fósiles. Según el economista
y exministro Alberto Garzón, la gravedad de la crisis dependerá en gran medida
de cuánto tiempo permanezca interrumpido el flujo energético, ya que el
encarecimiento del petróleo repercute en toda la economía: combustibles,
fertilizantes, transporte e incluso en indicadores financieros como el euríbor.
La dependencia energética también tiene implicaciones políticas y geoestratégicas.
Diversos analistas han señalado que los conflictos relacionados con recursos
naturales han influido en decisiones militares y diplomáticas de grandes
potencias. Harvey argumenta en su libro Breve historia del neoliberalismo que
Estados Unidos ya contemplaba intervenir en Oriente Próximo durante la crisis
de los años setenta para garantizar el flujo de petróleo y estabilizar los
precios. En la actualidad, el debate se traslada a la producción interna
estadounidense, especialmente al método de extracción conocido como
Fracturación hidráulica. Este sistema permitió a Estados Unidos aumentar
notablemente su producción energética durante la última década, pero algunos
estudios apuntan a que su crecimiento podría estar llegando a un límite, lo que
incrementaría la vulnerabilidad del mercado energético global.
Ante situaciones de crisis, los países miembros de la Agencia Internacional de la Energía mantienen reservas estratégicas equivalentes a al menos noventa días de importaciones. Estas reservas incluyen crudo, gasolina y otros derivados del petróleo, almacenados en infraestructuras energéticas distribuidas por los distintos países. Su liberación busca aumentar la oferta de petróleo en el mercado y contener la subida de precios. Sin embargo, muchos especialistas coinciden en que se trata únicamente de una solución temporal.
Las reservas
pueden amortiguar el impacto inmediato, pero no resuelven el problema
estructural de fondo: la dependencia global de recursos energéticos limitados y
geográficamente concentrados.
En consecuencia, la crisis actual vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de transformar el modelo energético.
Reducir el consumo de combustibles fósiles y
aumentar la producción local de energía renovable aparece como una estrategia
clave para mejorar la soberanía energética y disminuir la vulnerabilidad ante
conflictos internacionales. La transición energética no solo tiene
implicaciones ambientales, sino también económicas y políticas. Al depender
menos de regiones exportadoras inestables, los países podrían reducir el
impacto de futuras crisis energéticas.
En conclusión, la situación actual refleja un patrón histórico recurrente: cuando el suministro de energía se ve amenazado, las economías globales experimentan fuertes tensiones económicas y políticas. Desde la crisis de 1973 hasta el presente, las medidas de emergencia —como la liberación de reservas— han servido para amortiguar el impacto inmediato, pero no han resuelto el problema de fondo. La dependencia estructural de los combustibles fósiles continúa condicionando la estabilidad del sistema económico mundial.
Por ello, avanzar
hacia un modelo energético más diversificado y sostenible no es solo una
cuestión ambiental, sino también una necesidad estratégica para el futuro de
las sociedades contemporáneas.
ACTUALIDAD
EEUU autoriza la compra de petróleo ruso para frenar el encarecimiento generado por su ataque a Irán. ¿Estados Unidos sigue siendo un aliado de Europa?
Cuatro años de guerra
en Ucrania y las contradicciones de Occidente
El pasado 24 de febrero se cumplieron cuatro años desde el inicio de la guerra de Ucrania, un conflicto que ha marcado profundamente la política internacional, la economía global y las relaciones entre las potencias occidentales y Rusia.
Desde el comienzo de la invasión rusa, Occidente respondió con un amplio
paquete de sanciones económicas y un bloqueo comercial dirigido a aislar a
Moscú y debilitar su capacidad para sostener la guerra. Sin embargo, el
desarrollo del conflicto y las decisiones recientes de Estados Unidos han
puesto de manifiesto importantes contradicciones dentro del bloque occidental,
así como las tensiones entre principios políticos, intereses económicos y
realidades geopolíticas.
