14 de marzo de 2026

GUERRA DE IRÁN. Antecedentes, narrativa, propósitos y objetivos.

Trump trata de rematar décadas de estrategias agresivas de EE.UU.  contra Irán, al tiempo que desmonta el orden mundial.

 


El presidente de EEUU está desatando el caos global en su afán por dominar Irán y ni siquiera parece garantizado que Washington pueda retomar el control del país, tal y como ocurría en tiempos de Reza Pahlavi. La historia siempre se repite.

IRÁN. Soberanía y conflicto, desde Mosaddeq hasta la actualidad

  El 20 de marzo de 1951 marcó un punto de inflexión en la historia de Irán. Ese día, el primer ministro iraní Mohammad Mosaddeq, elegido democráticamente, decidió nacionalizar la Anglo-Persian Oil Company, hasta entonces controlada por intereses británicos. Esta decisión fue interpretada en Londres como una amenaza directa a sus intereses económicos y estratégicos. Como respuesta, el Reino Unido conspiró junto con Estados Unidos para organizar un golpe de Estado que pusiera fin al gobierno de Mosaddeq. Así nació la Operación Ajax, una acción coordinada entre la inteligencia británica y la recién creada CIA que, en 1953, logró derrocar al primer ministro e instaurar en el poder al sha de Persia, Mohammad Reza Pahlavi.

  El nuevo régimen inauguró una monarquía autoritaria que se mantendría hasta 1979. Durante ese tiempo, Irán se convirtió en uno de los aliados más cercanos de Estados Unidos en Oriente Medio, especialmente en el contexto de la Guerra Fría y por su proximidad geográfica con la Unión Soviética. Sin embargo, la estrecha relación con Washington y Londres generó un profundo resentimiento entre amplios sectores de la sociedad iraní. Muchos ciudadanos percibían al sha como una figura subordinada a los intereses occidentales más que como un líder nacional independiente.

  Uno de los instrumentos clave del poder del sha fue la SAVAK, la policía secreta del régimen, creada con apoyo de la CIA y del Mossad israelí. Esta organización se encargó de reprimir duramente cualquier forma de oposición política. Intelectuales, activistas de izquierda y críticos del régimen fueron perseguidos, encarcelados o torturados. Esta represión contribuyó a consolidar la percepción de que el gobierno de Pahlavi era una dictadura sostenida desde el exterior. Al mismo tiempo, la represión eliminó muchas formas de oposición política, mientras que las instituciones religiosas lograron mantener cierta capacidad de organización. Este factor sería decisivo décadas después.

 El creciente descontento social culminó en la Revolución Islámica de 1979, que derrocó al sha y estableció una república islámica profundamente crítica con Estados Unidos. Para muchos iraníes, aquella revolución representó un grito de independencia y soberanía frente a las potencias extranjeras que durante décadas habían influido en la política del país. Desde entonces, las relaciones entre Irán y Estados Unidos han estado marcadas por la desconfianza, la rivalidad geopolítica y las sanciones económicas.

  En la actualidad, el conflicto ha vuelto a intensificarse. La política estadounidense hacia Irán, impulsada por el presidente Donald Trump, busca debilitar al régimen iraní y alterar el equilibrio de poder en la región. Sin embargo, esta estrategia también ha generado consecuencias globales inesperadas. El aumento del precio del petróleo, provocado en parte por la tensión en el estrecho de Ormuz, ha obligado incluso a reconsiderar sanciones a otros países productores como Rusia para estabilizar el mercado energético.

  Además, la guerra ha contribuido a desestabilizar aún más Oriente Medio. Bombardeos en Líbano han provocado el desplazamiento de cientos de miles de personas, mientras que Irán ha respondido con misiles y drones contra aliados regionales de Estados Unidos e Israel. Al mismo tiempo, el conflicto está teniendo efectos indirectos en otros escenarios internacionales, como la guerra en Ucrania, debido a la redistribución de recursos militares estadounidenses.

  A pesar de la presión militar y económica, el régimen iraní no se ha derrumbado. Por el contrario, muchos ciudadanos interpretan los ataques como una agresión contra la nación iraní en su conjunto, lo que ha reforzado el sentimiento nacionalista. En este contexto, Irán recurre a estrategias asimétricas: incapaz de enfrentarse directamente al poder militar de Estados Unidos, intenta presionar a la economía global, especialmente mediante acciones que afectan al mercado petrolero.

