19 de febrero de 2026

ECONOMÍA. Estados Unidos dispara su déficit comercial de bienes, al máximo nivel, aún contando la subida de aranceles impuesta por su Presidente.

 El saldo comercial solo mejora un 0,2% pese lo anunciado por el Presidente de EE.UU.

El debate sobre el déficit comercial de Estados Unidos ha vuelto al centro de la discusión pública a raíz de las declaraciones del presidente Donald Trump, quien aseguró que los aranceles impuestos durante su mandato habían reducido el déficit en un 78%. 

Sin embargo, los datos oficiales de la Oficina de Análisis Económico (BEA) muestran una realidad mucho más compleja y mucho menos espectacular: el saldo comercial apenas mejoró un 0,2% el último año, mientras el déficit de bienes alcanzó un máximo histórico. Este contraste entre discurso político y evidencia empírica invita a reflexionar sobre la eficacia real de la política arancelaria y sobre el uso de las cifras económicas como herramienta de propaganda.

En primer lugar, conviene comprender la magnitud del fenómeno. El déficit comercial total se situó en 901.469 millones de dólares, uno de los niveles más elevados desde la década de 1960. Aunque las exportaciones crecieron un 6,2%, hasta los 3,43 billones de dólares, las importaciones también aumentaron —un 4,8%, hasta 4,33 billones—, lo que neutralizó en gran medida cualquier mejora estructural. Es decir, Estados Unidos siguió comprando al exterior casi tanto como vendía, incluso en un contexto de aranceles más altos.

El desequilibrio es particularmente evidente en el comercio de bienes, cuyo déficit alcanzó 1,241 billones de dólares, el mayor de la historia del país. Este dato es relevante porque la narrativa arancelaria se centraba precisamente en reducir la dependencia de productos manufacturados extranjeros. Paradójicamente, las importaciones de computadoras, equipos de telecomunicaciones y suministros industriales aumentaron, lo que revela la profunda integración de las cadenas globales de valor. Las empresas estadounidenses dependen de insumos extranjeros no solo por costes, sino por especialización tecnológica y eficiencia productiva.

Por otro lado, el superávit en servicios —339.472 millones, con un incremento cercano al 9%— compensó parcialmente el déficit de bienes. Estados Unidos mantiene ventajas comparativas claras en sectores como tecnología, servicios financieros, propiedad intelectual y consultoría. Este dato sugiere que el verdadero motor competitivo del país no reside en la manufactura tradicional, sino en actividades de alto valor añadido. Sin embargo, la política arancelaria se dirigió principalmente a bienes físicos, no a servicios, lo que limita su impacto estructural sobre el saldo global.

El aumento de la tasa arancelaria efectiva promedio desde el 2,7% hasta aproximadamente el 14,5% —el nivel más alto desde la década de 1930— representa un giro significativo en la política comercial estadounidense. La referencia histórica no es menor: los aranceles elevados de los años treinta, asociados a la Ley Smoot-Hawley, suelen citarse como un factor que agravó la Gran Depresión. Aunque el contexto actual es distinto, el paralelismo subraya el riesgo de recurrir al proteccionismo como herramienta principal de ajuste macroeconómico.

Además, un estudio de la Reserva Federal de Nueva York concluyó que alrededor del 90% de la carga económica de los aranceles fue soportada por empresas y consumidores estadounidenses. Este hallazgo contradice la idea de que los gravámenes serían pagados mayoritariamente por los países exportadores. En la práctica, los aranceles funcionan como un impuesto indirecto que encarece los bienes importados y reduce el poder adquisitivo interno, afectando tanto a compañías que dependen de insumos extranjeros como a hogares que enfrentan precios más altos.

Otro elemento relevante es la volatilidad mensual del comercio exterior, intensificada por la naturaleza errática de los anuncios arancelarios. Las empresas reaccionaron acumulando inventarios antes de posibles subidas de tasas o retrasando compras ante expectativas de reducción. Este comportamiento defensivo distorsiona las estadísticas y genera incertidumbre, lo que puede frenar decisiones de inversión a largo plazo. En diciembre, por ejemplo, el déficit mensual aumentó un 33% respecto al mes anterior, ilustrando cómo las oscilaciones políticas pueden trasladarse rápidamente a los datos macroeconómicos.

El contraste entre la afirmación de una reducción del 78% y la mejora real del 0,2% plantea una cuestión más amplia sobre la comunicación política en la era digital. Las cifras económicas son complejas y pueden manipularse mediante la selección interesada de periodos o indicadores. Sin embargo, los datos oficiales revelan que, aun en los meses más favorables, la reducción del déficit está lejos de la magnitud proclamada. La brecha entre retórica y realidad erosiona la credibilidad institucional y dificulta un debate informado.

En definitiva, el caso ilustra los límites del proteccionismo como herramienta para corregir desequilibrios estructurales en una economía altamente globalizada. El déficit comercial estadounidense no responde únicamente a aranceles, sino a factores como el patrón de consumo interno, la fortaleza del dólar, la especialización productiva y la posición del país como emisor de la principal moneda de reserva mundial. Pretender resolverlo exclusivamente mediante gravámenes equivale a tratar un fenómeno sistémico con una solución parcial.

Más allá de la coyuntura política, el episodio demuestra que la economía no se ajusta fácilmente a consignas simplificadoras. Las políticas comerciales tienen efectos distributivos, generan ganadores y perdedores, y requieren evaluaciones rigurosas basadas en evidencia. En un entorno global interdependiente, las decisiones unilaterales rara vez producen resultados lineales. El desafío no es solo reducir un número en una balanza estadística, sino fortalecer la competitividad estructural sin trasladar costes excesivos a empresas y consumidores

Fuente: El País.com