15 de marzo de 2026

RIEN NE VA PLUS. Trump se juega la victoria en la guerra de Irán, apostándolo todo al control del Estrecho de Ormuz.

 La falta de planificación y las discrepancias entre el mandatario estadounidense y el israelí complican un conflicto que ha puesto patas arriba Oriente Próximo y la economía global.

La guerra de Trump: instinto, poder y sin callejón de salida

La política exterior de Estados Unidos ha estado históricamente marcada por complejas estructuras institucionales, debates estratégicos y evaluaciones de inteligencia. 

Sin embargo, el conflicto con Irán actual, parece representar una ruptura con ese patrón tradicional. La actuación del presidente Donald Trump sugiere una política exterior cada vez más guiada por impulsos personales, cálculos políticos internos y alianzas estratégicas circunstanciales. El resultado es una guerra que, lejos de ofrecer una salida clara, ha conducido a un escenario de incertidumbre geopolítica, tensiones económicas y riesgos crecientes de escalada regional.

Uno de los aspectos más reveladores de esta situación es el silencio relativo de Trump sobre el conflicto en su red social Truth Social. Aunque el presidente suele utilizar esta plataforma como altavoz político y termómetro emocional, la guerra con Irán apenas aparece en sus mensajes. Según la periodista Susan Glasser, esta reticencia podría deberse a varias razones: el cansancio ante un tema complejo, la dificultad de reconciliar la guerra con su promesa de evitar nuevos conflictos en Oriente Próximo o el temor a abordar las consecuencias económicas del enfrentamiento. También puede reflejar una estrategia política: su base electoral quizá prefiera otros temas domésticos antes que un conflicto internacional incierto.

Las críticas de expertos en política internacional apuntan precisamente a la falta de planificación estratégica. El analista Frederic Wehrey sostiene que la intervención combina objetivos mal definidos, una comprensión limitada del sistema político iraní y una grave subestimación de la respuesta de Teherán. En una línea similar, el académico Charles Kupchan argumenta que la política exterior estadounidense parece haber perdido su carácter institucional: en lugar de un proceso de deliberación gubernamental, se observa un pequeño círculo de figuras políticas que siguen los instintos del presidente.

El desarrollo inicial de la guerra ilustra esta dinámica. La ofensiva conjunta con Israel respondió, según el propio Trump, a un “pálpito” sobre la oportunidad de atacar. El golpe fue rápido y logró eliminar al líder supremo iraní, Ali Khamenei. Sin embargo, la muerte de Jameneí podría haber tenido consecuencias estratégicas contraproducentes. Algunos especialistas consideran que era una de las voces dentro del régimen más prudentes respecto al desarrollo acelerado de armas nucleares. Su desaparición podría facilitar el ascenso de figuras más cercanas a la Guardia Revolucionaria, como su hijo Mojtaba, inclinando al país hacia posiciones más radicales.

Además, la ofensiva reveló importantes fallos de planificación. No existían planes claros para evacuar a los ciudadanos estadounidenses atrapados en la región, ni se evaluó adecuadamente la capacidad iraní de escalar el conflicto. Irán respondió de forma indirecta pero eficaz, agravando la inestabilidad regional y amenazando rutas estratégicas para la economía mundial. 

El punto crítico de esta dinámica es el Estrecho de Ormuz, paso marítimo por el que circula aproximadamente el 25% del petróleo mundial, donde las acciones iraníes contra buques en la zona han provocado interrupciones en el tránsito y fuertes fluctuaciones en los mercados energéticos.

La escalada militar continuó con el ataque estadounidense contra la isla de Kharg Island, centro neurálgico de las exportaciones petroleras iraníes. Esta operación elevó aún más el riesgo de una guerra regional abierta. Ante la amenaza al tráfico marítimo, Trump pidió incluso la intervención de diversas potencias internacionales para garantizar la seguridad de la ruta, lo que evidencia la dimensión global del conflicto y la ausencia de un plan estratégico realista.