  La historia reciente demuestra que las tensiones entre Irán y Occidente no pueden entenderse sin considerar el legado del golpe de Estado de 1953 y las décadas de intervención extranjera. La cuestión de la soberanía nacional sigue siendo un elemento central en la política iraní. Más de medio siglo después de la caída de Mosaddeq, el país continúa siendo escenario de un conflicto donde se entrelazan intereses energéticos, rivalidades geopolíticas y aspiraciones de independencia nacional.

Fuente: El Diario.es


Brecha entre discurso político de Trump y la realidad estratégica

Los informes de seguridad contradicen el relato de la Casa Blanca sobre Irán y agravan la presión sobre el presidente.

   

La guerra entre Estados Unidos e Irán ha comenzado a revelar una contradicción cada vez más visible dentro del propio aparato de poder estadounidense. Mientras la Casa Blanca ha intentado justificar la ofensiva con un discurso de urgencia estratégica y objetivos ambiciosos, los informes del Pentágono y de la inteligencia estadounidense dibujan un panorama mucho más complejo y menos favorable. 

A medida que el conflicto entra en su segunda semana, la cuestión central ya no es solo cuánto durará la guerra o cómo responderá Teherán, sino la distancia entre la narrativa política del presidente Donald Trump y las evaluaciones de seguridad elaboradas por sus propios organismos.

Según estas evaluaciones, no existía un riesgo nuclear inminente que justificara el tono de urgencia utilizado por la Casa Blanca. Además, el Pentágono ha confirmado que el misil Tomahawk empleado en los ataques era de origen estadounidense, eliminando cualquier ambigüedad sobre la implicación directa de Washington en la ofensiva. Sin embargo, la discrepancia más significativa aparece en el análisis sobre los efectos políticos de la guerra. Los informes de inteligencia citados por diversas fuentes sostienen que los bombardeos no parecen capaces de provocar la caída del régimen iraní, uno de los escenarios que el discurso político de Trump sugería como posible resultado de la presión militar.

Lejos de mostrar signos de colapso, la estructura de poder de la República Islámica parece mantenerse intacta. Incluso la muerte del ayatolá Ali Jamenei al inicio de la ofensiva no habría desarticulado el sistema político iraní. El régimen ha demostrado capacidad para reorganizarse rápidamente, manteniendo el control institucional y asegurando la continuidad del liderazgo mediante la designación del hijo de Jamenei como nuevo líder supremo. Este movimiento refuerza la cohesión interna y envía un mensaje de estabilidad tanto al interior del país como al exterior, debilitando la idea de que la presión militar podría provocar una implosión del sistema político iraní.

Tampoco parece viable otra de las opciones que a veces se contemplan en este tipo de conflictos: fomentar un cambio de régimen desde los márgenes mediante grupos armados opositores. Los informes del Pentágono señalan que las milicias kurdas iraníes asentadas en Irak carecen de la capacidad militar necesaria para una operación de ese tipo. No cuentan con suficientes efectivos ni con la potencia de fuego necesaria para desafiar al aparato del Estado iraní. El propio Trump terminó descartando esa posibilidad, reconociendo que su participación haría el conflicto todavía más complejo.

Ante este panorama, Estados Unidos se enfrenta a una disyuntiva difícil. Por un lado, podría intentar cerrar el conflicto rápidamente y presentar la operación como un éxito limitado. Por otro, podría intensificar la ofensiva con la esperanza de alterar el equilibrio interno en Irán. Sin embargo, ninguna de estas opciones garantiza una solución estable. Una retirada temprana dejaría a un Irán golpeado pero aún operativo, posiblemente más decidido que nunca a reforzar su capacidad disuasoria.

De hecho, uno de los efectos más preocupantes de la guerra podría ser precisamente el contrario al deseado. Según el Organismo Internacional de Energía Atómica, Irán aún conserva reservas significativas de uranio enriquecido al 60 %, un nivel cercano al necesario para fabricar un arma nuclear. Si el régimen concluye que seguirá siendo objetivo de ataques incluso sin poseer armas nucleares, la tentación de desarrollar finalmente la bomba como garantía de supervivencia podría aumentar.

Además, Irán ha demostrado que no necesita una victoria militar directa para perjudicar a sus adversarios. La amenaza de bloquear el estrecho de Ormuz, un punto clave para el comercio mundial de energía, puede generar enormes tensiones económicas internacionales. También existe la posibilidad de ataques contra países del Golfo, lo que aumentaría la presión sobre las monarquías de la región y pondría a prueba la capacidad de protección estadounidense.

