4 de marzo de 2026

Del lucrativo negocio de las guerras de Trump y de sus inconveniencias.

 En la actual guerra contra Irán (al igual que en ataques anteriores a otros países. Ver Anexo I), el botín que busca Trump en su batalla por los recursos del planeta, principalmente es el petróleo, además de gas y uranio en este caso.

A lo largo de las últimas décadas, la política exterior de Estados Unidos en Oriente Próximo ha estado marcada por una constante: la focalización en la energía. 

Los recientes ataques de Washington contra Teherán, en coordinación con Israel, se insertan en esta lógica histórica. Lejos de responder exclusivamente a un supuesto impulso democratizador o a la contención de una amenaza nuclear inminente, estos movimientos parecen formar parte de una estrategia geopolítica más amplia orientada a garantizar el acceso privilegiado a recursos energéticos estratégicos, en un contexto de declive progresivo del modelo energético estadounidense basado en el fracking.

El precedente venezolano resulta ilustrativo. Antes en Caracas, ahora en Teherán, Washington ha intensificado su presión sobre gobiernos que controlan vastas reservas de hidrocarburos. En el caso iraní, el interés es evidente: el país posee algunas de las mayores reservas de petróleo y gas natural del mundo y ejerce control sobre el estratégico estrecho de Ormuz, enclave clave para el transporte global de crudo. Según el informe Statistical Review of World Energy del Energy Institute, Irán produjo el 5,2% del petróleo mundial, situándose como el quinto mayor productor tras Estados Unidos, Rusia, Arabia Saudí y Canadá. En gas natural, ocupa el cuarto lugar con un 5,1% de la producción global en 2024.

Sin embargo, como señala el investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Antonio Turiel, la relevancia gasística iraní es más limitada de lo que sugieren las cifras brutas. La mayoría de sus exportaciones se canalizan por gasoducto hacia Turquía, y su capacidad de exportación de gas natural licuado es reducida debido a infraestructuras insuficientes. A ello se suman las sanciones estadounidenses, que han dificultado el cumplimiento de contratos con Armenia, Turquía e Irak y han obligado a aplicar descuentos crecientes —hasta nueve dólares por barril en enero de 2026— en las exportaciones destinadas principalmente a China, según un análisis del Real Instituto Elcano.

Estas sanciones no son un instrumento aislado, sino parte de una pugna más amplia por el control de los recursos. Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en 2025, la política exterior estadounidense ha reforzado su sesgo abiertamente extractivista y competitivo. Las aspiraciones sobre Groenlandia, rica en minerales estratégicos y tierras raras, o la presión sobre Venezuela —territorio con enormes reservas de crudo, coltán y oro— forman parte de un mismo patrón: asegurar suministros críticos y, simultáneamente, limitar el acceso de potencias rivales.

En el trasfondo de esta ofensiva se encuentra el declive energético estadounidense. Durante años, el fracking permitió a Estados Unidos incrementar su producción de petróleo y gas hasta niveles históricos, situándolo como primer productor mundial. La fracturación hidráulica, basada en perforaciones profundas y la ruptura de formaciones de shale, sostuvo la autosuficiencia relativa del país y reforzó su posición internacional. No obstante, los pozos de fracking presentan tasas de declive aceleradas. La Administración de Información Energética (EIA) prevé una reducción moderada de la producción para 2026, con una media estimada de 13,5 millones de barriles diarios, 100.000 menos que en 2025. Firmas de inversión especializadas en recursos naturales advierten incluso de un posible “crepúsculo” de la industria.

En este escenario, la competencia con China adquiere una dimensión decisiva. El gigante asiático es altamente dependiente de las importaciones de hidrocarburos, lo que convierte el acceso a fuentes externas en un factor estratégico crucial. La estrategia estadounidense no se limita a acumular recursos, sino que busca obstaculizar el acceso de Pekín a suministros clave. Irán, sometido a sanciones y obligado a vender crudo con descuentos, ha encontrado en China uno de sus principales compradores. Controlar o desestabilizar esa relación impacta directamente en el equilibrio geopolítico global.

La dimensión nuclear añade complejidad al conflicto. Irán desarrolla un programa atómico desde los años cincuenta y es, junto con Emiratos Árabes Unidos, uno de los pocos países de Oriente Próximo con generación de energía nuclear, aunque esta represente apenas el 0,6% de la producción mundial. El Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) ha confirmado que Irán ha declarado 22 instalaciones nucleares y ha expresado preocupación por la acumulación de uranio enriquecido al 60%, un nivel cercano al necesario para uso militar. Sin embargo, también ha señalado que no existen indicios creíbles de un programa estructurado no declarado orientado a la fabricación de armas.

