27 de febrero de 2026

INVESTIGACION. Fármaco viviente, elimina tumores en ratones con cáncer de páncreas, ovario o riñón

La historia reciente de la medicina oncológica puede dividirse en un antes y un después de las terapias CAR-T.

 

Desde su primera aplicación experimental en 2010, este “fármaco viviente” ha transformado el pronóstico de miles de pacientes con leucemias, linfomas y mielomas, ofreciendo remisiones completas allí donde antes solo había tratamientos paliativos. 

Hoy, un nuevo avance sugiere que esa revolución podría extenderse, por fin, a los tumores sólidos, responsables de más del 90% de los cánceres.

La terapia CAR-T —siglas en inglés de Chimeric Antigen Receptor T-cell— (ver Anexo I) consiste en extraer células T del propio paciente, modificarlas genéticamente para que reconozcan una proteína específica presente en las células cancerosas y reintroducirlas en el organismo con una capacidad amplificada de destrucción tumoral. Este enfoque alcanzó notoriedad gracias a los trabajos pioneros del inmunólogo francocanadiense Michel Sadelain y del estadounidense Carl June, quienes sentaron las bases de una estrategia que cambiaría la hematología moderna. Ambos fueron reconocidos recientemente con el Premio Fronteras de la Fundación BBVA por su contribución decisiva al desarrollo de estas terapias.

El éxito inicial se debió, en gran medida, a la identificación de una diana clara: la proteína CD19, presente en la superficie de muchas células malignas de la sangre. Sin embargo, esta precisión se convirtió en una limitación cuando los investigadores intentaron trasladar la estrategia a tumores sólidos como los de mama, pulmón, colon o páncreas. Estos cánceres no expresan CD19 y, además, presentan una complejidad biológica mayor: son heterogéneos, generan barreras físicas que impiden la entrada de las células T y pueden incluso inactivarlas dentro del microambiente tumoral. Durante dos décadas, estos obstáculos frustraron los intentos de replicar en tumores sólidos el éxito alcanzado en la sangre.

El nuevo estudio liderado por Sadelain en la Columbia University propone un cambio de enfoque. En lugar de la proteína CD19, el equipo ha dirigido su atención hacia CD70, una molécula presente en más de 20 tipos de tumores sólidos. Aunque CD70 ya era conocida por la comunidad científica, los ensayos previos habían fracasado porque parecía expresarse solo en una fracción de las células tumorales. La hipótesis que cambió el rumbo surgió de la investigadora Sophie Hanina: quizá CD70 estaba en todas las células cancerosas, pero en niveles tan bajos que escapaban a la detección de los CAR-T convencionales.

Para poner a prueba esta intuición, el equipo desarrolló en 2022 una versión ultrasensible de la terapia, denominada HIT, capaz de reconocer cantidades ínfimas de CD70. Los resultados, publicados en la revista Science, son contundentes en modelos animales: erradicación completa de tumores humanos de páncreas, ovario y riñón implantados en ratones de laboratorio. Se trata de una demostración de concepto robusta, realizada con células T humanas frente a injertos tumorales derivados de pacientes, lo que refuerza su relevancia preclínica.

No obstante, la prudencia sigue siendo obligada. “Nunca se puede predecir la eficacia que tendrá en humanos”, advierte Sadelain. El salto del ratón al paciente requiere ensayos clínicos costosos y complejos, para los cuales aún no se ha conseguido la financiación necesaria. Además, persisten interrogantes fundamentales. 1)¿Podría esta estrategia afectar a células sanas que expresen CD70 en niveles bajos?; 2)¿Se mantendrá la eficacia en el entorno biológico mucho más complejo del cuerpo humano? 

El inmunólogo Manel Juan, del Hospital Clínic de Barcelona, ha calificado el estudio como “excelente”, aunque subraya la necesidad de analizar con detalle posibles efectos adversos fuera del tumor.

La dimensión económica añade otra capa de complejidad. Un tratamiento CAR-T industrial puede alcanzar los 300.000 euros por paciente. 

En España, el Sistema Nacional de Salud financia cinco CAR-T comerciales para tumores hematológicos, desarrollados por compañías como Gilead Sciences, Novartis, Janssen Pharmaceuticals y Bristol Myers Squibb, además de dos alternativas académicas impulsadas por la sanidad pública. Extender estas terapias a tumores sólidos implicaría no solo un reto científico, sino también financiero y organizativo.

La historia del primer paciente tratado con CAR-T, Bill Ludwig, en 2010, simboliza la dimensión humana de esta revolución. Desahuciado por una leucemia avanzada, recibió el tratamiento experimental como último recurso y logró una remisión completa que marcó un hito en la medicina contemporánea. Ese precedente demuestra que lo que hoy es experimental puede convertirse mañana en estándar terapéutico.

El avance hacia una CAR-T ultrasensible dirigida contra CD70 no garantiza aún una cura para los tumores sólidos, pero sí redefine los límites de lo posible. 

Si los resultados en humanos replicaran siquiera una parte de la eficacia observada en ratones, la oncología podría enfrentarse a una nueva transformación histórica. 

Como toda innovación disruptiva, el camino estará lleno de incertidumbres científicas, riesgos clínicos y debates éticos. 

Sin embargo, el principio que guía esta línea de investigación es claro. "Convertir las propias defensas del paciente en el arma más precisa contra el cáncer".

Fuente: El País.com

ANEXO I

 ¿En qué consiste la terapia CAR-T? 


La terapia CAR-T (siglas de Chimeric Antigen Receptor T-cell) es un tratamiento de inmunoterapia personalizado que utiliza las propias defensas del paciente para combatir el cáncer.

Fue desarrollada por investigadores como Michel Sadelain y Carl June, y ha revolucionado el tratamiento de algunas leucemias y linfomas.

Paso a paso:

  1. Extracción de células T.- Se extrae sangre del paciente y se aíslan las células T (un tipo de glóbulo blanco).
  2. Modificación genética.- En el laboratorio, se modifican para que expresen un receptor artificial (CAR) que reconoce una proteína específica del tumor.
  3. Multiplicación.- Estas células modificadas se expanden hasta obtener millones.
  4. Reinfusión.- Se vuelven a introducir en el paciente por vía intravenosa, como si fuera una transfusión.
  5. Ataque al tumor.- Las células CAR-T reconocen y destruyen las células cancerosas.

Es un tratamiento “viviente” porque las células modificadas pueden seguir activas dentro del cuerpo durante meses o incluso años.

¿Es doloroso?

En general, no es un tratamiento doloroso en sí.

  • La extracción de sangre puede ser algo incómoda, similar a una donación.
  • La infusión es como un suero intravenoso.
  • No implica cirugía.

Sin embargo, pueden aparecer síntomas físicos importantes después de la infusión, que pueden ser molestos o intensos.

¿Es peligroso?

