El saldo comercial solo mejora un 0,2% pese lo anunciado por el Presidente de EE.UU.
Sin embargo, los datos oficiales de la Oficina de Análisis
Económico (BEA) muestran una realidad mucho más compleja y mucho menos
espectacular: el saldo comercial apenas mejoró un 0,2% el último año, mientras
el déficit de bienes alcanzó un máximo histórico. Este contraste entre discurso
político y evidencia empírica invita a reflexionar sobre la eficacia real de la
política arancelaria y sobre el uso de las cifras económicas como herramienta
de propaganda.
En
primer lugar, conviene comprender la magnitud del fenómeno. El déficit
comercial total se situó en 901.469 millones de dólares, uno de los niveles más
elevados desde la década de 1960. Aunque las exportaciones crecieron un 6,2%,
hasta los 3,43 billones de dólares, las importaciones también aumentaron —un
4,8%, hasta 4,33 billones—, lo que neutralizó en gran medida cualquier mejora
estructural. Es decir, Estados Unidos siguió comprando al exterior casi tanto
como vendía, incluso en un contexto de aranceles más altos.
El
desequilibrio es particularmente evidente en el comercio de bienes, cuyo
déficit alcanzó 1,241 billones de dólares, el mayor de la historia del país.
Este dato es relevante porque la narrativa arancelaria se centraba precisamente
en reducir la dependencia de productos manufacturados extranjeros.
Paradójicamente, las importaciones de computadoras, equipos de
telecomunicaciones y suministros industriales aumentaron, lo que revela la
profunda integración de las cadenas globales de valor. Las empresas estadounidenses
dependen de insumos extranjeros no solo por costes, sino por especialización
tecnológica y eficiencia productiva.
Por
otro lado, el superávit en servicios —339.472 millones, con un incremento
cercano al 9%— compensó parcialmente el déficit de bienes. Estados Unidos
mantiene ventajas comparativas claras en sectores como tecnología, servicios
financieros, propiedad intelectual y consultoría. Este dato sugiere que el
verdadero motor competitivo del país no reside en la manufactura tradicional,
sino en actividades de alto valor añadido. Sin embargo, la política arancelaria
se dirigió principalmente a bienes físicos, no a servicios, lo que limita su
impacto estructural sobre el saldo global.
El
aumento de la tasa arancelaria efectiva promedio desde el 2,7% hasta
aproximadamente el 14,5% —el nivel más alto desde la década de 1930— representa
un giro significativo en la política comercial estadounidense. La referencia
histórica no es menor: los aranceles elevados de los años treinta, asociados a
la Ley Smoot-Hawley, suelen citarse como un factor que agravó la Gran
Depresión. Aunque el contexto actual es distinto, el paralelismo subraya el
riesgo de recurrir al proteccionismo como herramienta principal de ajuste
macroeconómico.
Además,
un estudio de la Reserva Federal de Nueva York concluyó que alrededor del 90%
de la carga económica de los aranceles fue soportada por empresas y
consumidores estadounidenses. Este hallazgo contradice la idea de que los
gravámenes serían pagados mayoritariamente por los países exportadores. En la
práctica, los aranceles funcionan como un impuesto indirecto que encarece los
bienes importados y reduce el poder adquisitivo interno, afectando tanto a
compañías que dependen de insumos extranjeros como a hogares que enfrentan
precios más altos.
Otro
elemento relevante es la volatilidad mensual del comercio exterior,
intensificada por la naturaleza errática de los anuncios arancelarios. Las
empresas reaccionaron acumulando inventarios antes de posibles subidas de tasas
o retrasando compras ante expectativas de reducción. Este comportamiento
defensivo distorsiona las estadísticas y genera incertidumbre, lo que puede
frenar decisiones de inversión a largo plazo. En diciembre, por ejemplo, el
déficit mensual aumentó un 33% respecto al mes anterior, ilustrando cómo las
oscilaciones políticas pueden trasladarse rápidamente a los datos
macroeconómicos.
El
contraste entre la afirmación de una reducción del 78% y la mejora real del
0,2% plantea una cuestión más amplia sobre la comunicación política en la era
digital. Las cifras económicas son complejas y pueden manipularse mediante la
selección interesada de periodos o indicadores. Sin embargo, los datos
oficiales revelan que, aun en los meses más favorables, la reducción del
déficit está lejos de la magnitud proclamada. La brecha entre retórica y
realidad erosiona la credibilidad institucional y dificulta un debate
informado.
En
definitiva, el caso ilustra los límites del proteccionismo como herramienta
para corregir desequilibrios estructurales en una economía altamente
globalizada. El déficit comercial estadounidense no responde únicamente a
aranceles, sino a factores como el patrón de consumo interno, la fortaleza del
dólar, la especialización productiva y la posición del país como emisor de la
principal moneda de reserva mundial. Pretender resolverlo exclusivamente
mediante gravámenes equivale a tratar un fenómeno sistémico con una solución
parcial.
Más
allá de la coyuntura política, el episodio demuestra que la economía no se
ajusta fácilmente a consignas simplificadoras. Las políticas comerciales tienen
efectos distributivos, generan ganadores y perdedores, y requieren evaluaciones
rigurosas basadas en evidencia. En un entorno global interdependiente, las
decisiones unilaterales rara vez producen resultados lineales. El desafío no es
solo reducir un número en una balanza estadística, sino fortalecer la
competitividad estructural sin trasladar costes excesivos a empresas y
consumidores
Fuente: El País.com