Desde
2022, los países occidentales, especialmente los miembros de la OTAN y la Unión
Europea, han aplicado sanciones económicas sin precedentes contra Rusia. Estas
medidas buscaban limitar los ingresos del Kremlin y presionar al gobierno de
Vladimir Putin para poner fin a la invasión. Al mismo tiempo, los países
aliados destinaron miles de millones de euros de sus presupuestos nacionales
para apoyar a Ucrania, tanto en ayuda militar como financiera. Este esfuerzo
fue presentado como un sacrificio necesario para defender la soberanía
ucraniana y proteger a su población frente a la agresión rusa.
Sin
embargo, el impacto económico de estas políticas también se ha dejado sentir en
los propios países europeos. La dependencia energética de muchos Estados
miembros de la Unión Europea respecto a los combustibles fósiles rusos
convirtió las sanciones en un proceso complejo y costoso. La subida de los
precios de la energía y las materias primas, junto con las tensiones en los
mercados internacionales, afectó a las economías europeas, que han tenido que
reorganizar sus fuentes de suministro energético en medio de un contexto global
cada vez más inestable.
La situación se ha agravado recientemente con el estallido de una nueva crisis en Oriente Próximo tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán.
La posibilidad de que el conflicto afecte al estrecho de Ormuz, una de las rutas más importantes para el transporte mundial de petróleo, ha generado un fuerte aumento de los precios del crudo y ha despertado el temor a una nueva crisis energética global.
En este contexto, la administración estadounidense presidida
por Donald Trump ha tomado una decisión que ha provocado fuertes críticas entre
sus aliados europeos: permitir de forma temporal la compra de petróleo ruso, que
se encontraba almacenado en buques en alta mar.
El
Departamento del Tesoro de Estados Unidos, dirigido por Scott Bessent,
justificó esta medida como una autorización limitada destinada a “incrementar
el alcance global del suministro existente” y evitar una mayor tensión en los
mercados energéticos. Según Washington, la decisión no supondría beneficios
financieros significativos para el gobierno ruso, ya que gran parte de los
ingresos energéticos del país proceden de impuestos aplicados en el punto de
extracción. No obstante, la medida ha sido interpretada por muchos observadores
como un retroceso en la estrategia de presión económica contra Moscú.
La reacción de la Unión Europea no se ha hecho esperar
El presidente del Consejo
Europeo, António Costa, calificó la decisión estadounidense de “muy
preocupante” y la consideró una ruptura con la línea de actuación que los
aliados habían mantenido desde el inicio del conflicto. En una línea similar,
el canciller alemán Friedrich Merz, afirmó que la medida era “un error”,
argumentando que el problema actual no es de suministro, sino de precios. Para
los líderes europeos, levantar parcialmente las sanciones al petróleo ruso
puede debilitar la estrategia destinada a reducir los ingresos del Kremlin y
limitar su capacidad para financiar la guerra.
Otros
líderes europeos también expresaron su preocupación. El presidente francés,
Emmanuel Macron, advirtió que suavizar las sanciones podría fortalecer la
posición de Rusia y proporcionar nuevos recursos para su maquinaria militar.
Según algunas estimaciones, la autorización estadounidense podría generar hasta
10.000 millones de dólares adicionales para Moscú, una cantidad significativa
en el contexto del conflicto.
Estas discrepancias reflejan las tensiones internas dentro del bloque occidental.
Mientras la Unión Europea insiste en mantener la presión económica sobre Rusia
para forzar negociaciones de paz, Estados Unidos parece priorizar la
estabilidad de los mercados energéticos y las implicaciones económicas
internas. El aumento del precio del petróleo y la preocupación por la
inflación, especialmente en un contexto político marcado por las elecciones de
medio mandato en Estados Unidos, han influido claramente en la decisión de
Washington.
En última instancia, la situación evidencia una de las grandes paradojas de la política internacional contemporánea: la dificultad de sostener estrategias de presión económica prolongadas cuando entran en conflicto con intereses económicos inmediatos. Cuatro años después del inicio de la guerra en Ucrania, el conflicto no solo sigue abierto, sino que también continúa poniendo a prueba la coherencia y cohesión de Occidente, que parece se esté resquebrajando por momentos, a juzgar por las últimas decisiones adoptadas por Washington.
La evolución de estas tensiones y las decisiones que adopten las principales potencias en los próximos meses serán determinantes tanto para el futuro del conflicto como para el equilibrio geopolítico global.
Fuente:
Publico.es
; El
Plural.com