El papel de Israel también resulta fundamental para comprender la guerra. El primer ministro Benjamin Netanyahu impulsó durante meses la idea de una acción militar contra Irán. Inicialmente ambos líderes compartían el objetivo de provocar un cambio de régimen en la República Islámica. Sin embargo, conforme avanzan las semanas y crecen las hostilidades, el discurso israelí parece haber evolucionado hacia metas más limitadas, como debilitar el programa nuclear iraní o reducir la capacidad de sus aliados regionales, entre ellos Hezbollah.

Esta evolución refleja una realidad estratégica: los objetivos iniciales pueden haber sido demasiado ambiciosos. Algunos analistas israelíes reconocen que ni la eliminación total de Hezbollah ni la derrota completa de Irán parecen alcanzables. En consecuencia, el conflicto corre el riesgo de transformarse en una prolongada guerra de desgaste.

Las motivaciones políticas internas también influyen en las decisiones de los líderes. Para Netanyahu, el conflicto tiene un componente electoral y personal. Su liderazgo se enfrenta a elecciones próximas y a una opinión pública dividida. Para Trump, en cambio, la guerra se relaciona más con su legado histórico. En su segundo mandato, busca consolidar una imagen de presidente fuerte que se enfrentó a una teocracia hostil surgida tras la Iranian Revolution.

Sin embargo, la guerra también tiene costes políticos dentro de Estados Unidos. Con las elecciones legislativas de medio mandato acercándose, algunos republicanos temen el impacto económico del conflicto. El aumento del precio de la gasolina y el coste creciente de la operación militar podrían afectar al electorado. A ello se suman episodios de violencia en territorio estadounidense que algunos relacionan con la tensión internacional, lo que incrementa la presión sobre la administración.

A diferencia de lo ocurrido en Israel, donde el apoyo popular a la guerra es amplio, la opinión pública estadounidense muestra un respaldo mucho más limitado. Este contraste refleja la diferencia entre un país que percibe la amenaza como inmediata y otro que enfrenta las consecuencias indirectas del conflicto.

En última instancia, la guerra de Trump parece caracterizarse por una paradoja fundamental. Se trata de un conflicto impulsado en gran medida por decisiones personales y motivaciones políticas, pero cuyos efectos trascienden ampliamente a quienes lo iniciaron. El resultado es un escenario estratégico incierto, en el que los objetivos iniciales se diluyen mientras crecen los riesgos de, escalada regional, crisis económica y desgaste político.

El silencio del presidente en Truth Social simboliza esta contradicción. La plataforma donde Trump suele expresar con más libertad su visión del mundo se convierte, en este caso, en un espacio donde la guerra apenas se menciona. Tal vez porque, más que una victoria clara, el conflicto representa una incómoda realidad: un enfrentamiento que todavía no tiene final visible y que para bien o para mal, podría definir el legado político de su presidencia.

Fuente: El País.com

ESPAÑA. Efectos de la guerra en Oriente Próximo, en la política española.

 La derecha española, representada por el Partido Popular, aparentemente se ha partido en dos, los radicales, más favorables a la guerra de Irán y los menos extremistas, contrarios a la misma, así como a los crímenes de guerra, tanto en Irán como en el Líbano y Gaza.

La guerra iniciada por Estados Unidos e Israel en Oriente Próximo ha tenido consecuencias que van más allá del escenario internacional. 

En España, este conflicto ha generado un intenso debate político que afecta especialmente al Partido Popular (PP), situado en una posición compleja ante el discurso del Gobierno de Pedro Sánchez. El Ejecutivo ha adoptado una postura clara de rechazo al conflicto bajo el lema “No a la guerra”, apelando al respeto del derecho internacional y a la condena de los ataques que afectan a la población civil en lugares como Irán y Gaza. Esta postura coloca al principal partido de la oposición en una encrucijada: respaldar implícitamente las acciones de Washington y Tel Aviv o alinearse con el discurso de legalidad internacional defendido por el Gobierno.

