Hasta casi un mes después de iniciarse el conflicto, EE.UU. no cayó en la cuenta, que Trump les había metido en la trampa estratégica de Irán, que salvando las distancias, recuerda mucho a cuando, primero Bonaparte y después Hitler, invadieron Rusia y ambos se toparon con el general invierno.
Lejos de
constituir una anomalía, la guerra contra Irán se inscribe dentro de una lógica
recurrente en la política exterior de Estados Unidos, una lógica que evidencia
no tanto su fortaleza como su resistencia a reconocer un declive relativo que
se arrastra desde el final de la Guerra Fría.
El
paralelismo con la invasión de Irak en 2003 resulta difícil de ignorar.
Entonces, bajo el liderazgo de George W. Bush, la amenaza de armas de
destrucción masiva atribuida a Saddam Hussein sirvió como justificación central
para la intervención. Hoy, el foco se sitúa en el programa nuclear iraní. En
ambos casos, la urgencia política y la amplificación mediática han precedido a
un escrutinio internacional que, con el tiempo, erosiona la credibilidad de
Washington. No se trata de una repetición meramente retórica, sino de una
constante estructural en la toma de decisiones estratégicas.
Esta
recurrencia también se manifiesta en la planificación militar. Estados Unidos
continúa confiando en su abrumadora superioridad tecnológica y operativa, en su
capacidad de proyectar fuerza de manera rápida y contundente. Sin embargo, la
experiencia demuestra que ganar la guerra no implica necesariamente ganar la
paz. La posguerra en Irak derivó en una espiral de violencia sectaria,
insurgencia y fragmentación estatal, consecuencia directa de la ausencia de una
estrategia para el “día después”. En el caso de Irán, esa misma carencia vuelve
a aparecer como un déficit crítico, lo que sugiere una preocupante falta de
aprendizaje institucional.
A esta
deficiencia se suma otro elemento clave: la marginación de voces expertas que
advierten sobre los riesgos de la intervención. La política exterior parece
atrapada en una dinámica de cierre cognitivo en la que la discrepancia no se
integra, sino que se descarta. El resultado es una estrategia ambigua, sin
objetivos políticos claramente definidos. ¿Se busca desmantelar el programa
nuclear iraní? ¿Provocar un cambio de régimen en Irán? ¿O limitar su influencia
regional? Esta indefinición no es un detalle menor, sino el síntoma de una
intervención sin horizonte.
Las guerras sin objetivos claros rara vez terminan de manera favorable, precisamente porque carecen de un punto final legitimado tanto interna como externamente. En este contexto, el posible cierre del estrecho de Ormuz adquiere una dimensión crítica. Por esta vía transita una parte sustancial del petróleo y gas mundial, lo que convierte cualquier alteración en un problema de escala global.
Irán, como país atacado, responde con una estrategia militar asimétrica, ampliando el campo de
batalla y trasladando la confrontación a terrenos donde puede compensar su
inferioridad militar convencional.
Estados
Unidos se enfrenta así a una paradoja bien conocida, sintetizada en la llamada
“regla de Pottery Barn”: si lo rompes, te lo quedas. Intervenir implica asumir
la responsabilidad de gestionar las consecuencias. En Irak, esto supuso años de
ocupación, reconstrucción fallida y desgaste político. En el escenario iraní,
implica garantizar la estabilidad de una arteria energética global cuya
interrupción amenaza con desestabilizar la economía mundial.
La
administración de Donald Trump se encuentra, por tanto, ante una disyuntiva
clásica. Escalar el conflicto, incluso con el despliegue de tropas terrestres,
o retirarse asumiendo costes económicos, tensiones con aliados y un daño
significativo a la credibilidad internacional. Ninguna de las opciones es
favorable, pero ambas derivan de una estrategia inicialmente mal concebida.
En
este contexto, el recurso a la diplomacia coercitiva —como el despliegue de
unidades militares con amenazas implícitas— no resuelve el problema de fondo.
Por el contrario, incrementa el riesgo de una escalada no controlada en una
región ya de por sí volátil. Además, las consecuencias geopolíticas tienden a
reproducir dinámicas ya observadas: actores como Rusia se ven beneficiados por
el aumento de los precios energéticos y por la redistribución de recursos
militares occidentales, lo que indirectamente fortalece su posición en otros
escenarios como Ucrania.
A esta
complejidad se añade la falta de coherencia estratégica entre aliados. Las
divergencias entre Estados Unidos e Israel en cuanto a ritmos y objetivos
introducen una disonancia que debilita la posición occidental en la región.
Mientras Washington actúa con urgencia, otros actores adoptan enfoques más
graduales, adaptados a objetivos de largo plazo. Irán, por su parte, juega con
el tiempo, la expansión del conflicto y los efectos económicos globales como
instrumentos de presión.
En
última instancia, la guerra contra Irán no solo pone de manifiesto los límites
del poder militar estadounidense, sino también las carencias de su pensamiento
estratégico. Lejos de reforzar su liderazgo global, estas intervenciones
tienden a erosionarlo, evidenciando la necesidad de un enfoque más cooperativo
en un sistema internacional cada vez más multipolar.
La ilegalidad de la intervención constituye un elemento central, pero no el único problema. También importan las formas y los fines. La ausencia de claridad estratégica incrementa la incertidumbre global y plantea una cuestión fundamental, ¿qué ocurre después?
La respuesta a esta pregunta se perfila como
la verdadera medida del declive relativo de Estados Unidos. Porque las guerras
sin planificación, sin objetivos claros y sin comprensión del contexto no solo
se pierden en el terreno, sino también en el tablero global.
Fuente: Publico.es
