La falta de planificación y las discrepancias entre el mandatario estadounidense y el israelí complican un conflicto que ha puesto patas arriba Oriente Próximo y la economía global.
La
guerra de Trump: instinto, poder y sin callejón de salida
Sin embargo, el conflicto con Irán actual, parece
representar una ruptura con ese patrón tradicional. La actuación del presidente
Donald Trump sugiere una política exterior cada vez más guiada por impulsos
personales, cálculos políticos internos y alianzas estratégicas
circunstanciales. El resultado es una guerra que, lejos de ofrecer una salida
clara, ha conducido a un escenario de incertidumbre geopolítica, tensiones
económicas y riesgos crecientes de escalada regional.
Uno
de los aspectos más reveladores de esta situación es el silencio relativo de
Trump sobre el conflicto en su red social Truth Social. Aunque el presidente
suele utilizar esta plataforma como altavoz político y termómetro emocional, la
guerra con Irán apenas aparece en sus mensajes. Según la periodista Susan
Glasser, esta reticencia podría deberse a varias razones: el cansancio ante un
tema complejo, la dificultad de reconciliar la guerra con su promesa de evitar
nuevos conflictos en Oriente Próximo o el temor a abordar las consecuencias
económicas del enfrentamiento. También puede reflejar una estrategia política:
su base electoral quizá prefiera otros temas domésticos antes que un conflicto
internacional incierto.
Las
críticas de expertos en política internacional apuntan precisamente a la falta
de planificación estratégica. El analista Frederic Wehrey sostiene que la
intervención combina objetivos mal definidos, una comprensión limitada del
sistema político iraní y una grave subestimación de la respuesta de Teherán. En
una línea similar, el académico Charles Kupchan argumenta que la política
exterior estadounidense parece haber perdido su carácter institucional: en
lugar de un proceso de deliberación gubernamental, se observa un pequeño
círculo de figuras políticas que siguen los instintos del presidente.
El
desarrollo inicial de la guerra ilustra esta dinámica. La ofensiva conjunta con
Israel respondió, según el propio Trump, a un “pálpito” sobre la oportunidad de
atacar. El golpe fue rápido y logró eliminar al líder supremo iraní, Ali
Khamenei. Sin embargo, la muerte de Jameneí podría haber tenido consecuencias
estratégicas contraproducentes. Algunos especialistas consideran que era una de
las voces dentro del régimen más prudentes respecto al desarrollo acelerado de
armas nucleares. Su desaparición podría facilitar el ascenso de figuras más
cercanas a la Guardia Revolucionaria, como su hijo Mojtaba, inclinando al país
hacia posiciones más radicales.
Además, la ofensiva reveló importantes fallos de planificación. No existían planes claros para evacuar a los ciudadanos estadounidenses atrapados en la región, ni se evaluó adecuadamente la capacidad iraní de escalar el conflicto. Irán respondió de forma indirecta pero eficaz, agravando la inestabilidad regional y amenazando rutas estratégicas para la economía mundial.
El punto crítico de
esta dinámica es el Estrecho de Ormuz, paso marítimo por el que circula
aproximadamente el 25% del petróleo mundial, donde las acciones iraníes
contra buques en la zona han provocado interrupciones en el tránsito y fuertes
fluctuaciones en los mercados energéticos.
La
escalada militar continuó con el ataque estadounidense contra la isla de Kharg
Island, centro neurálgico de las exportaciones petroleras iraníes. Esta
operación elevó aún más el riesgo de una guerra regional abierta. Ante la
amenaza al tráfico marítimo, Trump pidió incluso la intervención de diversas
potencias internacionales para garantizar la seguridad de la ruta, lo que
evidencia la dimensión global del conflicto y la ausencia de un plan estratégico realista.
El
papel de Israel también resulta fundamental para comprender la guerra. El
primer ministro Benjamin Netanyahu impulsó durante meses la idea de una acción
militar contra Irán. Inicialmente ambos líderes compartían el objetivo de
provocar un cambio de régimen en la República Islámica. Sin embargo, conforme
avanzan las semanas y crecen las hostilidades, el discurso israelí parece haber
evolucionado hacia metas más limitadas, como debilitar el programa nuclear
iraní o reducir la capacidad de sus aliados regionales, entre ellos Hezbollah.
Esta
evolución refleja una realidad estratégica: los objetivos iniciales pueden
haber sido demasiado ambiciosos. Algunos analistas israelíes reconocen que ni
la eliminación total de Hezbollah ni la derrota completa de Irán parecen
alcanzables. En consecuencia, el conflicto corre el riesgo de transformarse en
una prolongada guerra de desgaste.
Las
motivaciones políticas internas también influyen en las decisiones de los
líderes. Para Netanyahu, el conflicto tiene un componente electoral y personal.
Su liderazgo se enfrenta a elecciones próximas y a una opinión pública
dividida. Para Trump, en cambio, la guerra se relaciona más con su legado
histórico. En su segundo mandato, busca consolidar una imagen de presidente
fuerte que se enfrentó a una teocracia hostil surgida tras la Iranian
Revolution.
Sin
embargo, la guerra también tiene costes políticos dentro de Estados Unidos. Con
las elecciones legislativas de medio mandato acercándose, algunos republicanos
temen el impacto económico del conflicto. El aumento del precio de la gasolina
y el coste creciente de la operación militar podrían afectar al electorado. A
ello se suman episodios de violencia en territorio estadounidense que algunos
relacionan con la tensión internacional, lo que incrementa la presión sobre la
administración.
A
diferencia de lo ocurrido en Israel, donde el apoyo popular a la guerra es
amplio, la opinión pública estadounidense muestra un respaldo mucho más
limitado. Este contraste refleja la diferencia entre un país que percibe la
amenaza como inmediata y otro que enfrenta las consecuencias indirectas del
conflicto.
En
última instancia, la guerra de Trump parece caracterizarse por una paradoja
fundamental. Se trata de un conflicto impulsado en gran medida por decisiones
personales y motivaciones políticas, pero cuyos efectos trascienden ampliamente
a quienes lo iniciaron. El resultado es un escenario estratégico incierto, en
el que los objetivos iniciales se diluyen mientras crecen los riesgos de, escalada regional, crisis económica y desgaste político.
El silencio del presidente en Truth Social simboliza esta contradicción. La plataforma donde Trump suele expresar con más libertad su visión del mundo se convierte, en este caso, en un espacio donde la guerra apenas se menciona. Tal vez porque, más que una victoria clara, el conflicto representa una incómoda realidad: un enfrentamiento que todavía no tiene final visible y que para bien o para mal, podría definir el legado político de su presidencia.
Fuente: El País.com
