31 de enero de 2026

ANÁLISIS. Peligros y Oportunidades para consolidar la Democracia o todo lo contrario.

 La democracia, desde la Antigua Grecia, ha sido uno de los sistemas políticos más debatidos y cuestionados.

Aristóteles sostenía que el ciudadano se define esencialmente por su participación en la justicia y en el gobierno, idea que resume el espíritu democrático. 

Sin embargo, incluso entre los grandes pensadores clásicos existían profundas discrepancias: Sócrates defendía la democracia aun cuando esta lo condenó a muerte, Platón la consideraba peligrosa e inestable, y Aristóteles advertía sobre el riesgo del dominio de las masas. Más de dos mil años después, estas tensiones siguen vigentes y se manifiestan en los desafíos a los que se enfrentan las democracias contemporáneas para mantenerse sólidas y funcionales.

Durante mucho tiempo se creyó que la democracia procedimental —basada en elecciones periódicas y en el derecho al voto— era suficiente para garantizar la estabilidad política y evitar el autoritarismo. No obstante, la experiencia reciente ha demostrado que este supuesto es insuficiente. El libro Cómo mueren las democracias, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, ofrece un análisis profundo sobre cómo los sistemas democráticos pueden deteriorarse desde dentro, sin necesidad de golpes militares ni rupturas abruptas del orden constitucional. Según los autores, hoy las democracias suelen colapsar de manera gradual y casi imperceptible, a manos de líderes elegidos democráticamente que utilizan las propias instituciones para debilitar el sistema que los llevó al poder.

Uno de los aportes centrales de la obra es la idea de la “regresión democrática”, un proceso en el cual las reglas formales continúan vigentes, pero las normas no escritas que sostienen la convivencia política comienzan a erosionarse. La Constitución sigue en pie, el Congreso funciona y no hay tanques en las calles, pero la democracia se vacía de contenido. Este fenómeno se apoya en reformas legales, fallos judiciales y plebiscitos que, aunque legítimos en apariencia, terminan concentrando poder y debilitando los controles institucionales. El caso de Estados Unidos durante la presidencia de Donald Trump es presentado como un ejemplo paradigmático de este proceso, marcado por una fuerte polarización, el cuestionamiento sistemático a las instituciones y la ruptura de consensos históricos.

Levitsky y Ziblatt sostienen que la democracia no se sostiene únicamente en leyes y constituciones, sino también en dos normas fundamentales: la tolerancia mutua y la contención institucional. La primera implica reconocer al adversario político como un rival legítimo, no como un enemigo a destruir. La segunda supone el autocontrol en el ejercicio del poder y el respeto a los límites institucionales. Cuando estas normas se debilitan, la democracia entra en una zona de alto riesgo. La polarización extrema, el discurso de odio y la deslegitimación del oponente —fenómenos cada vez más frecuentes, incluso en redes sociales— son señales de alerta que no deben ser subestimadas.

En este contexto, los autores advierten sobre el peligro del populismo. Los líderes populistas suelen presentarse como la voz auténtica del “pueblo” frente a una supuesta élite corrupta, negando la legitimidad de los partidos tradicionales y de las instituciones democráticas. Paradójicamente, el camino más probable para destruir una democracia es a través de elecciones libres, cuando la ciudadanía, movida por el desencanto o la desconfianza, elige a dirigentes con tendencias autoritarias. Para identificarlos, Levitsky y Ziblatt proponen cuatro indicadores clave: el rechazo a las reglas democráticas, la deslegitimación de los adversarios, la tolerancia a la violencia y la predisposición a restringir libertades civiles, especialmente la libertad de prensa.

A pesar del tono crítico y de advertencia, el libro no es completamente pesimista. Existen ejemplos de países que han logrado contener a líderes demagógicos gracias a la acción responsable de las élites políticas y los medios de comunicación, que funcionan como verdaderos “guardianes” de la democracia. Los partidos políticos, en particular, tienen la responsabilidad de actuar como frenos al autoritarismo, incluso cuando ello implique sacrificar ventajas electorales inmediatas en favor de la estabilidad democrática.

En conclusión, la democracia enfrenta hoy peligros reales y crecientes, muchos de ellos silenciosos y normalizados. La apatía ciudadana, la pérdida de confianza en las instituciones y la polarización social son síntomas de un malestar profundo que no debe ser ignorado. Reflexionar sobre estos riesgos es el primer paso para fortalecer el sistema democrático y evitar su deterioro. Como advierte el refrán popular, “sobre aviso no hay engaño”: conocer cómo mueren las democracias también nos brinda la oportunidad de aprender cómo protegerlas y renovarlas.


