16 de marzo de 2026

De los negocios de la familia Trump en el golfo Pérsico. Y de las exigencias del Presidente Trump para que la OTAN se implique en la guerra de Irán.

 El presidente de Estados Unidos y su familia, mantienen una próspera relación comercial con entidades y autoridades de Oriente Próximo, donde han extendido sus negocios desde la vuelta de Trump a la Casa Blanca. 

La relación entre poder político y poder económico ha sido históricamente un terreno complejo y, en ocasiones, polémico.

 En el caso de Donald Trump, presidente de Estados Unidos y empresario inmobiliario, esa relación adquiere una dimensión particular debido a la estrecha conexión entre su imperio empresarial y sus responsabilidades políticas. Desde su regreso a la Casa Blanca, los vínculos comerciales de la familia Trump con las monarquías del golfo Pérsico se han intensificado, ampliando la presencia de sus negocios en Oriente Próximo y alimentando un debate sobre posibles conflictos de intereses entre el ejercicio del poder y la obtención de beneficios privados.

El origen del imperio económico de Trump se remonta a la figura de su padre, Fred Trump, un próspero promotor inmobiliario que, a mediados del siglo XX, construyó numerosos bloques de viviendas destinados a la clase media en los barrios neoyorquinos de Brooklyn y Queens. Donald Trump heredó ese legado empresarial, pero aspiró a llevarlo mucho más lejos. Con una visión ambiciosa y agresiva del negocio, transformó la empresa familiar en un símbolo del lujo inmobiliario en Nueva York. La construcción de la Trump Tower en Manhattan, que pronto se convirtió en uno de los edificios más emblemáticos del skyline de la ciudad, representó el salto definitivo hacia la consolidación de su figura como magnate del sector inmobiliario.

Trump siempre ha defendido una filosofía empresarial basada en la ambición y la expansión constante. En su libro autobiográfico The Art of the Deal, publicado en 1987 junto al periodista Tony Schwartz, explicaba que prefería “pensar a lo grande” porque, si había que pensar de todos modos, lo mejor era hacerlo sin límites. Esta mentalidad le permitió expandir su marca mucho más allá de los rascacielos de Nueva York, diversificando su negocio hacia hoteles de lujo, casinos y campos de golf en distintos lugares del mundo.

Con el paso de las décadas, su fortuna ha crecido considerablemente. Diversas estimaciones sitúan su patrimonio entre los 6.500 y los 7.500 millones de dólares. No obstante, calcular con exactitud la riqueza de Trump resulta complicado debido a la estructura privada de sus empresas y a la compleja red de propiedades inmobiliarias y sociedades que forman su conglomerado empresarial.

En los últimos años, la expansión de los negocios de la familia Trump se ha apoyado especialmente en sus relaciones con las monarquías del golfo Pérsico. Países como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos o Qatar se han convertido en socios estratégicos en proyectos inmobiliarios y financieros vinculados a la marca Trump. En esta región, caracterizada por su abundancia de capital procedente de la industria energética, el apellido del presidente estadounidense se ha transformado en una poderosa franquicia asociada al lujo y al prestigio. Gobiernos y empresarios de estos países pagan importantes sumas de dinero para utilizar la marca Trump en hoteles, complejos residenciales o campos de golf.

Esta expansión empresarial ha coincidido con un momento de gran relevancia geopolítica en Oriente Próximo. La región atraviesa conflictos y procesos de reconstrucción que pueden generar oportunidades económicas de enorme magnitud. En este contexto, algunos críticos señalan que la presencia de negocios vinculados a la familia del presidente podría generar dudas sobre la independencia de la política exterior estadounidense en la zona.

Durante su primer mandato presidencial, entre 2017 y 2021, Trump aseguró que sus empresas evitarían firmar nuevos acuerdos comerciales en el extranjero para impedir la mezcla entre intereses empresariales y responsabilidades políticas. Sin embargo, en su segundo mandato la situación parece haber cambiado. Diversas informaciones indican que los proyectos inmobiliarios y financieros vinculados a la Organización Trump en el extranjero podrían generar ingresos superiores a los 400 millones de dólares, una cifra muy superior a los beneficios obtenidos durante su primera presidencia.