Puede serlo, por eso se administra en hospitales especializados.

Posibles Efectos Secundarios

  1. Síndrome de liberación de citoquinas (SLC).- Es el efecto adverso más frecuente.
Puede provocar:
      1. Fiebre alta
      2. Bajadas de tensión
      3. Dificultad respiratoria

En casos graves puede requerir UCI, aunque hoy se controla mejor que hace años.

        2.Toxicidad neurológica

Puede causar:
      1. Confusión
      2. Dificultad para hablar
      3. Convulsiones (raro)
  1. Riesgo de infecciones.- Como afecta al sistema inmunitario, puede debilitar las defensas temporalmente.

Entonces… ¿vale la pena?

En muchos casos sí. Para algunos pacientes con leucemias o linfomas resistentes a todo lo demás, ha supuesto la diferencia entre la vida y la muerte.

Eso sí:

  • Se usa principalmente en cánceres de la sangre.
  • Aún se está investigando para tumores sólidos.
  • Requiere selección cuidadosa del paciente.

Fuente: Clínica Mayo

TRIBUNALES. La denuncia de Julio Iglesias a Yolanda Díaz, que puede volverse en su contra.

 “Exceptio veritatis” o por qué la denuncia de Julio Iglesias a Yolanda Díaz no es muy astuta.“Las acosadas podrían ser citadas”


A raíz del conflicto entre Julio Iglesias y Yolanda Díaz, se reactualiza un viejo principio jurídico que atraviesa siglos de tradición occidental: “Exceptio Veritatis”. 


Lo que en apariencia es una disputa por el honor y la reputación puede convertirse, paradójicamente, en un escenario donde la verdad —si logra probarse— opera como escudo para quien ha realizado la acusación. La advertencia del profesor Joaquín Urias apunta precisamente a ese posible “efecto boomerang” que podría transformar una estrategia defensiva en un riesgo procesal mayor.

La tensión entre honor y libertad de expresión

El núcleo del conflicto reside en la colisión entre dos derechos fundamentales: el derecho al honor y la presunción de inocencia, por un lado; y la libertad de expresión e información, por otro. Iglesias sostiene que las declaraciones públicas de Díaz —en las que lo habría señalado como “abusador sexual” y vinculado a situaciones de “esclavitud” laboral— constituyen injurias y calumnias con publicidad. Desde su perspectiva, la acusación vulnera su reputación y lo expone a un descrédito público irreparable.

Sin embargo, el derecho no se limita a proteger la imagen de las personas; también protege la posibilidad de denunciar hechos que puedan ser ciertos y de relevancia pública. Aquí es donde entra en juego la exceptio veritatis: en los delitos de injurias y calumnias, quien realiza la acusación puede quedar exento de responsabilidad si demuestra que lo dicho es verdadero. Este principio, heredado del derecho romano, sigue vigente en el ordenamiento jurídico español.

Exceptio veritatis: la verdad como defensa

La exceptio veritatis no es simplemente un tecnicismo procesal; es una manifestación de un principio más profundo: el derecho no castiga la verdad. Si alguien acusa a otra persona de un hecho grave y logra probarlo, el sistema jurídico entiende que no existe injuria, porque la reputación no puede construirse sobre la ocultación de conductas ilícitas.

La paradoja en este caso es evidente. Para que prospere la demanda de Iglesias, un tribunal tendría que concluir que las acusaciones son falsas. Pero el proceso judicial abriría la puerta a que la parte demandada aporte pruebas, testimonios y documentación orientados a demostrar que los hechos denunciados sí ocurrieron. Es decir, el procedimiento por injurias podría convertirse en un juicio indirecto sobre los presuntos abusos.

De ahí la advertencia de Urias: demandar en estas circunstancias podría no ser “muy astuto”, porque obliga a judicializar nuevamente unas acusaciones que, hasta ahora, no habían sido investigadas en España por cuestiones de competencia territorial. El pleito, lejos de cerrar el debate público, lo intensificaría y lo trasladaría al terreno probatorio.

El riesgo procesal y el efecto boomerang

El llamado “efecto boomerang” tiene varias dimensiones. En primer lugar, la reapertura del debate mediático: cada trámite judicial reavivaría el interés público sobre los hechos denunciados. En segundo lugar, la posible citación de las extrabajadoras como testigos. Aunque la Fiscalía hubiera rechazado investigar los hechos por no ser competencia española, en un proceso por injurias las declaraciones podrían adquirir relevancia para esclarecer la veracidad de las afirmaciones.

Así, la estrategia legal de defensa del honor podría transformarse en una vía indirecta para examinar judicialmente las acusaciones. Incluso si el procedimiento no equivaliera a un proceso penal por abusos, sí implicaría una evaluación judicial de los testimonios y pruebas disponibles. En términos jurídicos, la carga simbólica es significativa: el demandante quedaría expuesto a un escrutinio que inicialmente no existía en sede judicial española.

Dimensión política y simbólica

No puede ignorarse el contexto político. Díaz, como vicepresidenta y ministra, no habló en un ámbito privado sino desde una posición institucional. Sus palabras tienen una proyección pública mayor y, por tanto, una responsabilidad también más exigente. Pero al mismo tiempo, el interés general en conocer posibles abusos laborales o sexuales por parte de figuras públicas es indiscutible. La relevancia pública del cantante y la gravedad de las acusaciones elevan el estándar de debate.

El caso refleja una tensión característica de las democracias contemporáneas: cómo equilibrar la protección de la reputación con el derecho a denunciar comportamientos presuntamente abusivos. La exceptio veritatis opera como un mecanismo de equilibrio, recordando que la protección del honor no puede convertirse en un instrumento para silenciar la verdad.

Conclusión

La decisión de demandar por injurias puede parecer, en principio, un acto de defensa legítima frente a acusaciones graves. Sin embargo, cuando existe la posibilidad de que la parte demandada invoque la exceptio veritatis, la estrategia adquiere un componente de riesgo. El proceso judicial podría obligar a examinar con mayor profundidad aquello que se pretendía desmentir.

En este sentido, la observación de Joaquín Urias no se limita a un comentario jurídico técnico, sino que señala una lección más amplia: en determinados contextos, acudir a los tribunales no solo implica reclamar justicia, sino también aceptar que la verdad —si logra acreditarse— será el criterio definitivo. Y cuando la verdad entra en juego, el resultado puede no ser el esperado por quien inició la acción.

Fuente: El Plural.com

26 de febrero de 2026

DERECHOS HUMANOS. De la parodia del alto el fuego de Israel en GAZA y Cisjordania, a la triste realidad


La  ONU alerta del peligro de "limpieza étnica" de Israel en Palestina.   
 
La reciente publicación de un informe de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos vuelve a situar el conflicto entre Israel y Palestina en el centro del debate jurídico y moral internacional. 