Así, la amenaza nuclear funciona simultáneamente como factor real de tensión y como justificación política. Los ataques de 2025 dañaron instalaciones en Natanz e Isfahán, pero no provocaron accidentes radiológicos. Más allá del debate técnico, el programa nuclear iraní se convierte en una pieza más dentro de una disputa mayor: impedir que Teherán alcance capacidades estratégicas comparables a las de potencias como Israel o Estados Unidos y, al mismo tiempo, condicionar su soberanía energética.

En conclusión, los ataques de Washington sobre Teherán no pueden entenderse únicamente en clave ideológica o de protección a la democracia. Se inscriben en una estrategia geopolítica marcada por el declive del fracking, la competencia con China y la necesidad de asegurar recursos energéticos en un mundo en transición. La energía, lejos de ser un elemento secundario, continúa siendo eje fundamental de las relaciones internacionales. En ese tablero, Irán no es solo un adversario político, sino un nodo estratégico en la disputa global por el control de los recursos naturales.

EDITORIAL

El Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en declaración institucional de hoy mismo, se declara fiel seguidor del derecho internacional y del "no a la guerra", en el caso de la guerra de Irán.

En mi opinión y sobre el mismo caso, solo hay dos opciones, elegir situarse, bien a favor del cumplimiento de la legislación internacional y por tanto en el "no a la guerra" o bien en contra del derecho internacional y por tanto, favorable al "sí a la guerra"

La oposición política española  ya ha elegido. Y se ve, que siguen imbuidos del espíritu guerrero del "sí a la guerra" de los tiempos del "trio de los Azores" durante, la también, guerra ilegal contra Irak y que por tanto, desde entonces, continúan posicionados en contra de la legislación internacional. Ese posicionamiento habla bastante mal del sentimiento de patriotismo que dicen albergar desde siempre, los partidos conservadores y ultraconservadores de este país, dado que piden al gobierno español que incumpla el derecho internacional, lo que convertiría a España en un país fuera de ley. A mi entender, eso demuestra que tanto en el PP como en Vox, no hay hombres de Estado, solo peleles  serviles, que se arrodillan ante los poderosos por un plato de lentejas. 

Señoras y Señores del Partido Popular y de los ultras de Vox, ante todo, hay que tener dignidad y valores.

Por cierto, los beneficios del negocio de la guerra de Donald Trump, se ven incrementados por las subidas estratosféricas en bolsa de compañías armamentistas y petroleras estadounidenses, que a la postre, resultan las más beneficiadas por las ganancias sobrevenidas de derechos de explotación de los nuevos recursos energéticos conquistados gracias al ejército de Trump y a la sangre de las víctimas civiles de sus guerras. Y dado además, que se obliga a los aliados de la OTAN a reinvertir sus beneficios en comprar armas a las empresas de armamento estadounidense (bajo amenaza de embargo en caso contrario) en este contexto, el negocio de guerra para la primera potencia del mundo, marchan bien, pues casi siempre da beneficios y salen ganando, y el resto países, son los que pierden. 

Pero en el caso de la guerra de Irán, no tengo claro si Estados Unidos volverá a ganar o por el contrario, se habrán metido en otro Vietnam. O quien sabe si el mundo se irá a la mierda con otra guerra mundial, pues a mi modo de ver, no es descartable que China aproveche las circunstancias actuales, para reclamar sus presuntos derechos sobre Taiwán de manera poco amigable, con la ayuda de Rusia, por supuesto. 

Es lo que hay.

Fuente: Publico.com


ANEXO I

De los 7 países atacados por EE.UU durante el  segundo mandato de Trump, lejos de ser una casualidad que los siete tengan petróleo, a mi modo de ver, es el nexo en común que guía la política del "Departamento de Guerra" del actual gobierno de EE.UU. Antes de la era Trump se llamaba  "Departamento de Defensa" lo cual no es baladí. 

En términos estrictos de poseer el recurso, todos los países de esa lista tienen petróleo, aunque su situación es muy distinta:

  • Los gigantes.- Venezuela, Irak, Irán y Nigeria son potencias petroleras mundiales con reservas probadas masivas. Venezuela, de hecho, posee las mayores reservas del mundo.
  • Productores menores o en conflicto.- Siria y Yemen tienen reservas y producen petróleo, aunque sus niveles han caído drásticamente debido a años de guerra civil e inestabilidad política.
  • El caso especial de Somalia- Podría ser la excepción que confirma la regla, pero no es verdad. Pues si bien es cierto, que hasta hace poco se consideraba que no tenía reservas comerciales, estudios recientes han confirmado un potencial de hasta 30.000 millones de barriles. Actualmente, el país se prepara para iniciar sus primeras perforaciones directas en 2026 con ayuda de tecnología turca para pasar de ser un país con potencial a un productor real.
Fuente: Redacción