La dirección nacional del PP, liderada por Alberto Núñez Feijóo desde la sede de Génova, ha optado en gran medida por una estrategia de confrontación con el Ejecutivo. Desde finales de febrero, el partido ha criticado las posiciones del Gobierno y ha evitado respaldar las condenas a los ataques que diversos sectores consideran contrarios al derecho internacional. Esta postura se enmarca en una dinámica política de oposición sistemática al discurso del Ejecutivo. Sin embargo, dentro del propio partido existen matices y divergencias que reflejan tensiones internas sobre cómo abordar el conflicto.

Uno de los sectores más firmemente alineados con la política exterior de Estados Unidos e Israel está representado por figuras del ala dura, como la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, o el expresidente del Gobierno José María Aznar. Ambos han manifestado en distintas ocasiones su cercanía ideológica y política con posiciones cercanas al trumpismo y al sionismo político. En el caso de Ayuso, sus recientes viajes a Estados Unidos y su participación en actos internacionales vinculados a medios y organizaciones proisraelíes refuerzan esta imagen. La dirigente madrileña ha defendido públicamente sus relaciones con Estados Unidos e Israel, afirmando que no se avergüenza de mantener dichos vínculos.

José María Aznar, por su parte, mantiene desde hace años una relación estrecha con organizaciones internacionales de apoyo al Estado de Israel. En 2010 fundó la iniciativa Friends of Israel Initiative, una plataforma internacional destinada a promover el respaldo político y diplomático a Israel. Este tipo de iniciativas, junto con su papel durante la guerra de Irak a comienzos del siglo XXI, han consolidado su perfil como uno de los líderes europeos más firmemente alineados con la política exterior estadounidense en la región.

Sin embargo, la aparente unidad que intenta proyectar la dirección nacional del Partido Popular se ha visto cuestionada por algunos dirigentes autonómicos. Varios “barones” regionales han empezado a mostrar posiciones más matizadas o directamente críticas con la intervención militar. El caso más visible es el del presidente de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco, quien ha señalado públicamente que los ataques sobre Irán parecen carecer del respaldo de la legalidad internacional. Su posicionamiento resulta especialmente significativo al producirse en un contexto electoral, donde el margen de maniobra política suele ser más limitado.

Otros líderes autonómicos también han adoptado discursos más prudentes. El presidente de Galicia, Alfonso Rueda, ha valorado positivamente algunas iniciativas del Gobierno destinadas a mitigar los efectos del conflicto, al tiempo que mantiene críticas hacia Pedro Sánchez. De forma similar, el president de la Generalitat Valenciana, Juanfran Pérez Llorca, ha apostado por una solución diplomática para resolver la crisis, aunque sin renunciar a cuestionar la actuación del Ejecutivo central. Incluso dentro del partido existen voces que han condenado con anterioridad la violencia en la región, como la presidenta de Extremadura, María Guardiola, quien ha denunciado el sufrimiento de la población civil en Gaza.

Estas diferencias reflejan un debate más amplio dentro del Partido Popular sobre su posicionamiento en política internacional. Mientras algunos dirigentes mantienen una línea de fuerte alineamiento con Estados Unidos e Israel, otros consideran más conveniente adoptar una postura centrada en la defensa del derecho internacional y la búsqueda de soluciones diplomáticas. El conflicto en Oriente Próximo, por tanto, no solo tiene repercusiones geopolíticas, sino que también actúa como un factor que evidencia tensiones internas dentro de la política española.

En conclusión, la guerra en Oriente Próximo ha reavivado en España el debate sobre la política exterior, el derecho internacional y el papel de los partidos políticos ante conflictos internacionales. La postura del Gobierno bajo el lema “No a la guerra” ha obligado al Partido Popular a posicionarse en un terreno delicado, donde conviven la confrontación política con el Ejecutivo y las divergencias internas entre sus propios dirigentes. Estas tensiones muestran cómo los conflictos internacionales pueden tener un impacto directo en la dinámica política nacional, revelando diferencias estratégicas y discursivas dentro de los propios partidos de derechas.

