8 de febrero de 2026

ONU. Del “efecto Palestina” y de la deriva de las democracias liberales, caracterizado por la vigilancia extrema, el apartheid y la complicidad global

 Las reflexiones de Francesca Albanese, relatora especial de Naciones Unidas para Palestina, trascienden con mucho el marco del conflicto palestino-israelí.

En su libro “Cuando el mundo duerme” y en las declaraciones recogidas en entrevistas, Albanese plantea una tesis profundamente incómoda para las sociedades occidentales: Palestina, no es una excepción trágica del orden internacional, sino su espejo más nítido

Lo que ocurre allí no solo revela la naturaleza colonial, violenta y segregacionista del proyecto israelí, sino también la deriva de las democracias liberales contemporáneas hacia modelos de control, vigilancia y exclusión.

Uno de los ejes centrales de su análisis es la caracterización de Israel como un proyecto colonial de asentamiento. Lejos de interpretaciones que reducen la cuestión palestina a un conflicto étnico o religioso, Albanese subraya que Israel opera mediante una lógica colonial clásica: apropiación sistemática de tierras, control de recursos, demolición de viviendas, desplazamiento forzado y violencia estructural contra la población autóctona. Todo ello se sostiene a través de un régimen de apartheid, entendido no como consigna política, sino como un concepto jurídico preciso que describe la institucionalización de la segregación racial y la dominación de un grupo sobre otro.

En los territorios palestinos ocupados, esta realidad se concreta en la coexistencia de dos sistemas legales: uno civil para los colonos israelíes y otro militar para los palestinos. La ley, lejos de ser neutral, se convierte en un instrumento de dominación. Los colonos actúan con impunidad, mientras la población palestina carece de acceso real a la justicia. Según Albanese, esta estructura no solo configura un crimen contra la humanidad, sino que forma parte de una política estatal orientada a la destrucción del pueblo palestino como sujeto colectivo, lo que ella define abiertamente como genocidio.

Sin embargo, uno de los aportes más inquietantes de Albanese es su insistencia en que este sistema no podría sostenerse sin una red global de complicidades.

Israel no actúa en aislamiento.

Cuenta con el respaldo político, económico, militar y diplomático de numerosos Estados y grandes corporaciones. La Unión Europea, primer socio comercial de Israel, y Estados Unidos, su principal aliado estratégico, desempeñan un papel clave en la normalización de estos crímenes. A ello se suma la colaboración de empresas tecnológicas y de vigilancia que se benefician de una industria de seguridad cuyos productos han sido “probados” sobre la población palestina.

Consecuencias del respaldo políltico

Este punto conecta con una de las advertencias más contundentes de la relatora: la “israelización” de las democracias liberales. Israel se presenta como un modelo exportable de gobernanza securitaria, donde la vigilancia masiva, el control poblacional y la suspensión de derechos se justifican en nombre de la seguridad.

Albanese sostiene que muchas democracias occidentales avanzan hacia este modelo, en el que amplios sectores —personas pobres, migrantes, comunidades racializadas— quedan formalmente dentro del sistema democrático, pero materialmente excluidos de sus derechos. La democracia, así, se vacía de contenido y se convierte en un privilegio para unos pocos.

Solo nos queda la Sociedad Civil y la Solidaridad Internacional

Frente a este panorama, Albanese reivindica el papel de la sociedad civil y la solidaridad internacional. Denuncia la indiferencia como una forma de complicidad y sostiene que “ver sin actuar” equivale a consentir la injusticia.

En este sentido, destaca el caso de España como ejemplo de una ciudadanía políticamente madura, capaz de presionar a sus instituciones, defender la libertad académica y articular redes de apoyo al pueblo palestino. Esta movilización contrasta con la deriva autoritaria observada en otros países europeos, donde se restringen las protestas y se criminaliza la solidaridad con Palestina.

El llamado “efecto Palestina” resume esta idea: las injusticias que sufren los palestinos no son ajenas al resto del mundo, sino que resuenan en luchas locales por la vivienda, la igualdad, los derechos laborales o la libertad de expresión. Palestina se convierte así en un símbolo global de resistencia frente a un sistema ultracapitalista y securitario que normaliza la guerra como estado permanente.

En este contexto, el movimiento BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones) adquiere una relevancia central. Para Albanese, no se trata solo de una estrategia política, sino de una “gramática de acción” que devuelve diligencias a las personas comunes. Elegir qué consumir, qué instituciones apoyar y qué relaciones aceptar se convierte en una forma concreta de resistencia ética frente a la ocupación, el apartheid y el genocidio.

Conclusión

Finalmente, la relatora advierte que el mundo se encuentra en una encrucijada histórica. El respaldo internacional a planes como la explotación inmobiliaria de Gaza tras la devastación revela, a su juicio, un grado alarmante de decadencia moral y jurídica del orden global. O bien se produce una ruptura profunda con las prácticas que han permitido esta situación, o el futuro será más violento, más desigual y más autoritario para todos.

En definitiva, el mensaje de Francesca Albanese es tan duro como esperanzador. Pues por una parte reconoce nuestra fragilidad, pero por otra, nuestra capacidad colectiva de transformación. Como el movimiento de las alas de las mariposas de la teoría del caos, la acción conjunta de millones de personas puede desatar la tormenta necesaria, una tormenta de justicia, que ponga fin, no solo a la injusticia en Palestina, sino también a un sistema global basado en la barbarie, la exclusión, la violencia y la impunidad.

Fuente: Redacción y El Diario.es