5 de marzo de 2026

GEOESTRATEGIA. De los escenarios estratégicos tras el final de la guerra en Irán

 La geoestrategia —rama de la geopolítica— nos ha enseñado que las guerras contemporáneas rara vez terminan cuando cesan las bombas.

 

La historia reciente demuestra que el verdadero desafío comienza en la posguerra: la construcción —o reconstrucción del orden político que sustituirá al régimen derrotado.

En el caso del ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, la incertidumbre sobre el día después resulta especialmente evidente. Aunque las autoridades de ambos países han señalado objetivos militares concretos —debilitar al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, destruir las capacidades nucleares y limitar el programa de misiles balísticos—, el propósito político último parece mucho menos definido. Las declaraciones del presidente Donald Trump apuntan a un objetivo ambicioso: provocar un levantamiento popular que derribe al régimen teocrático instaurado en 1979. Sin embargo, más que un plan detallado, esta aspiración parece depender de factores impredecibles dentro de la sociedad iraní.

Ante la falta de un plan de posguerra bien definido, los analistas han planteado varios escenarios posibles para el futuro de Irán tras una campaña militar de este tipo. Estos escenarios abarcan desde una transición relativamente ordenada hasta un colapso caótico del Estado. Cada uno de ellos refleja, no solo dinámicas internas iraníes, sino también los límites del poder militar para moldear el resultado político de una guerra.

El primer escenario es el que podría considerarse el ideal para quienes promueven el ataque: transición rápida hacia un nuevo gobierno. En esta hipótesis, el golpe militar debilitaría de tal manera a la élite gobernante que las fuerzas armadas y la Guardia Revolucionaria aceptarían deponer las armas. La oposición política, dispersa durante décadas de represión, lograría entonces formar un gobierno provisional encargado de organizar elecciones democráticas. En este contexto podría emerger una figura simbólica como Reza Pahlavi, hijo del último sha de Irán, que vive exiliado desde la revolución islámica.

No obstante, este escenario enfrenta importantes obstáculos. La Guardia Revolucionaria no solo es una fuerza militar; también constituye una poderosa estructura política y económica que ha dominado el país durante décadas. Sus miembros tienen pocos incentivos para rendirse ante un sistema que podría juzgarlos o marginarlos. Además, la figura de Pahlavi despierta sentimientos encontrados dentro de la sociedad iraní. Aunque es conocido internacionalmente y goza de cierto apoyo entre la diáspora, muchos iraníes recuerdan el carácter autoritario del régimen de su padre y desconfían de una restauración monárquica. Por estas razones, la probabilidad de una transición rápida hacia una democracia estable, especialmente si se produce tras un bombardeo extranjero, parece relativamente baja.

Un segundo escenario, descrito por algunos analistas como el “modelo Maduro”, implicaría la continuidad del régimen con cambios en su liderazgo. Tras el asesinato o la desaparición del líder supremo, la élite gobernante podría nombrar a un sucesor más pragmático o moderado, con el objetivo de negociar con Washington y reducir la presión internacional. En este caso, Irán aceptaría concesiones significativas: renunciaría a su programa nuclear militar, limitaría su desarrollo de misiles y abriría su sector energético a empresas estadounidenses. A cambio, el régimen conservaría el control del país y mantendría su aparato represivo.

Este escenario tiene cierta lógica desde la perspectiva de supervivencia de las élites iraníes. Sin embargo, también presenta dificultades. Un liderazgo que accediera a concesiones demasiado amplias podría perder legitimidad ante los sectores más nacionalistas del régimen. El resultado más plausible sería un compromiso intermedio: negociaciones que permitan a ambas partes declarar una victoria parcial, mientras Estados Unidos reduce su presencia militar y delega en Israel la supervisión de los acuerdos.

El tercer escenario contempla que el régimen logre resistir y adaptarse a la presión militar. A pesar de los bombardeos, las estructuras de poder sobrevivientes se reorganizarían, nombrando a un nuevo líder supremo alineado con los sectores más duros. En lugar de capitular, el régimen apostaría por aguantar el tiempo suficiente hasta que Estados Unidos declare cumplidos sus objetivos y reduzca su implicación directa en el conflicto.

La consecuencia más peligrosa de esta dinámica sería una radicalización del régimen. Tras experimentar ataques externos, los dirigentes podrían concluir que la única garantía real de supervivencia es disponer de armas nucleares. El programa nuclear se trasladaría a instalaciones aún más ocultas y protegidas, mientras el gobierno intensificaría la represión interna. Irán podría evolucionar hacia un sistema aún más aislado y militarizado, similar al modelo de Corea del Norte: un Estado autoritario con armamento nuclear y una percepción constante de amenaza externa.

Finalmente, el cuarto escenario, el más sombrío, es el de guerra civil y fragmentación del Estado. Si los ataques militares debilitan gravemente al régimen sin provocar su colapso inmediato, el país podría entrar en una fase de lucha interna. Las deserciones dentro de las fuerzas de seguridad, las protestas populares y la movilización de grupos separatistas podrían desencadenar un conflicto prolongado.

Irán es un país multiétnico donde existen minorías con reivindicaciones históricas, como los kurdos o los baluchis. En un contexto de debilitamiento del poder central, estos grupos podrían intentar aprovechar la situación para avanzar en sus aspiraciones políticas o territoriales. La intervención indirecta de potencias regionales también podría intensificar el conflicto. El resultado sería un escenario de caos prolongado, con múltiples actores compitiendo por el poder. En este contexto, incluso materiales sensibles como el uranio altamente enriquecido podrían convertirse en un peligroso botín estratégico.

En conjunto, estos escenarios reflejan una realidad fundamental de la política internacional: la capacidad de destruir es mucho mayor que la capacidad de construir un nuevo orden político estable. Las intervenciones militares suelen alterar el equilibrio de poder en un país, pero rara vez determinan por sí solas el resultado final. Factores internos como la cohesión de las élites, el nacionalismo, las divisiones sociales y la historia política del país suelen desempeñar un papel decisivo.

En el caso de Irán, el futuro tras un ataque externo dependería menos de la intensidad de los bombardeos que de la reacción de su sociedad y de sus instituciones.

La historia de los conflictos recientes sugiere que la caída rápida de un régimen autoritario es posible, pero que la estabilidad posterior es mucho más difícil de alcanzar.

Por ello, cualquier estrategia que contemple una intervención militar debería considerar no solo cómo ganar la guerra, sino también —y sobre todo— cómo gestionar la paz que vendría después.

Fuente: El Diario.es