Libertad de expresión, redes sociales y democracia en crisis: el dilema contemporáneo según Steven Levitsky

Las democracias contemporáneas se enfrentan desafíos inéditos que ponen a prueba sus principios fundamentales.

Entre ellos está, el uso de las redes sociales por parte de líderes políticos con tendencias autoritarias ha abierto un debate profundo sobre los límites de la libertad de expresión, el rol de las grandes empresas tecnológicas y la fragilidad de las instituciones democráticas. 

En este contexto, las declaraciones del politólogo Steven Levitsky, realizadas tras el primer mandato de Donald Trump y el asalto al Capitolio en enero de 2021, ofrecen un marco analítico clave para comprender los riesgos y contradicciones que atraviesa hoy la democracia estadounidense y, por extensión, otras democracias del mundo.

Levitsky sostiene que el asalto al Capitolio no fue un hecho imprevisible, sino la consecuencia lógica de haber elegido a un líder que no estaba comprometido con las reglas del juego democrático. Según el autor, cuando un presidente con rasgos autoritarios utiliza su poder para desacreditar instituciones, promover mentiras y fomentar la violencia —ya sea de forma explícita o mediante silencios cómplices frente al extremismo—, el deterioro democrático se vuelve casi inevitable. La historia ofrece múltiples ejemplos de este fenómeno: Europa en las décadas de 1920 y 1930, América Latina en los años sesenta y setenta, o el caso chileno previo al golpe de Estado de 1973. En todos ellos, las palabras de los líderes importaron y actuaron como catalizadores de procesos violentos.

Uno de los puntos más controvertidos abordados por Levitsky es la decisión de Twitter y Facebook de bloquear las cuentas de Donald Trump. Aunque reconoce que se trata de una medida drástica y sin precedentes, la considera inevitable. Para el politólogo, la libertad de expresión no puede ser utilizada como escudo para promover la violencia. En este sentido, subraya que no se trató de una acción estatal, sino de una decisión tomada por empresas privadas frente a un actor con enorme poder e influencia que estaba causando un daño real y concreto. Trump, argumenta Levitsky, no fue silenciado: continuó teniendo múltiples vías para expresarse, lo que invalida la idea de una violación a sus derechos fundamentales.

Sin embargo, Levitsky no ignora los riesgos que estas decisiones implican. Advierte que el bloqueo de un presidente estadounidense puede sentar un precedente peligroso, susceptible de ser utilizado por gobiernos autoritarios para justificar restricciones a la oposición y a las libertades civiles. Este dilema refleja una tensión central de las democracias liberales actuales: permitir la impunidad de líderes que promueven la violencia o aceptar medidas excepcionales que, aunque problemáticas, buscan defender el orden democrático. Para Levitsky, la segunda opción resulta menos dañina que la primera, especialmente cuando está en juego la legitimación de actos violentos contra instituciones fundamentales.

En cuanto al papel de las redes sociales, Levitsky rechaza la idea de que estas sean la causa principal de la polarización o de la crisis democrática. Si bien reconoce que amplifican conflictos y exacerban tensiones, recuerda que las sociedades han caído en guerras civiles y rupturas democráticas mucho antes de la existencia de Twitter o Facebook. Los problemas estructurales —desigualdad, polarización ideológica, liderazgos irresponsables— preceden a la tecnología. No obstante, insiste en que, como ocurrió anteriormente con la radio y la televisión, será necesario regular estas plataformas y limitar su poder monopólico para reducir sus efectos nocivos.

Respecto al futuro de la democracia en Estados Unidos, Levitsky adopta una postura cautelosa. Reconoce que se trata de una democracia “difícil de matar”, con instituciones fuertes, un sistema federal sólido y fuerzas armadas profesionales que han resistido presiones autoritarias. Aun así, advierte que ningún país es inmune a la ruptura democrática si la polarización alcanza un punto crítico. El elevado nivel de rabia en sectores de ultraderecha y la persistencia de la deslegitimación electoral anticipan un periodo de inestabilidad y violencia, aunque no necesariamente un golpe de Estado.

Finalmente, Levitsky se muestra dividido frente a la posibilidad de impedir futuras candidaturas de Trump. Aunque considera indispensable aplicar medidas constitucionales, como el impeachment, advierte que la proscripción política puede convertir al líder en un mártir y fortalecer el discurso antisistema, como ocurrió históricamente en casos como el de Perón en Argentina. De este modo, el politólogo subraya que la defensa de la democracia no solo depende de sanciones legales, sino también del comportamiento responsable de las élites políticas, especialmente de los partidos tradicionales, que deben romper de forma clara con los sectores extremistas si desean reducir la polarización y preservar el orden democrático.

