26 de febrero de 2026

DERECHOS HUMANOS. De la parodia del alto el fuego de Israel en GAZA y Cisjordania, a la triste realidad


La  ONU alerta del peligro de "limpieza étnica" de Israel en Palestina.   
 
La reciente publicación de un informe de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos vuelve a situar el conflicto entre Israel y Palestina en el centro del debate jurídico y moral internacional. 

El documento, que analiza el período comprendido entre noviembre de 2024 y octubre de 2025, no solo describe una intensificación de la violencia en Gaza y Cisjordania, sino que plantea interrogantes de extrema gravedad: la posible comisión de crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad e incluso actos constitutivos de genocidio. A partir de este diagnóstico, el informe interpela a la comunidad internacional y exige una reflexión profunda sobre la responsabilidad, la justicia y las condiciones necesarias para una paz duradera.

Uno de los ejes centrales del informe es la denuncia de una destrucción sistemática en la Franja de Gaza que, según la Oficina, parece orientada a provocar un cambio demográfico permanente. La devastación de barrios enteros, el bloqueo de ayuda humanitaria y los traslados forzosos de población son descritos como prácticas que no solo agravan el sufrimiento inmediato de la población civil, sino que alteran de forma estructural las condiciones de vida del pueblo palestino. La referencia a la hambrunacon cientos de muertes por inanición, incluidos numerosos niños— introduce un elemento particularmente alarmante: el uso del hambre como método de guerra, tipificado como crimen de guerra por el derecho internacional humanitario.

El informe también subraya que estas conductas podrían alcanzar la categoría de crímenes de lesa humanidad si se comprueba que forman parte de un ataque sistemático o generalizado contra la población civil. Más aún, advierte que, si existiera intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, podrían configurarse elementos del crimen de genocidio. En este punto, el documento enlaza con conclusiones previas de la Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre el Territorio Palestino Ocupado, establecida por el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, que ya había señalado la posible comisión de actos de genocidio.

En Cisjordania, incluida Jerusalén Este, el patrón descrito es diferente pero igualmente preocupante. El informe documenta demoliciones de viviendas, detenciones arbitrarias, tortura y muertes bajo custodia. Estas prácticas, afirma, no serían hechos aislados, sino parte de una lógica de control, dominación y discriminación sistemática. La acusación implícita es que el marco de ocupación se ha transformado en un sistema que vulnera de manera estructural los derechos fundamentales de la población palestina.

La dimensión internacional del problema adquiere especial relevancia cuando se aborda la cuestión de la impunidad. El informe sostiene que el sistema judicial israelí no ha dado pasos significativos para exigir responsabilidades por las violaciones denunciadas. En este contexto, la intervención de la Corte Penal Internacional, que emitió órdenes de arresto contra el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu por presuntos crímenes de guerra y de lesa humanidad, representa un hito jurídico de gran trascendencia. Sin embargo, la eficacia de estas medidas depende de la cooperación de los Estados y del compromiso real con el derecho internacional.

El informe no omite las violaciones cometidas por Hamás y otros grupos armados palestinos. Se documenta la retención de rehenes capturados durante el ataque del 7 de octubre de 2023, así como testimonios de tortura, violencia sexual y tratos inhumanos. Estos hechos también constituyen graves infracciones del derecho internacional y subrayan que la protección de los civiles debe ser una obligación incondicional para todas las partes en conflicto.

En definitiva, el texto de la Oficina del Alto Comisionado plantea una conclusión contundente, la justicia no es un elemento accesorio, sino la base indispensable para la reconstrucción y la paz. La impunidad perpetúa la violencia; la rendición de cuentas abre la posibilidad de reconciliación. La historia del conflicto, que se remonta a la creación del Estado de Israel en 1948 y al desplazamiento masivo de palestinos conocido como la Nakba, demuestra que las heridas no resueltas tienden a reproducirse en ciclos de violencia cada vez más destructivos.

Así, el informe no solo describe una tragedia humanitaria en curso, sino que formula una advertencia ética y política a la comunidad internacional: sin responsabilidad jurídica, sin reparación para las víctimas y sin garantías de no repetición, cualquier alto el fuego será frágil

La paz duradera entre israelíes y palestinos exige algo más que acuerdos temporales; requiere de un compromiso firme, con el derecho, la dignidad humana y la igualdad de derechos para ambos pueblos.

