El tungsteno o wolframio, es una materia prima que normalmente pasa inadvertida, pero que es clave, para industrias y ejércitos, de todo el mundo.
Lejos de captar la atención pública
como el petróleo o el litio, este metal pesado se ha convertido en un pilar
silencioso de la industria moderna y, especialmente, de la capacidad militar de
los Estados. Su relevancia no solo radica en sus propiedades físicas
excepcionales, sino también en su creciente valor estratégico en un contexto de
tensiones geopolíticas y reconfiguración de las cadenas de suministro.
El
tungsteno posee características únicas que lo sitúan en una categoría singular
dentro de los elementos de la naturaleza. Destaca por tener el punto de fusión
más alto de todos los metales, una extraordinaria resistencia a la tracción y
una presión de vapor extremadamente baja. Estas cualidades lo convierten en un
material idóneo para entornos extremos, donde otros metales fallarían. Además,
su elevada densidad lo hace especialmente útil en aplicaciones que requieren
resistencia a altas presiones, protección contra la radiación y durabilidad
frente a la corrosión. No es casualidad que su uso se extienda desde la
industria nuclear y médica hasta la fabricación de componentes de alta
precisión.
Sin
embargo, es en el ámbito militar donde el tungsteno adquiere una dimensión
crítica. Su capacidad para sustituir al plomo en municiones lo ha convertido en
un elemento clave en la evolución del armamento moderno. Actualmente, se emplea
en proyectiles de tanques, aeronaves y sistemas de artillería, así como en
misiles, blindajes y motores de cazas de combate. Esta creciente dependencia ha
llevado a que organismos como la Unión Europea y el Departamento de Defensa de
Estados Unidos lo incluyan en sus listas de minerales críticos, reconociendo su
importancia para la seguridad nacional y la autonomía estratégica.
El
problema radica en su escasez y en la concentración geográfica de su
producción. La extracción de tungsteno es compleja y solo unos pocos
yacimientos en el mundo resultan económicamente viables. En este escenario,
China domina de forma abrumadora el mercado, con aproximadamente el 80% de la
producción global, seguida a gran distancia por países como Rusia o Corea del
Norte. Esta concentración otorga a Pekín una poderosa herramienta de influencia
geopolítica, como quedó demostrado en febrero de 2025, cuando impuso
restricciones a la exportación del metal. La medida provocó un aumento
inmediato de los precios, con subidas cercanas al 40% en cuestión de días, y
evidenció la vulnerabilidad de las economías occidentales.
Desde
entonces, el precio del tungsteno ha experimentado una escalada sin
precedentes. En apenas un año, su valor se ha multiplicado más de cinco veces,
alcanzando en 2026 los 2.250 euros por tonelada métrica, frente a los poco más
de 345 euros del año anterior. Este incremento, impulsado por una combinación
de mayor demanda —especialmente por el rearme global tras la guerra de Ucrania—
y restricciones en la oferta, ha reconfigurado el mapa de oportunidades y
riesgos en torno a este recurso.
En
este nuevo contexto, la península ibérica emerge como una alternativa
estratégica de primer orden. Aunque España y Portugal producen actualmente
cantidades modestas —alrededor de 700 y 500 toneladas anuales,
respectivamente—, el verdadero valor reside en el potencial de sus reservas.
Estudios recientes sugieren que solo en la provincia de Salamanca podría
concentrarse hasta un 10% de las reservas mundiales de tungsteno. Proyectos
como la mina de Barruecopardo, con millones de toneladas estimadas, o el yacimiento
de El Moto en Ciudad Real, posicionan a España como un actor clave en el futuro
suministro europeo.
La
relevancia de estos proyectos trasciende lo económico. En un momento en que
Estados Unidos, dejó de producir tungsteno en 2016, busca reactivar su
extracción, y otros países como Canadá o Corea del Sur intentan diversificar
sus fuentes, Europa necesita asegurar su acceso a materias primas críticas. En
este sentido, España no solo representa una oportunidad industrial, sino
también una pieza fundamental en la autonomía estratégica del continente.
En conclusión, el tungsteno ejemplifica cómo un recurso aparentemente marginal puede convertirse en un elemento central del equilibrio global. Su combinación de propiedades únicas, aplicaciones militares y concentración geográfica lo sitúan en el corazón de las tensiones del siglo XXI.
A medida que el mundo avanza hacia una nueva era de competencia entre potencias, el control de materiales como el wolframio será tan determinante como el de la energía o la tecnología.
Y en ese escenario, países como España podrían desempeñar un papel
mucho más relevante del que hasta ahora se les ha atribuido.
Fuente: El Economista.es