En resumen, las reflexiones de Steven Levitsky ponen de manifiesto la complejidad del momento histórico actual. La democracia enfrenta amenazas reales, pero no inevitables. El desafío central radica en encontrar un equilibrio entre la protección de las libertades fundamentales y la necesidad de poner límites a quienes, desde el poder, las utilizan para socavar el propio sistema democrático.


Comparativa, del estado de la democracia en Estados Unidos, entre el primer mandato de Donald Trump y la actualidad  

La democracia estadounidense ha sido históricamente presentada como un modelo de estabilidad institucional, separación de poderes y respeto por el Estado de derecho.

Sin embargo, en las últimas dos décadas —y de manera más marcada desde la elección de Donald Trump en 2016— este sistema ha enfrentado tensiones profundas. Comparar la situación actual de la democracia en Estados Unidos con la vivida durante el primer mandato de Trump permite identificar continuidades, rupturas y desafíos estructurales que siguen moldeando la vida política del país.

La democracia durante el primer mandato de Trump 

El primer mandato de Donald Trump (2017-2022) representó una ruptura significativa con muchas normas políticas tradicionales, aunque no necesariamente con las reglas formales del sistema. Trump llegó al poder con un discurso abiertamente populista, confrontacional y escéptico de las instituciones, los medios de comunicación y los resultados electorales cuando le eran adversos.

Durante este periodo, las instituciones democráticas demostraron una resiliencia considerable. El Congreso, el poder judicial, los gobiernos estatales y la prensa independiente funcionaron como contrapesos efectivos en múltiples ocasiones. Decisiones ejecutivas fueron bloqueadas por tribunales, investigaciones legislativas avanzaron pese a la presión política y las elecciones de medio término de 2018 reflejaron un sistema competitivo y funcional.

No obstante, el daño principal a la democracia no fue institucional, sino normativo y cultural. Trump erosionó normas informales fundamentales: el respeto a la prensa libre, la aceptación de la oposición política como legítima y, de forma especialmente grave, la aceptación pacífica de los resultados electorales. El cuestionamiento constante del proceso electoral culminó en el desconocimiento de los resultados de las elecciones de 2020 y en el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, un hecho sin precedentes en la historia moderna del país.

Situación actual de la democracia estadounidense

En la actualidad, la democracia estadounidense opera en un contexto marcado por las secuelas del primer mandato de Trump. A diferencia de aquel periodo, el foco ya no está solo en el comportamiento de un líder, sino en la normalización de prácticas y discursos antidemocráticos dentro de sectores amplios del sistema político y del electorado.

Por un lado, las instituciones han reforzado ciertos mecanismos de protección: se han realizado investigaciones judiciales sobre el intento de revertir las elecciones de 2020, se han actualizado procedimientos electorales en varios estados y se ha reafirmado el rol del poder judicial como árbitro. En este sentido, puede decirse que la democracia formal ha aprendido de la crisis.

Sin embargo, los problemas estructurales son hoy más profundos. La polarización política ha alcanzado niveles que dificultan la gobernabilidad y el consenso mínimo necesario para el funcionamiento democrático. Una parte significativa de la ciudadanía sigue desconfiando del sistema electoral, lo que debilita la legitimidad del proceso democrático en su conjunto. Además, la politización del poder judicial y de los organismos electorales se ha intensificado, algo menos visible antes de 2017.

Otro elemento clave es que el cuestionamiento a la democracia ya no se presenta como una anomalía, sino como una estrategia política viable. Actores políticos que antes habrían sido marginados ahora encuentran incentivos electorales para desafiar resultados, desacreditar instituciones o limitar el acceso al voto bajo el argumento de la seguridad electoral.

Continuidades y diferencias entre ambos momentos

La principal continuidad entre el primer mandato de Trump y la situación actual es la fragilidad de las normas democráticas informales. El respeto mutuo entre adversarios políticos, la confianza en los resultados electorales y la moderación retórica siguen erosionados.

La diferencia central radica en el nivel de institucionalización del conflicto. Durante el primer mandato de Trump, gran parte de la amenaza democrática dependía de su figura y estilo personal. Hoy, muchas de esas prácticas se han difundido más allá de un solo líder, integrándose en partidos, medios y movimientos políticos, lo que las hace más difíciles de revertir.

