Las reflexiones de Francesca Albanese, relatora especial de Naciones Unidas para Palestina, trascienden con mucho el marco del conflicto palestino-israelí.
Lo que ocurre allí no solo revela la naturaleza
colonial, violenta y segregacionista del proyecto israelí, sino también la deriva de las democracias liberales contemporáneas hacia
modelos de control, vigilancia y exclusión.
Uno
de los ejes centrales de su análisis es la caracterización de Israel como un
proyecto colonial de asentamiento. Lejos de interpretaciones que reducen la
cuestión palestina a un conflicto étnico o religioso, Albanese subraya que Israel
opera mediante una lógica colonial clásica: apropiación
sistemática de tierras, control de recursos, demolición de viviendas,
desplazamiento forzado y violencia estructural contra la población autóctona.
Todo ello se sostiene a través de un régimen de apartheid, entendido no
como consigna política, sino como un concepto jurídico preciso que describe
la institucionalización de la segregación racial y la dominación de un grupo
sobre otro.
En
los territorios palestinos ocupados, esta realidad se concreta en la
coexistencia de dos sistemas legales: uno civil para los colonos israelíes
y otro militar para los palestinos. La ley,
lejos de ser neutral, se convierte en un instrumento de dominación.
Los colonos actúan con impunidad, mientras la población palestina carece de
acceso real a la justicia. Según Albanese, esta estructura no solo configura un
crimen contra la humanidad, sino que forma parte de una política estatal
orientada a la destrucción del pueblo palestino como sujeto colectivo,
lo que ella define abiertamente como genocidio.
Sin
embargo, uno de los aportes más inquietantes de Albanese es su insistencia en
que este sistema no podría sostenerse sin una red global de complicidades.
Israel
no actúa en aislamiento.
Cuenta
con el respaldo político, económico, militar y diplomático de numerosos Estados
y grandes corporaciones. La Unión Europea, primer
socio comercial de Israel, y Estados Unidos, su principal aliado estratégico,
desempeñan un papel clave en la normalización de estos crímenes. A ello
se suma la colaboración de empresas tecnológicas y de vigilancia que se
benefician de una industria de seguridad cuyos productos han sido “probados”
sobre la población palestina.
Consecuencias
del respaldo políltico
Este
punto conecta con una de las advertencias más contundentes de la relatora: la “israelización”
de las democracias liberales. Israel se presenta como un modelo exportable de gobernanza securitaria, donde la vigilancia
masiva, el control poblacional y la suspensión de derechos se justifican en nombre de la seguridad.
Albanese
sostiene que muchas democracias occidentales avanzan hacia este modelo, en el
que amplios sectores —personas pobres, migrantes,
comunidades racializadas— quedan
formalmente dentro del sistema democrático, pero
materialmente excluidos de sus derechos. La democracia, así, se
vacía de contenido y se convierte en un privilegio para unos pocos.
Solo
nos queda la Sociedad Civil y la Solidaridad Internacional
Frente
a este panorama, Albanese reivindica el papel de la sociedad civil y la
solidaridad internacional. Denuncia la indiferencia como una forma de
complicidad y sostiene que “ver sin actuar” equivale a consentir la
injusticia.
En
este sentido, destaca el caso de España como ejemplo de una ciudadanía
políticamente madura, capaz de presionar a sus instituciones, defender la
libertad académica y articular redes de apoyo al pueblo palestino. Esta
movilización contrasta con la deriva autoritaria observada en otros países
europeos, donde se restringen las protestas y se criminaliza la solidaridad con
Palestina.
El
llamado “efecto Palestina” resume esta idea: las injusticias que sufren
los palestinos no son ajenas al resto del mundo, sino que resuenan en luchas
locales por la vivienda, la igualdad, los derechos laborales o la libertad de
expresión. Palestina se convierte así en un símbolo global de resistencia
frente a un sistema ultracapitalista y securitario que normaliza la guerra como estado permanente.
En
este contexto, el movimiento BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones) adquiere
una relevancia central. Para Albanese, no se trata solo de una estrategia
política, sino de una “gramática
de acción” que
devuelve diligencias a las personas comunes. Elegir qué consumir, qué instituciones apoyar y qué relaciones
aceptar se convierte en una forma concreta de resistencia ética
frente a la ocupación, el apartheid y el genocidio.
Conclusión
Finalmente,
la relatora advierte que el mundo se encuentra en
una encrucijada histórica. El respaldo internacional a planes como
la explotación inmobiliaria de Gaza tras la devastación revela, a su
juicio, un grado alarmante de decadencia moral y
jurídica del orden global. O bien se produce una ruptura profunda
con las prácticas que han permitido esta situación, o el futuro será más
violento, más desigual y más autoritario para todos.
En
definitiva, el mensaje de Francesca Albanese es tan
duro como esperanzador. Pues por una parte reconoce nuestra fragilidad, pero por otra, nuestra capacidad colectiva de transformación. Como el movimiento
de las alas de las mariposas de la teoría del caos, la acción conjunta de
millones de personas puede desatar la tormenta necesaria, una tormenta de
justicia, que ponga fin, no solo a la injusticia en Palestina, sino también
a un sistema global basado en la barbarie, la
exclusión, la violencia y la impunidad.
Fuente: Redacción y El Diario.es
