El día en que Estados Unidos e Israel atacaron a Irán, la reacción de China fue deliberadamente cautelosa.
Al día
siguiente, el ministro de Relaciones Exteriores, Wang Yi, condenó los ataques
por considerarlos inaceptables y reiteró la necesidad de conversaciones. Sin
embargo, más allá de la condena verbal, no hubo señales de una intervención
directa. Esta respuesta refleja una característica constante de la política
exterior china: denunciar el uso de la fuerza mientras evita implicarse
militarmente en conflictos lejanos, priorizando sus intereses estratégicos a
largo plazo.
Uno de
los factores que explican esta postura es el contexto diplomático inmediato.
En ese momento estaba prevista una visita del presidente estadounidense Donald
Trump a Beijing, donde se reuniría con el líder chino Xi Jinping. Para China,
mantener una relación manejable con Estados Unidos es fundamental, incluso en
momentos de tensión internacional. Abrir un nuevo frente de confrontación en
torno a Irán podría complicar aún más una relación bilateral ya compleja, que
incluye disputas comerciales, tecnológicas y geopolíticas, así como la cuestión
de Taiwán. Por ello, la reacción china buscó expresar descontento sin provocar
una escalada política directa con Washington.
La
cautela de Beijing también se explica por la naturaleza de su estrategia
militar global. Aunque el ejército chino ha crecido rápidamente y ha
ampliado su presencia internacional —por ejemplo, mediante ejercicios militares
con Irán o la creación de una base en Yibuti en 2017— su prioridad sigue siendo
defender sus intereses en Asia, particularmente en torno a Taiwán y el mar de
China Meridional.
China
se ha implicado ocasionalmente en la diplomacia de Oriente Medio, como cuando
facilitó el acercamiento entre Irán y Arabia Saudí en 2023, pero no busca
desempeñar el papel de garante de seguridad regional. Las experiencias de
Estados Unidos en Afganistán e Irak son vistas en Beijing como ejemplos de los
riesgos y costos de involucrarse militarmente en conflictos prolongados fuera
de la propia región.
Este
enfoque revela también los límites de la influencia china en la geopolítica global. Aunque China posee un
peso económico y diplomático considerable, su capacidad para influir
directamente en conflictos militares en los que participan potencias
occidentales sigue siendo limitada. Beijing puede expresar preocupación,
promover negociaciones o aprovechar su posición diplomática, pero tiene menos
margen para alterar decisiones militares tomadas por actores como Estados
Unidos o Israel. En otras palabras, cuando el “poder duro” entra en juego, la
capacidad china para moldear los acontecimientos se reduce significativamente.
Además,
las relaciones de China con Estados Unidos tienen un peso mucho mayor que sus
vínculos con Irán. Aunque ambos países mantienen cooperación económica y
energética, la interdependencia entre Beijing y Washington abarca comercio,
finanzas, tecnología y estabilidad estratégica global. Por esta razón, los
dirigentes chinos consideran que el costo de confrontar directamente a Estados
Unidos en defensa de Irán sería demasiado alto. En el mejor de los casos, China
puede participar en una guerra de declaraciones diplomáticas; sin embargo, es
poco probable que adopte medidas que puedan deteriorar seriamente la relación
con Washington.
Las
preocupaciones energéticas también influyen en el cálculo estratégico chino.
China es el principal importador de petróleo iraní, con aproximadamente 1,4
millones de barriles diarios, lo que representa cerca del 13% de sus
importaciones marítimas de petróleo. A pesar de esta dependencia relativa,
Beijing ha trabajado durante años para diversificar sus fuentes de energía y
aumentar sus reservas estratégicas, lo que reduce el impacto inmediato de una
posible interrupción del suministro iraní. De hecho, el país dispone de
reservas y cargamentos en tránsito suficientes para varios meses, lo que
permitiría a las refinerías adaptarse y buscar alternativas, como el petróleo
ruso con descuento.
Sin
embargo, la mayor preocupación energética no es la pérdida directa del petróleo
iraní, sino la estabilidad general del mercado energético en Oriente Medio. Un
conflicto que amenace el estrecho de Ormuz —una de las rutas marítimas más
importantes del mundo para el transporte de petróleo y gas— podría afectar a
toda la región y provocar aumentos significativos de los precios. También
inquietan los posibles ataques a instalaciones de gas natural licuado en los
países del Golfo Pérsico, de los cuales China depende para una parte importante
de su suministro energético.
Por
último, es poco probable que China proporcione ayuda militar directa a Irán en
caso de escalada del conflicto. Aunque existen vínculos tecnológicos —por
ejemplo, el programa de misiles iraní se ha beneficiado en parte de tecnología
china— cualquier cooperación militar tangible probablemente se limitaría a
acuerdos de defensa existentes a largo plazo. Beijing evitaría cuidadosamente
acciones que pudieran interpretarse como apoyo militar directo contra Estados
Unidos o sus aliados. Además, China ha criticado previamente a Washington por
suministrar armas a Ucrania, argumentando que tales acciones prolongan los
conflictos; intervenir militarmente en favor de Irán contradiciría esa postura.
En conjunto, la reacción de China ante el ataque contra Irán refleja una estrategia de prudencia calculada. Beijing busca mantener su imagen de actor responsable que favorece la diplomacia y la estabilidad, al mismo tiempo que protege sus intereses estratégicos más importantes: su relación con Estados Unidos, su seguridad energética y su prioridad geopolítica en Asia.
Así, más
que intervenir directamente, China parece apostar por una política de distancia
estratégica, esperando que el conflicto se reduzca mientras evita quedar
atrapada en una confrontación que podría perjudicar sus objetivos a largo
plazo.
Fuente: El Pais.com