Paradójicamente, también existe una mayor conciencia pública sobre los riesgos que enfrenta la democracia. Sectores de la sociedad civil, académicos y funcionarios públicos discuten abiertamente la necesidad de proteger el sistema democrático, algo que antes se daba por sentado.

Conclusión

Comparar la democracia estadounidense durante el primer mandato de Donald Trump con la situación actual revela un proceso de transformación inquietante. Si bien las instituciones demostraron fortaleza frente a los desafíos iniciales, el costo ha sido una erosión duradera de la confianza pública y de las normas que sostienen el sistema democrático más allá de las leyes escritas.

Hoy, la democracia en Estados Unidos no está colapsada, pero sí se encuentra en una posición más vulnerable que antes de 2017. El desafío ya no es solo resistir a un liderazgo disruptivo, sino reconstruir una cultura democrática capaz de sostener el pluralismo, la legitimidad electoral y el respeto institucional en un entorno profundamente polarizado. El futuro de la democracia estadounidense dependerá menos de individuos concretos y más de la capacidad colectiva para restaurar esas bases normativas que alguna vez parecieron incuestionables.


Impacto de los mismos peligros democráticos en países de la UE 

Los riesgos para la democracia identificados por Steven Levitsky —polarización extrema, liderazgo autoritario, desinformación, normalización del extremismo y debilitamiento de las normas democráticas— afectan de manera desigual a los países de la Unión Europea.

Aunque la UE se presenta como un espacio de democracias consolidadas, estos peligros han ido erosionando gradualmente algunos de sus pilares fundamentales, generando una brecha creciente entre democracias resilientes y democracias en retroceso.

Uno de los efectos más visibles en Europa es el avance de fuerzas populistas y de extrema derecha, muchas de las cuales cuestionan principios básicos del liberalismo democrático, como la independencia judicial, la libertad de prensa o los derechos de las minorías. Siguiendo el análisis de Levitsky, el problema no es únicamente la existencia de estos movimientos, sino la respuesta —o falta de ella— de las élites políticas tradicionales. En varios países, partidos conservadores han optado por normalizar o integrar a estos actores para mantener el poder, debilitando así la línea roja que separa la competencia democrática legítima del autoritarismo (caso del PP con Vox en España).

La polarización política también ha aumentado en numerosos Estados miembros. Aunque Europa no presenta, en general, niveles de confrontación tan extremos como Estados Unidos, el debate público se ha vuelto más identitario y menos programático. Cuestiones como la inmigración, la soberanía nacional frente a la integración europea, el cambio climático o la gestión de crisis (económicas, sanitarias o geopolíticas) han sido utilizadas para dividir a la sociedad en bloques irreconciliables. Esta dinámica erosiona la tolerancia mutua y dificulta la cooperación política, una condición esencial para el funcionamiento de las democracias parlamentarias europeas.

Las redes sociales y la desinformación desempeñan un papel central en este proceso. Tal como advierte Levitsky, estas plataformas no son la causa principal de la crisis democrática, pero sí actúan como potentes amplificadores del conflicto. En el contexto europeo, la propagación de noticias falsas, campañas de desinformación —en ocasiones impulsadas desde el exterior— y discursos de odio ha afectado la confianza ciudadana en las instituciones y en los medios de comunicación tradicionales. Esto ha llevado a que sectores de la población adopten visiones conspirativas que socavan la legitimidad del sistema democrático.

Un riesgo particularmente grave en la UE es el retroceso democrático desde dentro, observable en países como Hungría o, en menor medida, Polonia. Estos casos ilustran una de las advertencias centrales de Levitsky: las democracias no siempre mueren por golpes de Estado, sino mediante procesos graduales en los que líderes electos debilitan los contrapesos institucionales, capturan el poder judicial y restringen la libertad de prensa, todo ello manteniendo una fachada electoral. Esta situación plantea un desafío estructural para la Unión Europea, que carece de mecanismos plenamente eficaces para revertir estas derivas sin vulnerar la soberanía nacional de los Estados miembros.

No obstante, también existen importantes factores de resiliencia democrática en la Unión Europea. Muchos países —como Alemania, los países nórdicos, Irlanda, los Países Bajos o Portugal— mantienen altos niveles de confianza institucional, sistemas de partidos relativamente estables y una cultura política comprometida con el pluralismo. Además, la propia UE actúa como un marco de contención, estableciendo estándares comunes en materia de derechos fundamentales, Estado de derecho y libertad de expresión, y ejerciendo presión política y económica sobre los gobiernos que se desvían de estos principios.