Fuente: El Plural.com

IA. Revolución silenciosa: Tecnología y Poder, en el nuevo orden mundial.

 Jonathan Brill, ‘futurólogo’ de IA, que ha asesorado a grandes multinacionales y al Departamento de Estado de EE UU, defiende que “todavía no estamos entendiendo el impacto que va a tener la robótica y otros avances tecnológicos en los siguientes años”

Para este futurólogo de Boston, de 52 años, la colaboración discontinua entre IA y trabadores o empresas, son señales tempranas del cambio profundo que está por venir.

A su juicio, la sociedad aún no comprende totalmente la magnitud del impacto que la robótica y la inteligencia artificial tendrán en los próximos años. Lo que hoy parece una innovación llamativa podría convertirse pronto en parte del tejido laboral y cotidiano en la vida urbana, del trabajo y de la economía global.

Brill se dedica precisamente a anticipar ese futuro, ofreciendo en Estados Unidos, conferencias a empresas y organizaciones para ayudarles a entender cómo podría ser el mundo dentro de cinco años y cómo posicionarse estratégicamente ante ese escenario.

La rapidez de los cambios tecnológicos ha generado un contexto empresarial completamente nuevo, donde adaptarse se ha vuelto una cuestión de supervivencia. Con esta idea en mente, Brill ha escrito junto a Stephen Wunker el libro La IA y la organización pulpo, una obra que explora cómo las empresas deben transformarse para operar en un entorno donde la inteligencia artificial será omnipresente. Además, ya trabaja en un nuevo volumen centrado en cómo las organizaciones pueden adaptarse a esta revolución tecnológica.

Aunque para gran parte del público la inteligencia artificial se hizo visible con el lanzamiento de ChatGPT en noviembre de 2022, Brill recuerda que en realidad se trata de una tecnología con más de setenta años de desarrollo. Según su visión, lo que ocurre ahora es que finalmente ha alcanzado un punto de madurez que permite su expansión a gran escala. Sin embargo, el verdadero salto aún está por venir. El futurólogo anticipa que el siguiente paso será la capacidad de la inteligencia artificial para programarse a sí misma sin intervención humana. Ya existen indicios de esta tendencia. En 2024, por ejemplo, un sistema conocido como The AI Scientist, desarrollado por la empresa japonesa Sakana AI, consiguió modificar su propio código para superar restricciones impuestas por sus creadores. Un año después, investigadores de la Universidad de Fudan, en Shanghái, lograron que dos modelos de lenguaje se replicaran a sí mismos con tasas de éxito de entre el 50 % y el 90 %.

Estos avances han alimentado temores sobre el futuro del empleo. Sin embargo, Brill se muestra sorprendentemente optimista. Para él, el hecho de que la inteligencia artificial pueda realizar más tareas no significa necesariamente que vaya a destruir puestos de trabajo. Más bien cree que transformará la naturaleza del trabajo humano. Los empleados, sostiene, dedicarán menos tiempo a tareas repetitivas y podrán concentrarse en labores más creativas y de mayor valor añadido. En su visión, la inteligencia artificial actuará como una ampliación de la capacidad intelectual humana. Llega incluso a afirmar que en los próximos años cualquier trabajador podría ser “treinta veces más inteligente que Einstein” gracias a la asistencia de estas herramientas.

Los datos actuales parecen respaldar parcialmente esta interpretación transformadora más que destructiva. Un estudio del Instituto Universitario Valenciano de Investigación en Inteligencia Artificial (VRAIN), de la Universidad Politécnica de Valencia, estima que alrededor del 20 % de los empleos en España ya están expuestos a la inteligencia artificial. Sin embargo, los investigadores subrayan que esta exposición no implica necesariamente sustitución laboral, sino cambios en las tareas y en la forma de desempeñar el trabajo.

Más allá de la inteligencia artificial, Brill identifica otra revolución tecnológica emergente: la computación espacial. Aunque todavía suena a ciencia ficción, esta tecnología consiste en integrar el mundo físico y el digital mediante sistemas capaces de procesar información espacial en tiempo real. Dispositivos como las gafas de realidad virtual o aumentada desarrolladas por grandes empresas tecnológicas son un primer paso en esa dirección. En el futuro, esta convergencia podría transformar la manera en que interactuamos con la información, el entorno y otras personas.

