Las redes sociales digitales se consolidan como principales espacios de deliberación pública del siglo XXI.
En este
contexto, resulta necesario analizar de manera crítica por qué algunos
multimillonarios dueños de redes sociales permiten —y en ciertos casos
fomentan— la difusión de mensajes de odio, así como las razones por las cuales
reaccionan de forma hostil frente a los gobiernos que intentan regular dichas
prácticas.
Este artículo sostiene
que el odio cumple una función económica y política dentro del modelo de
negocio de las plataformas, y que la confrontación con los Estados revela una
disputa estructural entre el poder corporativo transnacional y la soberanía
democrática.
El modelo económico de las plataformas y la
rentabilidad del conflicto
El funcionamiento de las redes sociales se inscribe en la denominada economía de la atención, donde el objetivo central es maximizar el tiempo de permanencia de los usuarios para aumentar la rentabilidad publicitaria y la extracción de datos.
La tolerancia
hacia este tipo de discursos se justifica habitualmente mediante una apelación
abstracta a la libertad de expresión. No obstante, esta defensa resulta
selectiva y contradictoria, ya que las mismas plataformas censuran contenidos
que afectan intereses comerciales o políticos específicos. De este modo, la
libertad invocada no es la del debate democrático, sino la del capital para
operar sin restricciones éticas ni sociales, incluso cuando ello implica la
normalización de la violencia simbólica y la discriminación.
Redes sociales como actores políticos no democráticos
Más allá de su
dimensión económica, las redes sociales actúan como actores políticos de facto. Cuando a través del control de algoritmos opacos, deciden qué contenidos se
visibilizan, cuáles se silencian y qué narrativas adquieren centralidad en el
espacio público. Esta capacidad de intervención tiene efectos directos sobre
procesos electorales, movimientos sociales y la estabilidad institucional de
los Estados.
Sin embargo, a
diferencia de los gobiernos, los dueños de estas plataformas no están sujetos a
mecanismos democráticos de control ni a responsabilidades políticas ante la
ciudadanía. Esta asimetría configura una forma de poder profundamente
antidemocrática, en la que decisiones de enorme impacto colectivo se toman en
función de intereses privados y transnacionales. La difusión del odio, en este
marco, puede funcionar como una herramienta de desestabilización social y de
debilitamiento del tejido democrático.
Regulación estatal y criminalización discursiva de los
gobiernos
El conflicto
entre las plataformas digitales y los Estados se intensifica cuando estos
últimos intentan ejercer su función reguladora, ya sea para proteger a grupos
vulnerables, combatir la desinformación o exigir responsabilidad sobre los
contenidos difundidos. Frente a estas iniciativas, los propietarios de las
redes sociales suelen reaccionar mediante una estrategia discursiva que
presenta a los gobiernos como autoritarios, censores o incluso criminales.
Esta criminalización simbólica cumple un objetivo político preciso: deslegitimar la intervención estatal y consolidar la idea de que las corporaciones tecnológicas deben operar por encima de las leyes nacionales.
Al invertir
los roles —empresas privadas como defensoras de la libertad y Estados
democráticos como amenazas— se erosiona la soberanía popular y se refuerza una
lógica en la cual el poder económico se impone sobre el poder político.
CONCLUSIÓN
La resistencia de los multimillonarios dueños de estas
plataformas a la regulación estatal revela una disputa de fondo entre la
democracia y una emergente oligarquía digital.
En este
escenario, la defensa genuina de la libertad de expresión exige repensar, el
rol del Estado, la responsabilidad social de las plataformas y la necesidad de
mecanismos de control democrático sobre los espacios digitales. De lo
contrario, el odio continuará siendo utilizado como
recurso económico y político, profundizando la desigualdad, la
fragmentación social y la subordinación de la voluntad popular a los intereses
de unos pocos (milmillonarios).
Fuente:
Redacción.