El documento, que analiza el período comprendido entre noviembre de 2024 y octubre de 2025, no solo describe una intensificación de la violencia en Gaza y Cisjordania, sino que plantea interrogantes de extrema gravedad: la posible comisión de crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad e incluso actos constitutivos de genocidio. A partir de este diagnóstico, el informe interpela a la comunidad internacional y exige una reflexión profunda sobre la responsabilidad, la justicia y las condiciones necesarias para una paz duradera.

Uno de los ejes centrales del informe es la denuncia de una destrucción sistemática en la Franja de Gaza que, según la Oficina, parece orientada a provocar un cambio demográfico permanente. La devastación de barrios enteros, el bloqueo de ayuda humanitaria y los traslados forzosos de población son descritos como prácticas que no solo agravan el sufrimiento inmediato de la población civil, sino que alteran de forma estructural las condiciones de vida del pueblo palestino. La referencia a la hambrunacon cientos de muertes por inanición, incluidos numerosos niños— introduce un elemento particularmente alarmante: el uso del hambre como método de guerra, tipificado como crimen de guerra por el derecho internacional humanitario.

El informe también subraya que estas conductas podrían alcanzar la categoría de crímenes de lesa humanidad si se comprueba que forman parte de un ataque sistemático o generalizado contra la población civil. Más aún, advierte que, si existiera intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, podrían configurarse elementos del crimen de genocidio. En este punto, el documento enlaza con conclusiones previas de la Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre el Territorio Palestino Ocupado, establecida por el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, que ya había señalado la posible comisión de actos de genocidio.

En Cisjordania, incluida Jerusalén Este, el patrón descrito es diferente pero igualmente preocupante. El informe documenta demoliciones de viviendas, detenciones arbitrarias, tortura y muertes bajo custodia. Estas prácticas, afirma, no serían hechos aislados, sino parte de una lógica de control, dominación y discriminación sistemática. La acusación implícita es que el marco de ocupación se ha transformado en un sistema que vulnera de manera estructural los derechos fundamentales de la población palestina.

La dimensión internacional del problema adquiere especial relevancia cuando se aborda la cuestión de la impunidad. El informe sostiene que el sistema judicial israelí no ha dado pasos significativos para exigir responsabilidades por las violaciones denunciadas. En este contexto, la intervención de la Corte Penal Internacional, que emitió órdenes de arresto contra el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu por presuntos crímenes de guerra y de lesa humanidad, representa un hito jurídico de gran trascendencia. Sin embargo, la eficacia de estas medidas depende de la cooperación de los Estados y del compromiso real con el derecho internacional.

El informe no omite las violaciones cometidas por Hamás y otros grupos armados palestinos. Se documenta la retención de rehenes capturados durante el ataque del 7 de octubre de 2023, así como testimonios de tortura, violencia sexual y tratos inhumanos. Estos hechos también constituyen graves infracciones del derecho internacional y subrayan que la protección de los civiles debe ser una obligación incondicional para todas las partes en conflicto.

En definitiva, el texto de la Oficina del Alto Comisionado plantea una conclusión contundente, la justicia no es un elemento accesorio, sino la base indispensable para la reconstrucción y la paz. La impunidad perpetúa la violencia; la rendición de cuentas abre la posibilidad de reconciliación. La historia del conflicto, que se remonta a la creación del Estado de Israel en 1948 y al desplazamiento masivo de palestinos conocido como la Nakba, demuestra que las heridas no resueltas tienden a reproducirse en ciclos de violencia cada vez más destructivos.

Así, el informe no solo describe una tragedia humanitaria en curso, sino que formula una advertencia ética y política a la comunidad internacional: sin responsabilidad jurídica, sin reparación para las víctimas y sin garantías de no repetición, cualquier alto el fuego será frágil

La paz duradera entre israelíes y palestinos exige algo más que acuerdos temporales; requiere de un compromiso firme, con el derecho, la dignidad humana y la igualdad de derechos para ambos pueblos.

De los fines, obscenos y repulsivos, que esconde la creación de resort para millonarios en Gaza, sobre restos humanos de palestinos allí asesinados, y donde aún no fueron localizados muchos de sus cuerpos.

El Presidente Trump, propone una tesis incómoda. Pero lo verdaderamente obsceno no es solo la devastación material y humana de Gaza, sino la representación farisea de un supuesto futuro bajo un llamado “Plan Maestro”.

 El proyecto, presentado con la ligereza de un ejercicio escolar y la estética simplificada de un PowerPoint, se convierte en símbolo de burla. No es únicamente un plan urbanístico cuestionable; es, sobre todo, una operación de ilusionismo político que pretende superponer colores brillantes sobre una geografía de escombros y cadáveres.

El proyecto es absolutamente censurable, donde la crítica se puede desplegar a dos niveles. Donde en el primero, se desmonta la viabilidad práctica del plan. Pues dada la magnitud de la destrucción millones de toneladas de hormigón, miles de cuerpos aún bajo las ruinas convierte cualquier promesa inmediata de reconstrucción en una quimera. Incluso estimaciones de organismos internacionales como Naciones Unidas apuntan a que el desescombro podría prolongarse durante años antes de que se coloque “la primera baldosa”. La comparación con la limpieza tras el atentado contra el World Trade Center en Nueva York —que requirió meses con todos los recursos de Estados Unidos— subraya el abismo entre la retórica optimista y la realidad física.

En el segundo nivel, destaca la lógica económica. Proyectos como Ras El Hekma, impulsados en la costa mediterránea egipcia, cuentan con estabilidad estatal, infraestructuras básicas y un horizonte de inversión relativamente claro. 

En cambio, Gaza, carece de agua suficiente, de energía estable y de seguridad jurídica. 

Y la pregunta consecuente sería no solo moral sino estructural, ¿que capital privado asumiría una apuesta a tan largo plazo en un territorio devastado, políticamente inestable y jurídicamente incierto? 

Por supuesto que ninguno. Dado que el gran capital no actúa movido por la compasión ni por fantasías coloridas, sino por rentabilidad y garantías.

Luego, mirado el asunto desde un punto de vista  ético y simbólico, el plan no sería tanto un error de cálculo como una puesta en escena deliberada. La participación en el proyecto de figuras tales como  Donald Trump y Jared Kushner (yerno del anterior)  encuadra el proyecto en un estilo político caracterizado por la espectacularización, presentando gráficos simples como si fueran soluciones complejas, convirtiendo la devastación en oportunidad inmobiliaria y transformando el dolor colectivo en maqueta de resort

Esta exposición acusa a sus promotores no de ingenuidad, sino de cinismo, "saben que el proyecto es inviable y, precisamente por eso mismo, lo exhiben".