Gran parte de esta expansión empresarial ha sido gestionada por los hijos del presidente, Donald Trump Jr. y Eric Trump, quienes asumieron la dirección de la Organización Trump cuando su padre llegó por primera vez a la Casa Blanca. Bajo su liderazgo, la empresa familiar ha firmado numerosos acuerdos en ciudades como Dubái, Abu Dabi, Doha o Riad. Estos proyectos incluyen complejos residenciales de lujo, hoteles y campos de golf, muchos de ellos desarrollados en colaboración con empresas estrechamente vinculadas a los gobiernos de la región.

Además del sector inmobiliario, la familia Trump ha encontrado nuevas oportunidades en el mundo digital y en el creciente mercado de las criptomonedas. Los hijos del presidente han impulsado iniciativas relacionadas con la minería de bitcoin, la tokenización de activos y plataformas financieras digitales. Este sector, que combina tecnología y finanzas globales, ha atraído inversiones procedentes del Golfo, reforzando aún más los vínculos entre los negocios familiares y los grandes capitales de la región.

Las alianzas empresariales también se extienden a figuras influyentes del ámbito político y económico. Jared Kushner, yerno de Trump y antiguo asesor en la Casa Blanca, dirige un fondo de inversión con miles de millones de dólares aportados por inversores del Golfo, entre ellos el fondo soberano de Arabia Saudí. Estas conexiones ilustran cómo la red de relaciones entre política, diplomacia y negocios se ha vuelto cada vez más estrecha.

Sin embargo, este entramado de intereses no está exento de controversia. Diversas organizaciones de vigilancia ética y algunos analistas políticos advierten que la acumulación simultánea de poder político y beneficios empresariales puede generar conflictos de intereses. Desde su punto de vista, el hecho de que empresas vinculadas al presidente obtengan contratos o inversiones en países con los que Estados Unidos mantiene relaciones estratégicas podría influir en decisiones de política exterior.

Por el contrario, los defensores del presidente sostienen que las críticas responden en gran medida a motivaciones políticas y que no existen pruebas de que Trump haya utilizado su cargo para beneficiar directamente a sus negocios. Portavoces de la Casa Blanca han rechazado reiteradamente las acusaciones, afirmando que el presidente actúa exclusivamente en función de los intereses de Estados Unidos.

En definitiva, el caso de Donald Trump refleja las tensiones que pueden surgir cuando un líder político mantiene al mismo tiempo una extensa red de intereses empresariales internacionales. La expansión de su imperio en Oriente Próximo demuestra cómo la globalización de los negocios puede entrelazarse con la geopolítica contemporánea. Mientras sus aliados destacan el dinamismo económico y la capacidad de atraer inversiones, sus críticos continúan señalando la necesidad de establecer límites más claros entre el ejercicio del poder público y los intereses privados. El debate, por tanto, sigue abierto y constituye un ejemplo significativo de los desafíos éticos y políticos que plantea la intersección entre negocios y liderazgo político en el siglo XXI.

Fuente: El País.com


ESTRECHO DE ORMUZ. Punto crítico para la seguridad y la economía global.

La UE estudia cómo ayudar a reabrir el estrecho de Ormuz pero rechaza las amenazas de Trump

El posible cierre del estrecho de Ormuz debido al conflicto con Irán se ha convertido en una de las principales preocupaciones para Europa y para la estabilidad económica mundial. 

Su bloqueo no solo afectaría al suministro energético global, sino que también podría provocar un aumento de la tensión geopolítica y arrastrar a nuevas potencias al conflicto. Ante esta situación, los ministros de Exteriores de la Unión Europea han debatido en Bruselas sobre las posibles respuestas, mientras intentan evitar una escalada militar y defender una solución diplomática.

Uno de los elementos más sensibles del debate es la presión ejercida por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien ha advertido que la OTAN podría enfrentarse a un “futuro muy malo” si los aliados no ayudan a reabrir el estrecho de Ormuz. Sin embargo, muchos líderes europeos consideran que el conflicto no corresponde al ámbito de actuación de la Alianza Atlántica. La alta representante de la Unión Europea para Política Exterior, Kaja Kallas, recordó que el estrecho de Ormuz se encuentra fuera del área de responsabilidad de la OTAN, subrayando así la postura de cautela adoptada por varios países europeos.

En este contexto, Kallas ha propuesto estudiar la posibilidad de modificar el mandato de la misión naval europea Aspides. Esta operación, actualmente centrada en proteger la navegación en el mar Rojo frente a los ataques de los rebeldes hutíes de Yemen, podría adaptarse para contribuir a garantizar la seguridad marítima en el estrecho de Ormuz. No obstante, esta propuesta ha generado reticencias entre algunos Estados miembros. Países como Alemania y España consideran que ampliar el mandato de la misión no necesariamente aumentaría la seguridad y podría implicar una mayor militarización de la zona.

