La geoestrategia —rama de la geopolítica— nos ha enseñado que las guerras contemporáneas rara vez terminan cuando cesan las bombas.
En el
caso del ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, la incertidumbre sobre
el día después resulta especialmente evidente. Aunque las autoridades de ambos
países han señalado objetivos militares concretos —debilitar al Cuerpo de la
Guardia Revolucionaria Islámica, destruir las capacidades nucleares y limitar
el programa de misiles balísticos—, el propósito político último parece
mucho menos definido. Las declaraciones del presidente
Donald Trump apuntan a un objetivo ambicioso: provocar un
levantamiento popular que derribe al régimen teocrático instaurado en 1979.
Sin embargo, más que un plan detallado, esta aspiración parece depender de factores
impredecibles dentro de la sociedad iraní.
Ante la falta de un plan de posguerra bien definido, los analistas han planteado varios escenarios posibles para el futuro de Irán tras una campaña militar de este tipo. Estos escenarios abarcan desde una transición relativamente ordenada hasta un colapso caótico del Estado. Cada uno de ellos refleja, no solo dinámicas internas iraníes, sino también los límites del poder militar para moldear el resultado político de una guerra.
El primer escenario es el que podría considerarse el ideal para
quienes promueven el ataque:
transición rápida hacia un nuevo gobierno. En esta hipótesis, el golpe
militar debilitaría de tal manera a la élite gobernante que las fuerzas armadas
y la Guardia Revolucionaria aceptarían deponer las armas. La oposición
política, dispersa durante décadas de represión, lograría entonces formar un
gobierno provisional encargado de organizar elecciones democráticas. En este
contexto podría emerger una figura simbólica como Reza Pahlavi, hijo del último
sha de Irán, que vive exiliado desde la revolución islámica.
No
obstante, este escenario enfrenta importantes obstáculos. La Guardia
Revolucionaria no solo es una fuerza militar; también constituye una poderosa
estructura política y económica que ha dominado el país durante décadas. Sus
miembros tienen pocos incentivos para rendirse ante un sistema que podría
juzgarlos o marginarlos. Además, la figura de Pahlavi despierta sentimientos
encontrados dentro de la sociedad iraní. Aunque es conocido internacionalmente
y goza de cierto apoyo entre la diáspora, muchos iraníes recuerdan el carácter
autoritario del régimen de su padre y desconfían de una restauración
monárquica. Por estas razones, la probabilidad de una transición rápida hacia
una democracia estable, especialmente si se produce tras un bombardeo
extranjero, parece relativamente baja.
Un segundo escenario,
descrito por algunos analistas como el “modelo Maduro”, implicaría la continuidad del régimen con cambios en su
liderazgo. Tras el asesinato o la desaparición del líder supremo, la
élite gobernante podría nombrar a un sucesor más pragmático o moderado, con el
objetivo de negociar con Washington y reducir la presión internacional. En este
caso, Irán aceptaría concesiones significativas: renunciaría a su programa
nuclear militar, limitaría su desarrollo de misiles y abriría su sector
energético a empresas estadounidenses. A cambio, el régimen conservaría el
control del país y mantendría su aparato represivo.
Este
escenario tiene cierta lógica desde la perspectiva de supervivencia de las
élites iraníes. Sin embargo, también presenta dificultades. Un liderazgo que
accediera a concesiones demasiado amplias podría perder legitimidad ante los
sectores más nacionalistas del régimen. El resultado más plausible sería un
compromiso intermedio: negociaciones que permitan a ambas partes declarar una
victoria parcial, mientras Estados Unidos reduce su presencia militar y delega
en Israel la supervisión de los acuerdos.
El tercer escenario contempla
que el régimen logre resistir y adaptarse a la presión militar. A pesar
de los bombardeos, las estructuras de poder sobrevivientes se reorganizarían,
nombrando a un nuevo líder supremo alineado con los sectores más duros. En
lugar de capitular, el régimen apostaría por aguantar el tiempo suficiente
hasta que Estados Unidos declare cumplidos sus objetivos y reduzca su
implicación directa en el conflicto.
La
consecuencia más peligrosa de esta dinámica sería una radicalización del
régimen. Tras experimentar ataques externos, los dirigentes podrían concluir
que la única garantía real de supervivencia es disponer de armas nucleares. El
programa nuclear se trasladaría a instalaciones aún más ocultas y protegidas,
mientras el gobierno intensificaría la represión interna. Irán podría
evolucionar hacia un sistema aún más aislado y militarizado, similar al modelo
de Corea del Norte: un Estado autoritario con armamento nuclear y una
percepción constante de amenaza externa.
Finalmente,
el cuarto escenario, el más sombrío, es el de guerra
civil y fragmentación del Estado. Si los ataques militares debilitan
gravemente al régimen sin provocar su colapso inmediato, el país podría entrar
en una fase de lucha interna. Las deserciones dentro de las fuerzas de
seguridad, las protestas populares y la movilización de grupos separatistas
podrían desencadenar un conflicto prolongado.
Irán
es un país multiétnico donde existen minorías con reivindicaciones históricas,
como los kurdos o los baluchis. En un contexto de debilitamiento del poder
central, estos grupos podrían intentar aprovechar la situación para avanzar en
sus aspiraciones políticas o territoriales. La intervención indirecta de
potencias regionales también podría intensificar el conflicto. El resultado
sería un escenario de caos prolongado, con múltiples actores compitiendo por el
poder. En este contexto, incluso materiales sensibles como el uranio altamente
enriquecido podrían convertirse en un peligroso botín estratégico.
En
conjunto, estos escenarios reflejan una realidad
fundamental de la política internacional: la capacidad de destruir es
mucho mayor que la capacidad de construir un nuevo orden político estable.
Las intervenciones militares suelen alterar el
equilibrio de poder en un país, pero rara vez determinan por
sí solas el resultado final. Factores
internos como la cohesión de las élites, el nacionalismo, las divisiones
sociales y la historia política del país suelen desempeñar un papel decisivo.
En el
caso de Irán, el futuro tras un ataque externo dependería menos de la
intensidad de los bombardeos que de la reacción de su sociedad y de sus
instituciones.
La
historia de los conflictos recientes sugiere que la
caída rápida de un régimen autoritario es posible, pero que la
estabilidad posterior es mucho más difícil de alcanzar.
Por
ello, cualquier estrategia que contemple una intervención
militar debería considerar no solo cómo ganar la
guerra, sino también —y sobre todo— cómo gestionar la paz que
vendría después.
Fuente: El Diario.es