Este plan, además de tener la consideración de deleznable para cualquier persona de bien, también obliga a hacer autocrítica a cada lector, y a quienes observan desde fuera. La indignación, aunque justa, puede convertirse en un mecanismo reactivo que nos hace bailar al son de la provocación. Y si el plan es una ilusión, oponerse a él como si fuera real podría equivaler a actuar dentro del mismo teatro. Esta reflexión es especialmente potente: la política contemporánea no solo se libra en el terreno de los hechos, sino en el de las escenificaciones. El trampantojo puede capturar tanto a sus defensores como a sus detractores. 

Entonces, repentinamente surge una difícil pregunta: si el “Gaza Resort” es repulsivo e inviable, ¿cuál sería el futuro alternativo? 

Aquí aparecería el núcleo más honesto y desesperanzado de la respuesta a dicho proyecto inmobiliario. No basta con impugnar moralmente; es necesario imaginar condiciones de vida viables

Pero esa imaginación tropieza con una realidad devastada y con décadas de bloqueo, destrucción de infraestructuras y dependencia forzada. 

Por ello la reconstrucción no puede basarse únicamente en términos de macroproyectos turísticos, ni en la lógica del capital especulativo, pero tampoco puede eludirse la cuestión económica. Negar el plan no equivale a construir esperanza.

Al final, centrándose en el gobierno de Benjamin Netanyahu, la hipótesis sería que, el verdadero “plan maestro” no consiste en levantar una ciudad sostenible, sino en, hacer la vida tan inviable que la población termine por marcharse

La destrucción de infraestructuras básicas aeropuerto, plantas eléctricas, sistemas de saneamiento no sería accidental sino coherente con la anterior estrategia a largo plazo. 

La aparente complicidad o benevolencia ante propuestas externas funcionaría como cortina de humo frente a un objetivo más profundo: la desposesión progresiva.

En conjunto, poniendo en perspectiva, denuncia moral, análisis material y reflexión autocrítica, se concluye, que la mayor virtud reside en señalar la obscenidad de convertir una catástrofe humanitaria en colorida maqueta inmobiliaria. Así como recordar que la mera indignación no basta. Si la burla es intolerable, la respuesta no puede limitarse a gritar contra ella; debe consistir en articular alternativas concretas, aunque sean imperfectas y parciales.

Al final queda una inquietud abierta, ¿como imaginar un futuro digno cuando el presente parece diseñado para impedirlo? 

Tal vez la respuesta no resida en grandes planes espectaculares ni en resorts utópicos, sino en reconstrucciones modestas, con garantías de derechos básicos, como devolver la libertad y el territorio a quienes vivían antes allí, es decir a los palestinos.  

Frente al ilusionismo político, la tarea sería devolver peso y espesor a la realidad, sustituir el color superficial por cimientos sólidos, porque no basta con denunciar la oscuridad: es necesario aprender a producir luz sin crear nuevos espejismos.

 

De propósitos ocultos, tras la Junta de Paz de Trump, que evidencian clara estrategia para subyugar a los palestinos

La irrupción de una nueva arquitectura internacional bajo el nombre de “Junta de Paz” marca un punto de inflexión en la diplomacia contemporánea.

 Impulsada por el presidente estadounidense, Donald Trump y presentada inicialmente en la ciudad suiza de Davos, la iniciativa ha sido descrita por su promotor de manera grandilocuente, como “uno de los organismos más trascendentales jamás creados en la historia del mundo”. Sin embargo, más allá de la retórica, la propuesta abre interrogantes profundos sobre el futuro del multilateralismo, el papel de Naciones Unidas y, sobre todo, el destino de la población palestina en la Franja de Gaza.

La escenografía de la presentación no fue casual. En el marco de una cumbre internacional y rodeado de aliados políticos e ideológicos —entre ellos el presidente argentino Javier Milei y el primer ministro húngaro Viktor Orbán— Trump convirtió el anuncio en un acto de afirmación personal y política. El mensaje fue claro: la Junta de Paz no será un foro técnico limitado a la reconstrucción de Gaza, sino una plataforma alternativa de gobernanza global

La exclusión —o intento de relegación— de organismos como la Organización de las Naciones Unidas y la UNRWA revela la ambición de crear un sistema paralelo que supervise, e incluso condicione, el funcionamiento de las instituciones multilaterales tradicionales.

El contexto geopolítico refuerza la controversia. Países europeos clave como Francia, Alemania, Reino Unido o España han rechazado su participación formal, alegando el riesgo de socavar el orden multilateral vigente. En contraste, Estados como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Egipto o Bielorrusia han confirmado su adhesión, junto a Israel, representado por su primer ministro Benjamin Netanyahu, cuya situación internacional se ha visto tensionada por la orden de detención emitida por la Tribunal Penal Internacional. Esta composición heterogénea anticipa una gobernanza marcada más por afinidades estratégicas que por consensos universales.

En términos financieros, la Junta nace con un músculo considerable, donde nueve países han comprometido 7.000 millones de dólares, a los que Washington sumará otros 10.000 millones. La promesa de reconstrucción se acompaña de un ambicioso rediseño institucional de Gaza: desmilitarización, creación de una policía transitoria palestina, despliegue de 20.000 soldados de estabilización aportados por países como Indonesia, Marruecos o Kosovo, y la formación de 12.000 agentes en Egipto y Jordania

La narrativa oficial insiste en que “reconstruiremos Gaza no como era, sino como debe ser”, en palabras del ex primer ministro británico Tony Blair, miembro del comité ejecutivo de la Junta.

No obstante, esta promesa encierra tensiones profundas. ¿Puede hablarse de reconstrucción cuando el proceso está condicionado por la desmilitarización forzada y por la tutela de fuerzas extranjeras? ¿Hasta qué punto la creación de una “nueva policía” y un “gobierno autónomo” responde a la autodeterminación palestina o a un rediseño impuesto desde el exterior?

 La insistencia en supervisar a Naciones Unidas y en convertir la Junta en foro principal de resolución de conflictos globales sugiere un desplazamiento del multilateralismo clásico hacia una diplomacia de clubes selectivos con capacidad financiera y militar.

El discurso de Trump, cargado de referencias a su capacidad para “acabar con guerras” y salvar vidas, combina pragmatismo financiero con ambición simbólica. La evocación implícita del Premio Nobel de la Paz, que no le fue concedido en el pasado, añade una dimensión personal a la iniciativa. La paz entonces aparece no solo como objetivo geopolítico, sino como capital político.

Sin embargo, la cuestión central permanece, ¿que significa la paz para la población gazatí? 

Si la reconstrucción se concibe prioritariamente como apertura a la inversión extranjera, transformación tecnológica y reconfiguración institucional, bajo tutela internacional, el riesgo es que la dimensión humanael sufrimiento acumulado, la pérdida, el desplazamiento— quede subordinada a un proyecto de ingeniería política

Los documentos filtrados por medios estadounidenses, que aluden a planes para asfixiar económica y administrativamente a la población palestina, intensifican la sospecha de que la Junta podría convertirse en instrumento de control más que de emancipación.

