La escalada bélica en Oriente Medio revela una dinámica de poder en la que la política interna, los intereses geoestratégicos, el petróleo y las rivalidades regionales se combinan de forma explosiva.
El resultado es un conflicto que amenaza no solo con transformar
el equilibrio político de Oriente Medio, sino también con desestabilizar la
economía mundial.
La
guerra contra Irán se desarrolla en un contexto de creciente inseguridad
marítima y energética. El estrecho de Estrecho de Ormuz, paso estratégico por
donde transita aproximadamente el 20 % del petróleo mundial, se ha convertido
en un punto crítico de la confrontación. Los ataques a petroleros y cargueros,
así como la amenaza iraní de considerar objetivos legítimos a buques vinculados
con Estados Unidos, Israel o sus aliados, han generado un clima de
incertidumbre global. El riesgo de un cierre efectivo de esta vía marítima,
sumado al minado de la zona y a las operaciones militares en curso, plantea la
posibilidad de una crisis energética de alcance global, con el precio del
petróleo disparándose y el comercio internacional amenazado. Hoy mismo, en respuesta
a la amenaza incluida en el discurso del líder supremo iraní en el sentido de cerrar
el estrecho de Ormut y estrangular la economía mundial, el presidente
estadounidense, Donald Trump, ha restado importancia a la actual subida exponencial
de los precios de la gasolina, considerando incluso que benefician a su país, asegurando que
son “el mayor productor de petróleo del mundo de lejos, así que cuando los
precios suben, ganamos un montón de dinero” que quizás para EE.UU.
En
este escenario, la política estadounidense aparece marcada por la ambigüedad.
Las declaraciones de Trump sobre el final inminente de la guerra contrastan con
la realidad sobre el terreno. Mientras el presidente afirma que el conflicto
terminará cuando él lo decida, los hechos indican que la capacidad militar y
política de Irán está lejos de haber sido derrotada. Esta contradicción
debilita la posición estratégica de Washington y deja espacio para que Israel
actúe con una autonomía cada vez mayor.
Netanyahu
ha sabido aprovechar este margen de maniobra. Su gobierno ha intensificado los
ataques contra objetivos en Irán y ha abierto simultáneamente un segundo frente
en el Líbano. Con ello persigue varios objetivos: debilitar decisivamente al
régimen iraní, neutralizar a sus aliados regionales y consolidar la posición
estratégica de Israel. Sin embargo, estas metas geopolíticas se mezclan con
cálculos políticos internos. El líder israelí enfrenta procesos judiciales por
corrupción y unas elecciones parlamentarias decisivas; una guerra prolongada
puede reforzar su liderazgo y consolidar el apoyo de un electorado que percibe
el conflicto como una lucha existencial.
La
ofensiva en el Líbano ilustra esta estrategia de expansión del conflicto. Bajo
el argumento de destruir a las milicias de Hezbollah, Israel ha llevado a cabo
bombardeos masivos en el sur del país, en el valle de la Bekaa y en los
suburbios de Beirut. La presencia de bases de la milicia en áreas urbanas ha
provocado que numerosos ataques afecten directamente a zonas residenciales,
generando una grave crisis humanitaria con cientos de muertos y cientos de
miles de desplazados. Este patrón recuerda al que se produjo en la devastación
de la Franja de Gaza, tras la ofensiva iniciada después del ataque de
Hamas contra Israel en 2023.
El
riesgo de replicar el “modelo Gaza” en el Líbano preocupa a muchos analistas y
gobiernos de la región. A diferencia de Gaza, el Líbano es un Estado con
múltiples fracturas internas y con instituciones debilitadas, lo que lo hace
particularmente vulnerable a una desestabilización profunda. La posibilidad de
que parte de su territorio sea ocupado o controlado indirectamente por Israel
alimenta los temores de una transformación radical del mapa político regional.
En paralelo, la guerra contra Irán también planteaba incertidumbres sobre el futuro del liderazgo iraní. El asesinato del líder supremo Ali Jamenei, abrió dudas sobre una disputa por la sucesión que podría reforzar a sectores más radicales del régimen, especialmente a aquellos vinculados con los Guardianes de la Revolución. La llegada al poder de Mojtaba Jameneí —hijo del anterior líder supremo fallecido— al ser considerado del sector duro, en teoría, podría prolongar el ciclo de confrontación y dificultar cualquier intento de negociación.
En conclusión, el conflicto actual refleja cómo las guerras contemporáneas no se explican únicamente por rivalidades militares y económicas, sino también por cálculos políticos internos y disputas por la hegemonía regional.
Las contradicciones de la política estadounidense han permitido a Israel ampliar su margen de acción, mientras que la estrategia de Netanyahu combina ambiciones geopolíticas con necesidades electorales.
En medio de estas maniobras de poder, el mayor costo
lo pagan las poblaciones civiles de Irán, el Líbano y Palestina, atrapadas en
una guerra que amenaza con extenderse y redefinir el equilibrio de Oriente
Medio durante las próximas décadas.
Fuente: Publico.es