De los fines, obscenos y repulsivos, que esconde la creación de resort para millonarios en Gaza, sobre restos humanos de palestinos allí asesinados, y donde aún no fueron localizados muchos de sus cuerpos.

El Presidente Trump, propone una tesis incómoda. Pero lo verdaderamente obsceno no es solo la devastación material y humana de Gaza, sino la representación farisea de un supuesto futuro bajo un llamado “Plan Maestro”.

 El proyecto, presentado con la ligereza de un ejercicio escolar y la estética simplificada de un PowerPoint, se convierte en símbolo de burla. No es únicamente un plan urbanístico cuestionable; es, sobre todo, una operación de ilusionismo político que pretende superponer colores brillantes sobre una geografía de escombros y cadáveres.

El proyecto es absolutamente censurable, donde la crítica se puede desplegar a dos niveles. Donde en el primero, se desmonta la viabilidad práctica del plan. Pues dada la magnitud de la destrucción millones de toneladas de hormigón, miles de cuerpos aún bajo las ruinas convierte cualquier promesa inmediata de reconstrucción en una quimera. Incluso estimaciones de organismos internacionales como Naciones Unidas apuntan a que el desescombro podría prolongarse durante años antes de que se coloque “la primera baldosa”. La comparación con la limpieza tras el atentado contra el World Trade Center en Nueva York —que requirió meses con todos los recursos de Estados Unidos— subraya el abismo entre la retórica optimista y la realidad física.

En el segundo nivel, destaca la lógica económica. Proyectos como Ras El Hekma, impulsados en la costa mediterránea egipcia, cuentan con estabilidad estatal, infraestructuras básicas y un horizonte de inversión relativamente claro. 

En cambio, Gaza, carece de agua suficiente, de energía estable y de seguridad jurídica. 

Y la pregunta consecuente sería no solo moral sino estructural, ¿que capital privado asumiría una apuesta a tan largo plazo en un territorio devastado, políticamente inestable y jurídicamente incierto? 

Por supuesto que ninguno. Dado que el gran capital no actúa movido por la compasión ni por fantasías coloridas, sino por rentabilidad y garantías.

Luego, mirado el asunto desde un punto de vista  ético y simbólico, el plan no sería tanto un error de cálculo como una puesta en escena deliberada. La participación en el proyecto de figuras tales como  Donald Trump y Jared Kushner (yerno del anterior)  encuadra el proyecto en un estilo político caracterizado por la espectacularización, presentando gráficos simples como si fueran soluciones complejas, convirtiendo la devastación en oportunidad inmobiliaria y transformando el dolor colectivo en maqueta de resort

Esta exposición acusa a sus promotores no de ingenuidad, sino de cinismo, "saben que el proyecto es inviable y, precisamente por eso mismo, lo exhiben".

Este plan, además de tener la consideración de deleznable para cualquier persona de bien, también obliga a hacer autocrítica a cada lector, y a quienes observan desde fuera. La indignación, aunque justa, puede convertirse en un mecanismo reactivo que nos hace bailar al son de la provocación. Y si el plan es una ilusión, oponerse a él como si fuera real podría equivaler a actuar dentro del mismo teatro. Esta reflexión es especialmente potente: la política contemporánea no solo se libra en el terreno de los hechos, sino en el de las escenificaciones. El trampantojo puede capturar tanto a sus defensores como a sus detractores. 

Entonces, repentinamente surge una difícil pregunta: si el “Gaza Resort” es repulsivo e inviable, ¿cuál sería el futuro alternativo? 

Aquí aparecería el núcleo más honesto y desesperanzado de la respuesta a dicho proyecto inmobiliario. No basta con impugnar moralmente; es necesario imaginar condiciones de vida viables

Pero esa imaginación tropieza con una realidad devastada y con décadas de bloqueo, destrucción de infraestructuras y dependencia forzada. 

Por ello la reconstrucción no puede basarse únicamente en términos de macroproyectos turísticos, ni en la lógica del capital especulativo, pero tampoco puede eludirse la cuestión económica. Negar el plan no equivale a construir esperanza.