La postura española, representada por el ministro de Exteriores José Manuel Albares, se centra claramente en la necesidad de reducir la tensión. Según Albares, la prioridad de Europa debe ser trabajar por la desescalada del conflicto, ya que las soluciones exclusivamente militares rara vez generan estabilidad, democracia o prosperidad económica. En una línea similar, el ministro alemán Johann Wadephul expresó su escepticismo sobre la eficacia de ampliar la misión naval europea para garantizar la seguridad en Ormuz.

Ante estas dudas, la Unión Europea también estudia alternativas diplomáticas. Entre ellas destaca la posibilidad de promover una iniciativa internacional similar al acuerdo que permitió exportar grano ucraniano a través del mar Negro durante la guerra entre Rusia y Ucrania. Esta propuesta, discutida entre Kallas y el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, pretende garantizar el tránsito marítimo en la región mediante un mecanismo negociado entre las partes implicadas. El objetivo sería evitar una crisis energética y alimentaria global, ya que el bloqueo del estrecho no solo afectaría al petróleo, sino también al comercio de fertilizantes, fundamentales para la producción agrícola mundial.

Mientras tanto, existe un amplio consenso en Europa en rechazar la idea de que la OTAN intervenga directamente en el conflicto. Diversos responsables políticos han insistido en que se trata de una guerra iniciada por Estados Unidos e Israel contra Irán sin consultar previamente a sus aliados. El ministro alemán de Defensa, Boris Pistorius, fue especialmente contundente al afirmar que “esta no es nuestra guerra”. Desde su punto de vista, enviar fragatas europeas al estrecho de Ormuz no cambiaría la situación, especialmente teniendo en cuenta la enorme capacidad militar de Estados Unidos en la región.

Además, algunos líderes europeos han criticado el tono de las amenazas estadounidenses. El ministro de Exteriores de Luxemburgo, Xavier Bettel, advirtió que el “chantaje” no es la mejor forma de obtener apoyo de los aliados y recordó que los países europeos son importantes clientes de la industria armamentística estadounidense. Estas declaraciones reflejan una creciente preocupación en Europa por mantener la autonomía estratégica y evitar verse arrastrada a conflictos que no ha iniciado.

Incluso el Reino Unido, tradicionalmente cercano a Washington, ha adoptado una postura prudente. El primer ministro británico, Keir Starmer, ha señalado que su país no se dejará arrastrar a la ofensiva contra Irán y que la prioridad debe ser encontrar una solución que permita reabrir el estrecho sin intensificar la guerra. Para el Gobierno británico, el mejor modo de reducir el impacto económico de la crisis energética es poner fin al conflicto mediante negociaciones.

En conclusión, la crisis en el estrecho de Ormuz representa un desafío crucial para la seguridad internacional y la economía global. Aunque Europa reconoce la gravedad de la situación, la mayoría de sus líderes se muestran reticentes a adoptar una respuesta militar directa o a implicar a la OTAN en el conflicto. En su lugar, la Unión Europea apuesta por la diplomacia, la desescalada y la cooperación internacional como vías para garantizar la estabilidad en una de las regiones más estratégicas del mundo.

Fuente: El País.com


POSDATA

Fuentes de la Casa Blanca, citadas por The New York Times, indican que el príncipe saudí Mohammed bin Salman, ha aconsejado al presidente Donald Trump que continúe presionando con fuerza a Irán. 

Esta postura coincide con la de su padre, el rey Abdulá bin Abdulaziz Al Saud, quien anteriormente habría pedido a Washington actuar con contundencia contra el gobierno iraní.

Paralelamente, Mohammed bin Salman y el presidente de los Emiratos Árabes Unidos, Mohammed bin Zayed Al Nahyan, han debatido si los países del Golfo deben seguir evitando una confrontación directa con Irán. Ambos líderes denunciaron los ataques iraníes en países del Consejo de Cooperación del Golfo y advirtieron que suponen una escalada peligrosa para la seguridad regional. También afirmaron que los estados del Golfo continuarán reforzando la defensa de sus territorios y los esfuerzos para mantener la estabilidad en la región.

Fuente: 20minutos.com