En conclusión, los peligros señalados por Steven Levitsky afectan a la Unión Europea de forma asimétrica. Mientras que en algunos países estos riesgos se manifiestan como tensiones controlables dentro de democracias sólidas, en otros han derivado en procesos de erosión democrática más profundos. El principal desafío para Europa no es solo frenar a los actores autoritarios, sino reforzar las normas democráticas informales, exigir responsabilidad a las élites políticas y adaptar sus instituciones al nuevo contexto tecnológico y comunicativo. De la capacidad de la Unión para afrontar estos retos dependerá su legitimidad como proyecto democrático en el siglo XXI.


¿La democracia española también resulta afectada por los peligros señalados por Steven Levitsky?

Los riesgos para la democracia descritos por Steven Levitsky no son exclusivos de Estados Unidos.

Aunque España no enfrenta una amenaza inmediata de ruptura democrática, varios de los peligros identificados por el politólogo —polarización extrema, normalización del discurso de odio, uso irresponsable de las redes sociales y ambigüedad de las élites frente al extremismo— en distintos grados, están presentes, en el contexto político español, desde principios de la democracia.

En primer lugar, la polarización política constituye uno de los principales desafíos para la democracia española. En los últimos años, el debate público se ha vuelto más confrontacional y emocional, con una lógica de bloques que dificulta el consenso y erosiona la confianza en las instituciones. Siguiendo a Levitsky, cuando los adversarios políticos dejan de verse como rivales legítimos y pasan a ser percibidos como enemigos, se debilita una norma democrática básica: la tolerancia mutua. En España, esta dinámica se refleja en la deslegitimación sistemática del gobierno de turno, en el cuestionamiento de decisiones judiciales cuando no favorecen a una parte y en el uso constante de un lenguaje que apela a la confrontación identitaria.

En segundo lugar, las redes sociales han amplificado esta polarización. Tal como advierte Levitsky, estas plataformas no crean el conflicto, pero sí lo intensifican. En el caso español, la difusión de desinformación, teorías conspirativas y mensajes simplificados ha contribuido a radicalizar posiciones, especialmente en temas sensibles como la inmigración, el independentismo catalán o la memoria histórica. La velocidad y el alcance de las redes dificultan la deliberación racional y favorecen respuestas emocionales, lo que empobrece la calidad del debate democrático.

Otro peligro relevante es la normalización de discursos extremistas. En línea con la advertencia de Levitsky, cuando los partidos tradicionales no establecen límites claros frente a posiciones antidemocráticas —ya sea por cálculo electoral o por miedo a perder apoyo—, estas ideas ganan legitimidad. En España, el auge de la extrema derecha ha introducido en el debate político discursos que cuestionan derechos fundamentales, atacan a minorías o relativizan consensos democráticos básicos. El riesgo no reside únicamente en la existencia de estos actores, sino en la disposición de otras fuerzas políticas a cooperar con ellos sin exigir un compromiso claro con las reglas democráticas.

Asimismo, la desconfianza hacia las instituciones representa una amenaza creciente. Aunque España cuenta con un Estado de derecho consolidado y fuerzas armadas profesionalizadas, el cuestionamiento constante de la justicia, de los medios de comunicación y de los organismos independientes puede minar su legitimidad a largo plazo. Levitsky insiste en que las democracias no suelen morir de forma abrupta, sino por un desgaste progresivo de sus normas e instituciones, un proceso que también puede observarse, de manera incipiente, en el contexto español.

No obstante, existen factores de resiliencia que diferencian a España de los escenarios más críticos analizados por Levitsky. La pertenencia a la Unión Europea, una sociedad civil activa, un sistema electoral competitivo y una experiencia histórica reciente con el autoritarismo, actúan como frenos importantes frente a derivas más graves. Además, a diferencia de otros casos, las fuerzas armadas españolas permanecen claramente subordinadas al poder civil, lo que reduce el riesgo de aventuras autoritarias.

En síntesis, los peligros señalados por Steven Levitsky afectan a la democracia española más como riesgos latentes que como amenazas inmediatas. La polarización, la radicalización del discurso y el uso irresponsable de las redes sociales pueden erosionar gradualmente la calidad democrática si no se gestionan con responsabilidad política.

La clave, como subraya Levitsky, reside en el comportamiento de las élites, en su capacidad para aislar el extremismo, defender las reglas del juego democrático y preservar la legitimidad de las instituciones. De ello dependerá que la democracia española siga siendo, como hasta ahora, una democracia sólida aunque imperfecta. 

Fuente: Redacción