Al final, centrándose en el gobierno de Benjamin Netanyahu, la hipótesis sería que, el verdadero “plan maestro” no consiste en levantar una ciudad sostenible, sino en, hacer la vida tan inviable que la población termine por marcharse

La destrucción de infraestructuras básicas aeropuerto, plantas eléctricas, sistemas de saneamiento no sería accidental sino coherente con la anterior estrategia a largo plazo. 

La aparente complicidad o benevolencia ante propuestas externas funcionaría como cortina de humo frente a un objetivo más profundo: la desposesión progresiva.

En conjunto, poniendo en perspectiva, denuncia moral, análisis material y reflexión autocrítica, se concluye, que la mayor virtud reside en señalar la obscenidad de convertir una catástrofe humanitaria en colorida maqueta inmobiliaria. Así como recordar que la mera indignación no basta. Si la burla es intolerable, la respuesta no puede limitarse a gritar contra ella; debe consistir en articular alternativas concretas, aunque sean imperfectas y parciales.

Al final queda una inquietud abierta, ¿como imaginar un futuro digno cuando el presente parece diseñado para impedirlo? 

Tal vez la respuesta no resida en grandes planes espectaculares ni en resorts utópicos, sino en reconstrucciones modestas, con garantías de derechos básicos, como devolver la libertad y el territorio a quienes vivían antes allí, es decir a los palestinos.  

Frente al ilusionismo político, la tarea sería devolver peso y espesor a la realidad, sustituir el color superficial por cimientos sólidos, porque no basta con denunciar la oscuridad: es necesario aprender a producir luz sin crear nuevos espejismos.

 

De propósitos ocultos, tras la Junta de Paz de Trump, que evidencian clara estrategia para subyugar a los palestinos

La irrupción de una nueva arquitectura internacional bajo el nombre de “Junta de Paz” marca un punto de inflexión en la diplomacia contemporánea.

 Impulsada por el presidente estadounidense, Donald Trump y presentada inicialmente en la ciudad suiza de Davos, la iniciativa ha sido descrita por su promotor de manera grandilocuente, como “uno de los organismos más trascendentales jamás creados en la historia del mundo”. Sin embargo, más allá de la retórica, la propuesta abre interrogantes profundos sobre el futuro del multilateralismo, el papel de Naciones Unidas y, sobre todo, el destino de la población palestina en la Franja de Gaza.

La escenografía de la presentación no fue casual. En el marco de una cumbre internacional y rodeado de aliados políticos e ideológicos —entre ellos el presidente argentino Javier Milei y el primer ministro húngaro Viktor Orbán— Trump convirtió el anuncio en un acto de afirmación personal y política. El mensaje fue claro: la Junta de Paz no será un foro técnico limitado a la reconstrucción de Gaza, sino una plataforma alternativa de gobernanza global

La exclusión —o intento de relegación— de organismos como la Organización de las Naciones Unidas y la UNRWA revela la ambición de crear un sistema paralelo que supervise, e incluso condicione, el funcionamiento de las instituciones multilaterales tradicionales.

El contexto geopolítico refuerza la controversia. Países europeos clave como Francia, Alemania, Reino Unido o España han rechazado su participación formal, alegando el riesgo de socavar el orden multilateral vigente. En contraste, Estados como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Egipto o Bielorrusia han confirmado su adhesión, junto a Israel, representado por su primer ministro Benjamin Netanyahu, cuya situación internacional se ha visto tensionada por la orden de detención emitida por la Tribunal Penal Internacional. Esta composición heterogénea anticipa una gobernanza marcada más por afinidades estratégicas que por consensos universales.

En términos financieros, la Junta nace con un músculo considerable, donde nueve países han comprometido 7.000 millones de dólares, a los que Washington sumará otros 10.000 millones. La promesa de reconstrucción se acompaña de un ambicioso rediseño institucional de Gaza: desmilitarización, creación de una policía transitoria palestina, despliegue de 20.000 soldados de estabilización aportados por países como Indonesia, Marruecos o Kosovo, y la formación de 12.000 agentes en Egipto y Jordania

La narrativa oficial insiste en que “reconstruiremos Gaza no como era, sino como debe ser”, en palabras del ex primer ministro británico Tony Blair, miembro del comité ejecutivo de la Junta.