La escalada del conflicto, por tanto, entraña riesgos que van más allá del enfrentamiento militar inmediato. Incluso en el improbable caso de que el régimen iraní colapsara, las consecuencias podrían ser imprevisibles. Irán es un país de casi 90 millones de habitantes y ocupa una posición estratégica en Oriente Medio. Una desintegración del Estado podría provocar violencia interna, fragmentación territorial y una fuerte inestabilidad regional.

En este contexto, la discrepancia entre la Casa Blanca y los organismos de seguridad estadounidenses adquiere una importancia crucial. No se trata únicamente de un desacuerdo técnico, sino de una cuestión estratégica fundamental: si no existía una amenaza nuclear inmediata, si el régimen no parece estar cerca de caer y si los objetivos de la guerra siguen siendo ambiguos, la Administración está obligada a explicar cuál es realmente su propósito. En última instancia, esta falta de claridad refleja uno de los mayores peligros de la guerra: avanzar hacia una escalada cuyo final sigue siendo profundamente incierto.

Fuente: El Plural.com


Trump pide crear flota internacional para proteger estrecho de Ormuz, tras bombardear la estratégica isla de Jarg

Estados Unidos golpea objetivos militares en la principal terminal petrolera de Irán, y la República Islámica responde prometiendo una nueva oleada de ataques en el Golfo.

Escalada en el Golfo: petróleo, poder y guerra

    El conflicto en Oriente Próximo ha entrado en una nueva fase de escalada tras el ataque de Estados Unidos contra objetivos militares iraníes en la isla de Jarg, principal terminal petrolera del país. 

La decisión anunciada por Donald Trump representa un golpe estratégico dirigido al corazón económico de Irán, ya que por esta isla transita aproximadamente el 90 % de las exportaciones de crudo de la República Islámica. El bombardeo se produce como represalia directa a los intentos de Teherán de bloquear el estrecho de Ormuz, uno de los puntos más sensibles del comercio energético mundial.

El estrecho de Ormuz es una arteria fundamental para la economía global. Por esta vía marítima circula cerca de una quinta parte del petróleo que se consume en el mundo, lo que convierte cualquier interrupción en un riesgo inmediato para los mercados energéticos y la estabilidad económica internacional. Consciente de esta importancia, la Casa Blanca ha anunciado su intención de restablecer el tráfico marítimo mediante una operación internacional coordinada con varios países aliados. Según Trump, potencias como China, Francia, Japón, Corea del Sur o el Reino Unido podrían enviar buques de guerra para garantizar que el paso permanezca abierto y seguro.

A pesar de la contundencia del ataque, Washington ha afirmado que las instalaciones petroleras de Jarg no han sido alcanzadas, limitando la ofensiva a infraestructuras militares como búnkeres de misiles, depósitos de minas navales y otras posiciones estratégicas. Esta decisión parece responder al temor de que la destrucción de la terminal petrolera provoque una crisis energética aún mayor. De hecho, el precio del petróleo ya ha aumentado cerca de un 40 % desde el inicio de la ofensiva contra Irán, y el barril de Brent ha llegado a aproximarse a los 120 dólares durante la semana.

Irán, por su parte, ha reaccionado con amenazas de represalias. La Guardia Revolucionaria ha advertido que podría atacar activos estadounidenses en el Golfo e incluso puertos en los Emiratos Árabes Unidos. El lanzamiento de un misil contra un helipuerto dentro de la embajada estadounidense en Bagdad refleja que la confrontación ya se está expandiendo a otros escenarios regionales. Mientras tanto, miles de petroleros permanecen bloqueados a la espera de condiciones de seguridad para atravesar el estrecho de Ormuz.

La tensión militar también coincide con el agravamiento del conflicto en otros frentes de Oriente Próximo, como el Líbano, donde los enfrentamientos han causado cientos de víctimas y desplazamientos masivos. Ante este panorama, el secretario general de la ONU ha insistido en que no existe una solución militar duradera y ha reclamado el retorno a la diplomacia.

En definitiva, el ataque a la isla de Jarg simboliza un momento crítico en el conflicto. Estados Unidos intenta garantizar la seguridad de una de las rutas energéticas más importantes del mundo, mientras Irán busca demostrar que puede responder y mantener su influencia regional. En medio de esta confrontación, el sistema energético global y la estabilidad de Oriente Próximo se encuentran en un delicado equilibrio que podría romperse en cualquier momento como consecuencia de algún nuevo movimiento militar.

Fuente: El Pais.com