Del resurgimiento en España de la derecha radical iliberal y de los extremismos, frente al auge de los partidos demócratas constitucionalistas, junto a los movimientos de los antifascistas.
El panorama político actual en España viene marcado por una polarización creciente, no solo en el plano electoral, sino también en la esfera social y cultural.
En este escenario
confluyen en España, por un lado, el resurgimiento de una derecha radical iliberal y de
distintos extremismos (bien representados en el Parlamento por PP y Vox) y, por el otro, la consolidación de contrapartidas
democráticas y antifascistas que intentan contener y neutralizar su avance. El
resultado es un campo de fuerzas en el que la disputa por el modelo de
sociedad, por las instituciones y por el significado mismo de la democracia, se
vuelve cotidiana.
El resurgimiento
de la derecha radical iliberal
El avance de la derecha
radical iliberal se articula mediante un conjunto de rasgos coherentes que,
aunque varían en intensidad según el actor político, forman un patrón
reconocible. En primer lugar, destaca su discurso soberanista,
basado en la reivindicación de una supuesta "primacía nacional" frente a los
organismos de la Unión Europea y también respecto a los residentes en España. No se trata únicamente de defender la soberanía
en abstracto, sino de plantearla como un veto sistemático a la integración:
Bruselas aparece como el “centro” al que se acusa de imponer decisiones ajenas
a la voluntad popular.
En segundo lugar, se
observa una agenda antiglobalista particularmente hostil a políticas
asociadas a marcos internacionales como la Agenda 2030. El rechazo no es
puntual, sino estructural: se presenta cualquier orientación global como una
amenaza para la autonomía económica o como una imposición cultural.
Un tercer eje es el control
institucional, donde la estrategia no se limita a disputar elecciones, sino
a condicionar el funcionamiento del poder. La voluntad de influir directamente
en los órganos del poder judicial revela una tensión con los equilibrios
propios del Estado de derecho: la democracia liberal deja de entenderse como
reglas de juego y pasa a concebirse como un instrumento a controlar desde la
política y/o desde la judicatura. ¿Les suena la policía patriótica o la sentencia condenatoria sin pruebas verificables contra el el exfiscal general del Estado?
A ello se suma una oposición
migratoria que apuesta por el endurecimiento radical de las fronteras.
La migración funciona en este relato, como explicación simplificadora de
problemas sociales y como catalizador emocional para consolidar identidades
políticas cerradas. En paralelo, se desarrolla una batalla cultural: se
combaten activamente las leyes del movimiento feminista y LGTBIQ+, no tanto
como políticas concretas, sino como símbolos de un cambio social que se percibe
como “amenaza” a un orden tradicional.
Finalmente, la derecha
radical iliberal promueve un nativismo económico: defiende el
proteccionismo frente a mercados e inversiones extranjeras, y traduce el
conflicto político en términos de “nosotros” frente a “ellos”. En conjunto, el
proyecto busca cohesionar a sectores sociales mediante miedos, identidades y
antagonismos, y lo hace en un contexto de crisis de confianza hacia
instituciones que perciben como distantes o ineficaces.
El auge de los
partidos demócratas constitucionalistas
Frente a ese avance,
emerge con fuerza un bloque de demócratas constitucionalistas que
intenta sostener el marco institucional como límite y antídoto. Su núcleo es la
defensa del marco constitucional: se reafirma la vigencia y estabilidad
de la Constitución de 1978 como garantía de convivencia, pluralismo y
derechos. Frente a la lógica iliberal —que tiende a desbordar controles y a
desacralizar reglas—, el constitucionalismo se presenta como una apuesta por la
continuidad democrática y por el respeto a los procedimientos.
Otra característica
esencial es la construcción de bloques de coalición. El objetivo
explícito es frenar la entrada de extremistas en las instituciones mediante
alianzas amplias, incluso entre fuerzas que no comparten todo, pero que
coinciden en lo fundamental: preservar el carácter democrático y constitucional
de los poderes públicos.
Asimismo, se refuerzan
los vínculos con el proyecto institucional europeo, defendiendo la
conexión política y económica con Bruselas como un marco que, aunque
debatible, ofrece seguridad jurídica y cooperación. Este enfoque contrapone la visión
de la estabilidad democrática como resultado de la coordinación y el pluralismo,
frente a otra utilitarista y nacionalista del poder.
También aparece el consenso
autonómico, es decir, la defensa del modelo del Estado de las Autonomías
frente a tendencias centralizadoras. En esta visión, la diversidad
territorial no es un problema a eliminar, sino un componente a gestionar
democráticamente.
Por último, los
demócratas constitucionalistas proponen reformas moderadas:
actualizaciones legislativas y políticas públicas dentro de los cauces legales.
En lugar de rupturas o desbordamientos, se opta por la corrección gradual como
vía para atender conflictos reales sin destruir el marco que los permite
resolver.