La presencia de observadores de la Unión Europea, pese al rechazo formal de varios Estados miembros, evidencia la complejidad del momento. Bruselas parece debatirse entre mantenerse al margen de un sistema que considera paralelo y estar “en la mesa” para influir desde dentro. Esa ambivalencia refleja la tensión más amplia entre el orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial y las nuevas fórmulas de poder que emergen en un mundo fragmentado.

En última instancia, la Junta de Paz simboliza un experimento de gobernanza global impulsado desde la potencia hegemónica, con fuertes apoyos financieros y militares, pero con legitimidad cuestionada. Si logra estabilizar Gaza y mejorar efectivamente la vida de sus habitantes, podría consolidarse como modelo alternativo. 

Si, por el contrario, se percibe como una imposición que margina a los actores locales y debilita el sistema multilateral, podría profundizar la desconfianza internacional y agravar fracturas existentes.

La historia juzgará si esta iniciativa fue un genuino intento de pacificación o un episodio más de competencia por la arquitectura del poder global. 

Entre la promesa de prosperidad y el temor a la asfixia, el futuro de Gaza vuelve a situarse en el centro de una disputa que trasciende sus fronteras.

Fuente: ONU; Desinformando.org; 20minutos.es

POSDATA

En España algo sabemos de que las derechas (extremas y radicales) llenen de mierda y  mentiras a la opinión pública, con la esperanza que el falso relato que difunden tenga más éxito que la verdad.

Y en ese contexto, en este momento se está produciendo una votación en el Congreso de Diputados, donde la suma de esas derechas va a tumbar la renovación del escudo social, del que dependen 12 millones de españoles y españolas. Y desde aquí les digo, que eso de aceptar cualquier relato se acabó y que cada palo aguante su vela. 

Si quieren joder la vida a 12 millones de personas y poner en peligro a millones de niños en riesgo de exclusión social, comprendería que bien harían y para nada lamentaría, que nadie de esos 12 millones de ciudadanos y muchos del resto de españoles y españolas, nunca votasen a PP, Vox y Junts, que bien que se lo merecen mientras no se aprobase en el Congreso el escudo social, porque la excusa que ponen de perjudicar a los pequeños propietarios que alquilan sus viviendas, simplemente es MENTIRA, y lo pongo en mayúsculas  para que sus limitadas inteligencias fascistas lo pillen. 

Y por otra parte, de no aprobarse el decreto que hasta ahora permitía la vigencia del escudo social, las autonomías, mayoritariamente gobernadas  por el PP con el soporte de Vox, a ver que hacen entonces, pues todas ellas tienen transferidas  las competencias respecto de proteger los derechos de los más desfavorecidos, que precisamente no son los propietarios, sino los que no tienen donde vivir, ni que comer.

Por cierto y cambiando de tema, sabido es, que el Rey Emérito siempre ha tenido libertad para ir y venir donde le plazca, pues si se marchó de España, no fue por el golpe de Estado del 23F, sino porque tenía cuentas pendientes con el fisco, y Hacienda le pedía una regularización tras otra. Y además, porque se descubrió que tenía cuentas en el extranjero con elevadas sumas de dinero sin declarar. Y comprendo que el señor Feijóo y la señora Ayuso, resten importancia a esto último, dado que es de suponer tienen las mismas aspiraciones económicas. 

En mi modesta opinión, los reyes, siempre debieran tener las mismas obligaciones fiscales que el resto de los mortales, incluidos protegidos de los justicia como Feijóo  y Ayuso, con sus respectivos allegados. Y además, si se incumplen dichas obligaciones fiscales, recibir mismo castigo que el resto de la ciudadanía. 

Fuente: Redacción

24 de febrero de 2026

INVASION RUSA. Ucrania en el umbral del quinto aniversario de la invasión rusa, se debate entre la resistencia y el desgaste de hoy, y la incertidumbre del mañana

Ucrania conmemora el cuarto aniversario de la invasión rusa tras un año marcado por el aumento de las víctimas de civiles, las negociaciones infructuosas con una Rusia que no cede en sus exigencias, el incremento de las críticas al Gobierno y el impacto de los drones  y en el frente.

 

En las calles de Járkov, cada mañana a las nueve en punto, un metrónomo interrumpe la vida cotidiana.

 Durante sesenta segundos, el murmullo de las cafeterías se apaga, las manos se detienen, las miradas se inclinan. Al final, una voz pronuncia “Slava Ukraini” y el país vuelve a ponerse en marcha. 

Ese minuto de silencio resume con precisión la paradoja que define a Ucrania tras cuatro años de invasión rusa: una vida que parece congelarse a diario, pero que continúa, obstinada, en medio del dolor y la incertidumbre.

Desde el 24 de febrero de 2022, cuando Vladímir Putin ordenó la invasión a gran escala, Ucrania ha transitado de la conmoción inicial a una resistencia prolongada. Lo que Moscú imaginó como una campaña relámpago se transformó en una guerra de desgaste. Hoy, al borde del quinto año, el país no solo enfrenta la presión militar rusa, sino también el agotamiento interno, la erosión social y una compleja reconfiguración del apoyo internacional.

La transformación de la guerra

El conflicto ha mutado profundamente. Si en los primeros meses predominaban las columnas de tanques y la artillería masiva, hoy el campo de batalla está dominado por drones, guerra electrónica y ataques de precisión. El frente ya no es una línea clara, sino una “zona de aniquilación” extendida kilómetros atrás. Soldados que antes combatían cuerpo a cuerpo ahora observan pantallas desde búnkeres subterráneos. La tecnología ha ampliado el alcance del peligro y ha difuminado la frontera entre retaguardia y combate.

Las cifras de bajas, aunque imprecisas, son estremecedoras. Estimaciones del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales hablan de cientos de miles de muertos y hasta 1,8 millones de bajas combinadas entre muertos, heridos y desaparecidos en ambos bandos. A ello se suma el impacto devastador sobre la población civil: más de 15.000 fallecidos confirmados por Naciones Unidas y decenas de miles de heridos. Cada número es una biografía truncada, una familia rota, una ciudad que pierde parte de sí misma.

En regiones como Jersón, los drones de corto alcance han convertido calles y hogares en espacios vulnerables. La guerra tecnológica no distingue claramente entre combatientes y civiles, y la sensación de amenaza constante erosiona la estabilidad psicológica de la sociedad.

Sin victorias decisivas

Territorialmente, Rusia controla alrededor del 20% del país si se suman Crimea y partes del Donbás. Sin embargo, sus avances han sido graduales y costosos. Ciudades como Pokrovsk o Kupiansk simbolizan una lucha persistente sin cambios estratégicos definitivos. Ucrania ha logrado frenar ofensivas mayores, pero ha perdido la capacidad de lanzar contraataques decisivos como los de 2022.

