8 de mayo de 2026

VIROLOGIA. Del hantavirus de los Andes y del desafío de comprender los contagios humanos

La historia de las enfermedades infecciosas está marcada por momentos en los que la ciencia debe replantearse certezas que parecían inamovibles. 

Es el caso del virus de los Andes, estudiado por el microbiólogo argentino Gustavo Palacios, que representa precisamente uno de esos puntos de inflexión. 

Durante décadas, los hantavirus fueron considerados enfermedades transmitidas exclusivamente de roedores a humanos. Sin embargo, los brotes ocurridos en la Patagonia argentina entre 2018 y 2019 demostraron que el virus de los Andes podía romper ese paradigma y transmitirse entre personas mediante contactos sociales cercanos y relativamente cotidianos, generando incluso eventos “supercontagiadores”.

Los hantavirus fueron descubiertos durante la Guerra de Corea y, hasta finales del siglo XX, se asumía que no existía transmisión entre humanos. Los llamados hantavirus del “Viejo Mundo” producían principalmente síndromes renales y mantenían un patrón epidemiológico limitado al contacto con excrementos o fluidos de roedores infectados. Esta visión comenzó a cambiar en 1995, cuando científicos estadounidenses identificaron en la región de Four Corners un nuevo virus denominado “Sin Nombre Virus”, perteneciente a los hantavirus del “Nuevo Mundo”. A diferencia de sus predecesores, este causaba un síndrome pulmonar grave con una elevada tasa de mortalidad.

Poco después, en 1996, fue descubierto el virus de los Andes en Sudamérica. Desde los primeros brotes registrados en Argentina surgieron sospechas de que podía existir transmisión entre personas, aunque la comunidad científica internacional mostró resistencia a aceptar esa posibilidad. La idea resultaba disruptiva: no solo se trataba de un virus más virulento que otros hantavirus conocidos, sino también de uno capaz de generar cadenas de contagio humano. Durante años, los casos fueron interpretados como situaciones intrafamiliares o contactos extremadamente estrechos, sin evidencia suficiente para modificar el paradigma epidemiológico dominante.

El brote ocurrido en la Patagonia argentina entre 2018 y 2019 permitió finalmente reunir pruebas más contundentes. El equipo liderado por Gustavo Palacios estudió cómo tres personas infectadas participaron en espacios sociales concurridos —un cumpleaños, un funeral y una consulta médica— antes de manifestar síntomas graves. Estos encuentros funcionaron como eventos supercontagiadores que originaron 34 contagios y 11 muertes. El hallazgo fue especialmente relevante porque mostró que la transmisión podía producirse en interacciones aparentemente simples y no exclusivamente en contextos hospitalarios o sexuales.

Uno de los episodios más ilustrativos ocurrió en una fiesta de cumpleaños con alrededor de cien asistentes. Un hombre infectado permaneció poco tiempo en el lugar porque comenzó a sentirse febril y posteriormente murió. El análisis epidemiológico reveló que la mayoría de los contagios ocurrieron entre personas que habían mantenido proximidad cercana con él. Sin embargo, uno de los infectados se encontraba en una mesa separada. Tras reconstruir los movimientos de los asistentes, los investigadores descubrieron que ambos se habían encontrado brevemente en el baño y se habían saludado. Este detalle mostró que incluso contactos sociales relativamente breves podían ser suficientes para transmitir el virus.

A pesar de ello, Palacios insiste en que no debe generarse alarma exagerada. El virus de los Andes no posee la capacidad de transmisión sostenida que caracterizó al covid-19. En los brotes estudiados, la cadena de contagio alcanzó un máximo de tres generaciones antes de extinguirse. Esto significa que el virus encuentra rápidamente un “punto muerto” epidemiológico. Mientras el coronavirus logró propagarse globalmente debido a la dificultad para interrumpir sus cadenas de transmisión, el virus de los Andes presenta límites naturales mucho más estrictos.

No obstante, su peligrosidad sigue siendo significativa. Durante el brote argentino, el número reproductivo básico inicial fue (2,12) cifra comparable a la de algunos momentos tempranos de la pandemia de covid-19. Sin embargo, este valor disminuyó rápidamente a 0,96 una vez que se implementaron medidas de aislamiento y rastreo de contactos. Este comportamiento demuestra que las intervenciones sanitarias tempranas pueden ser altamente efectivas para controlar el virus.

La experiencia argentina también adquirió relevancia internacional debido al brote registrado en el buque MV Hondius, donde varias personas murieron tras un episodio relacionado con hantavirus. La Organización Mundial de la Salud comparó ambos acontecimientos porque los barcos constituyen ambientes cerrados que facilitan la propagación de enfermedades respiratorias. Según Palacios, las condiciones de un barco podrían ser incluso más favorables para la transmisión que las observadas en la Patagonia, una región rural y poco densa donde gran parte de la vida social ocurre al aire libre.

Otro aspecto preocupante es el largo periodo de incubación del virus, que puede alcanzar hasta 45 días. Esto obliga a mantener sistemas de vigilancia epidemiológica rigurosos y reconstrucciones detalladas de las cadenas de contacto. El caso de las personas que abandonaron el barco y continuaron viajando en avión o realizando actividades normales demuestra la importancia de la detección temprana y del monitoreo sanitario internacional.

En conclusión, el hantavirus de los Andes representa una excepción singular dentro de los hantavirus y constituye un ejemplo de cómo la ciencia evoluciona al enfrentarse a nuevos datos. El trabajo de Gustavo Palacios y otros investigadores permitió desafiar creencias establecidas y demostrar que ciertos virus zoonóticos pueden adaptarse parcialmente a la transmisión humana. Aunque el potencial epidémico del virus de los Andes es limitado en comparación con otros patógenos, su alta letalidad y capacidad de generar eventos supercontagiadores justifican la preocupación científica y sanitaria. Este caso evidencia la importancia de la investigación epidemiológica, la cooperación internacional y la disposición de la comunidad científica para revisar sus propias certezas frente a nuevas evidencias.

POSDATA

La ciudadanía española empieza a estar harta y cansada de escuchar a diario, a la oposición  de este país, largar por esa boquita, las estupideces irresponsables a las que nos tiene acostumbrados. Pero ahora resulta que los virólogos y expertos científicos de la Organización Mundial de la Salud, tienen  menos conocimientos que estos agitadores políticos que son Feijóo y Abascal, que solo promueven el fin del mundo, con la llegada de cualquier  virus,  cuando estos ignorantes no tiene nivel ni conocimientos,  ni para estar en la cola del paro, que es los que se merecen todos ellos. 

Fuente: El País.com