Se cumplen 45 años del intento golpista capitaneado por el teniente coronel Antonio Tejero en 1981, un suceso del que aún desconocemos toda la verdad a pesar de la versión oficial fijada definitivamente por la sentencia que enjuició a los autores.
La imagen
fijada en la memoria colectiva —la de un monarca decidido que, con un mensaje
televisado, salvó la joven democracia— ha sido durante décadas el relato
predominante. Sin embargo, la persistencia de zonas oscuras, las
contradicciones testimoniales y las revelaciones posteriores obligan a
replantear críticamente esa versión. La pregunta sigue vigente: ¿salvó realmente
el rey de España la democracia durante el golpe de Estado del 23F?
El
asalto al Congreso de los Diputados por fuerzas de la Guardia Civil al mando
del teniente coronel Antonio Tejero y la simultánea sublevación en Valencia
encabezada por el teniente general Jaime Milans del Bosch constituyeron el
mayor desafío al orden constitucional desde la aprobación de la Constitución de
1978. Según la sentencia del Consejo Supremo de Justicia Militar, el golpe fue
obra de un grupo reducido de militares que fracasó gracias a la firme intervención
de Juan Carlos I y a la lealtad mayoritaria de las Fuerzas Armadas. Esta
interpretación consolidó una narrativa heroica: el rey, como garante de la
Constitución, habría neutralizado la amenaza golpista y asegurado la
continuidad democrática.
Sin
embargo, la construcción de ese relato oficial presenta fisuras. La justicia
militar no recabó el testimonio del propio monarca durante la instrucción del
sumario, lo que privó al proceso judicial de una pieza central para esclarecer
los hechos. Décadas después, en sus memorias tituladas Reconciliación
(2025), Juan Carlos I reivindica un papel decisivo y personalísimo en la
desactivación del golpe. Se presenta como el eje de las decisiones cruciales,
consciente de que “su proyecto político” estaba en juego y decidido a salvar la
democracia. No obstante, esta versión autobiográfica choca con declaraciones
judiciales previas y con otros testimonios relevantes.
Especialmente
significativa resulta la discrepancia en torno al papel del general Alfonso
Armada, figura clave en la denominada “solución Armada”, que proponía un
gobierno de concentración presidido por él mismo. El rey afirma haberle negado
autorización para actuar en su nombre ante los golpistas. Sin embargo, el
general Sabino Fernández Campo, entonces secretario general de la Casa del Rey,
declaró ante el juez instructor que transmitió a Armada, por orden expresa del
monarca, que cualquier acción debía realizarla a título personal y sin invocar
el nombre del rey. Más aún, dejó claro que no partió de él la iniciativa de que
Armada acudiera al Congreso, sino que actuó siguiendo instrucciones reales.
Esta contradicción no es menor: afecta al núcleo mismo de la cuestión sobre si
la Corona fue un dique inequívoco frente al golpe o si, al menos en una fase
inicial, contempló una salida política alternativa dentro del marco de la
asonada.
El
fracaso del golpe no se produjo exclusivamente por el mensaje televisado del
rey en uniforme militar, aunque ese gesto tuviera un enorme valor simbólico.
Fue también decisiva la negativa de Tejero a aceptar la propuesta de Armada, a
la que calificó de “chapuza”, pues aspiraba a una junta militar y no a un
gobierno de concentración con presencia de partidos políticos. En este punto,
la historia contrafactual resulta inquietante: si Tejero hubiese aceptado la
fórmula Armada, ¿habría podido consolidarse una solución de compromiso bajo
apariencia constitucional? La negativa del propio golpista fue,
paradójicamente, uno de los factores que precipitaron el fracaso de la
intentona.
Además,
la supuesta unanimidad leal de las Fuerzas Armadas ha sido cuestionada por
documentos y declaraciones posteriores. El entonces ministro de Defensa, Alberto
Oliart, habló de un 99,40% de fidelidad constitucional. Sin embargo,
estimaciones posteriores del propio Juan Carlos I y documentos conservados por
el jefe del Estado Mayor del Ejército, José Gabeiras, sugieren que el apoyo al
orden constitucional fue mucho menos sólido y que numerosos capitanes generales
permanecieron expectantes, aguardando la evolución de los acontecimientos antes
de posicionarse. Incluso Armada reconocería años más tarde que muchos mandos no
preguntaban qué opinaba el rey, sino si el golpe tenía visos de prosperar.
Este
conjunto de elementos apunta a una realidad más compleja que la versión
oficial. No se trata de negar la importancia de la intervención del monarca —su
mensaje fue determinante para fijar una posición institucional clara y frenar
adhesiones adicionales al golpe—, sino de matizar la narrativa simplificada que
lo presenta como único salvador de la democracia. El 23F fue el resultado de
tensiones acumuladas: el malestar militar por la legalización del PCE, el
desarrollo autonómico y el terrorismo de ETA, así como la fragilidad política
del momento. En ese contexto, la Corona jugó un papel decisivo, pero también
ambiguo en ciertos compases iniciales, al menos según algunos testimonios.
La
pervivencia de secretos de Estado y la ausencia de una desclasificación
completa de documentos impiden cerrar definitivamente el debate. La democracia
española salió reforzada del fracaso del golpe, pero el conocimiento histórico
permanece incompleto. Quizá la verdadera lección del 23F no sea la mitificación
de un individuo, sino la constatación de que las instituciones democráticas
dependen de equilibrios frágiles, de decisiones colectivas y de la conducta —a
veces contradictoria— de sus protagonistas.
En conclusión, afirmar categóricamente que el rey salvó la democracia simplifica en exceso un episodio lleno de matices, incertidumbres y zonas grises.
La intervención del rey emérito, Don Juan Carlos I, fue relevante y probablemente crucial en el desenlace final.
Pero el fracaso del golpe obedeció a una combinación de factores: divisiones internas entre los golpistas, la falta de consenso militar, la resistencia institucional, y la propia dinámica de los acontecimientos.
Cuarenta y cinco años después, el 23F sigue siendo no solo un
hito histórico, sino también un espejo en el que se reflejan las tensiones
entre memoria, verdad y poder.
Fuente: El Diario.es