El resultado es un equilibrio inestable: Rusia no consigue imponer sus condiciones por la fuerza, y Ucrania no logra recuperar de forma significativa el territorio ocupado. La guerra se ha convertido en un pulso de resistencia, donde el tiempo es un arma más.

El desgaste interno

Si el frente militar es estático, el frente social es dinámico y complejo. La movilización prolongada ha generado tensiones. Bajo la ley marcial, millones de hombres están sujetos al servicio obligatorio; algunos han huido, otros se esconden, otros buscan exenciones. El discurso de unidad nacional que marcó los primeros años ha dado paso a conversaciones más crudas sobre el cansancio, la corrupción y los abusos en el reclutamiento.

En Kiev, la vida intenta continuar: teatros abiertos, tráfico intenso, niños jugando en la nieve. Pero la normalidad es frágil. Los ataques rusos contra la infraestructura energética han dejado a millones sin calefacción en pleno invierno. Las carpas de emergencia y las aplicaciones para consultar horarios de electricidad forman parte de la nueva rutina. La resiliencia convive con la precariedad.

A nivel político, el presidente Volodímir Zelenski ha debido enfrentar críticas internas y escándalos de corrupción. Aunque mantiene respaldo popular, la cohesión inicial se ha erosionado. La guerra prolongada pone a prueba no solo la capacidad militar del Estado, sino también su legitimidad y transparencia.

La dimensión internacional: Trump y Europa

El conflicto ya no puede entenderse sin la figura de Donald Trump. Su retorno a la Casa Blanca alteró el equilibrio diplomático. La retórica dura hacia Kiev, la paralización parcial del apoyo militar estadounidense en 2025 y la presión para alcanzar un acuerdo rápido han incrementado la sensación de vulnerabilidad ucraniana.

Trump ha impulsado negociaciones que, hasta ahora, no han producido un alto el fuego. Moscú mantiene demandas maximalistas, incluyendo el control total del Donbás y la neutralidad permanente de Ucrania. Kiev, por su parte, se niega a reconocer la anexión de territorios y exige garantías de seguridad sólidas, especialmente ante la imposibilidad actual de ingresar en la OTAN.

Ante la reducción del respaldo estadounidense, Europa ha intentado llenar el vacío. Sin embargo, la unidad del bloque se ha visto tensionada por el veto de Viktor Orbán a un préstamo de 90.000 millones de euros, generando fricciones dentro de la Unión Europea. Figuras como Kaja Kallas y Emmanuel Macron han defendido la necesidad de respetar los compromisos colectivos, subrayando que la credibilidad europea está en juego.

La disputa energética en torno al oleoducto Druzhba evidencia cómo la guerra se entrelaza con intereses económicos y políticos más amplios. Ucrania no solo combate en el frente oriental, sino también en los laberintos diplomáticos de Bruselas y Washington.

Esperanza escasa, resistencia persistente

Las encuestas muestran una sociedad dividida entre el rechazo a ceder territorio y el pragmatismo de aceptar un congelamiento del conflicto con garantías de seguridad. Pero el escepticismo domina. Para muchos ucranianos, las negociaciones parecen una representación sin desenlace real. La desconfianza hacia Rusia es profunda y estructural.

Historias como la de Anna, originaria de Bajmut, reflejan la dimensión íntima de la guerra. Ver su ciudad ocupada, recorrer virtualmente calles que ya no le pertenecen, asumir que no volverá, son heridas que no se miden en kilómetros cuadrados ni en estadísticas militares. El Donbás no es solo una región estratégica; es memoria, identidad y pertenencia.

CONCLUSIÓN

Al entrar en su quinto año, Ucrania encarna la resistencia de un Estado que, pese al agotamiento, se niega a desaparecer. Sin victorias decisivas ni perspectivas claras de paz, el país vive suspendido entre la rabia y la desesperanza, entre la rutina y el duelo. La guerra ha redefinido su territorio, su política y su tejido social, pero no ha quebrado su voluntad colectiva.

El metrónomo que marca cada mañana en Járkov no solo recuerda a los muertos; también simboliza el pulso de una nación que, aun exhausta, sigue latiendo. Mientras las negociaciones avanzan y retroceden, mientras las potencias calculan sus intereses, Ucrania continúa existiendo en ese minuto suspendido entre el silencio y la vida que vuelve a empezar.

Gloria a los caídos ucranianos y mis mejores deseos para el resto.

Fuente: El diario.es   ; Euronews

23 de febrero de 2026

El Gobierno, 45 años después del intento de golpe de Estado, anuncia la desclasificación de los documentos del 23-F

 “La memoria no puede estar bajo llave. Las democracias deben conocer su pasado para construir un futuro más libre”, afirmó el Presidente del Gobierno. 

La decisión del Presidente, de desclasificar los documentos relativos al 23-F, cuarenta y cinco años después del intento de golpe de Estado en dicha fecha, no es únicamente un gesto político coyuntural, sino un acto cargado de significado histórico, democrático y simbólico.

 “La memoria no puede estar bajo llave”, manifestó el Presidente, Pedro Sánchez, subrayando una idea esencial: las democracias sólidas no temen a su pasado, sino que lo examinan con rigor para fortalecer su futuro.

El anuncio se produce en un contexto político tenso, donde la reacción del Partido Popular (PP) no se hizo esperar, calificando la medida como una “cortina de humo”. También Vox expresó su rechazo. Sin embargo, reducir la desclasificación a una maniobra de distracción, implica ignorar a propósito, la dimensión histórica del acontecimiento y el derecho ciudadano a conocer en profundidad uno de los episodios más delicados de la democracia española.

El 23 de febrero de 1981, España vivió 18 horas de incertidumbre que pusieron en jaque el sistema constitucional nacido tras la dictadura franquista. La irrupción armada en el Congreso liderada por el teniente coronel Antonio Tejero no fue un acto aislado ni improvisado. Las declaraciones recogidas en el sumario judicial revelan una compleja red de contactos y expectativas que involucraban a figuras militares de alto rango como el exteniente General, Jaime Milans del Bosch y el general Alfonso Armada. El llamado “golpe blando” pretendía, según los testimonios, articular un gobierno alternativo que, bajo apariencia constitucional, alterara profundamente el rumbo político del país.

La sentencia judicial descartó la implicación del entonces monarca Juan Carlos I, cuyo mensaje televisado fue determinante para desactivar la intentona golpista. Aquella intervención consolidó la imagen del Rey como garante del orden constitucional. No obstante, con el paso del tiempo han persistido interrogantes sobre los contactos previos, las expectativas de los golpistas y el alcance real de las conversaciones mantenidas en los días y semanas anteriores al asalto.