Pero el futurólogo no limita su análisis al ámbito tecnológico. También observa cómo estos avances están reconfigurando el equilibrio geopolítico mundial. En su opinión, el control de recursos estratégicos será uno de los grandes motores de conflicto en el futuro próximo. Brill señala, por ejemplo, que el canal de Panamá podría convertirse en un nuevo punto de tensión geopolítica. Las declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump sobre recuperar la influencia estadounidense en esa infraestructura reflejan, según él, la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China por las rutas comerciales y el control logístico global.

Desde esta perspectiva, algunas decisiones geopolíticas recientes pueden interpretarse como movimientos estratégicos en una partida global por los recursos energéticos y la influencia económica. Restricciones energéticas en determinados países, ataques a infraestructuras energéticas o sanciones internacionales forman parte de una lógica de competencia entre grandes potencias. Estados Unidos, China e India aparecen en este tablero como actores principales.

A largo plazo, Brill prevé que China e India experimentarán un crecimiento económico muy fuerte, lo que aumentará su demanda de materias primas y recursos naturales. Este fenómeno podría desencadenar lo que él denomina una “guerra por los recursos”, en la que el acceso a minerales, energía y materiales estratégicos se convertirá en un factor decisivo de poder. El desafío fundamental del siglo XXI, según su análisis, será lograr que estas potencias convivan pacíficamente mientras compiten por esos recursos.

En este escenario, el papel de Europa resulta incierto. Brill considera que la Unión Europea deberá avanzar hacia una mayor integración política y fortalecer su capacidad industrial si quiere mantener relevancia en el nuevo orden tecnológico y geopolítico. También sugiere seguir las recomendaciones de informes recientes que abogan por grandes inversiones estratégicas y por reducir dependencias críticas en sectores clave.

En definitiva, el mundo que describe Jonathan Brill se parece a una compleja partida de ajedrez global donde tecnología, economía y política se entrelazan. En sus palabras, Estados Unidos ya ha realizado su primer gran movimiento; China moverá su torre; India su alfil. La pregunta que queda abierta es si Europa podrá participar activamente en esa partida o si se limitará a observar desde la periferia mientras se define el futuro del orden mundial.

Fuente: El País.com

ANEXO I

Para 2030, la inteligencia artificial (IA) será una tecnología omnipresente y transversal que automatizará hasta el 30% de las horas laborales actuales, transformando radicalmente el mercado de trabajo y la economía global. 

Se espera una integración profunda de la IA en la vida cotidiana, con el potencial de adoptar formas físicas como robots humanoides y requerir un enfoque humano en la creatividad y habilidades emocionales.

Aquí se detallan donde impactará la IA en el horizonte 2030:

  • Revolución Laboral y Automatización.- La IA generativa y la automatización inteligente realizarán tareas tanto repetitivas como creativas, impactando en la mayoría de los sectores, lo que plantea una necesidad urgente de adaptación ante posibles niveles elevados de desempleo o reubicación laboral. Algunos expertos, como el investigador Roman Yampolskiy, sugieren riesgos de desplazamiento laboral a gran escala.
  • IA de Propósito General y Robots.- Para 2030, la IA no será solo software, sino que podría materializarse en robots humanoides. Los sistemas de IA serán capaces de resolver problemas complejos de forma autónoma.
  • Impacto Económico.- Se estima que la IA impulse la economía mundial en miles de millones de dólares, aumentando la eficiencia y productividad.
  • Sostenibilidad y Agenda 2030.- La IA actuará como un catalizador para los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), optimizando el consumo energético, impulsando la economía circular y mitigando el cambio climático.
  • Ética y Gobernanza.- Será fundamental desarrollar marcos regulatorios para asegurar una IA ética, transparente y sin sesgos, protegiendo los derechos humanos