12 de marzo de 2026

Guerra, poder, petróleo y cálculo político en Oriente Medio.

 La escalada bélica en Oriente Medio revela una dinámica de poder en la que la política interna, los intereses geoestratégicos, el petróleo y las rivalidades regionales se combinan de forma explosiva.


En el centro de esta crisis se sitúan las tensiones entre Estados Unidos, Israel e Irán, un triángulo de poder donde las decisiones contradictorias de Donald Trump han contribuido a que Benjamín Netanyahu marque el ritmo de la confrontación. 

El resultado es un conflicto que amenaza no solo con transformar el equilibrio político de Oriente Medio, sino también con desestabilizar la economía mundial.

La guerra contra Irán se desarrolla en un contexto de creciente inseguridad marítima y energética. El estrecho de Estrecho de Ormuz, paso estratégico por donde transita aproximadamente el 20 % del petróleo mundial, se ha convertido en un punto crítico de la confrontación. Los ataques a petroleros y cargueros, así como la amenaza iraní de considerar objetivos legítimos a buques vinculados con Estados Unidos, Israel o sus aliados, han generado un clima de incertidumbre global. El riesgo de un cierre efectivo de esta vía marítima, sumado al minado de la zona y a las operaciones militares en curso, plantea la posibilidad de una crisis energética de alcance global, con el precio del petróleo disparándose y el comercio internacional amenazado. Hoy mismo, en respuesta a la amenaza incluida en el discurso del líder supremo iraní en el sentido de cerrar el estrecho de Ormut y estrangular la economía mundial, el presidente estadounidense, Donald Trump, ha restado importancia a la actual subida exponencial de los precios de la gasolina, considerando incluso que benefician a su país, asegurando que son “el mayor productor de petróleo del mundo de lejos, así que cuando los precios suben, ganamos un montón de dinero” que quizás para EE.UU. sea ése el motivo de esta guerra.

En este escenario, la política estadounidense aparece marcada por la ambigüedad. Las declaraciones de Trump sobre el final inminente de la guerra contrastan con la realidad sobre el terreno. Mientras el presidente afirma que el conflicto terminará cuando él lo decida, los hechos indican que la capacidad militar y política de Irán está lejos de haber sido derrotada. Esta contradicción debilita la posición estratégica de Washington y deja espacio para que Israel actúe con una autonomía cada vez mayor.

Netanyahu ha sabido aprovechar este margen de maniobra. Su gobierno ha intensificado los ataques contra objetivos en Irán y ha abierto simultáneamente un segundo frente en el Líbano. Con ello persigue varios objetivos: debilitar decisivamente al régimen iraní, neutralizar a sus aliados regionales y consolidar la posición estratégica de Israel. Sin embargo, estas metas geopolíticas se mezclan con cálculos políticos internos. El líder israelí enfrenta procesos judiciales por corrupción y unas elecciones parlamentarias decisivas; una guerra prolongada puede reforzar su liderazgo y consolidar el apoyo de un electorado que percibe el conflicto como una lucha existencial.

La ofensiva en el Líbano ilustra esta estrategia de expansión del conflicto. Bajo el argumento de destruir a las milicias de Hezbollah, Israel ha llevado a cabo bombardeos masivos en el sur del país, en el valle de la Bekaa y en los suburbios de Beirut. La presencia de bases de la milicia en áreas urbanas ha provocado que numerosos ataques afecten directamente a zonas residenciales, generando una grave crisis humanitaria con cientos de muertos y cientos de miles de desplazados. Este patrón recuerda al que se produjo en la devastación de la Franja de Gaza, tras la ofensiva iniciada después del ataque de Hamas contra Israel en 2023.

El riesgo de replicar el “modelo Gaza” en el Líbano preocupa a muchos analistas y gobiernos de la región. A diferencia de Gaza, el Líbano es un Estado con múltiples fracturas internas y con instituciones debilitadas, lo que lo hace particularmente vulnerable a una desestabilización profunda. La posibilidad de que parte de su territorio sea ocupado o controlado indirectamente por Israel alimenta los temores de una transformación radical del mapa político regional.

En paralelo, la guerra contra Irán también planteaba incertidumbres sobre el futuro del liderazgo iraní. El asesinato del líder supremo Ali Jamenei, abrió dudas sobre una disputa por la sucesión que podría reforzar a sectores más radicales del régimen, especialmente a aquellos vinculados con los Guardianes de la Revolución. La llegada al poder de Mojtaba Jameneí —hijo del anterior líder supremo fallecido al ser considerado del sector duro, en teoría, podría prolongar el ciclo de confrontación y dificultar cualquier intento de negociación.

En conclusión, el conflicto actual refleja cómo las guerras contemporáneas no se explican únicamente por rivalidades militares y económicas, sino también por cálculos políticos internos y disputas por la hegemonía regional.

 Las contradicciones de la política estadounidense han permitido a Israel ampliar su margen de acción, mientras que la estrategia de Netanyahu combina ambiciones geopolíticas con necesidades electorales.

 En medio de estas maniobras de poder, el mayor costo lo pagan las poblaciones civiles de Irán, el Líbano y Palestina, atrapadas en una guerra que amenaza con extenderse y redefinir el equilibrio de Oriente Medio durante las próximas décadas.

Fuente: Publico.es