Es precisamente en ese terreno donde la desclasificación cobra relevancia. La democracia no se debilita por revelar información; al contrario, se fortalece cuando afronta las zonas grises de su historia. El hecho de que todavía esté vigente una ley de secretos oficiales heredada del franquismo refuerza la necesidad de actualizar los mecanismos de transparencia. Diversos grupos parlamentarios, como el Partido Nacionalista Vasco (PNV), han reclamado en repetidas ocasiones la reforma de dicha normativa, sin éxito hasta ahora.

La polémica política actual, sin embargo, parece desplazarse hacia el terreno de la oportunidad del anuncio. ¿Es pertinente hablar de un acontecimiento de hace 45 años en medio de los desafíos contemporáneos? La respuesta, desde una perspectiva democrática, es afirmativa. Conocer con precisión qué ocurrió, quiénes participaron, qué responsabilidades existieron y qué decisiones se tomaron no es ejercicio nostálgico, sino preventivo. Como señala la conocida máxima, los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla.

El 23-F no fue simplemente un episodio militar; fue una prueba de resistencia institucional. Desde los disparos en el hemiciclo hasta las negociaciones fallidas y la rendición final, el país contempló cómo su joven democracia podía quebrarse en cuestión de horas. La desclasificación puede arrojar luz sobre las motivaciones, las complicidades y los límites reales del sistema en aquel momento crítico.

Las críticas que tildan la medida de “cortina de humo” plantean una cuestión legítima sobre la instrumentalización política de la memoria. Sin embargo, incluso si el anuncio tuviese un componente estratégico, ello no invalida la importancia objetiva de la transparencia. La memoria histórica no pertenece a un partido ni a un gobierno; pertenece a la ciudadanía.

En última instancia, desclasificar los documentos del 23-F supone reconocer que la madurez democrática se mide también por la capacidad de revisar el pasado sin miedo. España, cuatro décadas después de aquel intento de ruptura constitucional, tiene derecho a comprender con mayor profundidad lo sucedido. No se trata de reabrir heridas, sino de cerrar interrogantes.

La democracia se construye cada día, pero también se protege recordando los momentos en que estuvo a punto de perderse. 

Si la transparencia contribuye a fortalecer la confianza pública y a consolidar una cultura política basada en la responsabilidad y el conocimiento histórico, entonces la desclasificación no es una distracción: es un acto de salud democrática.

Fuente: El Pais.com

OPINIÓN. ¿Salvó el rey la democracia en España, en el golpe de Estado del 23F?

 Se cumplen 45 años del intento golpista de 1981, capitaneado por el ex-guardia civil que llegó a teniente coronel, Antonio Tejero, un suceso del que aún desconocemos toda la verdad a pesar de la versión oficial fijada definitivamente por la sentencia que enjuició a los autores.

Transcurridos 45 años del 23 de febrero de 1981, el llamado 23F continúa siendo uno de los episodios más controvertidos de la historia reciente de España. 

La imagen fijada en la memoria colectiva —la de un monarca decidido que, con un mensaje televisado, salvó la joven democracia— ha sido durante décadas el relato predominante. Sin embargo, la persistencia de zonas oscuras, las contradicciones testimoniales y las revelaciones posteriores obligan a replantear críticamente esa versión. La pregunta sigue vigente: ¿salvó realmente el rey de España la democracia durante el golpe de Estado del 23F?

El asalto al Congreso de los Diputados por fuerzas de la Guardia Civil al mando del teniente coronel Antonio Tejero y la simultánea sublevación en Valencia encabezada por el teniente general Jaime Milans del Bosch constituyeron el mayor desafío al orden constitucional desde la aprobación de la Constitución de 1978. Según la sentencia del Consejo Supremo de Justicia Militar, el golpe fue obra de un grupo reducido de militares que fracasó gracias a la firme intervención de Juan Carlos I y a la lealtad mayoritaria de las Fuerzas Armadas. Esta interpretación consolidó una narrativa heroica: el rey, como garante de la Constitución, habría neutralizado la amenaza golpista y asegurado la continuidad democrática.

Sin embargo, la construcción de ese relato oficial presenta fisuras. La justicia militar no recabó el testimonio del propio monarca durante la instrucción del sumario, lo que privó al proceso judicial de una pieza central para esclarecer los hechos. Décadas después, en sus memorias tituladas Reconciliación (2025), Juan Carlos I reivindica un papel decisivo y personalísimo en la desactivación del golpe. Se presenta como el eje de las decisiones cruciales, consciente de que “su proyecto político” estaba en juego y decidido a salvar la democracia. No obstante, esta versión autobiográfica choca con declaraciones judiciales previas y con otros testimonios relevantes.

Especialmente significativa resulta la discrepancia en torno al papel del general Alfonso Armada, figura clave en la denominada “solución Armada”, que proponía un gobierno de concentración presidido por él mismo. El rey afirma haberle negado autorización para actuar en su nombre ante los golpistas. Sin embargo, el general Sabino Fernández Campo, entonces secretario general de la Casa del Rey, declaró ante el juez instructor que transmitió a Armada, por orden expresa del monarca, que cualquier acción debía realizarla a título personal y sin invocar el nombre del rey. Más aún, dejó claro que no partió de él la iniciativa de que Armada acudiera al Congreso, sino que actuó siguiendo instrucciones reales. Esta contradicción no es menor: afecta al núcleo mismo de la cuestión sobre si la Corona fue un dique inequívoco frente al golpe o si, al menos en una fase inicial, contempló una salida política alternativa dentro del marco de la asonada.

El fracaso del golpe no se produjo exclusivamente por el mensaje televisado del rey en uniforme militar, aunque ese gesto tuviera un enorme valor simbólico. Fue también decisiva la negativa de Tejero a aceptar la propuesta de Armada, a la que calificó de “chapuza”, pues aspiraba a una junta militar y no a un gobierno de concentración con presencia de partidos políticos. En este punto, la historia contrafactual resulta inquietante: si Tejero hubiese aceptado la fórmula Armada, ¿habría podido consolidarse una solución de compromiso bajo apariencia constitucional? La negativa del propio golpista fue, paradójicamente, uno de los factores que precipitaron el fracaso de la intentona.

Además, la supuesta unanimidad leal de las Fuerzas Armadas ha sido cuestionada por documentos y declaraciones posteriores. El entonces ministro de Defensa, Alberto Oliart, habló de un 99,40% de fidelidad constitucional. Sin embargo, estimaciones posteriores del propio Juan Carlos I y documentos conservados por el jefe del Estado Mayor del Ejército, José Gabeiras, sugieren que el apoyo al orden constitucional fue mucho menos sólido y que numerosos capitanes generales permanecieron expectantes, aguardando la evolución de los acontecimientos antes de posicionarse. Incluso Armada reconocería años más tarde que muchos mandos no preguntaban qué opinaba el rey, sino si el golpe tenía visos de prosperar.