No obstante, esta promesa encierra tensiones profundas. ¿Puede hablarse de reconstrucción cuando el proceso está condicionado por la desmilitarización forzada y por la tutela de fuerzas extranjeras? ¿Hasta qué punto la creación de una “nueva policía” y un “gobierno autónomo” responde a la autodeterminación palestina o a un rediseño impuesto desde el exterior?

 La insistencia en supervisar a Naciones Unidas y en convertir la Junta en foro principal de resolución de conflictos globales sugiere un desplazamiento del multilateralismo clásico hacia una diplomacia de clubes selectivos con capacidad financiera y militar.

El discurso de Trump, cargado de referencias a su capacidad para “acabar con guerras” y salvar vidas, combina pragmatismo financiero con ambición simbólica. La evocación implícita del Premio Nobel de la Paz, que no le fue concedido en el pasado, añade una dimensión personal a la iniciativa. La paz entonces aparece no solo como objetivo geopolítico, sino como capital político.

Sin embargo, la cuestión central permanece, ¿que significa la paz para la población gazatí? 

Si la reconstrucción se concibe prioritariamente como apertura a la inversión extranjera, transformación tecnológica y reconfiguración institucional, bajo tutela internacional, el riesgo es que la dimensión humanael sufrimiento acumulado, la pérdida, el desplazamiento— quede subordinada a un proyecto de ingeniería política

Los documentos filtrados por medios estadounidenses, que aluden a planes para asfixiar económica y administrativamente a la población palestina, intensifican la sospecha de que la Junta podría convertirse en instrumento de control más que de emancipación.

La presencia de observadores de la Unión Europea, pese al rechazo formal de varios Estados miembros, evidencia la complejidad del momento. Bruselas parece debatirse entre mantenerse al margen de un sistema que considera paralelo y estar “en la mesa” para influir desde dentro. Esa ambivalencia refleja la tensión más amplia entre el orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial y las nuevas fórmulas de poder que emergen en un mundo fragmentado.

En última instancia, la Junta de Paz simboliza un experimento de gobernanza global impulsado desde la potencia hegemónica, con fuertes apoyos financieros y militares, pero con legitimidad cuestionada. Si logra estabilizar Gaza y mejorar efectivamente la vida de sus habitantes, podría consolidarse como modelo alternativo. 

Si, por el contrario, se percibe como una imposición que margina a los actores locales y debilita el sistema multilateral, podría profundizar la desconfianza internacional y agravar fracturas existentes.

La historia juzgará si esta iniciativa fue un genuino intento de pacificación o un episodio más de competencia por la arquitectura del poder global. 

Entre la promesa de prosperidad y el temor a la asfixia, el futuro de Gaza vuelve a situarse en el centro de una disputa que trasciende sus fronteras.

Fuente: ONU; Desinformando.org; 20minutos.es

POSDATA

En España algo sabemos de que las derechas (extremas y radicales) llenen de mierda y  mentiras a la opinión pública, con la esperanza que el falso relato que difunden tenga más éxito que la verdad.

Y en ese contexto, en este momento se está produciendo una votación en el Congreso de Diputados, donde la suma de esas derechas va a tumbar la renovación del escudo social, del que dependen 12 millones de españoles y españolas. Y desde aquí les digo, que eso de aceptar cualquier relato se acabó y que cada palo aguante su vela. 

Si quieren joder la vida a 12 millones de personas y poner en peligro a millones de niños en riesgo de exclusión social, se merecen y así lo espero, que nadie de esos 12 millones de ciudadanos y muchos millones más, nunca voten a PP, Vox o Junts, mientras no se apruebe en el Congreso el escudo social, porque la excusa que ponen de perjudicar a los pequeños propietarios que alquilan sus viviendas, simplemente es MENTIRA, y lo pongo en mayúsculas  para que sus limitadas inteligencias fascistas lo pillen. 

Y por otra parte, de no aprobarse el decreto que hasta ahora permitía la vigencia del escudo social, las autonomías, mayoritariamente gobernadas  por el PP con el soporte de Vox, a ver que hacen entonces, pues todas ellas tienen transferidas  las competencias respecto de proteger los derechos de los más desfavorecidos, que precisamente no son los propietarios, sino los que no tienen donde vivir, ni que comer.

Fuente: Redacción