"Querían que pareciera una victoria militar aplastante", apunta el historiador Gutmaro Gómez Bravo, autor de "Cómo terminó la Guerra Civil española"
Durante décadas,
la versión dominante sostuvo que el conflicto concluyó como resultado de una
victoria militar aplastante del bando sublevado encabezado por Francisco Franco.
Sin embargo, la documentación recientemente estudiada revela un desenlace mucho
más complejo, en el que la inteligencia, la diplomacia encubierta y la
manipulación psicológica desempeñaron un papel tan decisivo como las
operaciones militares en el frente.
El
relato oficial, construido por los vencedores, consolidó la imagen de una
derrota republicana fruto exclusivo del caos interno, las divisiones políticas
y la superioridad bélica franquista. Sin negar esta superioridad, Gómez Bravo
demuestra que el final de la guerra fue cuidadosamente planificado desde el
Cuartel General del Generalísimo, a través del Servicio de Información y
Policía Militar (SIPM). Este organismo no solo recopiló información
estratégica, sino que intervino comunicaciones, promovió la descomposición
interna del enemigo y dirigió una operación destinada a asegurar que la
rendición se produjera en los términos que Franco deseaba: sin negociación
política visible y con apariencia de sometimiento absoluto.
Uno
de los aspectos más reveladores de esta investigación es la existencia de
múltiples contactos entre ambos bandos en los meses finales del conflicto.
Lejos de la imagen de una resistencia hasta el último hombre seguida de una
caída inevitable, hubo intentos de mediación internacional —incluyendo
gestiones del Vaticano con el beneplácito de potencias como Francia, Gran
Bretaña y Estados Unidos— que pudieron haber adelantado el fin de la contienda.
No obstante, Franco evitó sistemáticamente cualquier salida que pudiera
interpretarse como un pacto político. La prioridad era preservar la narrativa
de una victoria total, sin concesiones ni reconocimiento del adversario como
interlocutor legítimo.
La
guerra, por tanto, pudo haber concluido antes del 1 de abril de 1939. Sin
embargo, se prolongó hasta que las condiciones psicológicas y materiales
garantizaron una rendición sin matices. La población republicana, exhausta tras
casi mil días de conflicto, hambre y bombardeos, fue objeto de una estrategia
de desgaste cuidadosamente calculada. La propaganda franquista transmitía
mensajes de inminente final y promesas de clemencia, minando la moral y
fomentando la resignación. En paralelo, se obstaculizaban los contactos
diplomáticos que ofrecían garantías jurídicas internacionales a los
republicanos, como el respeto a la Convención de Ginebra.
Este
uso sistemático de la inteligencia y la información constituye uno de los
aportes centrales del libro. Tradicionalmente se ha destacado la ayuda militar
de la Alemania nazi y la Italia fascista en términos de armamento y aviación.
No obstante, la investigación subraya la importancia del apoyo logístico y
tecnológico alemán, especialmente en materia de cifrado, contraespionaje y
tácticas policiales avanzadas. Gracias a estas herramientas, el bando sublevado
logró interceptar comunicaciones republicanas y anticipar movimientos
estratégicos, operando con una ventaja informativa que convirtió el desenlace
en un proceso dirigido más que en un simple colapso militar.
La
consecuencia de esta estrategia no fue solo la victoria en el campo de batalla,
sino la construcción de un relato histórico funcional a la legitimación del
nuevo régimen. Al ocultar los contactos, las negociaciones y las operaciones de
manipulación, el franquismo consolidó la imagen de un líder magnánimo que
“concedía el perdón” tras imponerse sin discusión. En realidad, como señala
Gómez Bravo, la posguerra también fue planificada con la misma meticulosidad
que el final del conflicto. La represión, lejos de ser una reacción
improvisada, formó parte de un proyecto político previamente diseñado.
Este
replanteamiento historiográfico tiene implicaciones profundas. En primer lugar,
cuestiona la simplificación maniquea del desenlace bélico y obliga a
reconsiderar el papel de la diplomacia, la inteligencia y la propaganda en los
conflictos modernos. En segundo lugar, demuestra cómo el control del relato
posterior es tan importante como la victoria militar misma. La memoria
colectiva fue moldeada por la documentación que se conservó y, sobre todo, por
la que se ocultó.
En
definitiva, la obra de Gómez Bravo nos recuerda que la historia no es un relato
cerrado, sino una construcción sujeta a revisión constante conforme emergen
nuevas fuentes. El final de la Guerra Civil española no fue únicamente el
resultado de una superioridad militar incontestable, sino también de una
estrategia política e informativa diseñada para asegurar no solo la derrota del
adversario, sino su deslegitimación absoluta ante la posteridad. Comprender
estos matices no implica reescribir el pasado por capricho, sino acercarse con
mayor rigor a la complejidad de uno de los episodios más decisivos del siglo XX
en España.
Fuente: Infolibre.es