Este conjunto de elementos apunta a una realidad más compleja que la versión oficial. No se trata de negar la importancia de la intervención del monarca —su mensaje fue determinante para fijar una posición institucional clara y frenar adhesiones adicionales al golpe—, sino de matizar la narrativa simplificada que lo presenta como único salvador de la democracia. El 23F fue el resultado de tensiones acumuladas: el malestar militar por la legalización del PCE, el desarrollo autonómico y el terrorismo de ETA, así como la fragilidad política del momento. En ese contexto, la Corona jugó un papel decisivo, pero también ambiguo en ciertos compases iniciales, al menos según algunos testimonios.

La pervivencia de secretos de Estado y la ausencia de una desclasificación completa de documentos impiden cerrar definitivamente el debate. La democracia española salió reforzada del fracaso del golpe, pero el conocimiento histórico permanece incompleto. Quizá la verdadera lección del 23F no sea la mitificación de un individuo, sino la constatación de que las instituciones democráticas dependen de equilibrios frágiles, de decisiones colectivas y de la conducta —a veces contradictoria— de sus protagonistas.

En conclusión, afirmar categóricamente que el rey salvó la democracia simplifica en exceso un episodio lleno de matices, incertidumbres y zonas grises. 

La intervención del rey emérito, Don Juan Carlos I, fue relevante y probablemente crucial en el desenlace final. 

Pero el fracaso del golpe obedeció a una combinación de factores: divisiones internas entre los golpistas, la falta de consenso militar, la resistencia institucional, y la propia dinámica de los acontecimientos

Cuarenta y cinco años después, el 23F sigue siendo no solo un hito histórico, sino también un espejo en el que se reflejan las tensiones entre memoria, verdad y poder.

Fuente: El Diario.es

ESPAÑA. La Guerra Civil no acabó como nos contaron. "Franco tapó que hubo muchos contactos con los vencidos"

 "Querían que pareciera una victoria militar aplastante", apunta el historiador Gutmaro Gómez Bravo, autor de "Cómo terminó la Guerra Civil española"

La reciente investigación del historiador Gutmaro Gómez Bravo, plasmada en su obra "Cómo terminó la Guerra Civil española" invita a revisar de manera profunda el relato tradicional sobre el final de la Guerra Civil Española. 

Durante décadas, la versión dominante sostuvo que el conflicto concluyó como resultado de una victoria militar aplastante del bando sublevado encabezado por Francisco Franco. Sin embargo, la documentación recientemente estudiada revela un desenlace mucho más complejo, en el que la inteligencia, la diplomacia encubierta y la manipulación psicológica desempeñaron un papel tan decisivo como las operaciones militares en el frente.

El relato oficial, construido por los vencedores, consolidó la imagen de una derrota republicana fruto exclusivo del caos interno, las divisiones políticas y la superioridad bélica franquista. Sin negar esta superioridad, Gómez Bravo demuestra que el final de la guerra fue cuidadosamente planificado desde el Cuartel General del Generalísimo, a través del Servicio de Información y Policía Militar (SIPM). Este organismo no solo recopiló información estratégica, sino que intervino comunicaciones, promovió la descomposición interna del enemigo y dirigió una operación destinada a asegurar que la rendición se produjera en los términos que Franco deseaba: sin negociación política visible y con apariencia de sometimiento absoluto.

Uno de los aspectos más reveladores de esta investigación es la existencia de múltiples contactos entre ambos bandos en los meses finales del conflicto. Lejos de la imagen de una resistencia hasta el último hombre seguida de una caída inevitable, hubo intentos de mediación internacional —incluyendo gestiones del Vaticano con el beneplácito de potencias como Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos— que pudieron haber adelantado el fin de la contienda. No obstante, Franco evitó sistemáticamente cualquier salida que pudiera interpretarse como un pacto político. La prioridad era preservar la narrativa de una victoria total, sin concesiones ni reconocimiento del adversario como interlocutor legítimo.

La guerra, por tanto, pudo haber concluido antes del 1 de abril de 1939. Sin embargo, se prolongó hasta que las condiciones psicológicas y materiales garantizaron una rendición sin matices. La población republicana, exhausta tras casi mil días de conflicto, hambre y bombardeos, fue objeto de una estrategia de desgaste cuidadosamente calculada. La propaganda franquista transmitía mensajes de inminente final y promesas de clemencia, minando la moral y fomentando la resignación. En paralelo, se obstaculizaban los contactos diplomáticos que ofrecían garantías jurídicas internacionales a los republicanos, como el respeto a la Convención de Ginebra.

Este uso sistemático de la inteligencia y la información constituye uno de los aportes centrales del libro. Tradicionalmente se ha destacado la ayuda militar de la Alemania nazi y la Italia fascista en términos de armamento y aviación. No obstante, la investigación subraya la importancia del apoyo logístico y tecnológico alemán, especialmente en materia de cifrado, contraespionaje y tácticas policiales avanzadas. Gracias a estas herramientas, el bando sublevado logró interceptar comunicaciones republicanas y anticipar movimientos estratégicos, operando con una ventaja informativa que convirtió el desenlace en un proceso dirigido más que en un simple colapso militar.

La consecuencia de esta estrategia no fue solo la victoria en el campo de batalla, sino la construcción de un relato histórico funcional a la legitimación del nuevo régimen. Al ocultar los contactos, las negociaciones y las operaciones de manipulación, el franquismo consolidó la imagen de un líder magnánimo que “concedía el perdón” tras imponerse sin discusión. En realidad, como señala Gómez Bravo, la posguerra también fue planificada con la misma meticulosidad que el final del conflicto. La represión, lejos de ser una reacción improvisada, formó parte de un proyecto político previamente diseñado.

Este replanteamiento historiográfico tiene implicaciones profundas. En primer lugar, cuestiona la simplificación maniquea del desenlace bélico y obliga a reconsiderar el papel de la diplomacia, la inteligencia y la propaganda en los conflictos modernos. En segundo lugar, demuestra cómo el control del relato posterior es tan importante como la victoria militar misma. La memoria colectiva fue moldeada por la documentación que se conservó y, sobre todo, por la que se ocultó.

En definitiva, la obra de Gómez Bravo nos recuerda que la historia no es un relato cerrado, sino una construcción sujeta a revisión constante conforme emergen nuevas fuentes. El final de la Guerra Civil española no fue únicamente el resultado de una superioridad militar incontestable, sino también de una estrategia política e informativa diseñada para asegurar no solo la derrota del adversario, sino su deslegitimación absoluta ante la posteridad. Comprender estos matices no implica reescribir el pasado por capricho, sino acercarse con mayor rigor a la complejidad de uno de los episodios más decisivos del siglo XX en España, pero también de los más oscuros.

Fuente: Infolibre.es