La reacción de los
movimientos antifascistas
En paralelo, la sociedad
civil —especialmente a través de movimientos antifascistas— responde con
estrategias que combinan calle, medios, redes sociales y redes comunitarias. La movilización
a pie de calle mediante manifestaciones frecuentes en núcleos urbanos e
industriales busca precisamente disputar el espacio público: no solo se
protesta, se afirma un “nosotros” democrático y plural que rechaza la
normalización del extremismo.
Al mismo tiempo, se
practica una estrategia del cordón sanitario. Este planteamiento
pretende presionar a medios y partidos para aislar a la extrema derecha,
reduciendo su capacidad de legitimarse en el debate público. Es una
intervención política indirecta sobre la arquitectura comunicativa del sistema:
si el extremismo no encuentra altavoces, su expansión se vuelve más difícil.
En el terreno
comunicativo, el activismo digital adquiere un rol relevante. A través
de redes sociales se intenta desmontar bulos y discursos de odio, atacando los
mecanismos de desinformación que suelen alimentar la polarización. La batalla
por la narrativa, por tanto, no ocurre solo en el Parlamento, sino en la esfera
cotidiana de la comunicación.
A nivel territorial, los
colectivos de barrio tejen redes de apoyo mutuo, especialmente en
zonas con alta inmigración. Esta dimensión comunitaria es crucial: la respuesta
antifascista no se limita a denunciar, sino que propone seguridad social,
cuidado y cohesión desde lo local.
Por último, la memoria
democrática funciona como brújula ética y legal. Los movimientos
antifascistas exigen la aplicación estricta de las leyes de reparación
histórica, reivindicando que el pasado no es un relato cerrado, sino una
responsabilidad pública.
CONCLUSIÓN. La lucha por
el significado de la democracia
En conjunto, la
confrontación descrita no es solamente partidista: es una lucha por el sentido
de la democracia en España. La derecha radical iliberal intenta transformar las
instituciones en instrumentos de control, recodificar derechos como amenazas culturales
y convertir la pluralidad social en un problema a resolver mediante cierres y
endurecimientos. Donde el PP, cogobernante con Vox en algunas Autonomías, van tomando medidas políticas en ese sentido (según dice obligado por sus acuerdos con Vox) pero en realidad "son mismos perros pero con diferente collar"
Frente a ello, los
demócratas constitucionalistas sostienen que el marco constitucional
—procedimientos, límites institucionales, reformas dentro de la ley— es el
mecanismo que protege la convivencia. Y, por su parte, los movimientos
antifascistas aportan la dimensión social y ética: organización comunitaria,
presión pública y compromiso activo contra la normalización del odio.
Así, el conflicto
político actual se parece menos a una simple alternancia de gobiernos y más a
una pugna estructural entre proyectos de democracia. En esa disputa, calle,
instituciones y esfera comunicativa se entrelazan, y el futuro dependerá, en
gran medida, de la capacidad de cada bloque para construir legitimidad,
cohesión y estabilidad sin romper el suelo común que sostiene los derechos.
ANEXO I (resumen)
El panorama político
actual en España muestra una intensa polarización entre el avance de la derecha
radical iliberal y la movilización de bloques constitucionales y antifascistas.
Resurgimiento de la
derecha radical iliberal
- Discurso soberanista.- Reivindican la primacía nacional frente al resto de residentes en España y a los organismos de la Unión Europea.
- Agenda
antiglobalista.- Rechazan de forma sistemática las políticas de la Agenda 2030.
- Control
institucional.- Buscan
influir directamente en los órganos del poder judicial.
- Oposición migratoria.- Centran su estrategia en el
endurecimiento radical de las fronteras.
- Batalla cultural.- Combaten activamente las leyes del
movimiento feminista y LGTBIQ+.
- Nativismo económico.- Promueven el proteccionismo frente a
los mercados e inversores extranjeros.
Auge de los partidos
demócratas constitucionalistas
- Defensa del marco
constitucional.- Reafirman la vigencia y estabilidad de la Constitución de 1978.
- Bloques de coalición.- Crean alianzas amplias para frenar la
entrada de extremistas a las instituciones.
- Institucionalismo
europeo.- Refuerzan
los vínculos políticos y económicos con Bruselas.
- Consenso autonómico.- Defienden el modelo del Estado de las
Autonomías frente al centralismo.
- Reformas moderadas.- Proponen actualizaciones legislativas
siempre dentro de los cauces legales.
Reacción de los
movimientos antifascistas
- Movilización a pie de
calle.- Convocan
manifestaciones frecuentes en núcleos urbanos e industriales.
- Estrategia del cordón
sanitario.- Presionan
a los medios y partidos para aislar a la extrema derecha.
- Activismo digital.- Utilizan las redes sociales para
desmontar bulos y discursos de odio.
- Colectivos de barrio.- Tejen redes de apoyo mutuo en zonas
con alta inmigración.
- Memoria democrática.- Exigen la aplicación estricta de las
leyes de reparación histórica.
Fuente: Medios digitales